Isabelle entró en la habitación con una toalla alrededor del cabello húmedo. Se había cambiado de ropa por una camiseta más amplia y unos pantalones ajustados. Alec la esperaba sentado al filo de su cama. Estaba nervioso, lo sabía porque no podía quitar la vista de sus manos, las cuales movía de manera inquieta y compulsiva. Isabelle carraspeó, atrayendo la atención de su hermano mayor, le pidió permiso con la mirada para sentarse a su lado y él se apartó un poco. Le sonrió con dulzura, estaba tan tenso y ella creía saber por qué. Lo sabía desde hacía tiempo, era algo que había hablado en una ocasión con Clarissa y se enfadó porque su amiga se diese cuenta antes que la propia Isabelle. Ella quería a Alec con locura, lo había querido siempre, era una gran persona en todos los aspectos de su vida. Leal, cariñoso, confidente, compasivo y bueno. Nunca la iba a defraudar y solo esperaba no llegar a defraudarle a él nunca.

—Izzy..yo...

Podía notar como no conseguía arrancar las palabras de su garganta, estaban atoradas ahí. Isabelle quiso ayudarle, así que hizo lo que mejor se podía hacer en una situación así. Lo abrazó.

—Digas lo que digas, no vas a hacer que te quiera menos.

Escuchó como él inspiraba hondo, quizás aliviado o quizás sorprendido porque creía saber que su hermana ya sabía lo que diría a continuación:

—Soy gay.


Tardó un par de segundos en reaccionar, el chico de gafas sacudía su mano delante de él, preguntándole si estaba bien. No podía estarlo, cómo iba a estarlo. Había olvidado ponerse su glamour, estaba siendo perseguido por una mujer-lobo loca y la había llevado hasta Simon. Simon el mundano. Simon su único amigo, aunque él ni siquiera lo conociese.

—Me estás preocupando, tío.

Jon apartó la mano de Simon y se incorporó con una agilidad que sorprendió al otro chico. Lo empujó con algo de agresividad.

—Tienes qué salir de aquí.

—¿Qué?

—¡Sal!

Simon miró por encima de su hombro, supo a quién miraba. Se giró, con estela en mano para plantar cara a la subterránea.

—¿Qué está pasando?—preguntó Simon con una nota de miedo en su voz.

Hacía bien en tener miedo. El propio Jon estaba muerto de miedo. Esperaba que el mundano se marchase, pero debía de haberse quedado paralizado al ver el aspecto agresivo de la chica. Ella se lanzó sobre Jon, que no la esquivó para evitar que cayese sobre Simon. Forcejeó con ella, protegiéndose la cara. Era mucho más fuerte, todavía no había podido dibujarse ninguna runa más allá de una algo tosca para la velocidad. No podía perder el tiempo ahora en eso, así que usó su estela como una estaca. La hundió con fuerza en el hombro de la chica. Ella profirió un grito de dolor que pareció más un aullido, echó la cabeza atrás y Jon aprovechó la oportunidad para golpearla en la garganta. Arrancó la estela de su hombro y le dio un rodillazo para quitársela de encima. Se puso en pie y miró de nuevo a Simon.

—En serio, sal de aquí.

—Pero tú...pero ella...pero...

Escuchó los jadeos de la mujer-lobo muy cerca, aunque no pudo evitar que ella le cogiese por el cuello de la camiseta y lo lanzase contra una pared. Sonó a huesos rotos, y al ponerse en pie de nuevo sintió la sangre en el paladar. Escupió al suelo. Frente a frente contra la subterránea. Estaba demasiado cerca de Simon, tan solo lo miró unos segundos. Era la viva imagen del terror. Esos segundos fueron suficientes para su adversaria, tomó a Simon del cuello y lo elevó un par de palmos del suelo. El chico arañaba la mano de ella intentando zafarse de su amarre.

—¡Suéltalo!

—Mis órdenes eran matarte a ti, Jonathan Wayland—sonrió con malicia al mirar a Simon—. Pero no me importaría matar también a tu noviecito por el camino.

Jon se sonrojó al oír aquello, se dio cuenta de que estaba fuera de lugar que lo hiciese. Aunque eso no evitó que causase cierto efecto en él. Carraspeó y su semblante se tornó más agresivo. Que quisiese matarle a él era admisible, gajes del oficio. Querer matar a Simon era muy diferente. Nadie podía tocarlo.


Luke observó pensativo y con cautela al desconocido que salió de entre las sombras. Era mayor, con el cabello canoso y la piel maltratada. Parecía un antiguo guerrero que había dejado que la vida le destrozase por completo. Sus ojos brillaban, así que supo que se trataba de un subterráneo, un hombre-lobo. Alzó su cuchillo de serafín, indicándole que no diese un paso más.

—De acuerdo, Luke.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Sé mucho más que tu nombre. Te conozco más que nadie en este mundo, te puedo comprender a un nivel que ningún otro podría.

Aquello no terminaba de convencerle, no le gustaba nada el tono en el que se dirigía a él el subterráneo. Ningún asqueroso subterráneo debía dirigirse de esa forma a él. Pero de alguna forma que no era capaz de explicar, se sentía cómodo con su presencia. Sintió un cosquilleo en su marca de nacimiento.

—¿Qué haces aquí, subterráneo?

—Tengo una oferta que hacerte: una vida nueva dónde puedas dar rienda suelta a toda su pasión interna, dónde puedas cumplir el destino que está previsto para alguien cómo tú.


Teri abrió la puerta de su casa para encontrarse cara a cara con Jonathan Morgenstern. Ambos se miraron de arriba a abajo con seriedad. Su parabatai estaba a un lado, observando desde las sombras con ambos pulgares arriba y una sonrisa en el rostro.

—Eeeh...buscaba a...

—Helen.

—Sí.

—Ya.

Se creó un silencio incómodo entre ambos que se prolongó, posiblemente, más de lo deseado. Teri deseaba que se abriese el suelo a sus pies y se la tragase vorazmente. Helen seguía en su escondite instándola a que hablase con él. Su plan genial hacía aguas por todas partes. Podía ver a Jonathan mirarla expectante, esperando que se moviese para buscar a su amiga.

—Entonces...Helen...

—Sí, ya...eh...—miró a su parabatai, ella negó con la cabeza y le hizo un gesto para que siguiese hablando—. Helen no está.

—Pues mejor me voy.

Con rapidez, el chico giró sobre sí mismo y empezó a marcharse, y con él su oportunidad de declararse. No se sentía cómoda con la situación, Helen la presionaba demasiado porque ella era lo suficientemente cobarde como para no dar nunca el paso. Inspiró hondo y dio un paso al frente.

—Espera.

Jonathan se paró en seco, se volteó para mirarla.

—¿Qué pasa ahora?

—Tengo algo importante que decirte.

Él cruzó los brazos sobre el pecho.

—Bien, habla.

Le molestó su actitud prepotente. Su capacidad de pasar de ser un chico agradable y simpático a un cretino de marca mayor era asombrosa. Además de que solo se daba con ella, lo cual le dolía profundamente. Actuó sin pensar, desde la desazón interna que le producía el tono de sus últimas palabras. Cogió el jarrón de la mesita de la entrada y se lo tiró. Le pilló totalmente desprevenido, no pudo cubrirse e impactó de lleno en su cabeza, le salía sangre, cubrió la herida con una mano mientras con la otra sacaba su estela.

—Fuera de aquí—dijo Teri, sofocada y alterada.

—Estás cómo una cabra.

Se fue de ahí malhumorado, sin decir nada más. Entonces Helen irrumpió en escena, también molesta. La miraba juzgándola por sus actos. Negó con la cabeza y se marchó escaleras arriba.


Estaban sentadas en el alféizar dela ventana, las piernas le colgaban. Clarissa llevaba un par de minutos hablando sobre cosas triviales, pero Isabelle estaba con la mirada perdida en el horizonte, guardando un inusual silencio en ello. Le dio un codazo para traerla de vuelta a la realidad. Isabella la miró mosqueada.

—¿Qué te pasa?

—Qué te pasa a ti, estás distraída.

Y volvió a mirar al horizonte, esquivando los ojos de Clarissa. Tragó saliva de forma sonora.

—No puedo decírtelo, es un secreto.

Vio cómo su parabatai bajaba la vista.

—No sabía que hubiese secretos entre nosotras...—dijo terriblemente dolida.

—Esto no tiene que ver conmigo, por eso no puedo contarlo—gritó Isabelle girándose hacia ella.

Clarissa negó con la cabeza, su amiga le había contado miles de cosas que no tenían absolutamente nada que ver con ella. Nunca había tenido ningún problema con los cotilleos. De hecho Isabelle los adoraba más que ninguna otra cosa en el mundo.

—¿Es alguien qué conozco?

Isabelle suspiró.

—Sí.

—¿Jonathan?¿Helen?¿Theresa?¿Aline?—probó, pero Isabelle no dijo nada—. ¿Alec?

Su parabatai vaciló, se puso ligeramente nerviosa y supo que se trataba del mayor de los Lightwood.

—En serio, Clarissa. Para.

Intentó pensar qué podía ser, de qué podía tratarse para que Isabelle no quisiese compartirlo con ella. Entonces se dio cuenta de que había algo que ella sospechaba desde hacía tiempo, algo que tampoco había sido capaz de compartir con la chica Lightwood. Solo podía tratarse de aquello. Detuvo a Isabelle cuando se dio la vuelta para volver a entrar al dormitorio.

—No pasa nada, eres mi parabatai. Somos familia, Alec también es mi familia—vio cómo los ojos de Isabelle brillaban por la preocupación—. Nunca odiaría a nadie de mi familia.

Alguien carraspeó.

Las chicas dirigieron sus miradas a la puerta, en cuyo marco estaba apoyado Alec. Ninguna de las dos sabía cuánto tiempo llevaba ahí, observando, pero los ojos cargados de rabia contenida de Alec denotaban que lo suficiente.

—Es fácil decir algo así cuando en realidad no compartimos la misma sangre—escupió con dolor antes de irse.

Isabelle inspiró hondo, reprimiendo las lágrimas. Miró a su parabatai.

—Lo siento, Clarissa. Esto es difícil para Alec—soltó el aire—. Creo que es mejor que te vayas.


La pelea estaba cada vez más desequilibrada, sin tiempo para dibujarse runas, Jon estaba perdido contra la fuerza de la mujer-lobo. Lo peor de todo era que Simon seguía ahí, negándose a marcharse. Se lo había suplicado en más de una ocasión, pero el mundano no quería abandonarlo. Tenía que admitir que el chico tenía un gran corazón, pero no un gran cerebro. Su estupidez le costaría la vida a ambos, porque Jon no podía dejar de estar pendiente de Simon. Así fue cómo recibió el peor golpe de todos, proyectado contra la pared por una patada. Al caer su mandíbula se golpeó con la esquina del contenedor, pudo sentir el sabor de la sangre. Su vista se nubló unos instantes. Mientras se recuperaba con lentitud vio como la chica se acercaba a él, también vio cómo tras ella, Simon cogía una tubería y la golpeaba.

—¡Perdón, perdón!—dijo Simon cuando ella se giró.

La miró extrañado al ver qué no había tenido efecto en ella, más allá de incrementar su furia. Retrocedió asustado.

—Qué tierno que saltes a defender a tu novio.

—No es mi novio, acabamos de conocernos—aclaró Simon nervioso.

Ya era la segunda vez que la subterránea insinuaba algo que no estaba pasando entre ellos. Jon se sentía ridículo por seguir dándole vueltas. Aprovechó el momento de distracción para saltar sobre la mujer-lobo, pero ella echó una mano a su espalda y agarró la camiseta de Jon. El nefilim se vio, de nuevo, lanzado por los aires, esta vez Simon amortiguó la caía inintencionadamente. Le ayudó a incorporarse.

—De verdad, Simon, vete.

Estaba actuando de escudo para ambos mientras retrocedían, la espalda de Simon chocó con la pared y se encontraron en un punto muerto. Jon sintió el aliento de la subterránea. Pero el sonido de un extraño silbato rompió la tensión de la escena. Ella sonrió, con un rápido movimiento dejó inconsciente a Jon. Miró a Simon, que estaba muerto de miedo.

—Dile a tu novio cuando despierte que las cosas están a punto de cambiar en el Mundo de las Sombras. La caída de los nefilims será solo el comienzo.

Dicho eso, se marchó.