Amnesia


VIII


Tiempo, poco tiempo, cada vez más cerca. Así de corto era el lapso que le quedaba a los guerreros para volver en el tiempo. La máquina, semi desarrollada, a pocas instrucciones de estar lista; y su mecánico y recién científico no paraba de trabajar en ella arduamente; el tiempo de descanso que este tenía era demasiado corto para realmente llamarlo descanso. Cuando finalmente colapso, cuando sus ojos no cumplían con su labor de ver, y sus manos temblaban, fue cuando paró con tanto trabajo. Vegeta, había llegado a su máximo límite como saiyajin después de siete largos meses trabajando, y realmente debía detenerse. Su extremidad, la que le era reemplazada con un brazo de titanio, le dolía como mil demonios pese a ya haber cicatrizado. Ese también era uno de sus límites, el límite que debía ejercer con esa parte faltante de él, sino el dolor sería aún peor.

En cuanto a su hijo, tan poderoso y ágil como nadie antes lo hubiera imaginado, a un paso de conseguir la tan esperada transformación de súper saiyajin. Todo era gracias a agotadores y exigentes entrenamientos que practicaba en compañía de Gohan, a veces de Vegeta. No tenía descanso, como quién dice: de tal palo, tal astilla. Un joven dispuesto a todo, lleno de esperanza y orgullo, bondad y esfuerzo. ¿Esperanza? Claro que la había, a pasos de conseguir lo que tanto necesitaban. Cuando al final estaban a días de su esperado viaje.


(...)


Llegaba un nuevo día y la lluvia arrasaba en todo el mundo. De costumbre el ambiente era triste y los guerreros continuaban haciendo lo de siempre: Gohan y Trunks entrenaban, y el recién graduado en la ciencia se dedicaba a su más importante proyecto: la máquina del tiempo.

Todo marchaba a la perfección, no eran infortunados de errores, y para colmo, el trío tenía inmensos poderes, inimaginables, pero que aun así, eran incapaces de derrotar a fenómenos como los que todavía los atormentaban. Eso les hervía la sangre; no conseguir vengarse o saber inevitablemente que día a día más gente moría, los exasperaba, y más frustrante era estar ocultos sin poder hacer nada, más que solo esperar a que Vegeta terminase con su trabajo; esa era la salvación de su mundo.

Ese mismo día de lluvia y tormenta, el par de jóvenes decidió salir del albergue para entrenar como habituaban, en las montañas y prados verdes que les ofrecía la naturaleza que la Tierra aún conservaba, concentrándose en sus energías y fortalecer la poca paz interior que aún les quedaba. Por el momento eso era la táctica que encerraba la armonía en sí mismos, desquitándose entre ellos, con el infortunio de saber que corrían riesgos de morir si se atrevían a luchar en contra de Diecisiete y Dieciocho. Volaron y sobre volaron ciudades, pueblos, hectáreas y hectáreas de campos mojados solo para alcanzar el mejor lugar en donde realizar sus actividades diarias. Una ciudad casi abandonada parecía ser el lugar indicado, al borde de otros campos que la rodeaban, refugiados de las nubes grises.

—Todo está muy tranquilo por aquí. Dudo que los androides estén en este lugar —afirmó con seguridad el mayor de los dos.

—Tienes razón, Gohan —dijo Trunks—. Entonces no perdamos más tiempo y pongámonos a entrenar antes de que esos monstruos aparezcan.

Sin decir nada más, Gohan y Trunks entrenaron sobre los edificios, sin destruir nada en caso de que algún sobreviviente se encontrara cerca. Y allí iban nuevamente, mano a mano, luchando amistosamente y una única causa: superar sus propios límites con la sublime ambición de derrotar a sus enemigos.

Vegeta, por su parte, se recostaba en el suelo frío del sótano, dedicando su atención y basta inteligencia al complicado motor que no terminaba de entender. Un error tras otro, con encajes y cálculos equivocados, pero las computadoras siempre lo ayudaban ofreciendo una nueva opción. A eso no había ni mínimo descanso, esperando a que la perfección por fin se materializara, que todos sus esfuerzos realmente rindieran frutos.

—¡Maldita sea! ¡No podemos perder el tiempo! —maldecía el saiyajin, arrojando y estrellando contra la pared una pieza inservible de la máquina, convirtiéndola en pequeños fragmentos de metal irreparables.

Su mirada era más seria, desbordada de cólera y frustración. Era demasiado por ese día; parar iba a ser lo mejor para acomodar sus ideas, mantener la poca paz y tranquilidad que le quedaba, y luego volver a lo que estaba, intentando lo inevitable una y otra vez. Esa máquina de tiempo era un verdadero reto que el mismo quería cumplir. Pero antes de volver a lo suyo, después de largos y largos minutos meditando, escuchó la radio emitiendo una pequeña señal interferida. Vegeta se levantó de la silla en que estaba sentado y se ocupó de mantener señal con dicha estación, consiguiendo afortunadamente escuchar claramente la voz del locutor.

»¡Los androides se acercan a gran velocidad a la capital norte! Lugar que temporalmente aparenta estar abandonado, pero en mi opinión ese lugar se mantiene habitado por los pocos sobrevivientes de la zona.

Vegeta escuchaba medida se sentaba nuevamente, sujetándose las sienes con cansancio. Estaba agotado, por lo que seguidamente iba a dormir para recuperar fuerzas, y evitar un posible dolor de cabeza. Pero antes de poder hacer lo planeado, el locutor afirmó su voz con un toque de esperanza y prosiguió su informe.

»Me acaban de informar que dos guerreros se encuentran cerca de la capital, seguramente ellos no ayudarán después de tanto tiempo. Todos creíamos que no había más valientes como ellos, pero estoy seguro de que se encargarán de esas criaturas terroríficas.

El pecho del saiyajin se contrajo dificultándole respirar con completa libertad. Tan seguro estaba de que aquellos dos guerreros eran Gohan y su hijo que, sin importar que tan intenso fuera su cansancio, corrió fuera del sótano-bunker y prendió vuelo hacía la dichosa capital; intentaba ser veloz, incrementar su ki para ir mucho más rápido, pero su complicada prótesis de tan duro material de nuevo le dolía como mil demonios; otra vez, su cuerpo, pedía clemencia, y sin embargo, la adrenalina de saber que sus únicos compañeros estaban en riesgo de ser terriblemente aniquilados, superaba a cualquier dolor que pudiera sentir, incluso el mismo dolor de su alma que injustamente refrescaba su memoria, recordándole ese fatídico día en que había perdido a su amada por culpa de las peleas, del impulso… del miedo.

Desde lejos podía verse, medida iba llegando a su destino, como la lluvia persistía tan oportuna. Los rayos golpeaban a los edificios que todavía se mantenían en pie; el fuego se extinguía lenta, pero muy lentamente con la llovizna; las explosiones que desde un principio se escucharon habían cesado, haciendo audible únicamente el choque de las gotas al caer contra los escombros, metales y vidrios rotos; la tensión y el inquietante silencio de alrededor no eran atributos que entregaran tranquilidad pues, desde muy lejos, en el corazón de la capital, se escuchaba un desgarrador grito, se sentía un ki débil y descontrolado; el príncipe de inmediato identificó esos alaridos incesantes de dolor y sufrimiento. En cuanto logró llegar al causante de tantos lamentos, se quedó inmóvil, paralizado y con sus ojos parcialmente abiertos de la sorpresa. Su vista se nubló por unos segundos mientras las gotas de lluvia caían encima de él y las lágrimas comenzaban a emerger de sus cuencas, disimuladas perfectamente por los chubascos, presenciando una escena que por poco y se volvió como un déjà vu, o tal vez lo era. La sensación de haberlo vivido se presentó y era obvio: su hijo arrodillado y gritando con fibra y brío, a un costado del yacente cuerpo de uno de los guerreros que se había mantenido con vida por mucho tiempo, Gohan. Era imposible no recordarlo, no recordarse a el mismo pasando por el mismo tormento.

Trató de acercarse en silencio, profundamente dolido; Trunks, a quien tanto había protegido e intentado refugiar de una tragedia como la que estaba viviendo… no podía ser peor.

Intentó afirmar su labia carraspeando la garganta, haciéndose notar con una mirada fuerte; debía mostrar dureza para que Trunks se sintiera seguro, sin considerar que por dentro estaba muriendo. Gohan, que había comenzado a volverse una parte importante de Vegeta, se había ido de la misma manera que Bulma lo había hecho; sin despedidas; sin tiempo; inesperadamente.

—¡No te acerques! —Vociferó el mestizo, soltando puñetazos en contra de su padre, al que veía inconscientemente como uno de los androides—. ¡Nunca se los perdonaré!


Al hundirse en su propia furia, Trunks consiguió convertirse en un super saiyajin; los caminos de la ira y el rencor eran los más adecuados, por más que se intentara evitarlo.


Para el guerrero prodigio era difícil esquivar tantos golpes, pues su fuerza lo había abandonado desde que aterrizó en la capital. Así los puños de su heredero lo alcanzaban, consiguiendo que la sangre se derramara por su boca y nariz, incapaz de agilizar su cuerpo, con la odiosa desventaja de cargar con el remplazo de su brazo que no ayudaba en lo absoluto, más que solo agotarlo suspicazmente.

—¡Detente, Trunks! —pedía Vegeta enfurecido, apartando a su hijo con su última energía, lanzada en una hercúlea y pequeña onda expansiva.

Trunks fue lanzado contra los escombros que más cerca estaban y en cuanto volvió a abrir los ojos después de impacto, pudo ver a su padre parado con dificultad, que intentaba acercarse a él a paso lento.

—Trunks —volvió a decir el príncipe con la voz quebrada—. Se acabó. Ya no hay nada que hacer.

Incapaz de creerlo, el menor negó y negó algo que sin remedio pertenecía a la realidad, era permanente y ya no tenía reparo. Su cabello dorado volvió a ser lila, a la vez que sus ojos se cerraban y derramaban lágrimas, mientras sus piernas se doblaban, hincándolo en sus rodillas y golpeando estas con fuerza contra el suelo.


"¿Quién estuvo conmigo cuando Bulma se fue? ¿Quién iba a consolarme? ¿Acaso a alguien le importó? Por supuesto que no, porque nadie estaba cerca, y si alguien más hubiese estado, aun con mi orgullo, hubiera permitido humillarme y derramar mis lágrimas, exponiéndome a la amarga realidad que me tocaba vivir. Pero… Trunks. Él me tiene a mí, y no puedo permitir que viva al cien por ciento lo que a mí, en cuerpo y alma, me tocó sentir, sufrir y superar. ¿Abrazarlo sería lo correcto? Mi orgullo… no puedo hacerlo, pero tengo que. ¿Qué clase de padre sería en ese caso? ¿Cuándo le diré a mi hijo lo que realmente pienso de él? De una cosa a la otra, las cosas me remontan al pasado, muchos años atrás, cuando solo era un niño y mi padre no parecía estar presente. ¿Tengo que hacer algo al respecto? ¡No! Yo debo hacer algo al respecto. No permitiré que mi orgullo me domine, no ahora, ya no, jamás. Tal vez ese ego sea fundamental de mí mismo, pero el Vegeta que poseía ese gran orgullo murió hace años, lo sentencié a muerte. Tal vez esta sea la última vez que demuestre algo de frialdad; no seré el mismo; no me comportaré como el que realmente debería ser. Lo siento, ¿y por qué? Ya no, no soy el mismo. Esto es a lo que me empujó la realidad. Maldita y amarga realidad."


—Lo siento, hijo —musitó el príncipe a su hijo, se arrodilló a su lado y lo abrazó, sin amargura, sin dudas, sin pensarlo, y aun mejor, sin orgullo. Lo rodeó con sus brazos; escondió la mirada de Trunks en su pecho y no quizo soltarlo—. Estoy contigo, Trunks. No pienso dejarte solo, nunca más.

De algún modo, la mirada de Vegeta finalmente se había ablandado; descubrió que los humanos lo habían atrapado, y no estaba arrepentido. Y Trunks, tan confiado, necesitado y dependiente de esa muestra de cariño, de un abrazo tan sincero como el que Vegeta le estaba entregando. Les hubiera gustado permanecer así por más tiempo, pero tenían un asunto que atender, y este era el cuerpo sin vida de Gohan, un gran guerrero, hijo de aquel saiyajin que clase baja que había demostrado ser un gran sujeto, más de lo que todos creían, de un gran corazón. Lástima que todas las cosas fuesen tan morbosas y que, indudablemente, la ausencia de todos se notara.


(…)


El mal augurio había pasado, no en su totalidad, pero parte de este había desaparecido luego de que Gohan fuese llevado al lado de las tumbas de Bulma, sus padres y todos los guerreros que terminaron por ser parte de la misma tierra. Otro miembro fuera; cada vez menos esperanza; no quedaba aliento para perseguir lo que nunca alcanzaban.

¿Quién era el siguiente? ¡No! No habría un "siguiente", no para entonces. Ellos dos eran fuertes, con o sin más compañía, iban a tratar de alcanzar sus objetivos.


Las siguientes noches ya no serían tan fáciles de sobre llevar… No sin Gohan.

Otro pétalo caído, la flor continuaba marchitándose, sin una gota de agua, sin un rayo de sol.


(…)


¿Nada renacería? Estaban equivocados. Sin Gohan realmente todo era más difícil, pero todo muro podría sobrepasarse, todo con la ayuda de la voluntad y el esfuerzo. Eso sí que no les faltaba a ninguno de los dos, no a Vegeta y Trunks que guardaban una gran emoción por el esperado viaje que sería en tan poco tiempo.

Después de la muerte de Gohan, habían pasado largos años que atraparon a Trunks, convirtiéndolo en todo un hombre de mente abierta, un corazón puro y humilde, con objetivos no propios, sino humanitarios. No deseaba la paz de la tierra para sí mismo, sino que prefería compartirla con todos los terrestres, con el mismo planeta, y con la poca familia que le quedaba. Y con esa misma meta siempre presente en su mente y corazón, continuó su entrenamiento, no solo por su propio beneficio; los androides ya no eran la única razón, sino que era un honor continuar alimentando lo que Gohan había creado dentro de Trunks, el más capacitado para tanta bestialidad, el más limpio, el de ideas claras y justas, con gran valentía y potencial.

El tiempo ya no era un problema; lo último que quedaba era acumular el suficiente combustible para un viaje de ida y vuelta a través del tiempo. A cargo de ello estaba Vegeta, que con suma paciencia y dedicación acumulaba un líquido azul, brillante y de una consistencia espesa. Y aunque parecía que nunca terminaba, ese combustible se acumulaba más rápido de lo esperado en tan solo dos días.

Todo estaba listo, Trunks y Vegeta estaban preparados para enfrentarse a lo que continuaría, y de tan solo imaginarlo se les hacía un nudo en el estómago. Aún más importante: no debían de olvidarse de esa pequeña medicina que salvaría a Goku, evitando que este muriese de un mortal virus en su corazón.

—Papá —dijo Trunks, con una gran sonrisa en sus labios, y una mirada inspiradora—. Ya queda muy poco tiempo y todas las capsulas ya están listas. Muero de ganas por conocer a mi madre y a todos los guerreros que infortunadamente murieron a manos de los androides.

—Y estoy seguro que no tendrás problemas —sonrió también—. Tal vez te encuentres conmigo, y te darás cuenta de que no nos parecemos en nada. Solo te deseo suerte.

—¿Que me deseas suerte? Pero, ¿no piensas ir conmigo? —indagó confundido, mientras encaraba a su padre que le daba la espalda.

—Trunks —guardó silencio por unos segundos, largos segundos—. No sé si realmente quiero viajar a ese tiempo. No creo estar preparado para verlos otra vez —y susurró:— No sé si estoy listo para verla.

—¡Por favor, papá! Esto es una oportunidad. Solo estas nervioso y por eso no estás seguro, pero créeme que en cuanto lleguemos no querrás volver a este lugar.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—No habré viajado en el tiempo todavía, pero de tan solo pensar en los demás sin haberlos conocidos, me da más entusiasmos para viajar. Además, será como un pequeño descanso, un gran alivio. ¿Cuándo fue la última vez que sentiste algo de paz en este planeta? ¿No crees que ya sea demasiado estrés y tensión para ti? Con tantos años que te arrasaron, no creo que estés bien de todo.

Vegeta mantuvo la mirada fija en los ojos celestes de su hijo, luego miró al tablero donde trabajaba con ese combustible sumamente complicado, y no lo miraba, sino que su mirada se perdió en el infinito, pensando cuál sería la mejor opción: si quedarse en ese infierno por siempre y aguardar a la salvación o morir en el intento, o viajar en el tiempo, un viaje casi reparador para su mente atrofiada con tantas desgracias, infectada por la malaria que los androides lo obligaban a vivir, y que increíblemente lo estaban matando por dentro, lenta y dolorosamente.

Levantó la mirada del tablero, volvió a ver a su hijo y sonrió.

—Entonces, no perdamos el tiempo, Trunks —y lo sujetó del hombro—. Te quiero listo en una hora. Este lugar me tiene harto.

Ya estaba dicho, y continuaba siendo perfecto. Trunks corrió a la máquina ovalada y dentro depositó la pequeña caja con cápsulas; luego se desvió para buscar su afilada y poderosa espada, para aprovechar esa única y última hora con un ligero entrenamiento.


El presente

Capital del oeste, en la Corporación Cápsula.

A pocas horas de la llegada de Freezer junto a su padre, King Cold.

Luego de que todos se espantaran por el estruendo en el patio trasero de la gran mansión y se dieran cuenta de que el causante había sido nada más y nada menos que Vegeta, creyeron que otro apocalipsis iniciaría, tal y como había estado anunciado el momento en que llegarían el príncipe y su compañero, Nappa. Y quizás lo que continuaría sería aún peor que lo vivido en Namek, pues en ese otro planeta existían Freezer y sus soldados como para que el pequeño saiyajin —así como lo apodaba Bulma— intentara sobre pasarse o cometer alguna locura.

Yamcha iba a intentar enfrentarlo, pero indudablemente este no era un rival capaz de darle batalla al orgulloso príncipe de la raza guerrera. No quedaba de otra más que esperar a que Vegeta actuara y que tales actos no fuesen trágicos. Sin embargo, como si fuese un milagro, la dichosa Bulma Brief había frenado tanta tensión en la disputa entre los dos hombres, que discutían sin parar por Goku y su tan esperado regreso.

—Vamos, tranquilícense, muchachos —dijo amablemente la muchacha de cabello afro que se aproximaba al saiyajin—. ¿Por qué no dejas que se bañe primero?

Frente a frente, sin hacer contacto visual, la intrépida joven se atrevió a poner su dedo índice sobre el pecho del asesino, sin miedos ni tembleques.

—Anda, tienes que bañarte porque estas muy sucio —y arrastrando su dedo por la armadura, logró atrapar parte del polvo que el vestuario traía encima. A tal acción, Vegeta no supo que responder o como justificarse—. Ven, es por aquí.

Bulma caminó despampanante en dirección a la casa, con la intención de guiar al guerrero hasta el cuarto de baño, pero este no se movía de su lugar, desobedeciendo a la terrícola y manteniendo ese comportamiento rebelde que tanto lo caracterizaba. Yamcha, Puar y la simpática madre de Bulma, observaban la escena con intriga.

—¿¡Quieres darte prisa!? ¿Qué no eres cortes con una dama? —reclamó de inmediato al percatarse de la desobediencia del príncipe.

—¿¡Qué!? —de ese modo, el saiyajin que técnicamente había sido retado por una humana, no hizo de otra que obedecer, por el simple hecho de mostrar los modales que un verdadero príncipe debía tener.

Una vez en el baño, Vegeta entró en la lujosa y extravagante ducha con puerta de cristal que se cubría del vapor del agua que caía de la regadera y se deslizaba por cada tonificado musculo de su cuerpo. Mientras tanto, Bulma metía la ropa sucia en la lavadora, con repulsión y asco, y luego dejaba ropa limpia sobre la pequeña mesita.

—Ahí te dejé ropa, para que puedas cambiarte —anunció la mujer y se marchó sin más rodeos.

Al salir, Bulma y los muchachos iniciaron una pequeña plática. Con la llegada de Krilin y Oolong, sería más divertido conversar después de tanto tiempo, sin contar que los dos estaban en la Corporación Cápsula por el simple hecho de creer que el que había llegado era Goku. No obstante, se habían llevado una gran desilusión, además de que estaban asustados por lo que el príncipe sería capaz de hacer después de su reconfortante ducha.

Luego de unos segundos intentando predecir qué era lo que iba a pasar después, pudieron escuchar gritos provenientes del baño.

—¡Oye! ¡Muchacha! ¡Muchacha terrícola! —decía—. ¡Ven! ¡Te necesito, ven pronto!

—¡Óyeme! ¡Por si no lo sabes mi nombre es Bulma, así que llámame por mi nombre, grosero! —exclamó acomodándose el cabello, con su propio toque de rebeldía y superioridad.

—¿En dónde está mi ropa?

—La puse en la lavadora porque estaba sucia.

—¿¡Qué dijiste!? —pronunció con un tono alterado.

—Ahí te dejé ropa, ¿o no?

—Un príncipe de los saiyajin no puede ponerse estos atuendos —gruñó sosteniendo en sus manos una camisa de un rosa que a sus ojos era desagradable, esperando a que sus reclamos funcionasen y la respuesta de la muchacha fueran la que deseaba escuchar.

—Si no quieres pues anda desnudo —terminó diciendo para la mala suerte de Vegeta, que sin esperarlo abrió sus ojos de la sorpresa, sosteniendo que esa mujer si tenía su debido carácter.

—¡Rayos! Es una mujer muy grosera.

Nadie continuó contestando; luego de que Bulma dieran un coqueto guiño, Yamcha, Krilin, Puar y Oolong comenzaron a reírse sin miedo, como si del que se rieran fuese un amigo más, pero era todo lo contrario. Se reían aprovechándose de que increíblemente Bulma tenía dominado al asesino, pero aun así continuaba siendo un peligro, y Bulma no era capaz de frenar semejante poder en caso de que Vegeta perdiera la paciencia y su poca cordura.

—Esto es horrendo —se lamentaba Vegeta entre gruñidos, observando con pena el extraño y llamativo conjunto que Bulma le había ofrecido.

—¡Ay! Te vez muy bien así —burlaba Bulma, y las risas que se había callado volvieron a escucharse como carcajadas.

—Si valoran su vida no se rían —alardeó a todo pulmón— ¡Silencio!

Nuevamente, y en un abrir y cerrar de ojos, el grupo infantil dejó de reírse, observando a Vegeta y Bulma conversar con tranquilidad. Y otra vez, podían darse cuenta de que el miedo de la mujer hacia el pelinegro era nulo.

—¿Y por qué no te quedas hasta que regrese Goku? —con una mueca de indiferencia y cólera, Vegeta giró la mirada rechazando la oportunidad—. Aunque seas muy fuerte no tienes nada de dinero, ¿verdad? Y si te quedas aquí serás el primero en saber sobre su regreso.

Esa oferta, esa si era una buena oferta. En cuanto se tratase de Goku, Vegeta no dudaría ni un segundo en aceptar hospedarse en aquella casa; después de todo, la terrícola tenía razón: él no tenía recursos ni nada con que mantenerse, aunque existían métodos que para ese entonces él prefería ahorrárselos dada la ocasión.


(…)


Como si hubiese sido un sueño, todos comían juntos en la misma mesa, sin discusiones ni tensión. Disfrutaban de una deliciosa parrillada cuando de repente Vegeta golpeó la mesa más que enojado. Los demás se levantaron de sus sillas al mismo tiempo que se estremecían al sentir una energía desconocida y descomunal, que asemejaba ser maligna, agregando que la misma se acercaba rápidamente a la tierra. Todos sospechaban que podía ser Freezer y la sospecha se confirmó cuando el saiyajin maldecía al dueño de ese increíble poder. Y aunque fuese advertidos de la amenaza que se aproximaba, la única que se mantenía en completa calma, simulando que nada ocurría, era Bulma, que con amabilidad ofreció la salsa de tomate al saiyajin que seguía igual de sorprendido tanto por el comportamiento de Bulma, como del regreso de Freezer.

Partieron en dirección al punto de aterrizaje de la imponente nave, donde se suponía que llegaba Freezer con sus tropas, y seguramente acabar con la tierra en modo de venganza por todo lo que le habían hecho en el planeta verde. Y para colmo, Freezer no era el único que llegaba a la tierra con un poder descomunal; también llegaba King Cold, padre del emperador del universo. Quizás este último acompañaba a su hijo por la única razón de ver, con sus propios ojos, al súper saiyajin.

Todos temblaban en cuanto la nave aterrizó. El grupo se acercó en cautela hasta el punto de aterrizaje, se escondieron detrás de las inmensas montañas y allí permanecieron, presos del pánico, listos para esperar una muerte lenta y dolorosa, pues ellos sabían que si Freezer los encontraba los reconocería al instante, y por ende los torturaría al haber sido participe en la misión por buscar las esferas del dragón, como simples estorbos que solo interferían en los planes del Lord.

Freezer había pisado tierra, mostró su imagen fuera de la nave, con una apariencia bastante diferente a la inicial, la que todos conocían. Se notaba cuánto daño había hecho el súper saiyajin; el cuerpo reconstruido de aquella lagartija presentaba increíbles remodelaciones físicas nuevas, robóticas, que de alguna forma, le daban la gran libertad de moverse, y para más desgracia lo mantenía con vida.

¿Qué era lo que iba a pasar después de la llegada de ese bastardo? ¿Acaso era el fin de la humanidad? ¿El fin de los saiyajin?

Las esperanzas ya no existían, y el espíritu de pelea se había perdido en todos los guerreros presentes. Freezer se convertiría en el nuevo legado…


Continuará...


Nota

Están en su derecho, así nada más, están en su bendito derecho de matarme cuando quieran... ¡Dios! Hace "años" que no publico, o bueno, actualizo O-O Ni yo misma me puedo creer cuanto tiempo pasó desde el último capítulo, pero tranquilos que ya volví... Y bueno, mi justificación es que la escuela se está volviendo un infierno, un infierno que jamás viví, dejándome a penas escribir un párrafo cada muerte de obispo :'v

Al fin. ¡AL FIN! pude actualizar y la verdad que me sentí realmente mal, pero se los voy a compensar. Y disculpen si no es un capítulo largo de 14 mil palabras como me gustaría que fuese, pero mi tiempo es limitado, y bueno, esto es lo mejor que pude hacer. Espero que no lo hayan abandonado, porque realmente pongo mucho amor en mis capítulos.

Agradezco de corazón también a esa gente que lo leyó, a los nuevos y a los viejos :'3 la verdad que no sé que haría sin ustedes. Después de mi "desaparición" no esperé ninguna otra review, pero seguían llegando y eso era lo que me alentaba, y aún me sigue alentando; porque a pesar de que sea un review viejo o nuevo, los leo una y otra vez, recordandome los hermosos lectores/as que son :'D

¡Los quiero muchísimo y aprecio la paciencia que tienen!

¡Hasta pronto! :'3