Su mujer murió el mismo año de su partida en acto de servicio. Para Michael Wayland aquel fue un episodio duro en su vida, quizás nunca pudo quererla de la forma en la que ella tanto deseaba, pero la quiso. También quería con locura a su hijo pequeño, Jonathan. Cuando le ofrecieron llevar el Instituto de Nueva York, y a la vista de los hechos recientemente acaecidos en su vida, no se negó. Michael tenía un parabatai, alguien por el que sentía un gran aprecio y amor, quizás mayor que el que correspondía a dos parabatai. Fue esa otra de las razones por las que Michael decidió abandonar Idris, adentrarse en tierras mundanas y convivir con aquellos a los que protegía sin que supiesen de su existencia.
Otros cazadores de sombras, y también algunos miembros de la Clave, esperaban que Robert Lightwood siguiese a su parabatai a Nueva York tal y como haría cualquier otro. Pero eso no ocurrió. Robert se quedó en Idris con su familia y Michael tuvo que marcharse con lo que quedaba de la suya. Con el corazón roto y el alma herida, confirmó que la relación con quién un día fue su mejor amigo, la persona por la que daría su vida, había acabado.
El Instituto de Nueva York era bastante amplio para solo tres personas. Con el tiempo, a Jon Wayland y a su padre se les unió Tatia, una cazadora de sombras enviada para ser la instructora de Jon. Le enseñó a manejarse en un combate cuerpo a cuerpo, al igual que a defenderse con una espada. Con ella practicó situaciones hipotéticas en las que se encontraba frente a un subterráneo malvado y debía de defenderse. Tatia le enseñó las runas, para qué servía cada una y cuál le sería más útil dependiendo de la situación.
Pero para Jon Wayland resultaba abrumador estar tan solo en un lugar así de inmenso. Por esa misma razón muchas veces salía del Instituto, con la runa que le hacía invisible palpitando en su piel, y veía a otros chicos de su edad jugar despreocupadamente. Sin saber que existían las hadas, los vampiros, los hombres lobo, los demonios y los cazadores de sombras. Él todavía no se había enfrentado a ninguno de ellos, nunca había tenido que ir a la batalla como sí lo había hecho su padre. Una parte de él tenía miedo de que, cuando llegase el momento, tuviese el mismo final que su madre. Jon tenía miedo, más que ningún otro cazador de sombras que hubiese conocido. Sabía que cuando alcanzase la mayoría de edad podría renunciar a esa vida.
Tal vez lo haría.
No se veía capaz de hacer gran cosa, no se veía capaz de enfrentar el peligro y mucho menos de sobrevivir a él. Le quitarían sus Marcas y viviría como un mundano más. Quizás contratase a un brujo que le hiciese olvidar lo que había sido, que le facilitase una vida ignorante como la de cualquier otro humano corriente. Lo sentía por su padre, por el legado de los Wayland. Pero él no estaba hecho para ser el héroe al que todo cazador de sombras aspiraba llegar a ser.
Cuando Jon Wayland cumplió los doce años, su padre le entregó una espada que perteneció a su madre. Aquello no tuvo el efecto deseado en el chico. Quizás porque el propio Michael no sabía la clase de pensamientos que pasaban por la mente de su hijo. Por eso, cuando el hombre tuvo que encerrarse en su despacho para atender sus obligaciones como Director del Instituto de Nueva York, Jon aprovechó para salir de ahí.
Dio un largo paseo por las calles de la Ciudad de la Luz, oculto bajo el glamour. Viendo como las personas se apartaban de su camino sin ser conscientes de ello. No muy lejos de la zona en la que se encontraba, había una pastelería que tenía el mostrador siempre lleno de suculentas piezas de repostería. Era una auténtica lástima que la dependienta no pudiese verle, y por tanto, no pudiese comprar ninguna de esas apetitosas piezas. Tampoco iba a robarlos, le parecía mal hacer eso. Nunca se había aprovechado de sus habilidades especiales para hacer algo tan egoísta e irresponsable.
—¡Dejadme en paz!
Había miles de voces entremezclándose en el laberinto de calles que era la gran ciudad. Sin embargo Jon pudo escuchar a aquel chico con total claridad. Realmente no pensó cuando empezó a correr hacia el origen del grito. Se encontró con un grupo de chicos que parecían algo más pequeños que él. Llevaban mochilas en la espalda, así que no hacía mucho que habían salido de clase. El grupo en cuestión estaban acorralando a otro chico, que había caído al suelo al igual que sus gafas. Vio como, el que parecía el líder, las pisoteaba entre risas.
—Simon el llorón, Simon el llorón—canturreaba con malicia.
Los demás empezaron a hacerle los coros, mientras el chico que estaba en el suelo gimoteaba. No le costó mucho deducir que se trataba de Simon. Le pareció terriblemente injusto y cruel que se portasen así con él. Nunca pensó que los mundanos podrían ser tan malvados. Le habían educado bajo unas directrices estrictas. Él era un guerrero fruto de la unión de sangre entre humanos y ángeles, era un nefilim. Debía de proteger a la humanidad del mal que se ocultaba entre las sombras. Le habían hecho creer que los humanos, los mundanos, eran seres ingenuos y débiles. Veía debilidad en el hecho de que alguien tuviese que obtener placer por medio de la humillación a un igual. Pero la ingenuidad, la ingenuidad se moría lentamente bajo aquellas risas despiadadas. Era como ver a los demonios que Tatia le había mostrado, disfrazados con pieles mundanas. Pero pensar así era lo sencillo, el camino fácil, la negación de una realidad más dolorosa.
Los humanos a los que había jurado proteger, no se merecían ser salvados.
No todos, al menos. Miró a Simon, cubriéndose el rostro intentando escapar de la humillación. Vio como uno de los chicos echaba la pierna atrás, preparándose para propinarle una patada. Aquello fue la gota que colmó el vaso. Jon corrió arremetiendo contra él. Lo derribó ante la estupefacta mirada del resto del grupito. La adrenalina le nublaba un poco el juicio, por eso no se lo pensó demasiado antes de lanzar puñetazos y rodillazos a los demás. Vio el miedo en sus ojos, la incomprensión. Se alejaron de ahí corriendo. Entonces Simon, ajeno a lo que acababa de pasar, retiró las manos de su rostro y se encontró completamente solo.
Bueno, eso fue lo que creyó él al no poder ver a Jon.
Los años pasaron y Jon encontró un motivo para seguir con su misión divina. Para no renunciar a su sangre nefilim. Él quería proteger a la Humanidad, quería proteger a gente como Simon. Por eso muchas veces iba tras él, asegurándose de que los chicos de aquella vez no volviesen a molestarle. También se dedicaba a ayudar a otras personas. Pero con Simon era diferente. El chico intuía de alguna forma que Jon estaba ahí, en una ocasión le escuchó decirle a su hermana mayor que estaba seguro de que tenía un ángel de la guarda. A Jon le hizo gracia, porque tampoco iba muy desencaminado.
Muchas veces le gustaba pensar que Simon era su amigo, aunque nunca lo hubiese visto. Alguna vez se le había pasado por la cabeza presentarse formalmente, decirle que era Jon Wayland y fingir quizás que era un chico mundano que solo quería ser su amigo. No era tan estúpido para revelarle la existencia del Mundo de las Sombras, eso era algo que no podía hacer. Pero podía ser eso, su amigo. Sabía que Simon tenía otros amigos con los que había formado una banda de música de nombre variable. Un día fue a uno de sus bolos, no le gustó demasiado, pero Simon parecía divertirse y a Jon le habría gustado poder divertirse él también. La vida de justiciero invisible era muy dura.
—Mantén la posición—le dijo Tatia con dureza.
Estaban en medio de un entrenamiento. Jon estaba cerca de cumplir la mayoría de edad, había postergado demasiado el salir a una misión real y sabía que eso le preocupaba a Tatia. Ella no sabía que su tiempo libre lo empleaba para ayudar a los mundanos, posiblemente pensaba que tenía miedo escénico, pánico a morir como lo hizo su madre. Porque Tatia empezó a entrenar a ese Jon, el que no estaba seguro de querer ser un cazador de sombras. Pero ese Jon ya no existía, ahora solo quedaba el pequeño aspirante a héroe de a pie que trataba de mantener el equilibrio en una barra a seis metros del suelo. Si caía no moriría, gracias a las runas que le conferían fuerza, pero el dolor sería terrible. Tatia no le había permitido dibujarse una runa de equilibrio, ella quería que fuese capaz de enfrentarse al peligro incluso si no tenía una estela a mano. Le enseñaba a no depender completamente de las runas, cosa que a ningún otro cazador de sombras se le ocurriría enseñar a su pupilo.
Jon puso un pie delante del otro, cuando logró estabilizarse repitió la operación. Le faltaba menos de la mitad del recorrido, después del entrenamiento se daría una ducha e iría un rato a pasear por las calles de Nueva York. Por la noche Simon y su grupo ahora conocido como Rock Solid Panda. No habría mucha gente, nunca la había. Quizás alguna cara nueva, pero siempre estarían las habituales. Hasta tenían una groupie particular, por así decirlo, era una niña pequeña un poco obsesionada con Simon. Resultaba tierna y adorable. Maureen Brown, se llamaba.
Llegó al final del trayecto y bajó de la barra haciendo una pirueta. Cayó sobre sus piernas flexionadas y vaciló un poco al incorporarse, cosa que a Tatia no le hizo demasiado gracia. Le lanzó una toalla, Jon la recogió para limpiarse el sudor, cuando terminó de hacerlo su instructora ya no estaba. Siguió con el plan que tenía para el resto de la tarde, se dio una ducha, se arregló un poco y salió del Instituto. Tenía la sensación de que se olvidaba de algo, pero no sería muy importante si no conseguía recordarlo. Vio a varios subterráneos por la calle, algo que solía ocurrir a menudo. No eran enemigos, simplemente vivían por ahí. Era cierto que cuando veían sus marcas, ya que ellos podían verlo a través del glamour, solían ponerse en guardia. Temiendo que si hacían un mal gesto, él se lanzase sobre ellos para aplicarles la ley. Entendía que le juzgasen sin conocerlo, muchos cazadores de sombras actuarían de la forma que esperaban los subterráneos que lo hiciesen. Pero él era distinto.
Su mirada se encontró con la de una mujer-lobo, lo sabía por el brillo en sus ojos. Ella era rubia y su piel tostada, tenía cara de pocos amigos. De hecho tenía la misma cara que debía de poner alguien cuando se encontraba de frente con su mayor enemigo, y le estaba mirando fijamente. Jon retrocedió sin perderla de vista. Una alarma interna se disparó, sabía que estaba en peligro, sabía que esa subterránea en particular no era amigable. Sacó su estela y maldijo por lo bajo el haber salido del Instituto sin dibujarse ninguna runa de fuerza o velocidad. Sus dedos temblaron. La licántropa se percató de lo que pretendía hacer y avanzó con rapidez hacia él. Jon echó a correr mientras intentaba dibujarse algo coherente en el brazo. Agradeció en ese momento los entrenamientos de Tatia sin runas, había conseguido tener la suficiente velocidad por sí mismo para poder escapar de una mujer-lobo, o al menos durante un rato. Cuando dobló la siguiente esquina se chocó contra algo y cayó de espaldas. Podía escuchar a la subterránea no muy lejos de ahí.
—Tío, mira por dónde vas—dijo el mundano.
Un mundano le había hablado. Pero eso no era posible. Miró sus brazos, entonces supo que era lo que había olvidado hacer. Había olvidado dibujarse un glamour. Menudo imbécil, vaya fallo de novato. Buscó la estela por el suelo, mientras el mundano se incorporaba. Cuando se giró para verlo, su rostro palideció.
El mundano era Simon.
