PARTE 2


Pocas veces en su vida Franziska había estado en una sala de emergencias ya que, desde hacía años, los von Karma contaban con un médico de confianza que se aparecía en casa siempre que ella tenía un resfriado muy fuerte o su padre se quejaba de una jaqueca que le impedía trabajar. Manfred y su hija contaban con una salud casi de acero, perfecta como todo lo que los rodeaba, por lo que solo en contadas ocasiones el Rey de los fiscales se había visto obligado a dirigirse a un centro hospitalario por él mismo o para llevar a alguno de los niños que tenía a cargo, si bien Miles Edgeworth siempre había tenido las defensas bastante bajas.

Franziska se movió incómoda en el sofá. Agradeció internamente que aquel lugar fuese lo suficientemente exclusivo como para que la sala de espera estuviese vacía, ya que en ningún momento se hubiese planteado dejar de llorar o contener sus sentimientos, por mucho que comprometiese su orgullo y la dignidad que su padre le había instado a mantener desde muy pequeña.

Ni bien el parte médico inmediato había arrojado que Manfred seguía con vida, Miles se había ocupado de despachar a la gente que se había preocupado lo suficiente como para acompañarlos hasta el hospital, los cuales eran en su mayoría otros polistas que estaban en el campo de juego y conocidos cercanos. El hecho de que el Rey no hubiese cedido ante una muerte tan patética pareció tranquilizarlos y se retiraron sin hacer más preguntas, pero aquel no era el caso de Franziska y tampoco el de su alumno más acérrimo.

La jovencita se apresuró a secarse las lágrimas del rostro ni bien oyó que alguien se acercaba a la sala y se sentó recta en el mullido sofá. Sintió un gran alivio al ver que quien se dirigía hacia ella era Miles Edgeworth, el cual traía dos vasitos muy cutres, uno en cada mano.

Franziska no lo había visto llorar pero tampoco se sintió extrañada por eso ya que si bien Miles había solido llorar en silencio y a escondidas cuando era pequeño, con el tiempo Manfred logró hacerle entender que un von Karma está muy por encima de derramar lágrimas por idioteces. Y aunque esa situación no era precisamente una idiotez, Franziska consideró que era de esperar que un hombre no llorase. Después de todo, llorar es cosa de mujeres, ¿no?

–Toma –Miles le alcanzó un vasito, del cual emanaba vapor, y luego se sentó a su lado.

Era té. Ella dio un sorbo y dejó que el líquido caliente le bajase por la garganta, tratando de no sentir el gusto a barato pero fue imposible.

–Qué asco… –se quejó sin disimular su mueca de disgusto.

–Es lo único más o menos decente que tenían en esa máquina expendedora de bebidas calientes. –El hombre se hizo una pausa, como si estuviese tratando de dar con las palabras correctas–. Creo que deberías de ir a casa –al oír aquello, Franziska le clavó los ojos hinchados como si fuesen puñales–. Doña Liv puede cocinarte algo que te guste y hacerte un té más delicado. No tienes porqué quedarte aquí. No tienes porqué soportar esto.

–E-Es mi padre –manifestó la niña con la voz entrecortada por un llanto inminente.

¿Qué demonios le hacía pensar al estúpido de Miles Edgeworth que estaba allí porque quería? Lo hacía porque era su deber, porque necesitaba ser la primera en enterarse cómo estaba su amadísimo papa, la primera en verlo, en abrazarle. No permitiría que Miles le quitase eso también.

–Lo sé, pero el sufrir gratuitamente no te hará más von Karma –la frase hizo que a Franziska le hirviesen las mejillas de ira y se arrepintiese de no traer la fusta con ella. El muchacho suspiró cansado al ver su reacción–. Yo solo era un poco menor que tú cuando murió mi padre. A diferencia del señor, él ni siquiera tuvo la chance de ser trasladado a un hospital. Ya estaba muerto cuando lo encontraron.

Franziska no pudo evitar que un escalofrío le recorriese la espalda. Conocía la historia de Gregory Edgeworth, el padre de Miles, pero nunca la había oído directamente desde los labios de éste último.

Manfred fue el que la puso al tanto de la fatalidad que envolvía al nuevo miembro de la familia ni bien ella tuvo la edad suficiente como para preguntarse de dónde había salido ese niño. Sabía que Gregory había sido abogado defensor, uno bastante inepto, que se había enfrentado al Rey y que había muerto encerrado en un ascensor de un disparo al corazón, consecuencia de un error de su propio hijo.

Por más que intentara, la jovencita no podía imaginarse la desdicha con la que cargaría Miles. El ser el asesino de tu padre era algo que estaba más allá de su comprensión, comparable a como si hubiese sido ella quien provocase a Schwarz para que aplastase a Manfred.

–¿Qué tiene que ver eso conmigo? –Franziska disimuló indiferencia. Últimamente estaba empatizando más de lo que le gustaría con Miles.

–Tiene que ver en que, aunque tu padre no vaya a morir, no quiero que pases por esto. Me gustaría poder ahorrártelo de alguna forma pero conociéndote sé que estoy perdiendo el tiempo.

El joven dio por finalizada la conversación a la vez que sorbía de ese té horrible.

–Exacto, pierdes el tiempo –se apresuró a contestar ella–. No me iré de aquí hasta que lo vea con mis propios ojos porque ningún estúpido médico ni tú pueden convencerme de que está fuera de peligro.

Justo en el instante en que Miles se disponía a decir algo, la puerta que llevaba hacia los cubículos en donde se encontraba Manfred, se abrió, y a través de ella se manifestó el mismo médico que los había recibido en la entrada cuando bajaron al accidentado de la ambulancia y quien les dijo que éste último seguía con vida.

Ambos jóvenes se pusieron inmediatamente de pie y Franziska tembló al imaginarse lo peor.

–¿Es usted su hijo? –preguntó el médico a la vez que se dirigía hacia Miles Edgeworth.

–No, él no es su hijo. Yo soy su hija –se interpuso Franziska, con la rabia desmesurada que le provocaba el ser pasada por alto.

–Entiendo –por un segundo, el hombre miró a Miles dubitativo y Franziska fue testigo de cómo este último asentía con la cabeza. ¿Por qué demonios todo necesitaba contar con la autorización de aquel estúpido? –El señor von Karma recuperó el conocimiento –dijo y de repente ella pudo sentir cómo se le relajaban todos los músculos del cuerpo– pero el golpe que recibió en la cabeza fue muy fuerte. Le realizaremos estudios para asegurarnos de que todo está bien y eso llevará un par de días.

–¿Cómo es posible que se golpease en la cabeza de forma tan violenta? –preguntó Miles, poniéndole voz a la pregunta que Franziska estaba a punto de formular– Llevaba casco.

–El casco no estaba bien colocado, por lo que en el momento que el animal cayó sobre él, se movió de su sitio y dejó expuesta parte de la cabeza. –El hombre tomó aire y frunció el ceño levemente. La niña lo imitó: estaba analizando todos sus movimientos, y esa cara no le gustaba nada–. Ahora, hay otra cosa –procedió–. Si bien tuvo suerte en salir vivo, el peso del animal sobre su cuerpo provocó que se quebrase cinco costillas de ambos lados y la cadera quedó destrozada. Además, su fémur derecho se partió en tres pedazos.

–¡¿Qué?! –exclamó Franziska, alterada, y su estado solo empeoró cuando sintió la mano de Miles en su hombro, tratando de calmarla.

–Caminará –dijo el médico como si aquello fuese lo que preocupaba a la niña– pero no sabemos cuándo. Tendremos que coordinar una cirugía para la reconstrucción del hueso de la cadera. La sanación de éste junto con la del fémur, llevará al menos seis meses si somos optimistas, y solo podremos serlo si el paciente se muestra colaborativo y asiste a fisioterapia.

–¿Me está d-diciendo que… mi padre tendrá que andar en silla de ruedas? –la jovencita rechinó los dientes con enfado.

El grandioso Manfred von Karma, el mejor fiscal del país, en silla de ruedas, imposibilitado como un lisiado. Su maravilloso porte, la elegancia que tenía para caminar y la habilidad que mostraba para los deportes, todo se vendría abajo. ¿Qué clase de médico era aquel estúpido que tenía en frente si no era capaz de devolverle a su padre de la misma manera en la que había estado siempre? ¿Por qué demonios se molestaban en pagar una fortuna en ese centro de salud privado si los profesionales que había allí no servían para nada?

–Estúpido inútil –escupió Franziska. El hombre se vio sorprendido por las palabras de la niña–. ¿Piensas permitir que Manfred von Karma salga de esta pocilga en una silla de ruedas, como si fuese un imbécil?

–¡Franziska! –la llamada de atención de Miles, provocó que ella elevase la mirada hacia él. Nunca le había elevado la voz de una forma tan descarada en frente de un desconocido y su expresión era más tosca de lo que la había tenido jamás–. No seas grosera –la reprendió–. Tu padre está vivo, ¿de qué diablos te quejas?

(Estúpido, ¡estúpido!… ¡¿cómo te atreves?!)

–¿Agradecer, dices? ¡¿Pero de qué estupideces hablas, idiota?! –La niña dio una patada al suelo, queriendo liberar algo de la cólera que la consumía. De haber traído su fusta, ambos hombres no estarían mirándola de la manera en que lo hacían en ese momento– ¡Mi padre está discapacitado! ¡Tendrá que mostrarse en el tribunal así! ¡Tendrá que pasar vergüenza! ¡Manfred von Karma no puede pasar vergüenza!

Vio cómo Miles cerraba los ojos con retraimiento y un leve rubor se le aparecía en las mejillas. Acto seguido y pasando por alto el berrinche de Franziska, se inclinó ante el médico.

–Señor, siento muchísimo que tenga que presenciar esto. Compréndala, es solo una niña –se disculpó el muchacho.

Ella, al ver tal sumisión, dejó escapar un alarido de odio y lágrimas empezaron a salirle de los ojos, con la diferencia de que en aquel momento no eran de preocupación o miedo, sino que de asco y rabia.

–No se preocupe, no es la primera vez que me pasa. Aunque ciertamente, sí que es la primera en la que una niña pequeña me increpa de esa forma. –(¡C-cómo se atreve!)–. De cualquier forma, pueden ver al señor von Karma si así lo desean, aunque debido al dolor le hemos suministrado morfina por lo que puede que esté un poco adormilado.

–Entiendo. Muchas gracias.

Miles Edgeworth volvió a inclinar la cabeza y al hacerlo, Franziska sintió que se le revolvía el estómago. ¿Qué clase de ser humano criado en el seno de los von Karma se muestra tan estúpidamente subyugado ante otro estúpido de su mismo calibre? ¡Era intolerable! ¡La manera en la que le había hablado, en la que la había ninguneado! ¡El descaro de subestimar el estado en el que habían dejado a su mentor, el hombre que le había dado todo! ¿Es así como pagan los don nadie a los que tratan de convertirlos en gente de bien?

Franziska se quedó dura como una estatua, paralizada por la repulsión que sentía, mientras veía cómo Miles se le adelantaba hacia la puerta. Algo en su cuerpo quería estar lo más lejos posible de él, por lo que cuando consideró que se habían distanciado lo suficiente, empezó a caminar sobre sus pasos, tratando de prepararse para ver a su papa en el estado en el que se lo habían dejado.