Estaba de vuelta en su casa, preparándose una mochila para el viaje. No estaba seguro de que iban a necesitar, Teri parecía muy segura de a dónde tenían que ir. Después de revivir la noche que conoció a Tessa, otros detalles sobre el lugar llegaron a su mente, según les había explicado. Jonathan hubiese preferido que la única pista para encontrar a su padre no la tuviese ella. Después de todo lo que había ocurrido, fiarse de los Herondale se le hacía complicado. Pero Helen confiaba en ella y Jonathan confiaba en Helen. Llamaron a su puerta, pero no esperaron respuesta antes de entrar. Se trataba de Clarissa, lucía agotada porque venía de una discusión con Jocelyn. Al parecer su querida hermana se había saltado el toque de queda y había acabado en el Gard encerrada como castigo. Su madre le había gritado muerta de la preocupación por que pudiese pasarse algo. Él también estaba molesto, en parte por haber preocupado a la mujer en su estado. Todavía no había tenido la ocasión de contarle a Clarissa que iban a tener un hermano, tampoco le había dicho a su madre que lo había descubierto. Era un dato que, simplemente, sabía que no era el momento de sacar a la luz.
—Esto es tan injusto— dijo ella antes de suspirar y dejarse caer sobre la cama de su hermano.
—Podría haberte pasado algo.
Ella negó enérgicamente con la cabeza, como si hubiese algo que el resto no comprendian. Entonces su mirada se posó en la mochila de su hermano y en cómo este metía una daga dentro.
—¿Vas a alguna parte?
Jonathan inspiró hondo. Conocía a su hermana lo suficiente para saber qué pasaría a continuación, lo tenía asumido. Quizás por eso no había corrido a ocultar lo que hacía cuando ella entró en la habitación. Sabía que nunca le perdonaría si hacía eso sin ella.
—Voy a ir a buscar pistas sobre papá.
Clarissa se puso en pie al instante, pudo sentir como el corazón de su hermana latía con rapidez, veía su respiración acelerada mover su rebelde cabello pelirrojo.
—Voy contigo.
—No.
—Creerás que te lo estoy preguntando, pero lo afirmo. Voy a ir.
Su cometido como hermano mayor era disuadirla de ir. No le importaba ponerse en peligro, pero poner en peligro a Clarissa era otra historia diferente. Lo que decidiesen hacer los demás no le afectaba tanto como la idea de que le pasase algo a su hermana.
—Iré con Helen, Mark y Teri.
La pelirroja puso una expresión seria al escuchar el nombre de la Herondale. Jonathan sonrió para sus adentros, no lo había dicho con ninguna clase de intención, pero se alegraba de haberlo hecho. Puede que él diese su brazo a torcer ante la idea de tener que hacer eso con Teri, a fin de cuentas se trataba de su casa y su tía. Pero Clarissa tenía un nudo muy grande en el pecho por lo que Luke habia hecho. Estaba profundamente unida a su padre.
—Esto es por papá—dijo ella con vehemencia.
Le sorprendió su determinación y al mismo tiempo le producía cierto orgullo. Su padre había hecho un buen trabajo con ellos, no todos los hijos estarían dispuestos a poner su vida en peligro por salvar a uno de sus progenitores. No iba a tratar de convencerla de quedarse, estaba claro que iba a ser como darse contra un muro.
—De acuerdo, puedes venir.
Clarissa solo sonrió, cuando en otra ocasión se habría lanzado sobre él para abrazarlo.
Estaba cabreado, puede que lo siguiente. Había tenido que ponerse en contacto con el Gran Brujo de Brooklyn para que le borrase la memoria a Simon. El nefilim estaba dolido, por primera vez en años había podido hablar con el chico que consideraba su mejor amigo, solo para que este terminase por olvidarlo al cabo de unas horas. Jon sabía que mantener a Simon consciente de la existencia del Mundo de las Sombras era un peligro y que devolverle a un estado de ignorancia total era lo mejor. Lo más seguro. Decidió ponerse a rastrear a la mujer lobo para no darle vueltas a lo que había tenido que hacer. Después de muchas horas de investigación, preguntando y sonsacando a algunos subterráneos que solo le tenían miedo por ser nefilim, si lo conociesen posiblemente se chulearían antes que abrir la boca.
—¿Quién es Maia Roberts?
Jon se tensó en el sitio, no se había dado cuenta de que su instructora estaba ahí. Tatia leía, por encima del hombro de él, uno de los papeles que tenía sobre la mesa. Ese era el nombre de la mujer lobo, pero no podía contárselo a Tatia, ella tomaría cartas en el asunto. Le sacaría de su propia investigación y lo retendría en el Instituto como medida de seguridad. No era un niño pequeño, pero tampoco era un guerrero como ella.
—Es la chica que me gusta— mintió Jon.
Vio a Tatia alzar una ceja, se marchó de ahí decepcionada. Estaba claro que su vida amorosa no le interesaba en absoluto. Soltó el aire, aguardó a que se hubiese alejado y empezó a recoger sus cosas. No solo había descubierto la identidad de la subterránea que lo atacó, también dónde podía encontrarla. Después de ponerse al día con las características de los licántropos, estaba preparado para hacerle frente. Necesitaba respuestas. Tan solo se llevó una estela y un cuchillo de serafín, no esperaba tener que emplear armas, pero más le valía ir preparado. Se dibujó varias runas antes de salir y las ocultó bajo una chaqueta oscura. Según todos los datos recabados, el lugar más posible en el que Maia Roberts estaría esa noche era el local de moda Pandemonium. No le costó mucho que le dejasen entrar, Jon en realidad tenía un atractivo angelical que unido a su timidez habitual era una combinación irresistible para conseguir todo lo que se propusiese. Su problema era que casi nunca se proponía nada. Una vez en el interior se centró en encontrar a la loba. Gracias a las runas que llevaba en ese momento podía focalizar su atención. Era como si fuese capaz de anular a las personas que no se correspondían a las características físicas que buscaba. Primero los hombres, luego las mujeres mayores de veinte, después las que no tenían la piel oscura. Y ahí estaba, bailando de una forma provocativa y agresiva. Había caminado muy seguro hasta ahí, pero no tenía demasiado claro que pretendía hacer a continuación. En su último encuentro no había salido bien parado, en ese momento llevaba suficientes runas para poder hacerle frente. El problema era que quería dialogar, y no sabía si el carácter agresivo de la chica se lo permitiría. Se acercó con cautela, pero ella lo detectó.
—Nefilim — gruñó con agresividad mientras sus ojos brillaban a pesar de la falta de luz.
Pudo escuchar su voz con claridad, aunque para los mundanos esta habría quedado opacada por la música.
—Maia Roberts.
Ella lo miró confundida, sin duda no esperaba que la llamase por su nombre. Miró rápidamente a los lados, luego cogió con fuerza el brazo de Jon, clavando sus uñas en él y lo llevó a un rincón aparte. Sintió la respiración salvaje de Maia cerca de su rostro, temió que estuviese quedándose con su olor para darle caza más tarde. No sería tan irresponsable de matarlo delante de tanta gente.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Jon se encogió de hombros, quiso hacerlo con seguridad, pero no le salió.
—Te he investigado — dijo con seguridad, vio como ella se tensó — . Sé dónde encontrarte, pero hay muchas otras cosas que no sé.
Maia echó la cabeza hacia atrás, sonrió maliciosamente mostrando sus colmillos lupinos.
—¿Y crees que me voy a sentar a hablar contigo? — se rió — . Estúpido nefilim.
El joven no se achantó, no tenía pensado hacerlo. Dejó que las yemas de sus dedos rozasen la empuñadura del cuchillo de serafín, por si necesitaba sacarlo rápidamente.
—Podemos hablar de pie, ¿quién te envió para matarme? ¿Por qué no lo hiciste? ¿Qué significa lo que le dijiste a... —se paró a pensarlo, no quería involucrar a Simon, ya se había encargado de que olvidase lo ocurrido —, al mundano que estaba conmigo?
La loba negó mientras mantenía su sonrisa ladina.
—El ego de los Hijos de los Ángeles — dijo ella con sorna — . ¿Te crees que te responderé así porque sí?
Jon decidió que había sido suficiente por el método amable. Sacó el cuchillo de serafín y susurró Mihael. El arma brilló e iluminó el rostro de ambos cuando Jon la empujó a ella contra la pared opuesta. Sorprendió a la subterránea haciendo eso, pero ella no se llegó a intimidar.
—Responderás porque si no tienes nada que decirme, no tengo motivos para dejarte viva.
—Creo recordar que existían ciertos Acuerdos...
El chico frunció el ceño.
—Tú viniste a matarme, tú atacaste a un mundano y posiblemente lo habrías matado, ¿y ahora intentas refugiarte en los Acuerdos?
—Touché, supongo.
—Ahora contesta.
Ella dejó de sonreír, hizo rodar sus ojos aburrida.
—Todas las respuestas que buscas, las tiene el Maestro.
La loba se movió con rapidez, le dio un cabezazo a Jon que lo desestabilizó. Lo obligó apartarse y le dio una patada en las costillas. Acabó derribado en segundos. Estaba a mitad de transformación, iba a hundir su garra en el estómago de Jon cuando una flecha perforó la muñeca de ella. Maia chilló por la sorpresa, los dos se giraron para ver el origen de aquello. Tatia estaba seria al comienzo del pasillo, con una ballesta en sus manos.
—Tengo la sensación de que tu saco de boxeo se parece mucho a mi alumno.
Maia pareció comprender la gravedad de la situación, o quizás no se veía capaz de enfrentarse a la nefilim. Corrió en dirección opuesta, metiéndose en uno de los lavabos. Tatia no la persiguió, lo más probable era que escapase por una ventana. Guardó la ballesta bajo su gabardina y se acercó a Jon.
—Me has salvado la vida — dijo él con una sonrisa.
Tatia seguía seria, como si viniese de un funeral.
—¿Es ese mi trabajo? —preguntó ella de forma retórica y amarga— . No, mi trabajo es enseñarte a defenderte para que te salves la vida a ti mismo, cuando te llegue el momento.
— Yo...
— ¿Te parece que este es el momento?
Otra pregunta retórica, pero esta sí esperaba que la respondiese. Negó con la cabeza, avergonzado. Tragó saliva con dificultad. Tatia se llevó dos dedos al puente de su nariz, era lo más parecido a una hermana mayor que tenía. A Jon le dolía decepcionarla.
—Pero Tatia, está pasando algo. Algo malo.
Ella lo miró a través de sus pestañas.
— Define malo.
—Habló de la caída de los nefilim y de un Maestro que tiene las respuestas de todo.
La mujer se mordió el labio inferior, pensativa.
—Voy a tener que informar a la Clave— miró a Jon —. Y tú no abandonarás el Instituto hasta nueva orden.
Intentó protestar, pero Tatia le lanzó una de sus miradas más feroces. Calló antes de seguirla de vuelta a casa.
El grupo caminó hacia la Academia, en esos momentos estaba cerrada, pero con una runa de apertura no habría problema. Era uno de los pocos lugares de Alacante en los que había un Portal, tenían que emplear uno que sabían que no iba a estar vigilado. Teri iba en cabeza, o así sería si no fuese por Jonathan. El mayor de los Morgenstern siempre parecía estar preparado para echarle un pulso, por eso le costaba soportarlo. Aunque en el fondo tuviese esos sentimientos por él. Apretó sus labios para convertirlos en una fina línea. No era el momento de pensar en esas cosas, además con todo lo que había ocurrido con Luke, cualquier idea de decirle lo que sentía por él estaba completamente desechada. Clarissa avanzó para llegar a la altura de su hermano y le lanzó a Teri una mirada de rabia contenida. La Herondale bajó la vista y se ajustó la correa de su mochila. Los hermanos Blackthorn iban tras ellos. Jonathan se detuvo, y el resto lo hicieron a su vez. Teri alzó la vista, para ver qué ocurría.
—¿Se puede saber a dónde piensas ir sin mí? —dijo Isabelle Lightwood.
Se dirigía a su parabatai. La pelirroja sonrió al verla, estaba acompañada de su hermano mayor.
—¿Cómo lo has sabido?
Isabelle ladeó la cabeza, señaló a sus hombros.
—Las mochilas, no creo que vayáis a hacer un picnic.
— Me refiero a que cómo sabías que nos íbamos.
Esta vez la chica Lightwood se señaló su marca de parabatai.
—Me transmites un sentimiento muy particular siempre que vas a irte de viaje a un sitio lejano — chocó sus dos manos — . Bien, ¿dónde vamos?
Teri negó con la cabeza.
— El grupo está completo.
Recibió una mirada de odio de la chica.
— ¿Y a ti quién te ha pedido opinión, hermana del criminal?
Sintió un dolor muy grande en el pecho al escuchar aquello. Ella quería ayudar, no tenía muy claro todavía a quién, pero quería hacer el bien. La rubia cabellera de Helen pasó a su lado para terminar haciendo de escudo entre los Lightwood y ella. Se cruzó de brazos y habló en el tono en el que lo haría la hermana mayor de los Blackthorn.
—¡Isabelle Lightwood! — dijo primero como si fuese una reprimenda — . No te permito a ti, ni a nadie que criminalicéis a Tee. Todavía no sabemos lo que está pasando, y por eso vamos a buscar respuestas antes de ir sacando culpables a dedo. Sois libres de uniros tú y tu hermano, siempre y cuando respetéis a todos los miembros del grupo.
Isabelle miró de nuevo a Teri, como si pudiese ahogarla con la mirada. Luego sus ojos se dulcificaron al pasar a Alec, él estaba serio. Se encogió de hombros con desgana. La joven Lightwood miró a Helen y asintió. Iban a reemprender su camino a la Academia cuando otra persona se acercó a ellos corriendo. Clarissa puso los ojos en blanco al ver a un joven rubio que bien podría haber protagonizad la revista Nefilim del Año, de existir.
—¿Os vais de vacaciones sin avisar?
Todos salvo la pelirroja se miraron confusos, ninguno conocía a ese chico. Él llegó y pasó su brazo por los hombros de Clarissa. Jonathan estuvo a pocos segundos de darle un puñetazo en la cara, pero su hermana apartó al chico con rapidez.
—¿Quién es este?
—Un futuro cadáver—dijo Clarissa mirándolo con los ojos entrecerrados.
El chico le tendió la mano a Jonathan, con una sonrisa de soberbia.
—Jace Montclaire, el héroe que estábais esperando.
Jonathan apartó la mano del chico.
—¿Nos vamos ya? —preguntó Mark, rezagado.
Se desencadenó una discusión. Jonathan amenazó con abrir en canal a Jace si no desaparecía de su vista en ese mismo instante, Clarissa se ofreció a hacerlo por él. El recién llegado seguía preguntando si podía ir con ellos a donde quiera que fuesen. Isabelle aprovechó la ocasión para volver a gritar a Teri, Helen saltó a defenderla y Alec hizo lo mismo con su hermana. Mark avanzó para defender a la suya, mirando fijamente a los ojos de Alec, pero ambos guardaron silencio. Tuvo que ser Teri la que los silenciase a todos de un grito que pareció partir el cielo en dos.
—¡Basta! ¡Así no vamos a llegar a ninguna parte! —su pecho subía y bajaba de forma brusca y continuada, tenía la respiración acelerada. Miró a Jace —. Ven si quieres, pero como molestes te dejaremos olvidado por el camino.
Ninguno puso objeción alguna. Caminaron en silencio hasta la Academia, donde Teri abrió el Portal y cruzó los dedos para hallar las respuestas que buscaba. Fue la primera en pasar al otro lado, después lo hicieron los Morgenstern, seguidos de los Blackthorn y los Lightwood. Jace fue el último, pero antes de cruzar sacó de su bolsillo un móvil mundano y tecleó un rápido mensaje.
Abrió la puerta del despacho sin pedir permiso, El Maestro parecía estar esperándolo. Luke se dio cuenta de que sonreía, estaba feliz por algún motivo que no lograba comprender. Quizás solo le divertía torturar a Valentine. Sabía que lo hacía, podía escuchar los gritos. Se sentó en uno de los sillones que había frente al escritorio. Cruzó sus piernas y las dejó sobre la mesa. Al hombre no pareció molestarle y Luke se sintió decepcionado, era algo que habituaba a hacer solo para molestar a la gente.
—¿Pasa algo para que sonrías de esa manera?
El hombre dejó sobre la mesa un artilugio mundano, uno de esos que él no solía emplear porque vivía en Idris, pero que sabía que su padre llevaba cuando estaba dirigiendo el Instituto de Londres.
—Pasa que mi querido hijo está de viaje con tu hermana y sus amigos.
Luke alzó una ceja, sin comprender.
