Los chicos llegaron al centro del caos en el momento más oportuno. Al ver cómo el enemigo se retiraba, Jonathan los había convencido de ir a ver qué ocurría. Los hermanos Morgenstern abandonaron al grupo cuando vieron a su madre tirada en el suelo, rota, llorando desconsoladamente. Jonathan la cogió en volandas, Jocelyn pasó sus brazos alrededor del cuello de su hijo mayor y se dejó llevar. Clarissa miró a su hermano, esperando que él supiese qué hacer. Maryse Lightwood se acercó a sus tres hijos, los abrazó con fuerza, como si temiese que si no lo hacía fuese a perderlos para siempre. Les dejó respirar un instante, se giró hacia los Morgenstern.
—Nos reuniremos en nuestra casa—luego se giró para mirar a Helen y Teri— . Todos.
Cogió en brazos al pequeño Max antes de reunirse con su marido. Caminaron juntos hasta perderse en la multitud. Helen le dio la mano a su parabatai, la agarró con fuerza. Tiró de ella para empezar a moverse. Los hermanos Lightwood empezaron a seguirlas.
—¿Y que hay de Luke?—musitó sin apenas voz Teri.
Helen dejó de darle la mano para pasar su brazo por los hombros de su amiga.
—Puede que tus padre lo hayan encontrado ya.
Teri intentó sentirse reconfortada por sus palabras, pero su vínculo parabatai le permitía sentir lo mismo que la chica Blackthorn. Tenía miedo de equivocarse, de que algo terrible hubiese ocurrido y Luke estuviese en peligro.
Isabelle y Clarissa habían sido excluidas de la reunión privada que tenía lugar en el piso inferior. Demasiado jóvenes les habían dicho. Podía ser, pero eso no las hacía inmaduras e irresponsables, eran guerreras. Amatis llegó un rato después, sin Luke. Tampoco había rastro de Valentine, lo cual le preocupaba enormemente a Clarissa. Ambas parabatai estaban sentadas en silencio en la habitación del menor de los Lightwood que estaba ocupado leyendo.
—¡Esto es ridículo!—gritó Isabelle exasperada poniéndose en pie.
Caminó de un lado a otro de la habitación con los brazos cruzados sobre el pecho. Clarissa se puso en pie, con cuidado de no meterse en su camino.
—Tampoco es como si pudiésemos hacer nada, Izzy.
—¿Y qué es tan importante que no podemos estar presentes?
Clarissa no tuvo tiempo de responderle, su parabatai salió de la habitación sin que pudiese impedírselo. Corrió detrás de ella, puesto que la conocía y sabía que podía temerse lo peor. Isabelle se detuvo en mitad del pasillo, Clarissa hizo lo mismo a su lado. Tenía motivos para haberse parado de forma tan abrupta. Ninguna de las dos esperaba encontrarse a Mark Blackthorn ahí parado, como si nada. Se miraron la una a la otra con la expresión congelada por la sorpresa. Al ver que su amiga estaba asimilando aún su presencia, era intimidantemente guapo, Clarissa tomó la iniciativa.
—¿No deberías de estás en Los Ángeles?
En otra ocasión, habría dedicado unos segundos a reírse del hecho de que existía un chico capaz de dejar a Isabelle Lightwood sin palabras. Pero la situación cada vez pintaba más extraña.
—Ha llegado un mensaje al Instituto informando de lo que pasaba, mi padre me ha enviado aquí a ver cómo estaba mi hermana.
Helen. Había dejado a todos sus hermanos atrás al quedarse en Idris. No era ningún secreto lo unidos que estaban los chicos Blackthorn, por eso a Clarissa le costaba comprender por qué no se habían ido ella y Teri a Los Ángeles con los demás.
—¿Qué está pasando?
Mark guardó silencio, también apartó la mirada de Clarissa. Ésta tragó saliva, inquieta.
—¿Qué está pasando?—repitió esta vez Isabelle.
Sentir el repentino malestar de su parabatai le había devuelto la voz.
Teri derribó uno de los sillones de una patada, su acción no resultó indiferente para nadie. Aun así, todos guardaron silencio. Miró a su madre, que no parecía dispuesta a hacer nada. Buscó el apoyo de su parabatai, pero Helen solo esperaba a que se tranquilizase. Su propio hermano. Siempre había sabido que Luke tenía sus peculiaridades, quizás podía llegar a dar algo de miedo, pero nunca secuestraría a alguien. La puerta por la que minutos antes había salido Mark Blackthorn, se abrió de golpe. Por ella entraron Isabelle Lightwood y una Clarissa Morgenstern visiblemente cabreada. Por el rabillo del ojo vio al hermano de la chica ponerse en pie, pero no llegó a tiempo de evitar que Teri fuese golpeada por el furioso puño de Clarissa. Cayó al suelo de espaldas, no porque le hubiese dado demasiado fuerte, sino por la sorpresa del momento. La miró desde abajo, por un momento no comprendió por qué lo había hecho. Al ver sus ojos brillantes por las lágrimas, lo supo.
—Tu hermano...se ha llevado a mi padre...y tú...
Fue a intentar golpearla otra vez, pero Jonathan se interpuso entre ellas. Cogió a su hermana de los hombros y la echó para atrás. Helen se apresuró a ayudar a Teri a levantarse. Sabía que por el vínculo parabatai habría sentido un eco del golpe, lo lamentaba profundamente. Vio como Mark bajaba la vista, avergonzado por haberse ido de la lengua. No tenía por qué, acabarían enterándose de lo que había pasado. Vio como Jocelyn se llevaba a su hija fuera de ahí, acompañada como siempre de Isabelle. Teri sintió que ella también necesitaba aire, caminó hasta la puerta de cristal que daba al jardín de los Lightwood. La brisa fresca nocturna le golpeó en la cara, como si pretendiese devolverla a la realidad. Una realidad que le dolía admitir y es que, efectivamente, su hermano había sucumbido a su oscuridad interna. Quería gritar, llorar, destrozar algo. Pero hizo lo posible por recomponerse, desmonorarse no ayudaría a nadie.
—Podemos marcharnos a casa, si lo prefieres.
La voz de su parabatai era reconfortante para ella. Era como medicina para el malestar que la martilleaba por dentro. Negó con la cabeza. Dejó que sus piernas cediesen al peso de su cuerpo, cayendo al suelo. Una vez ahí, sobre la hierba húmeda, se abrazó así misma, creando una burbuja invisible que la protegiese de todo lo que había ocurrido. Helen se sentó a su lado, sus hombros se rozaron. Soltó una bocanada de aire, su contacto también era sanador. Una suave descarga eléctrica que la incitaba a mejorar su estado de ánimo.
Mark Blackthorn ya estaba al corriente del estado de su hermana, y de más datos de importancia. Nada le retenía para volver a Los Ángeles e informar a su padre de lo que había ocurrido. Podía ver como Helen y su parabatai estaban sentadas en el jardín de los Lightwood. No iba a interrumpir ese momento tan íntimo, aunque tampoco se sentía cómodo en una habitación con gente a la que apenas conocía. Su mirada se encontró con la de Alexander Lightwood, recordó el tiempo en el que lo llamaba Alec y eran amigos. Pero tuvo que marcharse con su familia, dejando a su hermana y al chico de ojos azules en Idris. Había una sensación que le removía sus entrañas cuando lo veía, sus músculos trabajados, sus manos callosas por el entrenamiento con las armas. Sus facciones eran más duras que la última vez que se vieron. Había madurado, había crecido y estaba en camino de convertirse en todo un hombre. Mark solo podía admirar en silencio toda la belleza que emanaba, para ser un simple nefilim. Él tenía sangre de hada corriendo por sus venas, lo que le dotaba de ciertos rasgos más finos, fieros y afilados. Tanto él como su hermana Helen destacaban por encima de todos ellos, con una belleza etérea que dejaba claro a ojos del mundo que no eran cazadores de sombras corrientes. Dejó de mirar al mayor de los Lightwood, no porque se sintiese intimidado por él, sino porque podía sentir que en el fondo no era correcto hacerlo. Era consciente de lo que significaba esa sensación en sus entrañas, también de lo que significaba de cara a la Clave. Las hadas podían tener una mente abierta, pero él se regía por las normas de los nefilim. Y había cierto tipo de relaciones que nunca estarían bien vistas para ellos.
