Simon estaba asustado, golpeó un par de veces al chico que se la había jugado por él, Jonathan había dicho esa chica extraña que era su nombre. Jonathan abrió los ojos, miró a su alrededor, confundido. Se incorporó con rapidez al darse cuenta de dónde estaba. De un salto estaba en pie y dispuesto a entrar en pelea.
—¿Dónde está?
Se llevó las manos a la cabeza, pasándolas por el pelo. Jonathan se veía imponente desde su perspectiva. Debería de sentirse intimidado, pero tan solo podía sentir cansancio y una leve curiosidad por saber de qué iba todo aquello.
—Se ha ido...
Jonathan lo miró, como si acabase de recordar que estaba ahí. Se agachó frente a él, y lo examinó.
—Simon, ¿tú estás bien? ¿Te ha hecho daño?
Lo apartó con brusquedad.
—Estoy bien.
El otro chico asintió, distraído. Se puso en pie, se arregló la ropa e inspeccionó la zona. Simon tenía que irse al concierto, aunque no se veía capaz de subirse a un escenario después de esa escena.
—La chica me ha dicho que te diga que las cosas están a punto de cambiar en el Mundo de las Sombras. La caída de los nefilims será solo el comienzo.
Cogió el palo brillante del suelo con el que había apuñalado a la chica.
—Genial—musitó Jonathan sin fuerzas, luego pareció recordar algo y miró a Simon—. ¿Cuánto llevo inconsciente?
Simon miró el reloj de su muñeca.
—Unos diez minutos.
—Mierda.
Empezó a marcharse, pero Simon lo alcanzó.
—Jonathan.
—Jon—le corrigió él como si fuese un acto reflejo, lo miró sorprendido de que le siguiese.
—¿Qué está pasando?
—No puedo contártelo.
Simon se detuvo, pero el otro chico seguía caminando.
—¿Qué pasa?—gritó—. ¿Tendrás que matarme si lo haces?
Esperaba que no, lo decía en broma. Aunque viendo lo que acababa de ocurrir, tampoco sería una gran sorpresa que Jon fuese un asesino. Lo vio doblar la esquina. Decidió que no quería perderlo de vista, se merecía respuestas. Corrió para alcanzarlo, pero al girar por dónde Jon lo había hecho, no había nadie. La calle estaba desierta.
Su madre caminaba de un lado a otro, histérica. Su padre era quién dialogaba con ellas. Teri y Helen estaban sentadas en el sofá, ambas con las manos sobre las piernas y el rostro descompuesto. No sabían en qué momento, pero Luke había desaparecido, no estaba. Eso no era lo peor, que su hermano desapareciese era malo, pero que lo hiciese la misma noche que se había dado la voz de alarma en Idris era peor. Estaban siendo atacados, o al menos intentaban atacarlos, todavía no habían podido cruzar las salvaguardas. Debían de reunirse con el resto de los nefilim, pero la desaparición del pequeño de los Herondale nublaba cualquier orden.
—¿Y no os ha dicho que quisiese ir a ninguna parte?
—Papá...ya sabes como es Luke, él es tan reservado siempre.
Amatis cogió un cuchillo de serafín, dos espadas que se puso a la espalda y unos cuchillos arrojadizos. Su marido se quedó estático mientras veía cómo abría la puerta.
—¿Adónde vas?
—A buscar a mi hijo y si alguien se lo ha llevado tendrá que pagarlo con sangre.
Cerró la puerta detrás de sí, que no duró mucho de esta manera puesto que Stephen no tardó ni cuatro segundos en seguirla. Teri y Helen se quedaron solas, compartieron una mirada que comunicaba mucho más. La chica Blackthorn puso su mano sobre la de la chica Herondale, la apretó con fuerza. Se pusó en pie y obligó a Teri a imitarla.
—Vamos a buscar a Jonathan.
Teri la soltó.
—¿A Jonathan por qué?
—Hay muchos cazadores para defender Idris, creo que pueden permitirse que unos cuantos busquemos a Luke. Cuantos más mejor.
La otra chica asintió.
Habían salido de la Ciudad de Cristal, estaban a las afueras dónde demonios y algunos subterráneos intentaban colarse. El misterioso hombre que le había acechado en mitad de la noche guardó el cristal que había empleado para entrar y salir sin ser detectado. De entre los árboles salieron otras dos figuras, bajaron sus capuchas para mostrar el rostro de una mujer bastante atractiva y un chico más joven que estaba sin duda emparentado con ella.
—¿Quiénes son? — preguntó Luke, aún sin saber cuál era el nombre de aquel hombre.
—Es mi familia.
La mujer se apartó un rubio mechón rebelde, entonces vio runas dibujadas sobre su piel. Se fijó mejor en el chico, también rubio, en el cuello podía ver cicatrices de viejas runas.
—Son nefilims, ¿cómo pueden ser familia de un subterráneo?
El hombre se rió, caminó hacia la mujer, tomando su delicada mano entre las suyas. Ella lo miró con devoción, sus ojos brillaron durante un instante con un color morado intenso. Fue un parpadeo.
—Los misterios del amor.
Luke comprendió sin más explicación que se trataba de algún tipo de magia, no iba a juzgar al subterráneo por ello. Si la nefilim era tan estúpida como para dejarse engañar, se lo merecía.
—¿Qué hay de tu oferta?
—Primero quiero contarte una historia, una de la que tú formas parte.
Clarissa le tendió la mano a su hermano para ayudarlo a ponerse en pie. Iban de camino a reunirse con sus padres. Jonathan le había instado a que se quedase en casa ya que todavía era demasiado joven para entrar en batalla, pero los dos sabían que era una perdida de tiempo intentar hacerla cambiar de opinión. Se encontraron de frente con los tres hermanos Lightwood, Isabelle llevaba de la mano al pequeño Max.
—¿Qué hacéis vosotros aquí?—preguntó Jonathan cabreado mientras señalaba a Isabelle y Max.
Alec era mayor y tenía sentido que fuese a defender Idris junto a los demás. Isabelle soltó la mano de su hermano pequeño, cruzó los brazos sobre el pecho y adquirió esa pose que su parabatai sabía que no auguraba nada bueno.
—No esperarás que deje solo a Alec.
—¿Y vas a arrastrar a Max a una batalla? ¿Cómo puedes ser tan irresponsable?— miró a Alec—. Tú eres el hermano mayor, ¿cómo puedes ser tan irresponsable?
— Mi hermana es muy capaz de defenderse sola, igual que la tuya— dijo Alec señalando a Clarissa— . Supongo que por eso la dejas ir contigo, ¿no?
Jonathan sacudió la cabeza, discutir era lo último que le apetecía en esos momentos. Unos pasos apresurados irrumpieron en el cruce de caminos. Todos se giraron para ver como, sofocadas, Teri y Helen se paraban junto a ellos. Hablando de discutir, la Reina de las Discusiones entraba en escena.
—¡Chicos!— gritó Helen entre aliviada y nerviosa.
Se dio cuenta de que algo pasaba, Teri tenía mala cara, se la veía preocupada. Se le quitaron las ganas de soltar cualquier comentario sarcástico.
—¿Tampoco os habéis reunido con los demás?— preguntó Alec.
Helen negó con la cabeza.
—Luke ha desaparecido.
El mayor de los Morgenstern miró a la mayor de los Herondale. Sabía que Luke era una mala hierba, pero seguía siendo el hermano de la chica. Se imaginó por un instante que Clarissa desapareciese.
—Dinos cómo podemos ayudar.
La mayoría de los nefilim de Idris se encontraban ahí congregados cuando los demonios y subterráneos (en su mayoría hombres-lobo) irrumpieron en la Ciudad de Cristal. Maryse y Robert Lightwood luchaban espalda contra espalda. Cerca de ellos se encontraba el matrimonio Morgerstern. Aunque Jocelyn era una fiera guerrera, Valentine parecía estar haciendo todo lo posible para evitar que los enemigos se acercasen a ella. Maryse sabía que algo ocurría, pero ese era el menor de sus problemas. Tan solo podía pensar que terminar con todo aquello para volver a casa con su familia. Un demonio Oni saltó sobre Maryse. Tenía un cuerpo verdoso, una boca amplia con colmillos que amenazaban con devorarla. Hundió en su interior su cuchillo de serafín. Lo vio retorcerse y gritar de dolor. Finalmente, se plegó sobre sí mismo para volver a su dimensión. Maryse se incorporó, tenía icor sobre su ropa, otro uniforme de batalla del que tendría que deshacerse. Se giró para ver cómo lo llevaba su marido, luchaba con un demonio del tamaño de un iceberg, con rostro arrugado y manos ágiles como las de un mono. No tuvo oportunidad de asistirlo porque un hombre-lobo apareció frente a ella.
—¿Es que queréis iniciar una guerra?—le gritó Maryse.
Quizás no fuese la persona más tolerante respecto a los subterráneos, tenía que admitir que ella a veces se sentía superior solo por tener sangre de ángel recorriendo sus venas. Pero eso no significaba que no respetase los Acuerdos. Miraba por el futuro de sus hijos, por legarles un mundo en el que pudiesen vivir en paz con todas las criaturas del Mundo de las Sombras.
—El Maestro traerá de nuevo al Mundo de las Sombras al lugar al que le pertenece.
—¿El Maestro?
Esquivó un golpe, por poco. Le dio una patada en el estómago al hombre-lobo, no emplearía un cuchillo de serafín contra él. Lo recogió para cambiarlo por una daga curvada, le permitía más agilidad en sus movimientos.
—¡Valentine!
El desgarrador grito de Jocelyn la despistó por completo. En ese momento desapareció de su campo de visión el hombre-lobo, también lo hicieron poco a poco el resto de los enemigos. Maryse supo que era el momento de acercarse a la mujer. Estaba de rodillas en el suelo, con las manos en el rostro, tratando de contener el llanto. Puso su mano sobre la espalda de ella, tratando de reconfortarla.
—Jocelyn, ¿qué ha pasado?
—Se lo ha llevado—murmuró a duras penas.
Maryse vio una marca de sangre en el suelo, junto al cuchillo de serafín que solía emplear Valentine.
—¿Quién se lo ha llevado?
La mujer alzó la vista, mirándola con los ojos hinchados.
—Luke Herondale.
