Agony. Part 2.

5 días después…

-¿Cómo te sientes, Fate? –Dijo Malcom al tiempo que le tendió un plato hondo con un estofado y una hogaza de pan. Las puso sobre el barril que yacía frente a él como mesa, acompañados de una copa de vino tinto-. Come, te hará bien.

-Gracias, Graves –Dijo Twisted sin esperar mucho a echar mano a la comida-, ¿Qué ha dicho el Dr. Kidd acerca de mis heridas? ¿Hasta cuándo tengo que tomar ese condenado brebaje?

-Hasta que las heridas dejen de sangrar y que puedas caminar bien. –Espetó al tiempo que encendía un nuevo habano-. Ahora, terminar de tragar para salir a dar una vuelta, si es que puedes.

Fate se limitó a bufar y a comer. Al llevarse el primer pedazo de pan a la boca, a la vez que una buena cucharada de estofado: dentro de sí no había si no alegría y satisfacción. La insípida mezcla que le había vertido el Dr. Mientras todavía estaba drogado era asquerosa, ni sabía que era; lo que sentía era un enorme placer al probar tal festín que se fue de boca a tragar todo.

-Calma, Fate, calma. –Le dijo Graves, soltando su primera jalada e inundando la habitación con el humo-. Te puede poner mal comer así con todo el estómago lleno de esa porquería de medicina.

Fate tragó y luego habló-. Déjame comer y sal, ese maldito humo no me agrada.

Malcom bufó y sonrió, pero salió de la habitación con premura. Fate, por su parte, siguió comiendo tan apresurado como quiso. Al terminar, se levantó, llevó los trastes a una mesa y tomó su camisa y la vistió, luego su chaleco y de último, la gabardina. Todavía tenía cartas en los bolsillos y las mangas.

Caminó al perchero en búsqueda de su sombrero, pero no alcanzó a ponérselo: un enorme mareo sobrevino en él y, antes de darse cuenta, las fuerzas lo abandonaron.

-¿Q-qué sucede…? –Susurraba, al tiempo que seguía cayéndose y desplomando todo a su paso hasta llegar al suelo, golpeando fuertemente su cabeza al caer.

Malcom entró, pero ya entonces Fate había perdido la conciencia, por el golpe y por los restos del medicamento que el Dr. Kidd le había proporcionado…

En sueños….

Antes de darse cuenta, Tobías estaba tocando una calle de adoquines. Cegado por la repentina luz de sol y prontamente sofocado por el creciente calor, intentó levantarse sólo ayudado por la sombra de la gigante criatura.

-Recordad bien, muchacho, la absolución os he dado: en cualquier momento, justo es cobrar mi parte del trato. –Dijo con melodiosa y zalamera voz antes de desaparecer.

Apenas desapareció, la luz volvió a cegarlo mientras se incorporaba en la calle. A su alrededor no había nadie, y el calor que lo sofocaba lo llevó a quitarse el abrigo de más.

Frente a él yacía un enorme palacio de mármol y cristal. Era, en todo su esplendor, una joya perteneciente a una familia única y singular de esta región desconocida. Tobías asumió que esa era la "mesa" dónde el enorme demonio quería lugar, así que ni corto ni perezoso se adelantó a entrar.

Subió unos cuantos escalones, abrió la reja, pasó y la cerró tras de sí antes de dirigirse a la puerta principal, dónde tocó la puerta con una enorme hebilla de otro que colgaba de las fauces de un león.

De inmediato, abrió la puerta un viejo y gallardo señor que vestía un opulento traje negro con corbata roja y zapatos blancos de punta negra. Al ver a Tobías en el estado que estaba, se espantó, y preocupado lo hizo pasar de inmediato, pidiendo sus cosas.

-¡Pero buen señor! ¿Qué os ha sucedido? ¿Está usted bien? –Dijo, al tiempo que tocaba una campanilla y sujetaba el abrigo y el bolso de Tobías.

"Al parecer no saben quién soy."-Pensó-. "El demonio sí cumplió su parte. Bueno, es hora de empezar." –Mi nombre es Tobías, y realmente no sé qué pasó. Me disponía a vender mercancías del Río Serpentino en compañía de las caravanas que se dirigían a Noxus cuando, sin aviso, fuimos emboscados. Poco recuerdo después de eso, más que me acaban de tirar aquí. –Dijo, fingiendo hábilmente su falta de memoria, más sin embargo todas esas en el frío le dieron la apariencia perfecta para su artimaña.

Mientras Tobías relataba su historia, llegaron mozas y mozos para atenderle con toallas, una jarra de agua y unos pequeños bocadillos-. Disculpe usted lo poco, pero es primera vez que sucede un acontecimiento así. –Dijo el mayordomo, al tiempo que hacía una venia-, es lamentable su situación, ¡Daniel! ¡Daniel! –Exclamó, llamando a un mozo.

De entre todos, uno se acercó y con una pequeña venia, se ofreció-. Sí, por favor, escolta al señor Tobías al ala este, a la habitación de huéspedes del primer piso. Vela porque le consigan una mejor ropa, le preparen un baño y hagan de almorzar, ¡debe estar famélico! –Expresó con el mayor sentimiento.

Tobías tuvo que contener la risa ante las expresiones de las personas, pero al mismo tiempo sentía un extraño sentimiento de hospitalidad, de alegría, de alivio: se había salvado, después de todo.

Poco tiempo después de su llegada, yacía bañado y afeitado. Vestía una elegante camisa con puñetas bordadas y chaleco de color rojo carmesí. Pantalones de seda negros con unos zapatos de vestir bien pulidos. Su cabello estaba peinado y olía a agua de rosas. Todo un caballero en su esplendor.

Mientras esperaba su almuerzo, fue conducido a una estancia previa en un salón de techo alto con columnas de mármol blanco. A su izquierda y derecha había enormes puertas hacia otras estancias, y a su espalda por sobre la puerta que entraba estaban las escaleras al segundo piso, una en cada lateral.

Al frente, enormes puertas de cristal daban una elegante vista a un inmenso jardín dónde se lucían hermosas flores de todo tipo, al igual que toda índole de estatuas.

-Vaya… ¿Y cómo será el apetito de este demonio? –Susurró Tobías al aire, al tiempo que jugueteaba con una carta en su mano, contemplando el espléndido día fuera de los cristales.

-¿Juegas cartas? –Preguntó una dulce voz desde atrás. Tobías se volvió a la voz que venía de atrás de él-. ¿Te gustan las cartas?

Cuando Tobías se volvió a la voz para descubrir que era una hermosa dama de cabellos como el oro. Sus ojos eran verdes como esmeraldas con vetas de oro, con un prominente busto y torneadas caderas.

-Soy un aficionado a ellas. –Dijo Tobías al tiempo que sacaba el mazo e hizo trucos con ellas: las dejó caer en cascadas, lanzó varias al aire atrapándolas sin siquiera ver dónde caían y las convirtió todas en una sola, y luego, volviéndolas a su estado normal al tiempo que caminaba hacia ella.

-Jajajajaja. –Rio ella con gracia-, vaya aficionado. –Dijo, al tiempo que le tendía la mano-. ¿Y se puede saber el nombre de este aficionado que tiene el honor de ser mi invitado? –Sonrió con un guiño coqueto.

-Ciertamente, es un honor ser su invitado. –Contestó con una sonrisa. Hizo una reverencia y tomó su mano para besarla delicadamente-. Tobías, para usted. –Dijo suavemente al tiempo que tomaba su mano con ambas suyas.

En seguida, la puerta de su izquierda se abrió de golpe, revelando al mayordomo –cuyo nombre era Edmund-, y aun señor aún más elegante y más alto que vestía de blanco y dorado a excepción de sus zapatos y su sombrero de copa, negros como la noche. Sujetando su brazo, una dama vestía de rojo carmesí con zapatos y prendas doradas.

-¡Ah, Elizabeth, ya conociste al invitado! –Dijo alegre el enorme señor-, ¿cómo está, Don Tobías? –Dijo al tiempo que le extendía la mano-, mi nombre es Uller Blackwood, dueño de esta humilde choza.

Tobías correspondió alegremente al señor-. Usted ya sabe mi nombre, y es un placer, Señor Blackwood. Igualmente, es un placer, ¿señora?... –Dijo, tendiendo su mano en reverencia a la dama de carmesí.

Esta soltó una suave risa profunda y tendió su mano, cubierta de anillos y pulseras de oro y piedras-. Ingrid, buen hombre. Ingrid de Blackwood. Es un placer.

-El placer es mío. –Contestó un poco más seco-. Bien, si me permiten decirlo, ¿qué esperamos para comer? –Sonrió. El señor Uller soltó una carcajada con su esposa y la hermosa chica, al tiempo que exclamaba-: Es usted osado, pero sin duda ha de estar hambriento. ¡Pase, pase! Debemos comer.

Después de una entretenida comida, amena por mucho, todos se retiraron a sus alcobas a excepción de la chica, Elizabeth. Ambos salieron al jardín después de almorzar. La tarde corría cálida y fresca, y los pájaros cantaban alegres entre los podados matorrales que servían de cerco para el jardín.

-Dígame, señor Tobías, ¿qué lo ha traído aquí? –Dijo, al tiempo que tomaba asiento en una pequeña banca de madera y hierro cerca de una fuentecilla-. ¿Qué sucedió con los que le acompañaban en la caravana?

-Siendo sincero… -Empezó a decir al tiempo que contestaba-, lo de la caravana era para no ser echado de aquí. –Suspiró fuertemente.

Elizabeth, al instante, sintió una punzada de ternura y auténtica preocupación por el extraño. Tomó una de las manos de Tobías con ambas suyas y trató de buscar su mirada-. ¡Por favor, dígame! Le doy mi palabra de no decirle a nadie ni juzgarlo.

Tobías, movido por el sentimiento repentino de amabilidad que le expresaba su anfitriona, se dejó llevar y relató todo con sinceridad: desde su expulsión en la aldea hasta el trato con el demonio que lo trajo a las puertas de la mansión –aunque omitiendo el presuntuoso y conveniente trato bajo el cual el demonio lo llevó a tal lugar.

Una vez terminada la historia con lujos de detalles, Elizabeth había quedado exhorta de manera tal, que sus lágrimas brotaron y sólo sintió un profundo cariño por su invitado, quién correspondió el sentimiento desde ese día.

Entonces Fate sólo tuvo pequeñas luces, turbulentas en medio de las fuertes náuseas y mareos causados por el medicamento, hasta que pudo recobrar el sueño.

(Los años pasaron, y Tobías se ganó el amor y la confianza de aquella lujosa familia residente de Piltóver en sus más altos estratos. Durante algunos años, vivió rodeado de lujosas fiestas, los mejores espectáculos y con las personas más pudientes de la región.

Así también, con el paso de los años, Tobías y Elizabeth lograron encontrar el amor uno en el otro, llegado el punto en que una noche de velada, frente a su familia, Tobías pidió su mano en matrimonio. ¡Toda la familia estaba encanta! Puesto que el desafortunado huésped mercader se había convertido en el nuevo miembro de la familia y futuro señor Blackwood.)

-Señor Tobías – Tocó a la puerta Edmund-, ya todo está listo. Esperamos por usted para empezar la recepción. –Habló desde el otro lado.

-¡Voy, ya voy Edmund! –Gritó Tobías al tiempo que se arreglaba la corbata y terminaba de peinarse. Se echó agua de colonia y, por algún extraño sentimiento, tomó un mazo de cartas y lo guardó en su gabardina.

Salió a toda prisa sin prestar atención a Edmund, directo al patio. Cruzó a zancadas las enormes salas hasta llegar a las puertas del jardín dónde estaba organizada la multitud, esperando por su salida.

Todos voltearon al verle salir, acompañado de la señora Ingrid que lo tomaba del brazo. Estaba vestida con un hermoso vestido de plata, guantes blancos hasta el codo y un tocado recogido en la coronilla. Una vez estaba debajo de la pequeña caseta dónde esperaba el Procurador para llevar el acto a cabo, se paró en vista a la casa, esperando a su amada.

Mientras esperaba, Tobías atisbó una sombra en los cuartos superiores, pero descartó la idea al ver a su novia venir: Elizabeth, acompañada de su padre, venía vistiendo un hermoso vestido blanco, puro, con una modesta cola y el mismo tocado de su madre, sólo que acomodado dentro de una enorme corona de diamantes.

Dejando de lado la joyería y la vestimenta, Tobías jamás había visto mujer tan hermosa, como la que caminaba hacia él en este momento. Paso a paso, la novia se acercó hasta llegar al pequeño puesto. Allí, él tomó su mano y el Procurador empezó la ceremonia.

A pocos minutos de hablar, un sonido seco y sordo sonó dentro de la mansión, como si algo se callera. De inmediato, todos voltearon. Edmund, Daniel y otros mozos fueron ver y la boda continúo como si nada.

Pasados otros instantes, un enorme estruendo se escuchó dentro de la casa: vidrios quebrándose y cosas cayéndose. De inmediato, todos se pusieron de pie y, con horror, observaron cómo el cuerpo inerte y partido a la mitad de Edmund salió despedido por una ventana para dar contra la mesa de regalos.

De inmediato, todos los invitados salieron despedidos en gritos a correr. Algunos hombres sacaron espadas que llevaban al cinto y fueron dentro de la mansión. Al cabo de unos segundos, una profunda risa se escuchó desde adentro y, después de una breve pelea, sólo quedó un silencio antes de que una pared se derribara y se dejara ver la causa de tal destrucción.

Y allí estaba: el demonio con una enorme sonrisa se relamía los labios al tiempo que, con una maliciosa venia, se quitaba el sombrero-. ¡Buenos días, a los presentes! –Exclamó-, perdonen, ¡pero es hora de comer!

De inmediato, el demonio caminó arrasando y tragando todo a su paso de manera asombrosa y terrible. Tobías entonces se adelantó a su esposa y sacó las cartas. Una ráfaga de cartas mágicas voló hacia la criatura, quién apenas se inmutó.

Una azul cobalto fue la que logró llamar la atención del demonio, pues le atinó a un ojo mientras este se comía los regalos, la mitad del cadáver de Edmund, y la mesa dónde iban los regalos. Apenas el demonio sintió un enorme dolor en el ojo, se volvió a dónde el tahúr se encontraba.

Tobías, listo para la acción, preparó una carta color rojo carmesí y, antes de que el demonio los engullera con su enorme boca, la lanzó directo dentro de ella y explotó, haciendo que el demonio se detuviera por un segundo.

Tobías corrió, pensando que su amada venía detrás de ella. Para cuando volteó en búsqueda de su mano, su amada esposa estaba frente al enorme demonio, arrodillada y llorando.

-¡Hoy no, por favor, no vengas hoy! –Imploró con las manos juntas. Tobías corrió desesperado a ella, con una carta dorada en la mano lista para el enorme demonio, qué lo vio venir y de un latigazo con su colosal lengua lo despidió contra el techo de la pequeña tienda acomodada para la ceremonia.

-Esta hambre es una molestia, es la última vez, lo juro. Perdone usted. –Dijo el demonio a la novia. Elizabeth, tan convencida de su venia y su actitud bajó la cabeza en agradecimiento.

Para cuando Tobías se hubo levantado con carta en mano, lo único que vio fue la sangre de su esposa volar por los aires, al mismo tiempo que oía los huesos crujir como si fueran una croqueta al tiempo que el demonio la engullía.

A Tobías se le fue el alma del cuerpo en ese momento. La carta se resbaló de su mano y se dejó caer sobre sus rodillas, al tiempo que las lágrimas brotaron de sus ojos de manera espontánea. Un duro grito se estancaba en su garganta, hasta que logró salir como un alarido que destrozó, más que su garganta, su corazón.

El demonio, al verlo, soltó una fuerte carcajada y dijo-: Llora si quieres muchacho, bien me pudiste rechazar. Pero fuiste un gran tonto, el tonto que me dejo entrar.

Antes de poder darse cuenta, el demonio desapareció al tiempo que, de entre los escombros y el polvo, a lo lejos se vio la sombra de una mujer con raras piernas, lanzándose por los aires para caer con maña grácil en la enorme masacre…

-¿Está bien, señor? –Dijo la mujer-. ¿Está bien? ¿Señor… seño… se..?

-¡Fate! –Escuchó que alguien le llamaba, agitándolo-. ¡Quédese conmigo, Señor Fate! –Gritaba el doctor Kidd al tiempo que presionaba su pecho una y otra vez.

Por fin Twisted Fate se levantó, entre lágrimas y un enorme dolor en el cuerpo, se incorporó de nuevo a la vida con un enorme grito y una respiración profunda-. Ya está, ya está… Vaya, casi se nos iba. Sufrió de un ataque al corazón, seguro por ese maldito vino. –Espetó viendo a Graves-. Usted tome agua, y todo estará bien.

-Sí, seguro… -Dijo Fate al tiempo que tragaba un vaso de agua con prisa-. Todo estará bien…