Teri se tocó ahí donde Clarissa le había golpeado. Su parabatai había usado una runa curativa, pero ella aún sentía el impacto. Seguía sintiendo un quemazón en el pecho cada vez que recordaba lo que su propio hermano había hecho y eso le daba que pensar. En especial en la reacción de su madre, o lo que era lo mismo, su falta absoluta de reacción. Casi era como si esperase que su hijo hiciese algo así. Escuchó pasos apresurados en el piso inferior, salió de su habitación. Helen había salido a dar una vuelta con Mark, no podían haber vuelto tan pronto. No llegó al principio de la escalera cuando escuchó la voz de su madre, sonaba al borde del llanto.
—¡Es nuestra culpa!
—Amatis, no había forma alguna de saber que algo así iba a pasar.
El corazón de Teri se aceleró al escuchar la otra voz. Su padre. Stephen Herondale estaba ahí. Nadie la había avisado de que su padre había ido desde el Instituto que dirigía a Idris. Se sentó pegada a la pared, intentó de controlar su respiración para hacer el menor ruido posible. Su intuición le decía que si bajaba, la conversación cambiaría. Ellos sabían algo que la joven Herondale desconocía, algo que tenía que ver con Luke y todo lo que había ocurrido. La única forma de saberlo era dejar que ellos siguiesen hablando.
—Debimos dejarlo con Tessa —dijo su madre, llorando— . Ella lo habría protegido, lo habría curado...podría haber evitado todo esto.
Curado: ¿estaba su hermano enfermo? ¿Por qué se lo ocultarían sus padres? Entendía que se lo ocultasen a la Clave, al fin y al cabo ellos no toleraban ninguna clase de enfermedad o falla en sus guerreros perfectos. Pero ella era su hija, la hermana de Luke.
—Quizás, o podría haber sido mucho peor.
—¿Crees que...crees que él ha podido tener algo que ver?
¿Él? Aquella escucha estaba generando más dudas en Teri, no sacaba dada en claro más que un montón de incógnitas que no tenía forma alguna de resolver.
—No — dijo Stephen tajante — . No, Amatis. Esto ya lo hemos hablado. Él ya no puede hacerte daño, a ninguno.
— ¿Y no te parece significativo que de todas las personas a las que Luke podría haberse llevado haya sido Valentine Morgenstern?
Teri sacudió la cabeza, no comprendía nada: ¿los Morgenstern? ¿Qué demonios estaba pasando?
—Tiene que ser una casualidad — dijo su padre, pero no sonaba convencido.
Después de eso no dijeron nada más relevante, Amatis lloró con fuerza y Stephen solo le susurraba cosas para que se calmase. Teri se puso en pie con cuidado y volvió a su habitación. No tenía muy claro qué había averiguado exactamente, pero muy a su pesar, sabía a quién tenía que acudir a continuación.
Estaba tumbado sobre una columna de piedra rota, sobre su cabeza hacía bailar una daga afilada. El brillo del metal le producía cierta atracción, se imaginaba a sí mismo hundiendo el filo en un cuello y dejando que la sangre lo lamiese. Imaginaba más concretamente que era el pelo de una joven pelirroja.
Alguien carraspeó, sacándolo de su fantasía.
—Padre quiere verte.
Luke se incorporó, aunque no del todo, simplemente pasó a estar apoyado sobre sus propios codos. Miró con cierto desprecio al muchacho rubio. Todavía le costaba encajar eso de que llamase a un subterráneo "padre", cuando no compartían la misma sangre. Suspiró, se puso en pie y lo siguió hacia un despacho. Se encontraban en todas partes y al mismo tiempo en ninguna, estaban atrapados y escondidos al mismo tiempo en un apartamento dimensional. De esta forma los nefilim no podrían localizarlos por mucho que se esforzasen. Si Luke hubiese tenido un parabatai, este habría sentido su vínculo interrumpido, como si Luke no existiese. Pero sin, necesariamente, haber muerto. El rubio le abrió la puerta. Dentro se encontraba su padre, sentado tras un escritorio. Luke entró y el otro joven cerró la puerta. Se quedaron los dos solos. El hombre le indicó que tomase asiento, Luke lo hizo.
—Has hecho un buen trabajo, Luke.
El chico se encogió de hombros.
—Solo hice lo que me pediste.
Había disfrutado llevándose a Valentine delante de una panda de incompetentes cazadores de sombras. Lo único que lamentaba era perderse la reacción de Clarissa al saber que su padre estaba desaparecido, probablemente muerto. Habría disfrutado robando la vida de Valentine, pero no se lo habían permitido. Estaba encerrado en una de las habitaciones, con un encantamiento que no permitía más que al hombre que tenía enfrente entrar y salir. Si a Luke se le pasase por la mente ir a hacer una visita al padre de su enemiga declarada, no podría abandonar la habitación después.
—Todavía tenemos mucho trabajo por hacer, pero deberás de quedarte aquí hasta que te vuelva a necesitar—dijo el hombre —. ¿Puedo contar con que sabrás esperar?
—Sí, Maestro.
Isabelle dio una patada voladora al muñeco que prácticas, este acabó en el suelo. Sonrió, aunque seguía con el ceño fruncido por el enfado. El vínculo parabatai le transmitía el malestar de su amiga, y eso no dejaba de molestarla. Si existía alguna forma de evitar que Clarissa se sintiese así, todavía no se le había ocurrido. Se giró y caminó hacia la joven Morgenstern. Estaba sentada sobre un banco de madera, haciendo girar su estela y con la mirada perdida. La había convencido de ir a entrenar para que dejase de martirizarse, pero no había servido de nada. Se sentó a su lado y cogió una de las manos de la pelirroja entre las suyas. Se ganó la atención de Clarissa.
—Todo va a arreglarse—le dijo con convicción—. Tu padre es uno de los mejores cazadores de sombras que han existido. Seguro que está bien.
Clarissa asintió mientras una lágrima caía por su mejilla, Isabelle tragó saliva con dificultad al verla así. La abrazó. Si alguien se llevase lejos a su padre, apretó con fuerza a Clarissa entre sus brazos, si alguien se llevase lejos a cualquier miembro de su familia sería capaz de cualquier cosa por recuperarlo.
Jonathan vio a su madre sentada junto a la ventana, con la frente pegada en el cristal y los ojos rojos. Había estado llorando, o tal vez había parado de hacerlo desde que empezó. Se acercó a ella, sentándose a su lado. No iba a preguntarle como estaba, porque eso ya lo sabía. No iba a decirle que las cosas se arreglarían, porque ni él lo tenía claro. Nadie había podido localizar ni a Luke ni a Valentine, cuando los brujos con los que trabajaban dijeron que se habían desvanecido, su madre se derrumbó. Fue Jonathan quien cargó con ella hasta su habitación, donde la dejó llorar en soledad. Qué otra cosa iba a hacer.
—¿Necesitas que te traiga algo?
Su madre lo miró a los ojos, con una sonrisa triste negó con la cabeza. Luego volvió a su posición de antes y Jonathan supo que no podría sacarle nada más. Se puso en pie y caminó por la casa, la sentía tan vacía. Clarissa estaba con Isabelle, aunque de haber estado ahí tampoco habría estado llenando la casa de luz y alegría, como solía hacer. Ese era un capítulo triste y oscuro en la vida de los Morgenstern. Jonathan se sentía estúpido, tendría que estar fuera, buscando a su padre y no esperando a que la Clave se dignase a hacer algo. Si no movían cielo, tierra e infierno por dar con uno de los mejores nefilim que tenían: ¿por quién lo harían?
La puerta de la habitación de sus padres estaba abierta, se dispuso a cerrarla cuando vio una pequeña caja sobre la cama y un montón de pequeños trozos de papel desparramados por las sábanas. Se acercó, sintiendo que invadía un espacio que no debía. En la caja había dos pequeñas láminas de cristal, en una de ellas había un mechón rubio, en la otra uno pelirrojo. Ambas láminas tenían escritas con unas letras elegantes su nombre y el de Clarissa. Cogió uno de los trozos de papel, había algo escrito. Reunió unos cuantos que parecían encajar. Los unió sobre la sábana roja. Eran nombres. Dos columnas, una con nombres de chica y otra con nombres de chico. Sabía que algo se le escapaba, pero no entendía el qué. Algo brilló en el suelo, Jonathan se acercó y sacó de bajo la cama una tercera lámina de cristal, igual que las otras dos salvo que esta estaba vacía. Las piezas hicieron clic en su cabeza.
Su madre estaba embarazada.
La noche caía sobre la Ciudad de Cristal, había impuesto un toque de queda después del ataque, y Clarissa caminaba a sabiendas de que se lo estaba saltando. También tenía claro que si alguno de los nefilim que hacían guardia daba con ella, no le dirían nada. Nadie iba a echarle una reprimenda cuando su padre había sido secuestrado. Había estado llorando tanto tiempo que, aunque todavía le apetecía seguir haciéndolo, ya no le quedaban lágrimas. Isabelle había insistido en que durmiese con ella, los Lightwood le habían dicho también que era era su casa y no tenía ni que pedirles una cama. Pero Clarissa había rechazado el ofrecimiento amablemente, su sitio estaba en ese momento con lo que quedaba de su familia.
Una sombra se movió en uno de los callejones. Clarissa se puso alerta, no llevaba un cuchillo de serafín encima, pero sí su estela. Y esta podría ser utilizada como arma si era preciso, lo tenía comprobado. Se quedó quieta hasta que la sombra salió a la luz, era un chico, tal vez de su edad. Apuesto, rubio y con un aire de superioridad. No recordaba haberlo visto nunca, pero tampoco conocía a todos los nefilim del mundo. Lo único que podría asegurar era que no estudiaba en la Academia.
—¿Qué haces aquí? Hay un toque de queda.
—Lo mismo podría decirte, pareces muy joven para estar haciendo guardia—dijo él.
Clarissa se estremeció al escucharlo hablar. En su voz había cierto cariz de amenaza, pero había empleado un tono seductor para hablar. Seguramente muchas chicas babearían por él, y quizás Clarissa hubiese sido una de ellas, si las circunstancias fuesen diferentes. Alzó su estela, dándole a entender que debía de dejar de aproximarse.
—Ni un paso más.
Él se rió.
—¿O sino qué? ¿Me dibujarás runas hasta que muera de aburrimiento?
Ella hizo una mueca, bajó la estela, pero no la guardó.
—No te he visto nunca por aquí.
—Lo sé — dijo él con orgullo — . Una cara tan perfecta como la mía sería difícil de olvidar.
Clarissa repitió la misma mueca.
—Es muy oportuno que aparezcas después del ataque.
— Mucha gente ha venido aquí después del ataque, para asegurarse de que su familia esté bien.
Sintió una punzada en el pecho, le hacía daño que le recordasen indirectamente que su familia no estaba bien.
—¿Y a quién has venido a ver? — preguntó Clarissa, continuando su interrogatorio.
— A unos viejos amigos de mi madre — dijo él sin dejar de sonreír.
La idea de romperle esos dientes perfectos de un puñetazo se pasó por la mente de Clarissa.
—¿Y quién es tu madre?
—Vaya, pelirroja. Creo que soy tan desconocido para ti como tú para mí, ¿por qué debería de darte información sobre mi familia?
Se mordió la mejilla por dentro. Había algo que no le encajaba en aquel chico. Su presencia la incomodaba y le hacía desconfiar, pero al mismo tiempo había algo en él que le hacía sentir que era ahí dónde ambos debían estar. Una luz mágica los iluminó de frente.
— ¡Vosotros dos! — dijo la voz de una mujer — . Estáis quebrantando el toque de queda, ¡identíficaos!
La chica miró al rubio, este le sonrió sin decir palabra. Maldijo para sus adentros, estaba claro lo que pretendía. Se giró para mirar a la nefilim que cada vez estaba más próxima a ellos.
—Soy Clarissa Morgenstern.
—Jace Montclaire— dijo él.
