Abrió uno de los cajones del mueble principal del salón, rebuscó entre revistas y libros sin encontrar nada de interés. Isabelle miró a Clarissa al otro lado del salón y negó con la cabeza. La pelirroja suspiró. Ellas se encargaban de revisar la primera planta. Se movieron a otra de las habitaciones, una sala modesta y recogida presidida por un piano de cola. Isabelle vio a su parabatai revisar una estantería atestada de polvorientos volúmenes y ornamentaciones que parecían ser bastante caras.
—¿Qué te traes con el chico nuevo?
Clarissa dio un respingo al escuchar aquello y una figura de porcelana con forma de gato, cayó al suelo resquebrajándose con el impacto. Soltó una maldición y se apresuró a intentar recoger todos los pedazos.
—¿Jace?—preguntó la otra intentando sonar indiferente, se encogió de hombros aunque estaba temblando—. Es un idiota.
Isabelle ladeó la cabeza y le dedicó una media sonrisa a su amiga.
—Un idiota que está bueno—matizó la chica Lightwood.
De nuevo vio a la pelirroja ponerse nerviosa. Dejó de intentar recoger los pedazos de porcelana y la miró. Antes de hablar, dejó escapar un suspiro.
—Puede que sí—dijo Clarissa apartando la vista—. Pero tiene un ego desmedido.
Su amiga no necesitó saber más, gracias al vínculo parabatai y a lo mucho que conocía a la Morgenstern, sabía lo que quería decir entrelíneas: Es evidente que está bueno y es guapo, pero nunca alimentaría su ego diciéndolo en voz alta.
—Deberías aprovechar este viaje para que pase algo—insistió Isabelle, recibiendo una mirada estupefacta de Clarissa—. Y si no lo haces tú, me ofrezco voluntaria a sustituirte.
Dicho esto, la chica Lightwood giró sobre sus talones y se puso a buscar. Clarissa se había quedado sin saber cómo reaccionar.
Los hermanos Blackthorn se hicieron cargo de buscar en el desván. Era una zona de la casa fría, oscura y polvorienta. Helen observó a Mark, lo veía diferente. En parte le costaba pensar en él como su mellizo, le costaba recrear ese vínculo entre ellos que tuvieron de niños. Sintió una punzada en el corazón porque, en el fondo, se arrepentía de su decisión. De renunciar a todos ellos por Teri. Por mucho que la quisiese, que estuviese dispuesta a morir por ella, también sentía lo mismo por todos y cada uno de sus hermanos. Al quedarse en Idris había tenido que renunciar a una parte de su corazón, y eso nunca podría perdonárselo.
—¿Cómo están?
Mark, sorprendido por escuchar la voz de su hermana tras un largo silencio, alzó la vista. Tardó unos segundos en comprender a quiénes se refería con esa pregunta.
—Ty y Livia están siempre juntos, maquinando a saber qué. Dru canturrea por los pasillos. Julian cuándo no está pintando se escapa a escondidas, aunque cree que no nos enteramos, para irse con Emma Carstairs. Tavvy de momento solo duerme y hace cosas de bebés.
—Siento tanto no estar con vosotros, es como si ya no fuese una Blackthorn.
El chico dejó una vieja jaula para aves sobre la polvorienta cómoda. Se giró hacia su hermana y en dos zancadas llegó hasta ella. Puso sus manos sobre los hombros de Helen y le dedicó una media sonrisa.
—Tú siempre, siempre, siempre serás una Blackthorn. No hay fuerza de la naturaleza que pueda separar a esta familia. Recuerdalo.
Ella asintió.
—Es solo qué, siento que mi vida no encaja con la de Tee, ni siendo parabatai. Y eso me hace preguntarme, ¿dónde encajo yo?
Alec Ligthwood miraba con cierta incomodidad al extraño, Jace. Podía percibir sus marcados músculos bajo la ropa, tenía cierto atractivo. Un mini Alec imaginario apareció en su hombro, chillándole que no debería de sentir atracción por él, por ningún chico. Otro mini Alec imaginario apareció en su hombro opuesto para aclarar que, en caso de sentir atracción por algún varón, debería de ser por Mark, que llegó primero. Carraspeó para silenciar a esas vocecillas, lo hizo tan fuerte que llamó la atención de Jace.
El chico rubio alzó una ceja.
—¿Te pasa algo?
Alec se encogió de hombros, luego se dio cuenta de que no tenía mucho sentido, negó con la cabeza y se giró para hacer cualquier otra cosa. Se chocó con una lámpara de pie y la tiró al suelo. Luego volvió a mirar a Jace, esta vez con un gesto completamente serio, aunque por dentro se estuviese muriendo de vergüenza.
—En realidad sí me pasa. Me pasa que no te conozco, que nadie te conoce.
—Suele pasar con los desconocidos, que nadie los conoce.
El chico Lightwood cruzó los brazos sobre su pecho.
—Entonces es el momento de que respondas a algunas preguntas Jace...—trató de recordar su apellido.
—Montclaire.
—Eso. Primera pregunta: ¿de dónde has salido?
—Supongo que de mi madre, cómo todos al nacer.
Alec inspiró hondo, iba a ser difícil sacarle algo claro, no parecía tomarse nada en serio.
—¿Cuáles son tus intenciones con Clarissa?
Quizás no fuese una pregunta relevante para él, pero podría empezar a tantear terreno por ahí. Jace arqueó una ceja, divertido.
—¿Qué pasa? ¿Es que tú también tienes intenciones con la pelirroja?
Se quedó de piedra. Trató de recuperar la compostura mientras veía al joven rubio reírse, de él, con ganas.
—¿Qué hay de tus padres?
Jace dejó de reírse. Bajó la vista unos segundos y volvió a mirarle con la seguridad que parecía caracterizarle.
—Mi madre se llama Céline, llevo su apellido. A mi padre nunca le llegué a conocer.
Le dio la espalda antes de que pudiese preguntar nada más. Pero Alec tenía la seguridad de que había mucho más en esa historia, por fin había dado con la pregunta adecuada.
En el sótano se encontraba Teri acompañada de Jonathan. Estaban lo más separados el uno del otro en un espacio que no era especialmente amplio por la cantidad de cajas apiladas. La joven Herondale inspiró hondo, podía tratar de continuar esa conversación civilizada con Jonathan.
—Jonathan...he pensado, que si tú quieres, podríamos intentar eso de ser amigos. O menos enemigos.
—Claro—respondió él sorprendido, se quedó mirándola unos segundos en silencio. Luego se llevó una mano a la nuca y se rascó ahí—. La verdad es que no entiendo muy bien qué nos llevó a odiarnos, pero con todo lo que estás haciendo ahora por mi padre...está claro que te juzgué mal.
Eso removió algo en el interior de Teri. Sabía que en el fondo ese enterrar el hacha de guerra para iniciar la paz, no era por Valentine. Era por su hermano, Teri estaba siendo egoísta, pero quería pensar que aún había salvación para Luke. O al menos una justificación para sus actos.
Unos pasos apresurados interrumpieron la conversación, la rubia cabellera de Helen hizo aparición y su jadeante rostro sonriente les informó:
—¡La tenemos, tenemos la mandrágora!
Se congregaron alrededor del fuego de la chimenea, Teri arrojó la mandrágora y retrocedió. Aguardaron, al principio en silencio, sin que ocurriese nada. La mandrágora desapareció, devorada por las llamas y estas, lentamente, terminaron por extinguirse. Para ese momento todos habían ido a cenar algo. Tan sólo se quedaron en la sala Teri, Helen y Jonathan.
—Quizás no lo hemos hecho bien—apuntó Helen en un intento de ser positiva.
Teri la fulminó con la mirada.
—¿Tan estúpida soy que no sé ni lanzar una mandrágora a un maldito fuego?
—No quería decir eso.
Jonathan puso una mano sobre el hombro de Helen, le susurró un par de palabras amables. Ella asintió y se marchó junto a los demás. El chico Morgenstern se sentó junto a la chimenea. Teri y él la franqueaban.
—He sido brusca...con Helen, ¿qué me pasa?
—Lo mismo que a todos, estás cansada y esto se escapa a cualquier situación en la que nos hayamos encontrado nunca.
Teri apoyó la espalda en el marco de la chimenea, manchándose un poco de hollín la ropa. Soltó una risa seca.
— A dónde hemos llegado, Jonathan Morgenstern dándome ánimos.
—Eh, pensaba que habías dicho que íbamos a ser amigos...o menos enemigos.
—Menos enemigos—giró la cabeza para mirarlo—, ¿podría llegar a pasar?
Jonathan frunció el ceño.
—Esa es la idea, ¿no?
De repente un fuerte golpe proveniente la puerta principal interrumpió su conversación. Se pusieron ambos en pie, pero en un momento dado, Teri se quedó sola. Abrió la puerta principal para encontrarse con una joven de cabello castaño y ojos grises. En su mirada había mucho más conocimiento del que un cuerpo de su edad parecería albergar.
—¿Tessa?
La joven mujer sonrió. Y en segundos, su rostro pasó a una expresión de confusión.
—¿Interrumpo alguna fiesta?
Teri miró atrás, al parecer Jonathan y los demás habían acudido al encuentro con la bruja.
