Stephen Herondale tuvo que esforzarse mucho en su camino para ser un gran cazador de sombras, quizás esto se debió a que su madre, Imogen, era la Inquisidora y esperaba que su hijo fuese el mejor. Stephen era tenaz en todo lo que hacía, se esforzaba al máximo. Aunque también era un poco ingenuo y fácil de manipular. Por eso, y porque no tenía realmente ningún amigo en Idris en aquellos momentos, aceptó dirigir el Instituto de Londres cuando supuso demasiado para sus padres, quiénes lo dirigían en ese momento. Stephen tenía tan solo dieciocho años y tuvo que hacerse cargo de manejar con diligencia a varios cazadores de sombras que, tras acabar su formación, eligieron su Instituto para empezar a tomarse su trabajo en serio.
Así fue como conoció a Amatis Graymark. No podía dejar de mirarla, sus ojos azules y su cabello marrón siempre recogido en un torpe moño que no dejaba de deshacerse. Era una gran guerrera, aunque vacilaba a la hora de atacar a algún compañero una vez caía en los entrenamientos. Otros se burlaban de ella, asegurándole que en la batalla pensarse las cosas demasiado podía acarrearle problemas, incluso la muerte. Un día, tras uno de esos combates de práctica, Amatis se quedó sola recogiendo las armas que el resto habían decidido dejar esparcidas por el suelo. Stephen la observó desde el marco de la puerta, no dudó en acercarse a ella cuando estuvo a punto de perder el equilibrio. Cogió una pequeña daga que amenazaba con clavarse en el suelo. Amatis se sonrojó al ver que el Director del Instituto, que solo tenía un año más que ella, acababa de ayudarla. Stephen también se sonrojó, no sabía por qué, pero había algo en la mirada de la chica que hacía que perdiese la compostura.
Ambos tardaron en darse cuenta de que estaban profundamente enamorados del otro, pero una vez lo hicieron, los dos cazadores de sombras se casaron. Dirigieron juntos el Instituto de Londres y, pasados unos años, tuvieron a su primera hija. La llamaron Theresa, como uno de los antepasados de Stephen. Theresa era fuerte, alegre y tenaz. Se sonrojaba con facilidad y usaba los mechones de su cabello para cubrirle el rostro. Al menos así lo hizo sus primeros años de vida. Sin embargo, cuando su hermano pequeño nació, Theresa cambió por completo. Se volvió una chica más seria, más responsable y mucho más tenaz. Se cortó el cabello, para evitar la tentación de ocultarse tras él. Dejó a un lado la vergüenza, o eso intentó.
Su madre solía llevarla de vez en cuando a Idris, para que estuviese con sus abuelos y con su tío Lucian, a quién no conoció en demasiada profundidad antes de que desapareciese de sus vidas para siempre. Cuando iba a la Ciudad de Cristal le gustaba jugar con una chica de su misma edad, Helen Blackthorn. Lo cierto es que se hicieron grandes amigas. Otros niños tenían problemas con Helen porque su madre era un hada, pero a Theresa aquello le daba igual. Gracias a su padre sabía que en su familia había sangre de brujo, eso unido a la educación que le proporcionaron sus padres, le hicieron ser una persona bastante tolerante. Por eso mismo, un buen día, le propuso a su buena amiga Helen ser su parabatai y ella, como era de esperar, aceptó.
Esta pequeña decisión supuso un gran cambio dentro de los Herondale, al hacerse ambas niñas parabatai habían unido sus destinos y debían de permanecer juntas para poder protegerse la una a la otra como habían jurado hacer. Amatis decidió entonces que no dejaría a su hija sola, aunque confiase plenamente en que los Blackthorn podrían cuidarla. De esta manera, dejó Londres y se separó temporalmente de su marido, para volver a Idris con sus dos hijos. Todos los días hablaba con Stephen y procuraban verse con la mayor celeridad posible.
Cuando Theresa y Helen no estaban entrenando, solían salir por Alacante en compañía de otros cazadores de sombras. Entre ellos se encontraba Jonathan Morgerstern, gran amigo de Helen y la pesadilla viviente de Theresa. Ella realmente solo lo odiaba porque, desde el mismo instante en el que lo conoció, el único objetivo de Jonathan parecía divertirse a su costa. Le ponía la zancadilla cuando tenía ocasión, le gastaba bromas pesadas en las que ella acababa cubierta de barro o simplemente se metía con su pelo corto.
Con el tiempo el hermano pequeño de Theresa, Luke, desarrolló un odio visceral por la hermana pequeña de Jonathan, Clarissa. Luke en realidad era un niño bastante extraño, quizás un poco sombrío. Era algo que preocupaba mucho a su madre, pero nunca le explicó si había algún motivo para ello. Sí que recordaba que, cuando hicieron la ceremonia de la primera Marca, pese a los alaridos de dolor del pequeño, Amatis suspiró casi aliviada al ver la runa perfectamente dibujada en su piel. Theresa nunca le preguntó por qué actuó de aquella forma, pero tampoco olvidó esa escena. Luke era un niño con bastante malas ideas, era cruel sin ningún motivo y parecía disfrutar haciendo daño. Un día se lo encontró en el jardín con una lupa, jugando a quemar hormigas. Tenía solo cuatro años y había algo en su risa que le producía escalofríos a Theresa.
Tomó con fuerza a su mejor amiga y la abrazó hasta casi asfixiarla.
—Eres fantástica, Helen.
Una vez más, extendió el pequeño abalorio de su colgante y lo admiro con devoción. Helen le había regalado un colgante del tamaño de una moneda con una espina grabada en él, era el símbolo de los Blackthorn. En la cara posterior estaba grabada la runa de parabatai que ambas chicas llevaban en el pecho dibujada. Helen tenía un colgante igual, solo que en la cara frontal había una garza grabada, símbolo de los Herondale. Theresa abrazó de nuevo efusivamente a su amiga. Por aquel entonces ambas chicas tenían dieciséis años y Luke catorce. A Theresa le preocupaba lo que su hermano estuviese haciendo por ahí. Era bastante protectora y quizás demasiado tolerante con él. No podía evitar justificar cada mala acción que hacía Luke, quería creer que existía un motivo para que hiciese tantas fechorías. Su madre nunca quería hablar del tema, no con ella al menos. Cada vez que descubría que Luke había hecho algo malo, le castigaba severamente. Por eso Theresa siempre se aseguraba de enterarse primero y poder cubrir al pequeño de los Herondale.
—Déjame respirar, Tee, me estoy ahogando—dijo su amiga entre risas mientras la apartaba.
A Helen le gustaba llamarla Tee, al igual que lo hacía su hermano. El resto del mundo solía llamarla Teri y solo sus padres la llamaban por su nombre completo. Ahora Helen vivía con ellos en la casa de los Herondale. Su familia se fue a Los Ángeles cuando nombraron Director a su padre. Como Theresa, Teri, tuvo que renunciar a estar con su padre para quedarse con la chica Blackthorn años atrás, esta vez fue ella quién dejó marchar a los suyos. Le dolía mucho, le partía el alma en mil pedazos. Por eso Teri siempre se esforzaba por mantenerla entretenida, tan solo le mostraba a ella esa parte efusiva de sí misma que creyó haber enterrado cuando Luke nació.
Tiró de Helen hasta sacarla fuera de la casa, ambas enlazaron sus brazos y caminaron por las calles de Alacante sin rumbo fijo. Por lo bajo inventaban conversaciones que creían que tenía la gente a lo lejos. Les ponían voces ridículas y decían sinsentidos. Teri sabía que Helen estaba triste gracias a su vínculo de parabatai, por lo que ella debía de saber también que estaba preocupada. Preocupada por Luke: ¿Qué estaría haciendo? ¿Estaría haciendo algo normal o quizás estaría en medio de alguna travesura de fatales consecuencias? ¿Podría ocultárselo a su madre esta vez?
—¡Helen!
Teri sintió que se le helaba la sangre. Su amiga se giró, Jonathan Morgerstern corría hacia ellas. Dejó de sonreír al ver a la chica Herondale. Tampoco sabía qué esperaba encontrarse: ¿un pato? Claro que no. Quién sino iba a estar con Helen si no era ella.
—Hola, Jonathan—contestó alegremente Helen.
—Solo quería devolverte esto—dijo mientras le tendía un libro.
A Teri le sorprendió que alguien tan sumamente imbécil como Jonathan fuese capaz de leer, pero no comentó nada en voz alta para no crear un conflicto. Sabía que si su parabatai tenía que elegir entre uno de los dos, la elegiría a ella siempre. Aunque el chico no le cayese precisamente bien, no le haría pasar el mal rato de saber que sobraba. Por alguna razón, el más estúpido de los Morgenstern no dejaba de mirarla.
—Oh, gracias.
Vio como Helen se guardaba el libro en la bolsa que llevaba al hombro.
—¿Nos podemos ir ya?—preguntó con sequedad Teri, aunque ella tampoco podía dejar de mirar a Jonathan.
Helen observó con curiosidad la escena. De repente se llevó una mano a la cintura y flexionó las piernas de una forma un tanto exagerada.
—La verdad, es que tengo que ir al servicio con urgencia—soltó la chica Blackthorn—. Espérame un momento, mientras podéis hablar Jonathan y tú. Teri también se ha leído Historia de Dos Ciudades.
Antes de que ninguno de los dos pudiese replicarle nada, Helen Blackthorn desapareció dentro de uno de los locales abiertos. La escena se volvió bastante incómoda. Ambos dejaron de mirarse para fijar la vista al suelo. Teri se mordió el labio, era la primera vez que se quedaba completamente sola con Jonathan. La calle estaba vacía, antes no lo estaba: ¿dónde diantres había ido a parar la gente?
—Así que te gusta Historia de Dos Ciudades...
¿Qué había sido eso? ¿Acaso Jonathan Morgenstern había sido amable?
Bueno, tanto como amable no. Más bien le había hablado como a una persona normal. Nada de chistes sin gracia, motes estúpidos o un tono cínico y ofensivo. De hecho, casi había sonado tímido al hablar.
—Igual no me gusta—respondió ella cruzándose de brazos.
Lo conocía bastante bien, no iba a caer. Seguro que era el preludio de alguna de sus bromas de mal gusto.
—Pero te lo has leído.
—Sí, pero normalmente la gente no sabe si le gusta un libro hasta que se lo lee.
Jonathan se rascó la nuca con cierta perplejidad. La verdad es que no era un chico feo y con esa expresión de incomprensión casi parecía mono. Se mordió la mejilla por dentro. Estaba hablando de Jonathan Morgenstern, por favor, era algo así como su némesis.
—Entonces...¿te gusta o no?
¿Cuánto podía tardar una persona en ir al baño?
—Digamos que sí.
—¿Y por qué me has dicho antes que no?—cuestionó molesto.
Teri puso los brazos en jarras y se inclinó un poco al frente. Alzó la barbilla.
—Yo no te he dicho ni que sí ni que no, Morgenstern.
—No se puede hablar contigo de nada.
—¡Ah!—dijo ella frunciendo el ceño—. ¿Es que acaso has intentado hablar conmigo alguna vez?
Él pareció meditarlo.
—Igual sí.
Ya no aguantaba más. Lo empujó con fuerza, haciendo que Jonathan, al no esperarselo, perdiese el equilibrio y cayese al suelo. Entró por la puerta que Helen había cruzado, dejando al joven Morgenstern solo en la calle.
Luke se rascaba compulsivamente el costado izquierdo, justo sobre su marca de nacimiento. También tenía otra en su hombro izquierdo con forma de estrella. Pero esa también la tenían su hermana y su padre. Escuchó cómo en el piso inferior Tee y Helen reían como si no hubiese mañana. Siempre estaban riendo, alborotando. Odiaba vivir en una casa llena de mujeres. Tampoco era cómo si quisiese marcharse a Londres con su padre. Lo que de verdad le gustaba era la soledad, él con sus pensamientos y nadie más. No tenía ningún amigo, aunque había chicos que le secundaban en algunas de sus, digamos, travesuras.
Hacía muchos años, Luke sufrió lo que él consideró una gran humillación por parte de Isabelle Lightwood. Habían pasado cuatro años desde aquello, cuatro años en los que había intentado encontrar la forma de vengarse de ella y también de la boba de Clarissa Morgenstern. Odiaba a la chica pelirroja más que a nadie en el mundo, había algo en ella que no le gustaba. Esa luz que parecía desprender con su sola presencia, el hecho de que parecía que nada la hacía realmente infeliz. Su manía recurrente de hacer dibujos de cualquier cosa. La odiaba, la odiaba tantísimo. Seguía rascándose, paró al darse cuenta de que se había hecho sangre. Ni se había enterado. Se auto-infligía daño a sí mismo con tanta costumbre que había aumentado su umbral del dolor, lo toleraba mejor y en ocasiones ni se daba cuenta de que estaba herido hasta que veía la sangre.
Se puso una camiseta, sin importarle que se manchase. No se aplicaría un iratze para un rasguño tan superficial, era ridículo. Sacó una bolsa que tenía bajo la cama, comprobó que lo llevaba todo. Cuerdas, esparadrapos y una piedra de luz mágica para cuando cayese la noche. Lo tenía todo planeado, primero iría a por Clarissa. Ella era más débil y más fácil de manejar. Además había escuchado a Helen pedirle a Jonathan Morgenstern que fuese a su casa esa noche, así que Clarissa no tendría ningún hermano mayor que la defendiese. Isabelle sí que sería un problema, pero también había pensado en ello. Cogió un pequeño estuche lleno de dardos y un frasco con un líquido denso y brillante, lo echó también a la bolsa.
—¿Qué has hecho qué?—escuchó gritar a su hermana.
Gruñó por lo bajo, eran unas histéricas. Una auténtica molestia.
—No te alteres, Tee, no es bueno para la piel.
Habían subido al piso superior, seguramente se dirigirían a la habitación que compartían ambas. Podían tener una para cada una, pero la chorrada esa de ser parabatai les hacía querer estar en la misma habitación casi todo el tiempo.
—Es que no me puedo creer que le hayas dicho a Jonathan que quiero hablar con él.
Hubo un silencio breve.
—En realidad—comenzó a confesar Helen—. Le he dicho que quería pedirle un favor...que él no sabe que es hablar contigo.
—¡Helen!
—No grites, te escucho perfectamente. Pero se lo tienes que decir, Tee.
—No tengo nada que hablar con ese imbécil.
De nuevo otro silencio.
—Por favor, Tee. Creo que ya es hora de que le digas a Jonathan Morgenstern que estás enamorada de él.
Debía de salir de la casa antes de que el chico Morgenstern llegase, no sabía cuánto tiempo le llevaría a su hermana declararle su estúpido amor. Era vomitivo que sintiese algo por un Morgenstern, o por cualquier otra persona. Los sentimientos estaban sobrevalorados, analizándolos con frialdad, no reportaban nada. Si tan solo actuabas por amor y hacías que tu vida dependiese de estar con alguien, una vez murieses, acabarías en el olvido. Nadie recuerda a una persona cuyo mayor logro ha sido enamorarse. Porque es francamente ridículo.
Primero dejó caer la bolsa al suelo, aunque unos arbustos amortiguaron la caída, y por tanto, el ruido. De todas formas, con las dos amiguísimas alborotando día sí y día también, nadie escucharía nada. Saltó desde el alféizar de la segunda planta. Sus runas le permitieron caer con gracilidad. Recogió la bolsa del suelo y se dispuso a comenzar con su plan. Sin embargo escuchó movimiento no muy lejos de ahí. Había varios árboles rodeando su casa, entre ellos, vio una sombra claramente humana. Sacó su cuchillo de serafín y susurró el nombre. El arma de extendió e iluminó, confiriéndole un aspecto amenazante.
—Sal, quién quiera que seas.
Así lo hizo.
