Pétalos de vida


XI


No estaba en posición de decir nada, le dolía todo su cuerpo y a la vez sentía el alivio de estar en una casa con la atención y el cariño que tanto necesitaba. Levantó lentamente la mirada para observar qué lo rodeaba y se percató de que se trataba de una habitación, la cual se le hizo bastante familiar. Por otra parte, a su alrededor no había nadie como esperaba que lo hubiese, lo único que había eran los rayos del sol entrando por la ventana, un cuenco con agua fría y un paño al borde de caer, justo sobre un pequeño banco de madera. Iba a tomarse la molestia de sujetar el trapo para ponerlo dentro del recipiente con el líquido frío y que dejara de gotear en el suelo, pero la pereza le ganó por más, obligándolo a echarse devuelta sobre el cómodo y esponjoso colchón. Acomodó su cabeza sobre su único brazo detrás de la nuca y cerró los ojos, esbozando una sonrisa. Dobló las rodillas haciendo que la sábana pareciera una tienda de acampar, buscando la posición adecuada para retomar el descanso que se estaba echando. Una simple siesta no le iba hacer daño a nadie, además se lo merecía, después de largos y largos años sin un segundo de paz, era justo que lo dejaran tomarse su reseco. Pero las cosas no durarían eternamente, ni tampoco su descanso. Para cuando parecía que sus ojos volverían a cerrarse, se escuchó la puerta abriéndose, delatada por el leve rechinido de la perilla.

Se sentó en la cama lentamente y como un gato curioso observó la puerta, esperando que alguien entrase, pero no había caso. La puerta estaba entreabierta y nadie ingresaba en la habitación, ni siquiera se escuchaba un solo ruido del otro lado, y lo poco que podía llegar a verse era completa oscuridad. Entonces decidió investigar; el miedo que se coló en su cerebro lo estaba inquietando y no se iba a quedar sentado observando. Pero no se acercó rápidamente, sino que a paso lento, uno tras otro, hasta quedar a dos pasos de la puerta. Justo en ese momento fue cuando escuchó una respiración agitada, fría y terrorífica que no se movía. Eso que fuese que estaba del otro lado de la puerta esperaba a que alguien la abriese, y ese alguien obviamente debía ser él. Aun así no quería si quiera tocar el picaporte, no quería asomar la cabeza, ni tampoco abrir la boca para preguntar quién era.

El miedo más puro y profundo se había apoderado de Vegeta. No estaba dispuesto a hacer un solo movimiento, pues comenzó a sentir la respiración más cerca de él, casi pegado a su oreja derecha, suspirándole con necesidad, como si el que respiraba se estuviese ahogando. No tenía la más mínima intención de girarse a mirar, pero sobre todo el miedo y más allá de la inquietud, había algo más poderoso. La curiosidad lo estaba obligando a hacer lo que no quería, pero debía hacerlo, de lo contrario sería un cobarde por siempre.

Se paró firme sobre sus pies, por un segundo su respiración también se agitó y sus ojos observaban al frente esperando que algo pasase, pero nada ocurría. Tragó saliva y de tal silencio se escuchaba como su propio fluido baja por su garganta, al compás de la continua respiración que ya estaba sobre él. Su corazón se aceleró y su cerebro no procesó otra cosa más que miedo, mientras lentamente giraba su cuerpo, pero su cabeza y ojos continuaban mirando al frente, aun con el deseo de no saber qué era lo que había detrás de él. Para finalizar volvió a inhalar para conservar la poca cordura que le quedaba y en cuanto sintió el olor del ambiente, la repulsión lo invadió tras un asqueroso aroma a podrido que por poco y le provocó arcadas. Cerró los ojos a la vez que tosía y se cubría la boca. Inconscientemente se había dado la vuelta, por lo que entendía que ya estaba frente a frente con el dueño de esos suspiros.

Tan solo faltaba que abriera los ojos.

No quería, no iba a hacerlo, no pretendía saber qué podía encontrarse detrás de suspiros, sollozos y un asqueroso hedor a putrefacción, pero finalmente abrió los ojos, y cuanto se había arrepentido de hacerlo.

«No vayas, tienes que quedarte con nosotros»

Al contemplar la escena que tanto se ocultaba detrás de total misterio, visualizó a Dieciocho y Diecisiete, vistiendo la misma ropa de siempre, pero cubierta de sangre y rasgada por todas partes. Sus rostros eran perversos y psicópatas, además de todo el ambiente había cambiado de una pintoresca habitación iluminada por los rayos del sol, al apocalipsis del futuro, con millones y millones de cadáveres en su entorno.

Sin embargo, eso no era lo más atemorizante.

¿Esta es tu esposa? —las palabras de Dieciocho eran claras, pero turbias y graves. Esa pregunta le retumbó repetidas veces en lo que se concentraba para observar el cuerpo que la rubia tenía en los brazos.

Ese cuerpo se le hacía conocido, demasiado. Si, era su esposa, pero en un estado catastrófico. Su piel estaba carcomida, tanto así que podían verse su carne devorada y los huesos embarnizados de sangre. Había gusanos moviéndose dentro de ella sin parar, entrando y saliendo de sus músculos de una forma realmente desagradable. Su cabello, técnicamente estaba casi calva y con los ojos abiertos, grises e igual de zampados que el resto de su cuerpo.

Todo a sus ojos se convirtió en un paisaje borroso y gris, adornado de muertos, sangre y llamas que provocaban gritos desesperados. Estaba a punto de reaccionar y atacar a los androides por atreverse a sacar a Bulma de su tumba. Actuar de esa manera era más benévolo que arrojarse al suelo y lamentarse por ver ese cuerpo irreconocible, pero un puño lo alcanzó primero y todo se hizo negro.


De golpe despertó agitado, sudando y con todo su cuerpo vibrando por culpa de esa espantosa pesadilla. Estaba de vuelta en la cama, con las sabanas tapándolo hasta la cintura, dejando al descubierto su pecho. Justo del lado derecho de la cama, estaba una persona ayudándolo a disminuir la fiebre que tenía, pero no podía ver quién era en realidad. Aún estaba en shock por lo que había visto en sus pesadillas y le era difícil aclarar la vista.

—¡Vaya! Con que al fin despertaste —espetó una voz femenina. Era Bulma que estaba arrodillada a su lado y se había resaltado después del despertar del guerrero—. ¿Te encuentras bien? Habías levantado fiebre y creí que nunca iba a detenerse. Además hace varios minutos que llevas suspirando como un loco.

—¿Suspirando?

—¡Así es! Seguro era una pesadilla, pero gracias a ella pudiste despertar, de lo contrario nunca lo hubieras hecho.

Permaneció sentado en el mismo lugar, con la intención de esperar pacientemente a que todo su cuerpo recuperara la tranquilidad, mientras prestaba atención a la mujer que se había levantado de sus cuclillas, para dejar el paño que le sacó de la frente dentro de un tazón con agua y hielo. No apartó sus ojos de ella hasta que terminó de humedecer el paño en el agua fresca. Le quitó la mirada de encima, para no recordar la imagen que presenció en esa pesadilla, porque era difícil expresar y narrar cada sucedo de ese sueño, además no quería asustarla. Bulma ya estaba pasando un momento difícil con el Vegeta de esa época, y contarle un relato, o varios, relacionados con la misma muerte no iba a ayudarla a tranquilizarse.

—No voy a preguntarte qué fue lo que soñaste. Para que despiertes de esa manera tuvo que haber sido algo desagradable ¿o no? —no le respondió nada, simplemente la miró a los ojos admirando su color, además su cabello era igual de corto y ordenado como lo recordaba la última vez que la vio en el futuro. Incluso estaba vestida de la misma manera.

—¿Les tienes miedo? —fue lo primero que salió de su boca después de largos segundos en silencio, conservando su mirada seria pero tranquila, esperando una respuesta y lo único que recibió fue una mirada curiosa.

—¿Eh? —ladeó su cabeza hacía un lado y continuó—. Si te refieres a los androides, déjame decirte que no les temo. Confío demasiado en que ustedes van a derrotarlos.

—¿Y si no podemos lograr nada? —continuaba interrogando. Vegeta no sentía la necesidad de preguntar porque si, ya que después de analizar el tiempo en el que encontraban (año 767), se dio cuenta de la gran diferencia de todo.

Los androides eran más poderosos, los guerreros Z también lo eran, y Vegeta, el príncipe gruñón y aún más orgulloso que el Mirai, era demasiado frío y cínico. Y aunque esto último parecía algo imposible de creer, así era. Mirai Vegeta siempre temió por su esposa, siempre, desde el nacimiento de Trunks. Y era por eso que se sentía terrible luego de la muerte de ella, porque se arrepentía de haberse marchado a pelear en lugar de protegerla. Sin embargo, el Vegeta de ese tiempo no se había inmutado siquiera al momento en que la nave de Bulma fue derribada.

—Bueno, sobre eso no tengo nada planeado. Solo sé que confío en su victoria y es todo. Nunca creí que pudiese pasar lo contrario —su mirada se volvió tímida y temerosa—. ¿Es que acaso los androides van a ganar? Tú debes saberlo, porque eres del futuro…

—No sé con certeza si ganaran o no —reafirmó su voz—. Lo único que sé es que estos androides son más poderosos, y que Kakarotto sobrevivirá esta vez. En nuestro tiempo, Kakarotto falleció, por lo que se tenía menos esperanza y desventaja en todo.

—Vaya —dijo después de un rato analizando las palabras del Mirai—. No creí que el futuro fuese tan terrible como lo plantas.

—Eso no importa.

Se sentó en la cama y distinguió que solo estaba vestido con ropa interior, pero esto no lo incómodo. Tapó su rostro con su mano y refregó sus ojos por un largo rato, suspirando en el proceso y observando que su prótesis derecha no estaba unida a su cuerpo. No había nada más que el metal que cubría su hombro, como refuerzo para que las uniones de la prótesis encajara en la articulación, tal y como un rompe cabezas.

Bulma nuevamente se levantó de al lado de la cama y llevó el cuenco y el paño al baño para vaciar el recipiente y escurrir el pequeño trapo. Se quedó unos segundos allí dentro, pensando qué era lo que iba a pasar en los próximos días, o quizás horas. Las palabras del Mirai no la dejaban tranquila del todo, aunque ese autoestima tan bajo debía ser el trauma en Vegeta, por culpa del futuro que ella no conocía, ni tampoco se daba una idea de cómo era. Quizás él exageraba, pero lo dudaba mucho viniendo del príncipe de los saiyajin de años más lejanos, ya que lo veía mucho más maduro y con más sabiduría. Ese príncipe Mirai demostraba confianza, y a pesar de todo parecía que estaba derrotado ¿Pero quién no lo estaría? Debía conocer más de él para cerciorarse de que lo que pensaba era correcto. Él tenía algo oculto en su mirada, y por más seguro que él se mostraba, su historia debía ser triste, sino no existía otra razón. Y si acaso existía otra razón era que este Vegeta era mucho más flexible que el que ella conocía cotidianamente, o que todas las cosas que vivió fueron lo suficientemente fuerte para deformar un poderoso carácter de guerrero orgulloso.

—Me llamó mucho la atención ese brazo robótico. ¿Acaso lo hiciste tu solo? —indagó saliendo del baño con las manos en las caderas, dispuesta averiguar lo que tanto quería.

La curiosidad era bastante picante… no iba a retenerse.

—Si, en cierta forma —contestó casi desinteresado, mientras se ponía sus botas blancas—. ¿Dónde está mi ropa?

—Esa ropa, no creo que quieras ponértela otra vez hasta que no esté limpia. Sígueme y te daré algo nuevo que ponerte.

Vegeta la observó otra vez, se perdió en sus ojos, pero no demostró estarlo. Recargó su codo sobre su rodilla y volvió a refregar su cara, para luego levantarse lentamente y seguir a Bulma, aunque esto no era necesario. Él estaba seguro que iba a llevarlo hasta la habitación que antes compartía con ella en su tiempo y darle ropa del otro saiyajin. Y cómo no, su percepción era cierta, porque iban por los pasillos de Corporación Capsula y se dirigían a la habitación. Una vez allí, Vegeta se quedó consternado, atrapado, asfixiado mirando el cuarto y todo lo que lo adornaba. Tenía vagos recuerdos de lo que había ocurrido y vivido allí, recuerdos que deseaba revivir, volver a experimentar. Pero la mujer con la que estaba no le pertenecía; lo que le había ocurrido a él hecho estaba, y no podía hurgar en otros tiempos para quitarse él mismo a su esposa. Era hora de darse cuenta de lo que el destino le tenía preparado, cuál era su castigo y cuál era su deber. No debía permitir que volviera a suceder la misma desgracia, por lo que debía ayudarse y prepararse a sí mismo, mental y espiritualmente, para que la mujer que alguna vez amó pudiera tener una larga vida. Aunque no fuera junto al Mirai, él sabía que estaba haciendo lo correcto, y que de alguna u otra forma, ellos estarían juntos.

Observó por el ventanal polarizado, haciendo que por fuera el vidrio se viera negro, y por dentro se contemplara una bella vista a la capital. Y la capital era bellísima por más extraño que pareciera, al menos para él era una digna visión del lugar en el que parte de su vida vivió. Ese lugar era enorme, obviamente no tanto como toda la tierra, pero si albergaba una gran cantidad de vida que en su tiempo ya no existía. Aun detrás del cristal podía escuchar el sonido de las aves y los perros ladrarle a algún gato, era como lo recordaba, y quizás mejor de lo que lo hubiera asimilado. Los niños corrían y gritaban por pura diversión, los policías recorrían las distintas zonas protegiendo la vida de los habitantes, los adultos paseaban y charlaban, y los más ancianos se sentaban en las bancas del parque a jugar un clásico juego de ajedrez u otro similar y tan antiguo. Todo era tan ameno que parecía irreal, tanto que no podía evitar sentir envidia por el Vegeta de esta época.

Tenía la esperanza de que él pudiera aprovechar lo que no pudo, desviando los errores que cometió años adelante y que por desgracia, tuviera o no un largo descanso en ese mismo paraíso, lo seguirían atormentando.

—¿No te incomoda estar en ropa interior? Ya sabes, es que a pesar de que seas mi esposo, es extraño… —lo miró a los ojos, pero él continuaba distraído—. Eres casi una máquina, un exhibicionista y llevabas capucha como si fueras un maleante intentando ocultarse de los demás. No te pareces en nada a Vegeta. A veces sospecho si eres un androide o no.

—No soy un androide, no tienes de que preocuparte —respondió seco y en el mismo estado de distracción.

—Discúlpame. Seguro muchos te juzgan por ese brazo —se sentó en la cama, abrazando la ropa que tenía preparada—. A veces pregunto cosas que no deberían salir de mi boca. Espero me perdones, pero me interesan tanto estos temas. Tengo tanta curiosidad sobre ti, y de lo que sea que te haya pasado en el futuro. También sobre la maquinaria que usas, y si mi yo del futuro te…

—No sigas —espetó—. No pude haber logrado todo solo ¿o sí?

—Solo quiero saber si ella sigue viva, pero me parece extraño que siendo así no la hayas traído contigo y Trunks.

—No quiero hablar más sobre ese tema.

—Es porque estoy muerta, ¿verdad?

El silencio volvió nuevamente, acallándolos por un largo rato, hasta que él rompió con esa quietud incomoda. Se volteó desviando su mirada del ventanal, volviendo a observar a Bulma. Se acercó a ella y se sentó a los pies de la cama, siempre manteniendo una considerable distancia y tratando de que verla a los ojos no se transformara en una costumbre. Observó simplemente la ropa que ella abrazaba con firmeza, y que además de eso, lo miraba a él como si de un fantasma se tratase. Pero más que ojos y una mirada de miedo, parecían que ambos formaban un hermoso lucero, alumbrando y ladeándose a la confianza que ella le tenía.

—Ya, dame la ropa. No querrás seguir pensando que soy un nudista —cambió el tema de una forma irónica, pues de una seriedad inmensa a una sonrisa con un ceño relajado había diferencia—. Además, creo que puedes ayudarme si lo que quieres es saber las mecánicas de ese brazo robótico. Lo necesito, no me siento tan completo.

—Me lo imaginaba, por algo recurriste a un método por el que el Vegeta que yo conozco nunca hubiera optado. Pero no te sientas culpable, él no lo hubiera hecho por orgulloso que es. Tu usaste el cerebro en lugar de tu ego, y la verdad que eso es admirable.

—¿En serio, lo crees? —Bulma le entregó la ropa antes de continuar, y Vegeta comenzó a vestirse.

—¡Claro que sí! Nunca pensé que fueras tan inteligente. Es decir, sé que tienes un intelecto elevado, pero nunca pensé que llegase a superar al mío.

Del mismo silencio el roce de la ropa deslizándose por la piel del saiyajin era audible. La tranquilidad era tanta que se percibía el ingrávido ruido de sus respiraciones, los latidos de sus corazones, hasta se oía la tensión en los músculos de sus cuellos cada vez que tragaban, y la del pequeño motor del ventilador de techo que se movía lentamente. Y esa era la paz que él buscaba, esa quietud que de tan solo sentirla era capaz de sedar a cualquiera, incitándolo a dormir, o a relajarse en una reposera bajo los potentes y cálidos rayos del sol.

Sentir el calor de aquella esfera ardiente en el cielo era otro de sus tantos deseos, tanto así que estaba seguro que aprovecharía el tiempo para cumplir con todos esos antojos vacacionales en este ciclo.

—Antes de ir a mi taller, ¿te gustaría tomar algo?

—Por supuesto que no. No tengo tiempo para eso —caminó en dirección a la salida de la habitación—. No haré nada hasta no tener mi brazo, y antes de cualquier cosa voy a entrenar.

—¿También entrenas? Pensé que no lo hacías.

—Puede que sea diferente, pero al fin y al cabo, el otro Vegeta y yo somos la misma persona. Nacimos bajo la misma raza, con el mismo propósito y el mismo deseo —no la miró y abrió la puerta, listo para marcharse por el camino que ya conocía hacia el taller—. Mientras esos androides estén con vida no pienso quedarme con los brazos cruzados. Ya estuve muchos años comportándome como un cobarde y es hora de que me vengue de esos insectos de una buena vez.

—Bueno, si hablas de esa manera, entonces estoy más segura de que realmente eres Vegeta.

—¿Acaso no creías en lo que estaba hablando? —vociferó con ese tono fastidiado que solía tener.

—No, claro que no. Te creo, pero necesitaba una prueba de tu parte para que todo eso fuera realmente cierto.

—¡Hmp! Sigues siendo la misma vulgar e insolente. No dejas de salirte con la tuya.

—¿Cómo no? Soy la increíble Bulma Brief, cariño —soltó un guiño, una pequeña ricita coqueta y posó al mismo tiempo que se levantaba de la cama, como solía hacerlo para presumir.

Antes de que saliera, Vegeta sonrió y cerró sus ojos con nostalgia, visualizando en su mente la imagen de la mujer que alguna vez le perteneció. Por lo menos la mujer de su tiempo y el de este eran igual de inteligentes, intrépidas… en cierto modo, solo Bulma seguía siendo la misma, las dos eran las mismas, y de eso se sentía afortunado. Así, durante su poco tiempo en el pasado, podría disfrutar de su mujer, privilegiándose de sobrepasarse. Bien sabía que ella no le pertenecía, y ya estaba más que aclarado. No se comportaría como un hurtador. Mantendría el margen para que lo que no le pertenecía, pero tanto deseaba tener, no fuera una desmesurada tentación de la que pudiera arrepentirse después.

Era cuestión de tiempo para resistir. Mejor era terminar el trabajo que debían cumplir cuanto antes y marcharse a donde pertenecían. Sería lo ideal prevenir antes que curar una herida que él mismo se pudiese provocar, solo por no conseguir olvidar su historia, su perdida y su convalecencia.

Era el momento de poner manos a la obra, y dejar de perder el tiempo.


Aún en el sur, los guerreros Z continuaban viviendo la experiencia de ser torturados por esos androides. Los habían golpeado, lastimado, incluso habían dejado a algunos inconscientes e inmóviles y a pesar de todo, el trío de máquinas los dejó vivir.

Se marcharon a gran velocidad por los cielos, en dirección desconocida, seguramente para comenzar con alguna de las tantas locuras que ellos cometían, o al menos eso era lo que Trunks sabía y recordaba. El resto simplemente temía por las advertencias del adolescente y que, si se trataban de criaturas espantosas, sin piedad y de increíble poder, resultaban una amenaza para los terrícolas, o mejor dicho, para la tierra misma. Sin duda ellos protegerían a la tierra, o por lo menos la gran mayoría. A uno en particular, no le importaba en lo absoluto que pudiera pasar con ella. Y ese alguien era el príncipe, egoísta y agrandado, que no pensaba en otra cosa más que en solo superar a Kakarotto, y para alcanzar dicho objetivo debía demostrar su gran poder derrotando a estos nuevos enemigos. Pero, ¿cómo iba a lograrlo si una simple mujer lo había dejado de rodillas y gritando de dolor?

Luego de caer bajo el efecto de la semilla del ermitaño se puso de pie, miró a la nada perdido en sus pensamientos, ahogado en su propia vergüenza y la humillación. Si quería algo iba hacer lo imposible por conseguirlo, y todavía no había terminado. No por una simple batalla perdida, saldría vencido de la guerra.

Todos estaban distraídos debatiendo lo ocurrido, sobre el por qué los androides no los asesinaron, o cómo es que sabían tantos detalles y aún con dicha información los dejaron con vida, que no cayeron en cuenta cuando el príncipe se rodeó de su aura y se elevó a gran velocidad, viajando sin rumbo, a un lugar remoto. Lo que si sabían era que no viajaba hacia la dirección de los androides. Esta vez viajaba a un lugar aislado, despoblado, donde pudiera sentirse solo. Trunks bien sabía que su padre, a la edad de este Vegeta, era tan caprichoso y rebelde, capaz de ir hasta el lugar menos predecible para permitirse la soledad. Seguramente ahora Mirai Vegeta odiaba ese aislamiento, siempre fue consciente de ello… podía notarlo con facilidad. Su verdadero padre, el del futuro, temía estar solo; no había un segundo en el que no estuviera pegado a Gohan y Trunks cuando trabajaba en la máquina del tiempo. Pero cuando el dúo más joven partía a entrenar, a Vegeta no le quedaba de otra que ser fuerte, aguantar y llenar sus oídos de los ruidos de las máquinas y computadoras a su alrededor, agregando la pequeña radio que, de vez en cuando, emitía la sinfonía de una hermosa canción. Con normalidad eran las que Bulma solía escuchar cuando aún continuaba con vida, y a él se le habían pegado en la cabeza y el corazón como la mosca que cae en las redes de una tela de araña.

Trunks pensaba seguirlo cuando Piccolo lo detuvo, con un sencillo argumento más que cierto: ¡Trunks! ¡No lo sigas, detente! Déjalo que se vaya. Cuando se convirtió en súper saiyajin había recuperado su confianza y su orgullo como guerrero. Pero esos androides, especialmente la mujer, le dieron una paliza, demostrándole que no era el mejor. Te aseguro que esta conmocionado.

Estaba en lo cierto, estaba claro. Trunks sabía bien que pensaba Vegeta ante todo esto, y más sobre su derrota. No debía seguirlo, pero tampoco lo abandonaría por completo como otros sí lo harían.

—De todas maneras nos espera un futuro lleno de oscuridad —Ten rompió el silencio, convencido de que las cosas esta vez no saldrían como las esperaban—. ¿Qué vamos a hace a partir de ahora?

—Antes que nada vayan casa de Goku y llévenselo a otra parte —interrumpió el namek—. En estos momentos no podemos arriesgar su vida. Al fin y al cabo tenemos que pensar en una solución después de que Goku se cure de su enfermedad.

—Sí, tiene razón —dijo Krilin mirando al suelo, luego elevó la mirada y miró al de tez verde y continuó—. Y díganos, Piccolo. A partir de este momento ¿qué tiene pensado hacer?

Observó el cielo más serio que de costumbre. Gruñó apretando aún más sus puños, casi clavando sus uñas en las palmas de sus manos, y dudó durante todo el proceso, hasta que formuló su más sencilla respuesta inesperada.

—Aún no lo sé.

—¿Cómo que aún no lo sabe? Usted siempre encuentra soluciones para todo y más en este preciso momento, ¿no es así? —insistió—. ¡Vamos, díganos! ¿Acaso no somos amigos?

—¿Tu y yo amigos? —Su momento de amabilidad se había esfumado, y más con la amargura de haber sido vencidos por esas criaturas, así que con solamente alzar su voz continuó atestado de furia—. ¡No digas estupideces! —Krilin dio unos pasos atrás, mientras lo miraba espantado, a la vez que Trunks y Ten lo imitaban—. ¿Desde cuándo ustedes y yo nos hicimos amigos?

De su mano apareció una esfera, la cual arrojó al suelo como si de una bomba de humo se tratase. Causó una explosión y un gran cráter en el lugar que impactó su energía, presionando a todos a moverse de su camino para que dicho estallido no los afectase. Se cubrieron e hicieron hacia atrás, en lo que Piccolo se perdía de vista, más lo volvieron a ver cuando reapareció entre todo ese polvo y humo que había provocado. Lo notaron desesperado.

—¡Pertenezco a la familia del mal! ¡Que no se les olvide que solamente los utilizo para algún día conquistar el mundo!

Terminadas sus palabras dichas con tanta vehemencia, se dio la media vuelta y se marchó rodeado de su ki. Pensó que con eso les daría un espanto, al menos lo había dicho con tanta confianza y seguridad para que pareciera que era totalmente autentico, pero en realidad había uno que no estaba tan convencido de aquel minúsculo discurso.

Los guerreros, los tres que aún se mantenían en pie sobre el que fue el campo de batalla, observaban al namek alejarse hacía una sola dirección en línea recta. Trunks sonreía. Había recordado lo que alguna vez Mirai Vegeta le había contado de pequeño. Entonces miró al namek, y el camino que había tomado el príncipe de este tiempo. Ahora podía darse cuenta de que los relatos de su padre eran ciertos. Él siempre le había dicho que no había sido el único guerrero orgulloso y frío, que había otros que podrían llegar a ser seres tan malignos como Vegeta lo había sido en su juventud. Pero a pesar de contar eso, nunca dijo con detalle el gran parecido que tenía con Piccolo. Ellos eran como dos gotas de agua en cuando a su alma y espíritu; los dos luchadores, con ganas de enfrentar al más poderoso y demostrar cuán grandes podían llegar a ser, pero también ocultaban mucho, siendo dos seres tan misteriosos. Sin embargo, había algo que los diferenciaba, y era que Piccolo pudo caer fácilmente en las tradiciones humanas; se había convertido en terrícola por culpa de los mismos, mientras que Vegeta nunca aceptó a los habitantes de la tierra, no hasta la muerte de Bulma. Allí fue cuando el gran guerrero, el más frío sanguinario, el que nunca sentiría nada y nadie demostraría lo contrario, fue derrumbado y convertido en un individuo lleno de dolor, rencor… tristeza. En ese momento Vegeta decidió ser alguien más del montón y, por ende, comprendió el calvario por el que les hizo pasar a todas sus víctimas y que ese mismo dolor sería el que lo acompañaría el resto de su vida. En cuanto al Vegeta del presente, a este le veía algo que al Mirai le faltaba, algo que obligaba a Trunks a admirarlo, sentirlo digno guerrero un ejemplo a seguir. Vegeta era esos pasos que debían ser imitados al pie de la letra si ser un verdadero belicoso era lo que se quería.

Había algo en este nuevo Vegeta que estaba conociendo y debía encontrarlo. Debía saber cuál era su secreto, y de esa manera, lo seguiría como un consejo.

O tal vez a este Vegeta le faltaba algo que al Mirai no.

—Sí, es verdad. Lo había olvidado por completo —agregó Ten atemorizado—. Él es la reencarnación del Piccolo maligno que nos atacó hace mucho tiempo y tuvimos que pelear muy duro para defender la tierra. ¡Rayos, maldito Piccolo! ¡Aún tiene esa idea tonta de conquistar el mundo!

—Yo creo que desde que está con Goku nos quiere convencer con esas mentiras —Krilin sonrió—. No creo que aún quiera conquistar al mundo.

Luego de sacar conclusión sobre la idea de Piccolo, la cual era fusionarse con Kami-sama para que de esta manera naciera un guerrero mucho más poderoso, y que, si Piccolo o el Dios de la tierra eran asesinados, contribuía al mismo riesgo de que las esferas del dragón, de igual manera desaparecieran, los tres guerreros emprendieron vuelo veloz hacia la casa de Goku en la montaña Paoz. No estaban seguros de qué les esperaba, pero de lo que no dudaban era de que Goku seguiría en el estado en el que había caído cuando los androides aparecieron.

—Dime Trunks —dijo Krilin sin bajar la velocidad—. ¿Cuánto tiempo tardará Goku en recuperarse?

—Bueno —pensó—. Tratándose de Goku, creo que no tardará más de diez días.

—¿Diez días? Eso es excelente. Ese tiempo es suficiente para refugiarnos en un lugar mejor.

—Sí, tienes razón —afirmó Ten—. Podremos volvernos más fuertes para ese entonces.

Terminada esa pequeña charla, continuaron sobrevolando las montañas, cada uno perdido en su mente, pensando cada quien su manera de cómo terminarían las cosas. Y aunque la situación era catastrófica, capaz de erizarle la piel a cualquiera, Trunks era quien más esperanzas tenía que su futuro tuviera salvación, y no solo eso, que los del presente también vivirían en paz, sin necesidad de experimentar y vivir bajo las sobras de un mundo frío y oscuro. Ellos no se merecían una vida así, como tampoco Trunks y los que murieron en su línea temporal, asesinados uno por uno, de la forma más cruel posible.

Durante el vuelo nació otra conversación que de igual manera duró poco tiempo.

—¡Oye, Krilin! —Vociferó Ten con una decisión ya tomada, como la única opción que se le había venido en el momento.

—¿Qué? —respondió aun sin cambiar el ritmo de su vuelo.

—Voy por Chaoz para entrenar en alguna parte el mayor tiempo posible.

—Sí, está bien.

—Regresaré una vez que la situación vuelva a mostrar un cambio—sonrió y en un suspiro continuó—. No seré de gran utilidad pero quiero intentarlo.

—De acuerdo, Ten Shin Han. Nosotros iremos por Goku, para refugiarnos en la casa del Maestro Roshi. Si estamos allá les tomará más tiempo encontrarnos.

—Por favor, dile a Goku que no se esfuerce tanto.

—Sí, está bien —terminada su parte, la dirección de vuelo de Ten cambió rumbo a las montañas, en busca de su pequeño compañero de entrenamiento. Los otros dos guerreros, Trunks y Krilin prosiguieron su camino.

—No debe esforzarse tanto —repitió en voz baja—. Tiene razón. Esta vez ni Goku podrá con ellos.

—¿Por qué habrá cambiado tan drásticamente la historia del presente? —Se preguntaba Trunks sin prestar mucha atención a lo que su acompañante le había mencionado—. Los androides no tenían esa diferencia de poderes, se comportaban diferente. Lo peor es que ahora son tres.

—¡Ahg! ¿Y tú crees que no sé eso? —Dijo mirando a Trunks y luego volvió a enfocar su vista al frente—. Claro, lo malo es que esta época tan aterradora se ha hecho realidad.

—Si tan solo mi padre hiciera algo por ayudar. Pero el solo se encierra en sí mismo —de repente Trunks parecía molesto y más serio de lo común.

Krilin prefirió no comentar nada al respecto, caso contrario dejó escapar un suspiro y miro al frente con la única intención de continuar volando. Tal vez Trunks estaba en descontento con Mirai Vegeta por esa actitud que, bien Krilin y los demás, habían notado tan suave y poco imponente, pero que en cierta forma, aun contenía algo de ese orgullo que lo caracterizaba tanto. Y no estaba seguro, pero Krilin también encontraba rasgos extraños en este nuevo Vegeta llegado del futuro, rasgos que a cualquiera atrapaban y dejaban en duda, tal y como lo hacía hasta ahora. Todos estaban de la misma manera, todos le encontraban algo extraño al Mirai que lo diferenciaba del otro Vegeta. No obstante, aunque todo pareciera un juego de misterios entre dos personalidades diferentes dentro del mismo embace, no había tiempo para comenzar a interrogar a los dos príncipes, sin olvidar que estos dos se negarían a aceptar ser indagados de manera tan incómoda. De por si el viaje que estaban teniendo Krilin y Trunks hacia la montaña Paoz se había transformado en algo engorroso, pues ninguno decía una palabra, por lo que el resto del camino se mantuvieron en completo silencio.


Parado sobre las montañas más alejadas de la población, Vegeta desahogaba la furia que le daba recordar, una y otra vez, su amarga derrota contra una mujer cualquiera.

Si antes se había sentido humillado por ser asesinado a manos de Freezer y no conseguir la venganza que tanto buscaba en el nombre del rey y la raza que gobernaba, ahora estaba hundido en una inmensa desesperación. Saber que no había sido capaz de acabar con una mujer tan poderosa como Dieciocho lo era, lo enfurecía tanto que era capaz de destruir la tierra misma con tal de acabar con esas bestias, Kakarotto y todo lo que a este último lo rodeaba. De acabar con toda esa belleza genuina que poseía la tierra, y que para él era una porquería por traer armonía y tranquilidad. Pero había algo que lo frenaba, e iba más allá de solo pensar que tal acto era idea de cobardes. Tal vez, la misma tierra lo estaba consumiendo, lo estaban transformando en lo mismo que Goku se había transformado cuando llegó a este planeta. Por culpa de su gran orgullo, Vegeta jamás sería capaz de reconocer tal cosa, que esos impulsos de amabilidad que tenía de vez en cuando eran gracias a su cambio, pero ante todo esto, Vegeta no se daba cuenta de lo que le estaba pasando a su alma podrida de un pasado tan infausto. Lo único que tenía y le reinaba en su mente eran los deseos de pelar, de ser el más fuerte del mundo, o mejor dicho, del mismo universo. En cierta forma, esos deseos tontos de conquistar todo lo existente, seguían atrapándolo. Y con la llegada de estos nuevos enemigos, ni siquiera Bulma y su hijo estaban en su corazón. No por ahora, no por el momento, pero muy en el fondo de su interior ellos seguían presentes.

Su gruñido se hacía escuchar con más fulgor a cada segundo. De su boca se escapaba su sangre real, en un delgado hilo que caía por la comisura de sus labios. Sintiendo frío en esa única zona lastimada, provocado por el viento árido en la húmeda sangre que se secaba, pasó su guante sin importarle el ardor que le provocó la áspera tela sobre la herida de sus fauces. La tierra, las rocas y escombros de alrededor temblaron con fuerza bajo sus pies. Su poderoso ki se expulsaba lentamente, amarillándole el cabello e incrementando ligeramente el tamaño de sus músculos. En el proceso apretó sus dientes y frunció el ceño, dejando escapar todo el rencor acumulado, y el que no desaparecería de él jamás. De últimas, desprendió un grito a la vez que apretaba sus puños con más y más fuerza, y lo que estaba a su alcance fue reducido a polvo y escombros más pequeños —como insignificantes piedras que flotaban sobre él, dentro de su ambarina aura—, por culpa de su aterrador poder.

Si había algo que detestase más de esa mujer era que ella había sido capaz de hacerlo sangrar. Esto le traía vagos recuerdos de cuando había pisado la tierra por primera vez, donde había sufrido su primerísima derrota haciéndole frente a un saiyajin de clase baja. Esa era la primera vez que veía el fluido que le corría por las venas, y se había prometido que nunca más saldría de su cuerpo, y por desgracia, esta vez no era la segunda que veía ese líquido rojo embadurnar sus manos y manchar sus guantes. Por lo tanto, una de sus tantas promesas se había desplomado como las demás que se había hecho a sí mismo, al igual que todos esos sueños que fueron incinerados por la llama de sus caídas inoportunas.

—¡Maldita sea! —gritó a todo pulmón, sin importarle nada. Era él y solo él la persona que importaba, y no había nada que lo hiciera pensar que su caída no era tan grave, que por suerte solo había acabado mal herido y no asesinado.

Una explosión adornó el paisaje, el pilar de rocas sobre el que estaba parado se desplomó y calló dentro del cráter que se había formado. Permaneció levitando en el mismo lugar, con su transformación adaptada y más producida. Estaba pensativo, encarcelado en su ego y en su afán más obvio, aún consternado de lo que le ocurrió, sin poder creer que el círculo vicioso se repetía.

No les permitiré que sigan burlándose de mí —se decía en su mente—. Tengo que hacerles entender a esos androides que soy el guerrero más fuerte del universo ¡No puedo quedarme así!

Una y otra vez se repetía, como el estribillo de una canción. No se daría por vencido… no él, no el príncipe de los saiyajin.


Donde la nieve era la característica más notoria del paisaje, y los pinos se adornaban de esta alrededor de las carreteras casi abandonadas, viajaban los tres androides en una camioneta robada color rosa. Se habían mostrado poderosos ante los antiguos dueños del vehículo en que se movilizaban, y poco les importaba si se alarmaban y los delataban con la policía.

El juego del androide Diecisiete había comenzado: encontrar al saiyajin sin apresurarse demasiado, actuando como ciudadanos ordinarios con los que nadie debía meterse. Dieciséis lo seguía sin protestas y ningún rodeo —tal juego parecía entretenido, e iba a jugarlo ahora que al fin había despertado—, mientras que Dieciocho no estaba tan convencida de perder el tiempo. Lo que ella más anhelaba era acabar con la misión que debían cumplir a costa del doctor Gero, además de encontrar el lugar adecuado para "comprar" su nueva ropa, ya que la que llevaba puesta estaba completamente rasgada y arruinada luego de la ardua pelea que tuvo contra el príncipe saiyajin. Antes que cualquier otra cosa, o comenzar a recorrer el mundo para encontrar a Goku, debía ser ella la primera a la que asistieran, cumpliendo ese capricho insignificante de encontrarle ropa nueva que lucir. Así que antes de emprender viaje a la casa de su objetivo, Diecisiete fue fácilmente convencido por su compañera de que hicieran su petición a cambio de jugar a lo que se le antojara la gana.

Ella debía ir siempre presentable, como toda una dama.

Allí iban por la carretera, solos y sin preocupaciones, a una velocidad mínima que respetaba a la de todos los carteles a los bordes del camino. No había necesidad de ir de esa manera, pero el joven moreno estaba convencido que hacer las cosas a su debido tiempo, con una pequeña aventura de por medio, era más divertido que solo volar hasta la casa del sujeto, matarlo y luego… ¿qué? ¡Ahí estaba! Luego no tendrían un propósito. Ellos no pensaban causar el mal a un planeta que contenía cosas tan entretenidas además de su naturaleza, lo único que buscaban era un poco de diversión luego de quién sabe cuántos días, semanas, meses, o incluso años encerrados en capsulas.

Cualquiera iba a ser capaz de comprenderlo, pero cuando el objetivo final era matar a un gran guerrero, entonces sus aliados no permitirían su deceso.

Parecía que sería un viaje largo y aburrido, pero como el muchacho presentía, el momento jovial del viaje llegaría. Fue cuando un grupo de motociclistas los acorraló dentro de un túnel. Eran sus gritos los que se escuchaban en un eco interminable de risas y alaridos, acompañado del escandaloso ruido del motor de las motocicletas. Parecía ese grupo de ridículos que solo buscaba llamar la atención a través de los problemas, y esta vez las victimas sería el trío dentro de la acogedora camioneta.

Estando al lado de la furgoneta, los maleantes comenzaron a reír con más fuerza, gritarles órdenes como la de salir a dar la cara y enfrentarse a ellos, hasta acosar a la hermosa chica que iba en el interior. Por supuestos que Diecisiete y compañía no hicieron caso, por lo que el moreno aceleró sin pensarlo dos veces, obligando a uno de los motoqueros a estrellarse contra un muro del túnel, causando una pequeña explosión, y a otro de ellos lo presionó para que de igual manera acabara como el primero.

Al salir del túnel, con el jefe de grupo enajenado, continuaron su fuga a gran velocidad, perdiendo en el trayecto a una gran cantidad de integrantes: algunos contra la nieve, otros enganchados en las ramas de los pinos, mientras que otros quedaron atorados en un cartel de anuncios a intentar saltarlo. No iban a dejar que ninguno los siguiera, pero estos tipos parecían no darse por vencido. La última alternativa que Diecisiete veía fiable era la de ir en línea recta sobre las vías del tren, y por casualidad tener al ferrocarril frente a frente para que los perseguidores se echaran atrás y decidieran dejarlos en paz. Si este último método no funcionaba, entonces no tendrían otro remedio que parar para hacer lo que ellos quería: bajar a dar la cara y dar frente a una posible pelea, de la cual ya se sabían los resultados.

Al final, el tren por poco y los arrollaba, creyendo que la camioneta terminaría estrellándose y convirtiéndose en una bola de llamas, pero no se oyó nada, ni una explosión o estruendo tremendo. Para cuando el tren se alejó, los motociclistas se percataron de que la furgoneta se marchaba a gran velocidad, nuevamente por la carretera.

—Miserables —vociferó el jefe de la banda, y sin dar el brazo a torcer se montó en su motocicleta, volviendo nuevamente a perseguirlos. Hasta que su deseo de verlos muertos no se cumpliera no iba a detenerse.

Diecisiete miró por el espejo retrovisor y volvió a ver a los que esperaba que se quedaran atrás, pero estos tipos eran más insistentes de lo que esperaba. Era el momento de hacer un alto en el camino, un paro indeseado en su trayecto, y esto lo enfureció ligeramente. Pero no era por el hecho de que los estuvieran siguiendo, sino porque esos buscapleitos golpeaban a la camioneta abollándola, rayándola, hasta una de las ventanas fue golpeada y convertida en pequeños fragmentos de vidrio. Después de todo, su ánimo de seguir jugando no se iría por unos simples idiotas que dañaran su vehículo, pero el trago de tener que lidiar con garrapatas como ellos si era algo irritante.

Pararon la camioneta y solo la rubia y el peli-negro bajaron de ella, parados en el asfalto con firmeza, de brazos cruzados, esperando a que los motoqueros hicieran su parada en frente de ellos y por fin quitárselos de encima.

Los sujetos no se quedaron atrás. Fueron con sus armas: algunas cadenas, hachas y otras parecidas a las de la era medieval, tratando de atinar algún golpe a cualquiera de los dos jóvenes. Lo único que llegaban a hacer era rozarlos y solo porque los androides habían disminuido el nivel de pelea, pues con simples humanos como los que los enfrenaban, que no tenían idea de quiénes eran ellos en realidad, no hacía falta tomarlos en serio. Solamente harían el ridículo, y si en tal caso deseaban darles un golpe con todas sus fuerzas acabarían matándolos. Eso simplemente no valía la pena.

Diecisiete había mostrado su terrible fuerza destrozando una cadena de acero, mientras que, tras que uno de ellos cortara las puntas del cabello de la rubia, Dieciocho acumuló la suficiente energía en su mano izquierda como para agrietar la carretera con un perfecto corte.

Demostradas sus fuerzas, y además que ninguno de los dos temblaba ante la presencia de tantos, esos tantos comenzaron a estremecerse, rogando que algo o alguien los salvara de no ser ellos quienes acabasen muertos. Por suerte, no muy lejos y acercándose con gran rapidez, se oían las sirenas de una patrulla, por lo que los maleantes aprovecharon la ocasión y se fugaron antes de que los policías los atraparan o que los androides los borraran de la faz de la tierra.

Ya desaparecido el grupo de inadaptados, la dichosa patrulla llegó con brusquedad y de ella bajaron dos hombres armados, con esposas en sus manos, revisando si la camioneta que tenían los androides en su poder era la misma que había sido reportada como robada.

—Sí, estas son las características de la camioneta robada de la que nos informaron —con la mira fija, apuntó al par de adolescentes, caminando a paso decisivo hacia ellos para esposarlos y contiguamente llevarlos por los crímenes que los enjuiciaban.

—¡Ya veo! Muy bien. Los haremos confesar su delito en la comisaría —preparó las esposas— ¡Andado! Déjense poner las esposas.

Como por arte de magia, los dos muchachos se quedaron quietos con las manos en posición para ser apresadas. No hicieron movimientos en falso, ni siquiera esperaban escapar o tratar a los oficiales de mala manera. Todo iba de buena manera, y parecía que todo era parte del mismo juego.

—¡Y tú! ¿Qué esperas? —Alardeó el segundo oficial hacia Dieciséis—. ¡Baja también del vehículo.

Detrás de la orden, el tercer androide bajo de la camioneta, sorprendieron al comisario que, de prestar atención al peli-rojo, se percató del gran tamaño que Dieciséis poseía. Una pierna de él completaba al comisario. No se sabía si el androide era muy alto, o el comisario demasiado enano.

—Más vale que obedezcas —bajo el mismo efecto del miedo que le causaba ver a un hombre tan alto e imponente, lo esposó creyendo terminado su trabajo, pero de improvisto las esposas de Dieciséis se hicieron añicos—. ¡Ah! ¿Por qué las rompiste? ¡Me salieron muy caras! ¿Piensas oponer resistencia?

—¿Oponer resistencia? —dando media vuelta, Dieciocho miró al segundo poli y luego desvió sus ojos al coche patrulla, caminando hacia éste lentamente—. Oiga, señor policía ¿oponer resistencia significa…?

—¡No, espera! —Dijo uno de ellos con gran temor—. ¿Qué harás?

—Si hago algo como esto, quiere decir que… —con una sola mano levantó el automóvil como si de una hoja de papel se tratara— … estoy oponiendo resistencia.

El coche fue lanzado, de manera que pareciera una simple y pequeña roca, arrojado contra una pequeña montaña a no muchos pies de la carretera donde estaban parados. Cuando el coche impactó contra la piedra se incendió a causa de una explosión y esto paralizó a los oficiales que ya se arrepentían de haber llegado.

—Vámonos —nuevamente, las esposas de la chica y la del moreno se rompieron así de fácil, ejerciendo algo de fuerza en ellas, tal como lo había hecho Dieciséis antes. Este último afirmó con ganas de continuar lo que estaba emprendido, y al fin libres volvieron a subir a la arruinada pero aún funcional camioneta rosa, listos para continuar con el camino que tenían ideado.


—¡Ahí está! ¡Mira! Esa es la casa de Goku.

Por fin habían llegado. Ya estaban en la montaña Paoz y llevaban un rato buscando la minúscula casa entre el bosque que la ceñía, a pesar de ya conocer bastante bien la ubicación de dicho lar. Debido a la desesperación y a la necesidad de hacer todo cuanto antes, se les había olvidado cómo llegar con exactitud al lugar, pero lo que contaba era que ya estaban ahí y no tenían tiempo que perder. Rápidamente descendieron hasta aterrizar en el patio de la casa, justo delante de la entrada. Caminaron hacia ella para finalmente entrar y llevar a Goku al lugar que ya tenían pensado, pero Krilin se detuvo y con él Trunks.

—Espera, Trunks. Quiero preguntarte algo —ambos se miraron por unos segundos, reiteradamente en silencio, y Krilin continuo casi inseguro y con pena— ¿T-… tú sabes si es cierto que los androides con los que estamos peleando son agresivos y despiadados?

—Bueno, así es. Son muy fríos —dijo y dudo—. Aunque en la época en que yo vivo ellos son… ¿Por qué me lo preguntas?

—¿E-… Eh? ¡N-…No! —Sorprendido y sobre saltado negó cualquier cosa que pudiera hacer sospechar al joven viajero—¡S-…Solamente pensaba que si fuera lo contrario estaríamos salvados! ¡Eso es todo!

—Te recomiendo que olvides esa esperanza. Casi es imposible.

—¿E-… Eh? —tartamudeó—. Sí. Tienes razón —aun con los nervios que llevaba encima, caminó derecho hacia la puerta— Bueno, soñar no cuesta nada, ¿o sí?

Cuanto espanto se había llevado, Krilin por poco y creía que iba a ser descubierto, pero no fue así ¿Qué rondaba entonces en su cabeza? Eso era, después de que la pelea entre la androide Dieciocho y Vegeta finalizara, no pudo quitarse de la cabeza ese beso en la mejilla que ella misma se había ofrecido a darle ¿Pero por qué? Acaso… ¿Ella lo consideraba atractivo? ¿O simplemente se trató de una burla? No sabía por qué, pero Krilin estaba confundido, y no tenía idea de qué clase de sentimiento lo estaba envolviendo. Tal vez, y sin darse cuenta, se estaba enamorando de una mujer completamente peligrosa, pero como bien había dicho él: soñar no costaba nada. Y la esperanza de que ella fuera buena no iba a ser descartada, nunca había tratado con ella, solo le tenía miedo por lo que Trunks pintaba en sus relatos del futuro. Sin embargo, los mismo viajero, tanto Mirai Trunks como Mirai Vegeta, habían admitido y confirmado que estos androides eran completamente diferentes a los del futuro. Seguramente los de la época de los allegados eran terriblemente crueles, sin una gota de compasión, mientras que los del presente seguramente se trataban de seres más tranquilos, amables y humildes, que no querían hacer otra cosa más que cumplir su objetivo y luego continuar sus vidas sin necesidad de asesinar o perjudicar a la tierra.

Krilin se acercó a golpear la puerta para que Milk o Yamcha lo recibieran, y en cuando solo dio dos golpes la puerta se abrió de sopetón y con gran fuerza, golpeando al pobre hombrecito en la cabeza.

—¿¡Gohan, eres tú!? —preguntaba Milk apenas alumbrar al afuera, y sus ilusiones disminuyeron cuando encontró a Krilin sobándose y lamentándose por el golpe recibido. Suspiró con desánimo y se tranquilizó—. Ah, Krilin.

—¡Eso si me dolió! —reincorporado y con un chichón la "saludo" —. Gracias por el golpe.

Trunks sin saber siquiera quién era la mujer, la miró por unos segundos intentando identificarla. Nunca antes la había visto en su futuro, hasta que el pobre golpeado resolvió su duda.

—Ella es la esposa de Goku.

—¿E-… Eh? —educado, Trunks se reverenció y sonrió diciendo:—. Mucho gusto.

—¿Oh? ¿Qué pasa? —Miraba Yamcha desde dentro— ¡Krilin! Qué alivio ¿Por qué no habían venido? Ya me estaba preocupando.

—¿Y Goku?

—Él está bien, tomó la medicina. Ahora está durmiendo —informó Yamcha y mirando con más detalle se percató de una segunda presencia— ¡Ah! Tú eres el muchacho que vino del futuro junto con el otro sujeto —acumulando esperanza y creyendo algo incierto, continuó—. ¡Ah! Ya veo, ustedes fueron quienes derrotaron a los androides, ¿verdad? ¿Dónde está tu amigo?

—¿Eh? N-…No. No derrotamos a los androides, y por ahora mi compañero no viene conmigo —respondió apenado, sin deseos de cortar ninguna ilusión, pero era preferible contar la gran verdad que actualmente ocurría para entonces a decir mentiras que fácilmente serían descubiertas.

—Después te contaremos con más detalles —intervino Krilin—. Ahora es necesario trasladarnos a la casa del Maestro Roshi. ¡Preparen todo!

—¿¡Qué!?

Luego de que Krilin dijera el detalle básico, el destacado objetivo de las máquinas y el por qué quería hacerlo, comenzaron a moverse para llevar al enfermo a la casa del maestro. Trunks llevaba entre sus manos un par de sábanas y almohadas donde pondrían a Goku, y los otros dos hombres se encargaban de cargar con mucho cuidado al convaleciente saiyajin. Lo metieron dentro de una gran nave que Trunks había des-encapsulado, extendieron las sabanas y frazadas en el suelo y recostaron al guerrero sobre ellas, recargando su cabeza en una cómoda almohada y siendo tapado de pies a cabeza. Debían marcharse de inmediato, ya habían dejado pasar demasiado tiempo, más del que imaginaban, pero todavía faltaba esperar a Gohan, de lo contrario el niño llegaría y nunca sabría a dónde se habían ido todos. Además, si Gohan estaba para cuando los androides se apoderasen de la casa, no era seguro que saliese vivo.

Milk cargaba bolsas, seguramente llenas de ropa y provisiones de la casa, cuando llegaba Gohan. Se había tardado mucho, sí, pero había sido por culpa de la madre de Bulma. Ella lo había entretenido con algún que otro aperitivo y el pequeño no pudo negarse ante tal amabilidad. Por suerte había llegado a tiempo, y con él en la nave ya estarían listos para marcharse al lugar enmarcado.

—¿Por qué están todos aquí? —indagó el pequeño sin entender en lo absoluto qué era lo que hacían Krilin, y uno de los Mirai en su casa, con una nave fuera de ella y cargándola de las pertenencias de su hogar. Antes de que pudiera decir más, su madre corrió hacia él y lo abrazó con gran fuerza. Lo había extrañado, y más allá de eso, se había preocupado por él por lo que pudo haberle pasado tras su demora.

—¡Qué bueno que regresaste sano y salvo, hijo! —decía la madre llena de alegría sin soltarlo.

—Mamá, ¿sucedió algo malo?

—Después te lo contaré todo con más detalle, ahora sube a la nave, ¿de acuerdo?


Ya estaba vestido con nueva ropa, algo chica pero ajustada a su tonificado cuerpo. Le incomodaba un poco ya que la camiseta dejaba al aire libre su hombro derecho, y si era sincero le molestaba que los demás pudieran ver que faltaba su brazo en esa parte. De todas maneras ya no podía quejarse, además había sido un buen gesto de parte de la científica y no iba a reclamar por un simple capricho.

Llegaron hasta el laboratorio, el más grande y característico de la gran mansión, en ese mismo lugar donde alguna vez había visto a su esposa trabajar, pidiéndole ayuda para que la alcanzara hasta un lugar muy alto, o le diera una mano levantando algo muy pesado. Mirai Vegeta lo recordaba igual y como era en su tiempo antes de ser destruido, tan similar, tan calcado que en el pecho se le formó un nudo, impidiéndole soltar una sola palabra o darse la vuelta para salir y ahorrarse la pena. Lo único que estaba a su disposición era mirar lo que antes era hermoso, y ahora solo era un vago recuerdo de tantos. Al menos, se sentía afortunado de poder revivir esto que pensó jamás volvería a ver bello, y ¡qué cosa! Jamás pensó que el lugar menos esperado se convirtiera en su tortura. Su bella tortura.

Todo estaba en orden, cada cosa en su respectivo lugar, así como su única mujer lo dejaba cada vez que terminaba de trabajar, con alguna que otra herramienta tirada en el suelo, y algunos planos desenrollados sobre los escritorios. Y junto a ella su pequeño bebé, acompañándola en una cuna junto a su abuelo, quien lo mecía de un lado a otro para que pudiera dormir y despreocupar a Bulma. Pero ella, convencida de que siempre estaría junto a Trunks, que lo vería crecer y lo acompañaría hasta el fin de sus tiempos, tarareaba la misma canción de cuna que Mirai Vegeta le tarareaba a su pequeño hijo para dormir en esas noches de soledad absoluta, en la oscuridad y el frío del mundo entero.

Sus ojos se veían cristalinos, a punto de quebrarse y hacer algo que no tenía planeado, y mucho menos frente a la mujer que alguna vez amó. Y aunque sonaba ridículo no podía amar a la mujer que el presente le estaba poniendo frente a sus ojos en bandeja de oro. Esa mujer no le pertenecía a él, sino al otro él, el otro tan diferente que ella bien conocía, y no iba a destruir ese futuro que Bulma y Vegeta del presente merecían tener, cada uno al lado del otro. No podía destruir la historia que ya estaba escrita, con distintas palabras y otra tinta, donde por suerte rogaba que no terminara con el mismo final que el de él, y por ello haría hasta lo imposible con tal de mantener a toda la familia unida, que Trunks tuviera y sintiera el amor de una madre, y Vegeta aprendiera a valorar lo que realmente tenía antes de que fuera demasiado tarde… así como sucedió con el príncipe de la época apocalíptica.

Nadie sabía cuán arrepentido estaba de su vida.

—¿Te encuentras bien? —habló Bulma, con el pequeño Trunks entre sus brazos, a punto de recostarlo dentro de la pequeña cuna donde siempre lo depositaba, y casualmente era la misma cuna que en el futuro estaba bajo la oscuridad del sótano-bunker.

—S-… Sí, estoy bien —trató de sonar lo más firme posible, pero el nudo continuaba y se resistía. Le costaría mucho tranquilizarse y, pese a eso, iba a intentarlo de todas maneras—. No es momento de pensar en… —cerró la boca y guardó silencio antes de decir algo que rebelara sus sentimientos—. Tenemos que trabajar en ese brazo para poder entrenar, de lo contrario, los androides harán lo que quieran y no puedo permitirlo.

—Suenas muy convencido —sonrió y se enderezó luego de dejar al niño dormido en su cama—. Pero no creas que no me saldré con la mía.

—¿Salirte con la tuya?

—¡Así es! —Caminó hasta un pequeño armario y al abrirlo rebeló una gran cantidad de batas blancas colgadas perfectamente una al lado de la otra—. No creas que no sé que pasa algo, y no voy a descansar hasta saber de qué se trata.

La vio caminando hacia él en silencio, no le quitó los ojos de encima hasta tenerla frente a frente y, cuando eso ocurrió, los brazos le temblaron, dándole a entender que había un impulso de por medio. Deseaba abrazarla y presionarla suavemente contra su pecho. Quería tenerla rodeada por sus brazos y que ella le correspondiera sin miedo ni dudas, luego besarla y decirle cuánto la extrañaba, cuánto la amaba y cuánto deseaba que ella se fuera junto con él al futuro. Al final no era tan ridículo, si la amaba. Al fin y al cabo ella y la fallecida Bulma del futuro eran la misma mujer, del mismo carácter y la misma imagen, con el mismo cabello, los mismos ojos, la misma ropa con la que la vio la última vez. Todo era lo mismo, y a la vez tan diferente.

—No dejemos pasar el tiempo —animada, la joven mujer le extendió una bata y le dedicó un pequeño guiño—. Tenemos que reparar ese brazo, y luego buscar la manera de derrotar a los androides. Y no creas que durante el proceso no intentaré conocerte mejor. Supongo que ya me conoces, ¿o no?

—Si —admitió ya sin poder evitarlo. Ella estaba tan confiada y no permitiría que su sonrisa se borrase de su cara. En cuanto a su pegunta, claro que la conocía, como la palma de su mano, como si la hubiera tenido junto a él toda la vida y a la vez no.

Se estaba volviendo loco. La casa, el laboratorio, el orden, Bulma y el bebé… todo lo estaba volviendo loco. Todo estaba reviviendo, aquello que permaneció enterrado en su memoria reencarnaba y lo incitaba a tomar el papel que pensaba tener, pero no era suyo, sino del otro… del otro príncipe.

[...]

Así como un niño se emociona al ver el pimpollo de una rosa nacer en primavera, se sentía él cuando la oportunidad apareció. Pero no fue porque así lo quiso el destino, ¿o sí?

Y el niño, apresurado y sin darse cuenta, arrancó de sus ramas la más hermosa rosa, dejando caer sus pétalos, marchitándola… reduciendo a la muerte eso que apenas estaba naciendo y no aprovechó a disfrutarlo correctamente. Pensó en sí mismo, lo quiso para él y no quiso recordar al dueño del rosar y de la única rosa que en él crecía. Y tras marchitar la única rosa que nacía, marchitó su raíz, matando todo aquello que con mucho esfuerzo se había creado.

Los pétalos… lento se los llevó el viento. Y lo que quedó en pie del seco rosal, poco a poco lo cubrió la nieve del frío invierno.

El niño… el niño...

El niño…

No era su culpa. Solo se trataba de un alma inocente.

No sabía lo que estaba haciendo...


Continuará...


Nota.

¡Buenas días, tardes o noches! :'3

¿Cómo están? Yo feliz de al fin poder actualizar. Es una de las cosas que mas feliz me ponen. Siempre aprovecho hasta lo más minúsculo para que sea mi felicidad. En fin, espero que les haya gustado mucho este capítulo. Por si no lo saben, sobre pasé las 10 mil palabras y de ello me siento orgullosa. Pensé que se haría interminable y aquí está, terminado.

Como siempre, y a todos les pasa, puede que haya algún que otro gran o pequeño error ortográfico, pero lo que me importa es que estén satisfechos con la lectura. Es lo que busco o al menos lo intento.

Todavía se me esta haciendo medio difícil narrar cuando hay dos Vegeta de por medio, pero no importa, lo continuaré. No pienso tirar la toalla. Este será uno de mis primeros fanfic's terminados en esta plataforma. Pero quitando eso, disfruto mucho de escribir esta historia, que hasta ahora, y según lo que sé, soy la única que escribió algo así. (No soy egocéntrica, solo es lo que la gente cuenta :'v)

Espero que estén disfrutando de esta nueva personalidad de Vegeta. Tal vez no es lo que esperan, pero medida pase el tiempo, quizás le ganen algo más de afecto a este nuevo príncipe que, obviamente no es canon y nunca existió.

Estaré al pendiente de saber qué tal les pareció este capítulo.

(Espero también mi mensaje especial de cierta personita que me lo prometió. Deseo que se cumpla :'3)

¡Nos leemos pronto!

#MikuMV