Antes de que llegase su hermano pequeño, Alec pasaba mucho tiempo con Isabelle. Siempre fue una niña testaruda, tenaz y muy capaz de valerse por sí misma. También era la única que le apoyaba al ciento por ciento. En el fondo sabía que debería de haberse centrado más en estar con su hermana, en disfrutar de la vida a su lado, en lugar de perder su tiempo intentando conseguir la aprobación de su padre. Robert Lightwood era un hombre serio, implacable, un cazador de sombras admirable y reconocido entre los suyos. Para Alec lo sería todo poder contar con su apoyo, con unas buenas palabras de su parte. Pero Robert era hermético para todo el mundo. Tenía un parabatai, Michael Wayland. Ambos fueron uña y carne una vez, hasta que eso se acabó. Su padre se distanció de él por alguna clase de motivo oculto que nunca le reveló a Alec. Michael Wayland, dolido, marchó a Nueva York cuando le ofrecieron dirigir el Instituto de ahí, llevándose consigo a su hijo.
Tiempo después nació el pequeño Max, el último de los Lightwood y un soplo de aire fresco para toda la familia. Todos los pequeños roces y problemas internos que parecían a punto de estallar, se disiparon en el aire. Nadie parecía guardar rencor a nadie por rencillas del pasado, Max tenía un aura sanadora que les hacía a todos sentirse mejor. Alec sabía de primera mano que en algún momento todo ese perfecto remanso de paz llegaría a su fin, que la oscuridad que envolvía a su familia se haría paso de nuevo y tomaría el control. Hasta que ese día llegase, decidió que sería todo lo feliz que pudiese ser.
Alec una vez tuvo un buen amigo con el que nunca habría llegado a estrechar tanto su relación de no haber vivido ambos en Idris. Quizás en otro mundo, con una historia distinta, su camino nunca se habría cruzado con el de Mark Blackthorn. Se llevaban tan solo dos años de diferencia, lo cual solo significaba que la formación de Alec como cazador de sombras era ligeramente superior. Una parte de él quería que Mark fuese su parabatai, otra a la que solía ignorar le decía que no era buena idea. Sin embargo, decidió ceder a sus dudas, no convertirse en el parabatai de su mejor amigo. Para Mark fue un golpe duro, que precedió a una fuerte discusión entre ambos. Cuando Andrew Blackthorn fue nombrado Director del Instituto de Los Ángeles, fue el peor día de la vida de Alec. Vio como su mejor amigo, su otra mitad en el mundo, se marchaba de su lado, sin despedirse siquiera. Solo vio la tristeza y el sentimiento de traición en los ojos de Mark.
Su padre le dio la mano al señor Blackthorn, se despidió de él de forma cortés y algo seca. El resto de la familia decía adiós a su hermana mayor, Helen, que se quedaba en Idris junto a su parabatai. El mayor de los Lightwood se sintió un ser despreciable, aunque sabía que Mark preferiría una y mil veces estar con su familia antes que quedarse atrás, también deseaba poder estar en la piel de Helen, sabiendo que alguien le cubriría siempre las espaldas, a costa de su propia vida incluso. Bajó la vista antes de cruzar el Portal. Alec tuvo que mirar a otro lado, su hermana Isabelle puso la mano sobre su hombro, él la apretó intentando infundirse a sí mismo algo de su coraje.
Clarissa, la parabatai de Izzy observó en silencio como el resto de la familia abandonaba Idris.
—Quizás sea lo mejor que no seáis parabatai—dijo la chica Morgenstern—. Quiero decir, uno de los dos habría tenido que renunciar a su familia. Imagina lo que debe de ser separarse de todos ellos, imagina cómo te sentirías si hubieses sido tú quién deja atrás a Izzy y a Max.
Miró a la chica de cabello anaranjado como si fuese la primera vez que lo hacía. Clarissa le caía bien, era simpática, agradable y una persona importante para su hermana. En todos esos años no habían tenido la relación más estrecha del mundo, nunca se le había ocurrido pensar que podría preocuparse por él de aquella forma. No estaba siendo simplemente amable.
—Gracias—miró a su hermana—. A las dos.
—Vayámonos a casa.
Isabelle Lightwood no era estúpida, no sería una palabra que emplearía para definirse a sí misma. Temperamental, inteligente, luchadora y quizás comprensiva. Esas palabras sí entraban dentro de la idea que tenía sobre cómo era. Dibujó con su estela una runa de velocidad en la piel de Clarissa, mientras ella hacía lo mismo sobre su piel. Al ser parabatai las runas que se dibujaban la una a la otra eran más fuertes, de esta forma trataban de sacar mayor partido a sus entrenamientos, poniéndose al límite de todo su potencial. Se prepararon para la carrera que estaban a punto de disputar, no se jugaban nada realmente, era un mero pique amistoso. A Isabelle le venía bien aquello, le permitía evadirse un poco. Pensar en sus propios asuntos.
Asuntos que llevaban por nombre Alec.
Su hermano mayor le preocupaba mucho, desde la partida de su amigo lo veía roto. Sin fuerzas para nada, sin ganas de nada. Había perdido mucho más de lo que parecía a simple vista. La amarga verdad se imponía en la mente de Isabelle. Porque Alec sentía algo más que amistad por Mark Blackthorn. Vivían en un mundo viejo, de tradiciones anticuadas, de valores desgastados. Las mujeres podían ser cazadoras de sombras, se las trataba como iguales, pero no siempre había sido así. Hicieron falta años, muestras de fuerza, tolerancia forzada en algunos casos. Todo para que las mujeres pudiesen ser relevantes en una sociedad fundada por un hombre. Sin embargo algunas cosas todavía escapaban a esos pequeños avances. Más de uno creía que bastante hacían permitiendo que personas como Mark y Helen Blackthorn, mestizos, pudiesen ser cazadores de sombras. Isabelle tenía miedo de saber qué ocurriría si descubrían que Alec era diferente a lo que absurdamente habían establecido.
—¡Victoria para la casa Morgenstern!—gritó Clarissa henchida de júbilo—. Izzy, la próxima vez me gustaría ganarte justamente. No le has puesto muchas ganas.
Suspiró, encogiéndose de hombros.
—Estoy algo distraída hoy.
—Si quieres dejamos para otro día lo de hoy.
Isabelle sonrió y negó con la cabeza.
—Las listas de cazadores de sombras buenorros no se hacen solas, amiga mía.
Pasó el brazo por los hombros de Clarissa, ambas reanudaron la marcha a casa.
—Eres de lo que no hay, Izzy.
La puerta principal se cerró, Alec se incorporó sobre su cama. En menos de un minuto estaba ahí, frente a su hermana recién llegada. Ella lucía contenta y preocupada al mismo tiempo, no escapó al rápido vistazo que le dio antes de que ella borrase toda expresión concediéndole una sonrisa.
—¿Estás bien?
—Sí, algo cansada después de entrenar con Clarissa. No pasa nada, me ducharé e iré a comer algo.
Alec dio un paso hacia su hermana, impidiéndole avanzar. Ella le miró con cautela y sorpresa. Quería hablar con ella, de verdad que quería hacerlo. Pero las palabras no salían, no podía arrancarlas de su garganta. En el fondo temía que su propia hermana le repudiase, si ella lo hacía no le quedaría nadie. Estaría completamente solo: ¿Merecía la pena correr ese riesgo?
—Izzy...
—¿Estás bien?—le preguntó ahora ella.
—Sí...es solo que tengo que contarte algo.
Su expresión se suavizó, puso ambas manos sobre los hombros de Alec y le sonrió con la misma dulzura con la que sonreía a Max.
—Por supuesto. Deja que vaya a quitarme esto y escucharé cualquier cosa que tengas que decirme.
Le dio un beso en la mejilla.
