Clarissa estaba sentada junto a la ventana de su dormitorio, enfadada. Tanto ella como Isabelle, podía sentirlo por el vínculo parabatai. Ambas estaban enfadadas con sus respectivos hermanos mayores. Desde que volvió, Jocelyn no la había dejado salir de casa, ni para entrenar ni para ver a Isabelle. Por lo que sabía, Helen estaba también recluída en casa de los Herondale sin decir nada. Antes de cruzar el portal a Idris habían acordado no decir nada de lo ocurrido, que el grupo se separó después de que Tessa fuese a verlos. Con eso habían dejado vía libre a Jonathan, Alec y Teri para seguir por su cuenta un tiempo más. Mark estaría preparándose para volver a Los Ángeles, con todo lo ocurrido no lo dejarían quedarse mucho más.
Una piedra impactó contra el cristal de la ventana, rompiéndolo. Clarissa se levantó de un salto y se sacudió los pequeños cristales que habían caído sobre su ropa. Uno de ellos le hizo una pequeña herida en su mano derecha. Se asomó por la ventana rota, estaba dispuesta a patearle el culo al que hubiese hecho aquello. Sin embargo, se olvidó por completo de ello al ver que se trataba de un preocupado Jace Montclaire.
—¿Qué haces aquí?
—Tengo que hablar contigo, es importante.
Clarissa no vaciló ni un segundo. Salió de su habitación, aguardó unos segundos para asegurarse de que su madre seguía ocupada dibujando y abrió la puerta de la calle. Dio la vuelta a la casa para llegar a dónde estaba Jace. Empezaba a atarceder y hacía frío. Jace llevaba puesta una chaqueta, la observó temblar y abrazarse así misma para darse calor, pero no hizo nada al respecto. Clarissa se mosqueó un poco.
—¿Qué ha pasado?
—Me dejaron tirado. Fue culpa de Teri, está volviendo a todos en mi contra.
Sintió una furia creciendo dentro de ella, cómo un fuego que la quemaba. Debía de haberlo supuesto, Teri Herondale había conseguido volver a su propio hermano en su contra. Jonathan, que siempre la había odiado, que no la soportaba y le juró a la misma Clarissa que nunca lo haría. Los Herondale eran malos, tanto Luke como Teri. Seguramente estaría compinchada con su hermano. Ella les había dividido, pese a que la idea hubiese sido de Jonathan, Teri lo había estado manipulado de antes. Tenía sentido que dejase de lado a Jace, puesto que ambos se estaban volviendo cercanos, por lo que no tardaría en estar también en contra de Teri. Qué inteligente y manipuladora había sido.
—Tenemos que hacer algo para pararla, a ella y a su hermano. Entra en casa.
Volvió al interior, seguida por Jace. Pero al entrar por la puerta se encontró de frente con Jocelyn, quién estaba muy cabreada y con los dedos llenos de pintura.
—Clarissa Adele Morgenstern, creía haber dejado claro que no podías salir de casa—dijo ella, se dio cuenta de la presencia de Jace—. ¿Y quién es ese?
—Un...un amigo, se llama Jace. Sus padres están en una misión muy lejos de aquí y...bueno, me ha avisado de que se aburría y le da miedo quedarse solo en casa.
Sin girarse supo que Jace estaba arqueando una ceja. A Clarissa se le daba mal mentir, tenía que admitirlo. Jocelyn lo evaluó de arriba a abajo en silencio. La chica Morgenstern se temió lo peor, en ocasiones su madre podía ser una auténtica tirana y en otras una madre muy enrollada. Esperaba que ese día le tocase la segunda versión.
—De acuerdo, prepararé la habitación de invitados.
—Gracias, mamá. Eres genial, vamos a mi habitación a hablar de cosas.
Se marchó corriendo, seguida de Jace.
—¡Pero deja la puerta abierta!—gritó Jocelyn—. No quiero más embarazos en esta casa.
A Clarissa eso le sonó un poco extraño, pero lo dejó pasar, había cosas importantes de las que ocuparse.
Lo más sencillo habría sido ir a través del portal del Instituto, pero Tatia prefería no tener que mentir a más gente sobre sus intenciones, y de haber ido al Instituto de Los Ángeles, habría tenido que continuar con la mentira de que iba a entrar a Jon. Después de un viaje mundano que se le había hecho eterno, llegaron en el coche de alquiler que Tatia había conseguido. Aparcó frente a la puerta de una casa. Llamó a la puerta y Jon salió del coche todavía algo descolocado. La puerta la abrió una niña pequeña, de unos doce años. Rubia y con una expresión desafiante en el rostro, Jon estaba seguro de que en una pelea contra ella saldría perdiendo.
—Hola, Emma—le dijo Tatia—. Soy Tatia Rutiersânge, una amiga de tus padres. Les había avisado de que venía.
Jon se acercó a la puerta y justo en ese momento Emma le señaló con un dedo acusatorio.
—¿Y ese?
—Es Jon Wayland, hijo del director del Instituto de Nueva York. Soy su tutora, también le dije a tus padres que vendría.
La pequeña Emma parecía algo reticente a dejarles entrar, sin embargo lo hizo. Jon no comprendía cómo una niña podía llegar a ser tan desconfiada. Avanzaron por un pasillo largo y bien iluminado. En las paredes había colgadas fotos de los que serían los padres de Emma de jóvenes. En algunas de ellas salían con el cuepo cubierto de runas y los uniformes de caza. Cuándo el pasillo dio a su fin, se topó con una última foto en la que salía Emma acompañada de un niño de su misma edad con un revuelto cabello negro. Los dos reían y se les veía muy unidos. Jon sintió una punzada en el pecho al recordar a Simon, que ese era el tipo de amistad que le habría gustado tener con él. Pero lo puso en peligro y tuvo que borrarle su memoria para que nadie fuese tras él, ese había sido su triste final con Simon.
—¡Tatia!—exclamó emocionada una mujer rubia como Emma, con el pelo recogido en una coleta alta—. ¿Qué tal el viaje?
Antes de que su tutora pudiese responder, la mujer la abrazó con fuerza. En comparación se la veía algo mayor que Tatia como para ser amigas. Detrás de la mujer entró un hombre, quién básicamente era cómo Emma pero con el rostro enmarcado en un corto cabello rubio oscuro, casi castaño.
—Ha sido tranquilo, salvo por los ronquidos de mi acompañante.
Los tres adultos se rieron. A Jon no le hizo ninguna gracia, quiso mirar a Emma para ver si ella también estaba de su parte en eso, pero había desaparecido. Le aburriría ver a un montón de mayores hablar. Lo entendía, al menos eso sí parecían tenerlo en común.
—¿Te parece bonito burlarte de él estando delante?
—¿No fue eso lo que hacíamos con tu marido en esa misión en Rumanía?
El hombre elevó una ceja.
—¿Cordelia? ¿De qué está hablando?
Cordelia se rió, el sonido se asemejaba al de varios cascabeles sonando en sintonía. Aquel hombre que ahora se hacía el ofendido, era tremendamente afortunado de poder escuchar un sonido así cada día.
—Digamos que cuándo Tatia y yo hablábamos en rumano, no era precisamente sobre la misión.
Meditó en silencio, hasta que empezó a asentir, cómo si algo hiciese clic en su cerebro.
—Tiene sentido, me extrañaba que hablaseis de la misión en rumano sabiendo que yo no entendía nada.
Eso fue lo último que se dijo sobre el tema. Después siguieron con las últimas presentaciones y Jon supo que se encontraba en casa de los Carstairs. Ella era Cordelia, cómo ya había supuesto y él era John. A veces le daba cierta rabia que fuese un nombre tan común entre los suyos y lo poco especial que se sentía por ello. Estaban en un despacho, con un escritorio atestado de papeles y fotografías hechas con una vieja polaroid que descansaba en una estantería. La investigación de los Carstairs había sido intensa. Habían decidido ir ahí puesto que Emma nunca entraba a curiosear y preferían mantenerla al margen de todo aquello. Cordelia dejó sobre la mesa una serie de fotografías, de cadáveres. Una imagen un tanto desagradable de ver que hizo que a Jon se le revolviesen las tripas. Su expresión no pasó desapercibida para su tutora, quién le miró de forma desaprobatoria. Debía de entender que a él no le resultaba normal ver a gente muerta, a veces Tatia podía ser muy intransigente.
—Una serie de cuerpos han ido aparecieron por toda la ciudad—comenzó a explicar Cordelia—. Todos estaban marcados por lo que parecían distintos subterráneos, sin embargo una bruja nos confirmó que los ataques en cada cuerpo los había realizado un mismo ser...
Tatia cogió una fotografía y la miró con atención.
—¿Te refieres a...?—preguntó alzándo la vista y pasándole la fotografía a ella—. En esta salen heridas de colmillos de vampiro, pero también garras de lobo. Y según esa bruja vuestra, ¿lo hizo un mismo ser? ¿Estamos hablando de una especie de híbrido?
Los Carstairs se miraron entre ellos antes de que Cordelia respondiese.
—No lo sabemos con seguridad, eso es lo que parece. Distintos seres, pero que son una amalgama de varios subterráneos.
—¿Vuestra bruja es de confianza? ¿Podría haberse equivocado o estar desviándoos del camino?
Esta vez fue John Carstairs quién respondió.
—Eleanora es de total confianza, no sé cuántas veces nos habrá salvado la vida. Incluso una vez salvó la de Emma cuándo apenas era un bebé.
—De acuerdo...
—¿Pero qué tiene que ver esto con nosotros?—intervino Jon repentinamente.
Se ganó la mirada de todos los presentes, sintiéndose ligeramente incómodo por haber abierto la boca. Cordelia miró a Tatia, después a Jon, sin saber a cuál de los dos responder. Por cortesía, se dirigió a Jon, que era quién había preguntado.
—Tras confirmar que estamos tras la pista de unos posibles híbridos asesinos, empezamos a preguntar por el Mundo de las Sombras, para ver si alguien sabía algo.
—¿Y bien?—preguntó Tatia.
Cordelia se giró para mirarla a ella.
—Muchos no sabían nada, otros no querían hablar. A los pocos a los que conseguimos sacarles algo fue sólo un nombre...bueno, no un nombre, más bien algo así cómo un título.
—No me digas más—dijo Tatia con una especie de sonrisa victoriosa—. El Maestro.
Cordelia asintió.
En ese momento llamaron a la puerta principal, se escuchó a Emma correr por el pasillo. Los Carstairs se disculparon y salieron a ver por qué demonios estaba corriendo Emma por los pasillos. Jon y Tatia les siguieron también. Emma abrió la puerta y al otro lado estaba el niño de la fotografía, exhausto. Jadeaba cómo si fuese a echar los pulmones por la boca en cualquier momento, debía de haber hecho el camino corriendo.
—¡Julian Blackthorn!—gritó Emma poniendo los brazos en jarra, en un tono de reprimenda—. Te he dicho mil veces que no vengas corriendo desde el Instituto, si no puedes ganarme en las carreras de la playa no puedes correr a mi casa desde el Instituto.
El tal Julian negó con la cabeza varias veces.
—Da igual, da igual. Es importante.
Emma pareció preocuparse.
—¿Qué pasa?
Julian alzó la vista, sonriendo.
—Es Mark, ha vuelto.
La niña pareció alegrarse al instante. Se giró hacia sus padres.
—¿Puedo ir? ¿Puedo ir?
John se agachó para estar a la altura de su hija.
—Por supuesto que puedes...
No pudo terminar de hablar porque en ese momento su hija salió de la casa, cogiendo la mano de Julian y tirando de él lejos de ahí a gran velocidad. John Carstairs se incorporó de nuevo. Compartió de nuevo una de esas miradas con su mujer, y ésta se volvió hacia sus invitados.
—Los Blackthorn son cómo de la familia. Una de sus hijas está en Idris con su parabatai, Mark fue a ver cómo estaba su hermana tras el ataque.
—Deberíamos de ir también a verlos, podéis quedaros aquí—dijo John—. No tardaremos mucho.
El joven Wayland asintió, por el rabillo del ojo vio a su tutora meditar sobre algo. Lo sabía porque estaba rascándose la barbilla, cómo cuándo intentaba encajar las piezas de los rompecabezas que sabía que hacía a escondidas en su tiempo libre.
—Una subterránea ataca a Jon en Nueva York bajo las órdenes del Maestro, subterráneos asesinan en Los Ángeles posiblemente también bajo las órdenes del Maestro...
—¿A dónde quieres llegar?—preguntó Cordelia.
Tatia la miró.
—¿No atacaron también los subterráneos en Idris?—preguntó y los Carstairs asintieron—. Puede que también fuese cosa de ese tal Maestro y la Clave haya optado por, sorpresa sorpresa, no alertar a nadie.
—¿Crees que es posible?
—No me sorprendería viniendo de la Clave. Lo que me sorprendería es que tantos ataques en tan poco tiempo no estuviesen relacionados. Así que si no os importa, creo que debería de hacerle unas preguntas a Mark Blackthorn.
La noche reinaba en Alacante, la calma era total y absoluta. En medio de esa quietud, Jace Montclaire se despertó súbitamente. Estaba sudando, algo estaba ardiendo. Palpó sus pantalones hasta dar con el foco del calor, metió la mano en uno de los bolsillos y sacó de ahí una piedra negra con una espiral rojiza tallada en ella. Estaba ardiendo, cómo si hubiese salido del mismo infierno, y por lo que sabía de quién se la había entregado, ese podría ser su origen. Sabía lo que significaba que estuviese ardiendo. Salió de la cama y se vistió en silencio. Se había dibujado un par de runas para asegurarse de que no alertaba a las Morgenstern. Abrió la ventana de su dormitorio y salió por ahí, ir por la puerta principal era demasiado arriesgado. Tuvo que evitar a varios nefilim que hacían la ronda por el toque de queda. Dejarse pillar una vez fue inteligente, dos sería estúpido. El camino hasta el lago Lyn se le hizo algo eterno. Ahí había alguien, pero claramente no era quién esperaba. Era bastante más menudo, con una silueta recortada por la luz de la luna que pertenecía a alguien bastante debilucho físicamente. Le dio cierta rabia verle ahí, pero la contuvo con diligencia y en su voz sólo apareció su habitual tono arrogante.
—Es muy imprudente que vengas aquí cuándo todo el mundo te está buscando.
La figura se giró, para quedarse cara a cara con Jace. La luz de la luna creaba sombras siniestras en su rostro y la expresión tétrica de Luke Herondale no ayudaba en absoluto a causar simpatía.
—Sé cuidar de mí mismo—le respondió fríamente—. El Maestro espera tu informe.
Jace no se dejó intimidar, se encogió de hombros, cómo quitándole importancia a lo que diría a continuación.
—El grupo se ha separado, cómo era de esperar. Jonathan y Teri no confían en mí y me han dejado de lado. Con ello he aprovechado para acercarme a Clarissa y sembrar en ella la discordia por su hermano.
—¿Ese es tu gran plan para capturarlos?
—Estoy separando a los más débiles de los más fuertes, Jonathan es un puto grano en el culo. Clarissa es más manipulable.
—Estás siendo una terrible decepción para el Maestro, pronto dejarás de ser el favorito.
Aquello sí que encolerizó a Jace. Pese a que apretó con fuerza los puños en sus bolsillos, sus músculos se tensaron de tal forma que Luke sonrió. Había conseguido provocarle, sacarle de sus casillas. Pero a Jace le daba igual, tenía que dejar claras las cosas con él.
—No puedo dejar de ser el favorito del Maestro, ¡soy su hijo!
Luke no dijo nada al principio, se limitó a desaparecer entre los arbustos. Cuándo casi había sido devorado por la penumbra, sus palabras surgieron de las sombras, de una forma en la que a Jace se le heló la sangre.
—Eso es lo que él te ha dicho. Pero, ¿será verdad?
