Teri tenía un nudo en el estómago, uno que no sabía cómo deshacer. Estaba en una habitación con otras tres personas. Ella era la que más destacaba por su cabello castaño y su tez ligeramente más oscura. Los hermanos Blackthorn compartían un sillón, él sentado en uno de los brazos. En la pared, junto a la puerta estaba apoyado Jonathan. Se le veía cansado. Le había costado mucho que su parabatai lo convenciese de ir hasta ahí, a escuchar lo que tenía que decirle. Los Herondale no eran las personas favoritas de los Morgenstern después de lo ocurrido con Luke y Valentine. Teri les había puesto al corriente de la conversación de sus padres y Jonathan había soltado la bomba del embarazo de su madre. Eso les había dado un motivo más para encontrar lo antes posible a Valentine. Sin embargo, había muchas piezas que les faltaban todavía y no había forma de avanzar.
—¿Quién es Tessa? — preguntó de repente Mark, como si hubiese sido una pregunta que le hubiese rondado por la mente desde que Teri la nombró.
La chica Herondale le miró confundida.
—Es antepasada de mi padre, una bruja — dijo ella, vio como Jonathan la miraba sorprendido, lo ignoró — . ¿Por qué preguntas por ella?
—Tu madre quería dejar a tu hermano con ella, para que lo curara, ¿no?
Teri asintió, era lo que les había dicho. Los Blackthorn se miraron y Helen pareció entender por dónde pretendía llevar la conversación su hermano. Miró a su parabatai.
—Tessa podría darnos información, ella tiene que saber algo.
Jonathan levantó una mano para atraer la atención de todos.
—¿Qué os hace pensar que la bruja Herondale nos va a contar nada a nososotros?
Helen señaló a su amiga.
—Tee es su descendencia, Luke también. Seguro que está dispuesta a ayudarlos.
—¿Dónde está? — le preguntó Mark a la chica.
—En el Laberinto Espiral.
Todos se quedaron en silencio. El Laberinto Espiral era un lugar secreto, posiblemente ubicado en otra dimensión, al que solo tenían acceso los brujos. Jonathan pateó una mesa cercana, Teri se contuvo a la hora de decirle nada. No era un buen momento para él, aunque tampoco es que la mesa del salón de los Herondale tuviese la culpa. Helen se puso en pie para susurrarle unas palabras de apoyo a su amigo, mientras el otro de los Blackthorn parecía seguir dándole vueltas a la información.
—Si tus padres querían llevar con ella a Luke, tendrán alguna forma de contactar.
Jonathan miró a la chica en cuanto Mark dijo aquello.
—Por favor, Theresa —suplicó el chico Morgenstern.
A ella casi se le cerró la garganta al escucharlo. Nunca se había dirigido a ella de esa forma, nunca le había pedido nada y mucho menos nunca la había dejado verlo tan vulnerable. Quería ayudar, quería respuestas, quería una explicación que salvase a su hermano. Pero no tenía ni idea de como encontrar a la bruja. Los demás pudieron verlo en su rostro. Jonathan se dejó caer al suelo, escondió el rostro entre sus manos y Helen la miró a ella preocupada. Teri le devolvió esa misma mirada. El único que parecía ajeno a toda esa angustia era, de nuevo, Mark.
—¿La has visto alguna vez?
— ¿A Tessa?
Tenía un vago recuerdo de una mujer joven, de cabello castaño. Quizás tenía cinco años cuando la conoció, no recordó haberla visto más que un par de veces. Ni siquiera habían tenido una conversación en condiciones, más allá de las típicas preguntas que un adulto podía hacerle a una niña de su edad. Pero no estaban en Idris ni en Londres cuando se vieron, de eso estaba segura.
— ¿Recuerdas algo?
Mark estaba haciendo una auténtica labor de detective, pero volvían a chocarse con un callejón sin salida. Teri negó con la cabeza.
— Nada útil, solo unas vacaciones de cuando tenía cinco años.
—Podría dibujarte una runa de percepción — dijo Helen.
—Para así poder aumentar mi agudeza mental y podría centrarme en ese recuerdo — dijo Teri poniéndose en pie — . Helen, eres un genio.
Ella sonrió con timidez.
—¡Vaya, hago todo el trabajo y el mérito se lo lleva mi hermana!
Las dos chicas se rieron.
Les llevaron hasta el Gard, donde les dejaron encerrados toda la noche en una habitación. Clarissa habría preferido que llamasen a su madre para que la fuese a buscar, ganándose una fuerte reprimenda por su parte. Pero no ocurrió eso. Jocelyn estaba avisada, por supuesto, le habrían prometido que su hija estaría a salvo en el Gard hasta que amaneciese, momento en el cuál podría ir a casa. El estúpido que le había metido en semejante lío también estaba con ella, como si no fuese suficiente castigo pasar ahí la noche.
—¿Se puede saber por qué sonríes tanto?
Jace ensanchó su sonrisa, estaba sentado en un sillón con las piernas cruzadas sobre un viejo escritorio. Le guiñó un ojo y Clarissa sintió que se le removía algo por dentro. Era guapo, pero también un cretino. Ella le retiró la mirada, planeaba ignorarlo hasta que saliese el sol. Aunque él no parecía tener la misma idea puesto que se puso en pie y avanzó hasta ella. Sintió los dedos callosos de él bajo su barbilla, sujetándola para después obligarla a mirarlo. Sus ojos eran dorados, le intimidaba verlos de una forma tan directa, quiso apartar la mirada, pero él no le dejó.
—¿Alguna vez has tenido una noche loca con un auténtico desconocido, pelirroja?
El color llenó sus mejillas. Algo así no podía tolerarlo de ninguna manera, movió su mano con rapidez para darle una sonora bofetada. Jace se apartó de ella, se tocó la mejilla enrojecida y la miró con una sonrisa ladina: ¿qué demonios le pasaba a ese chico?
—Eres un arrogante y un ordinario.
Su parabatai estaría orgullosa de su comportamiento, aunque de estar ahí presente ya habría partido en dos al chico con su látigo. Jace se puso en pie con una gracilidad excepcional, actuó como si no hubiese herido su orgullo de macho alfa. Clarissa cruzó los brazos sobre su pecho, estaba harta de esa clase de chicos. Isabelle y ella acostumbraban a dejarlos por los suelos en la Academia.
—Yo solo pretendía amenizar este rato que vamos a pasar juntos, no es mi culpa que seas una estrecha.
Clarissa se puso en pie al instante
—¿Es que te piensas que todas las chicas van a acostarse contigo solo por ser tú?
—No. También algunos chicos —dijo con un deje de superioridad.
Ella gruñó por exasperación. Una idea maliciosa se cruzó por su mente. Esperó a que Jace se sentase de nuevo, esperó a que se distrajese mirando al techo. Sacó con rapidez la estela de su bota y fue hacia él. Lo bueno de que a Clarissa le gustase tanto pintar es que dibujaba con rapidez las runas. Antes de que Jace pudiese apartarla, ya había terminado. Una perfecta runa de quietud. Eran las runas empleadas por los Hermanos Silenciosos para callarse a sí mismos. Clarissa volvió a su asiento mientras veía como Jace, colérico, le gritaba cosas sin que ni una sola palabra saliese de su garganta. Resultaba cómico verlo así. Clarissa se acomodó, le guiñó un ojo y supo que no iba a ser tan mala noche después de todo.
Apartaron el mayor número de muebles posibles para dejar el salón completamente despejado. Teri se tumbó en el centro, sobre la alfombra. Los chicos se quedaron a un lado, en silencio. Helen comenzó a dibujar la runa. La chica Herondale cerró los ojos para concentrarse mejor. Como si fuese un mantra, se repitió a sí misma los conceptos clave: «Tessa. Cinco años.»
Tan solo veía negro con los ojos cerrados, de repente un haz de luz se hizo paso a través de la oscuridad. Una espiral in crescendo que terminó por envolverla por completo, transportándola a una escena pasada.
La nieve caía con intensidad al otro lado de la ventana. La pequeña Theresa Herondale la miraba fascinada. Ella llamaba a su hermano Luke para que mirase los copos caer con ella, pero el niño con el que se llevaba un año y medio, hizo una mueca de asco antes de abandonar la habitación. Theresa se sintió ligeramente decepcionada, por mucho que intentaba pasar el tiempo con él, Luke siempre se portaba mal con todo el mundo. Le gustaba estar solo, en rincones oscuros. Theresa exhaló frente al cristal para llenarlo de vaho, luego con su dedo dibujó su propio copo de nieve. Alguien llamó a la puerta principal, la niña se sentó en el sofá para que su madre no le gritase por acercarse a la ventana. Amatis abrió la puerta y dio la bienvenida a una mujer joven, castaña y de ojos grises. Sonreía con dulzura y le dio un abrazo maternal a Amatis, aunque esta parecía ser mucho mayor que ella. Stephen también se acercó a saludar, lo hizo de una forma más efusiva. Theresa bajó del sofá y caminó despacio hacia ellos. No entendía por qué tanto revuelo con la desconocida. Su madre la cogió en brazos.
—Mira, esta es tu...—Amatis le dio un par de vueltas antes de concluir la frase — tía.
— Hola—le dijo la mujer con una sonrisa.
A Theresa le resultó agradable.
—Tú te llamas Theresa por ella.
Vio como la recién llegada se quedaba en shock al escuchar aquello. Miró a Stephen con los ojos a punto de derramar un mar de lágrimas.
—¿Es eso cierto? —preguntó con un hilo de voz.
—No—dijo Theresa negando con la cabeza, los tres adultos miraron a la niña — . Yo me llamo Teri.
La mujer castaña se rió.
—Encantada Teri, yo soy Tessa.
Había conseguido encontrar el recuerdo que buscaba, pero necesitaba sacar algo más antes de que la runa se consumiese por completo. Hizo un esfuerzo por avanzar, saltarse partes que no le interesaban.
Los dos pequeños estaban sentados sobre la alfombra, con los juguetes que Tessa les había traído como regalo. Mientras los adultos hablaban. Theresa escuchaba todo lo que decían, aunque para ella la mayor parte de esa conversación no tenía sentido, así que no le prestaba mucha atención.
—¿Entonces está fuera de peligro? —preguntaba aliviada su madre.
—No se transformará, es la primera vez que conseguimos evitar que algo así ocurra—decía Tessa —. Necesitábamos algo de tiempo para ver cómo reaccionaba a la solución. De todas formas me gustaría que pudieseis contactar conmigo por si algo cambia.
El matrimonio Herondale asintió.
—Os dije de reunirnos en los Pirineos porque las salvaguardas de esta casa protegen a los Herondale—miró a Amatis —. Tanto a los de sangre como los que sean de la familia de cualquier otra forma.
—Yo tengo un Instituto que dirigir—dijo Stephen.
—Soy consciente de ello. Esta casa está conectada al Laberinto Espiral, no puedo deciros cómo exactamente —seguía diciendo Tessa—. Pero si en algún momento necesitáis llamarme, encended el fuego de la chimenea y arrojad mandrágora. Apareceré tan pronto como me sea posible...
La imagen empezaba a diluirse. Teri quería seguir un poco más ahí, podía sentir cómo Tessa seguía hablando, pero no la entendía: ¿qué estaba pasando? ¿Por qué tanto secretismo?
—Tee, ¿estás bien? — le dijo Helen trayéndola al presente.
Ella asintió, levemente desorientada. Había sido una explosión de información, prefería guardarse lo que la bruja Herondale había dicho antes. Aquello que sin duda estaba relacionado con Luke. Sí, iban a averiguarlo tarde o temprano, pero se aseguraría de ser ella la primera en hacerlo. Tenía un palpito, una sensación dentro de sí, que le decía que nada sería lo mismo cuando ese gran secreto saliese a la luz.
—Francia. Tenemos que ir a Francia.
