Clarissa daba vueltas por su habitación, inquieta. Jace estaba tumbado sobre la cama, visiblemente aburrido, con las manos tras su cabeza. Llevaban horas ahí, discutiendo sobre qué hacer. Aunque más bien todo consistía en Jace lanzando ideas y Clarissa rechazándolas de forma tajante. Por lo que el chico rubio había decidido guardar silencio un rato, y dejarle tiempo para meditar a ella. Clarissa dejó de dar vueltas, se apoyó sobre su escritorio y suspiró. Jace se incorporó sobre la cama.
—¿Entonces tenemos un plan?
—¡No, claro que no Jace!—exclamó ella molesta, se arrepintió de hacerlo y suavizó su tono—. Estoy castigada, Isabelle también y no tenemos ni idea de dónde están los demás.
—Helen podría usar su runa parabatai para rastrear a Teri.
La chica Morgenstern negó frenéticamente con la cabeza. Se sentía terriblemente frustrada.
—Helen no querrá ayudarnos, nunca se pondría en contra de Teri.
Aquello hizo saltar a Jace de la cama y ponerse en pie con una elegancia envidiable.
—¡Pero Teri es mala, está trabajando con Luke!
—Lo sé, pero no sé qué hacer ahora.
En realidad sí que se le ocurría algo que hacer: llorar. Tenía unas ganas enormes de echarse a llorar, aunque no sirviese de nada. Pero no lloraría delante de Jace, se sentía ridícula ante la idea de que él la viese tan frágil. Quería que pensase que era fuerte, que era inteligente y una guerrera. De alguna forma que no sabía explicar, tenía la necesidad de impresionarlo tanto como él la impresionaba a ella.
—Vale—dijo Jace acercándose a ella con una sonrisa—. No pasa nada, tú sigue pensando. Voy a beber algo de agua.
Él puso sus manos sobre sus hombros, Clarissa sentía que se iba a derretir ahí mismo. Fueron tan sólo unos segundos.
—S-sí, claro...
Jace abandonó la habitación y ella corrió hacia la ventana, la abrió. La fresca brisa de Idris hizo que su rubor y sus sofocos se calmasen un poco. Era tan atractivo, no podía negarlo. No iba a negarlo. Y parecía preocuparse por ella, quería ayudarla de verdad. Un grito la sacó de sus pensamientos, era la voz de Jace:
—¡Clarissa baja rápido! — dijo él — . ¡Tu madre se ha desmayado!
Se olvidó de todo. Corrió como nunca en su vida, estuvo a punto de tropezarse con sus propios pies. Llegó a tiempo de ver a su madre tendida en el suelo de la cocina, había un vaso roto en el suelo y el contenido desparramado. Ni siquiera la habían escuchado caer. Cuánto tiempo llevaría ahí tendida e inconsciente. Le puso un iratze, pero no sirvió de nada, intentó despertarla sin éxito. Finalmente, llamaron con urgencia a los Hermanos Silenciosos, quiénes no tardaron mucho en personarse a sus puertas. Jace les abrió la puerta, les dejó pasar y atender a Jocelyn mientras ellos esperaban en otra habitación. No entendía lo que ocurría, hasta que uno de los Hermanos salió para comunicarle una dolorosa realidad: su madre estaba embarazada. Clarissa sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies, esa realidad le mareaba. No podía estar pasando. No sabía qué debía de hacer con esa nueva información. Jonathan no estaba, su padre seguía desaparecido. Quizás ninguno de ellos regresase nunca.
—...y estaríamos nosotras solas con un bebé — terminó de transmitir sus pensamientos en voz alta a Jace.
Sintió el brazo del chico sobre sus hombros, sosteniéndola con fuerza.
—Pero no es tu responsabilidad.
—Es mi madre y es mi...
No podía terminar esa frase, no podía aventurarse a decir nada más. No quería implicarse con esa criatura que estaba por nacer, no quería que formase parte de ese mundo suyo tan caótico e impredecible.
—Se quedarán solos si no haces nada para ayudarlos.
Clarissa lo miró a los ojos. Él se separó de ella, quedando junto delante.
—¿Qué sugieres que haga?
—Ahora tu madre no puede controlar lo que haces.
—Tampoco es cómo si pudiese escaparme de Idris sin más.
—¿Y si yo supiese cómo hacerlo?
Jace le tendió la mano con una sonrisa dibujada en el rostro, la miró a través de sus pestañas. Sus brillantes ojos celestes prometían aventura, prometían riesgo. Incluso aunque eso significase desafiar todas las reglas que conocía. Entonces Clarissa se dio cuenta de que no le importaba lo que ocurría en la habitación contigua, de que cómo él había dicho eso no era su responsabilidad. Y que necesitaba huir de todos. Tomó su mano.
Luke salió de su reunión con paso decidido, caminó hasta dónde estaba el prisionero y se quedó parado frente a su puerta. Sabía que no podría salir si entraba, pero nadie salvo el Maestro podría hacerlo. Abrió la puerta con el atizador de la chimenea que había dejado preparado. En el interior, maniatado y echado a perder, se encontraba el gran Valentine Morgenstern. Casi no pudo reprimir la carcajada que quería escapar de su garganta al verlo tan demacrado.
—Luke...
El chico puso gesto serio.
—Cuida lo que vayas a decir.
—Sólo te pido piedad, sé que en el fondo eres bueno...
Entonces Luke si que no pudo evitar reír. Aunque fue de forma seca y desganada, con un deje irónico.
—¿Qué sabrás tú de bondad después de lo que hiciste? —escupió sin ningún pudor. Vio cómo Valentine se sobresaltaba —. Sí, lo sé todo. El Maestro me ha contado todo lo que hiciste. La sucia rata traidora que eres en el fondo y cómo eres el verdadero responsable de todo lo que pase a partir de ahora. Has mentido, has traicionado y has asesinado. Pero pronto la verdad saldrá a la luz, pronto se sabrá quién eres en realidad. Aunque a nadie le importará, porque el mundo entero estará en llamas.
Usó de nuevo el atizador para alcanzar el pomo de la puerta, tiró de él y la cerró.
El Maestro estaba encerrado en una pequeña habitación mal iluminada. Había varios frascos etiquetados con líquidos oscuros y viscosos en su interior. Había una caja fuerte a la vista, que en otras circunstancias estaba tras un viejo cuadro del Ángel Raziel cuyos ojos habían sido desgarrados con algo afilado. Hizo un gesto con su mano, liberando una leve humareda verde de sus dedos, y la caja se abrió. En su interior había un frasco más elegante que los de fuera y en su interior el líquido era tan negro como una noche sin luna. Cogió una jeringuilla de la mesa y la llenó de aquel líquido. Después vació su contenido en su propio brazo. Y gruñó de placer.
—No deberías abusar tanto de eso —dijo una voz femenina a su espalda.
Se giró para mirar con cautela a su interlocutora. Se trataba de una mujer de rasgos asiáticos, cabello oscuro y largo, que vestía un traje de dos piezas de color azul marino. Caminaba con una pose altiva, tenía un aura de magnificencia que la hacía casi divina. Y bien podría haberlo sido, en otras circunstancias.
—Esther —la saludó él.
Ese era uno de sus muchos nombres, por supuesto, él lo sabía después de haber investigado. Pero Esther fue el nombre con el que ella se presentó cuándo se conocieron. El peor momento de su vida, en el que creyó que tocaba fondo, que la vida se escapaba de sus dedos por culpa de una traición imperdonable. Que nunca habría justicia para él. Pero entonces apareció Esther, emergiendo de la tierra como una diosa imparable, dándole de beber de la fuente de la vida, devolviéndolo de entre los muertos cómo alguien nuevo. Alguien superior. Evolucionado.
—Pensé que era buen momento para pasarme a ver cómo iba mi inversión.
Cogió uno de los frascos y lo miró con desagrado, volvió a dejarlo en su sitio.
—Cada vez tenemos más adeptos.
—Eso está bien, ¿son suficientes?
El Maestro vaciló al responder, eso enfureció a Esther. Ella alzó su puño, cerrándolo en el aire. El frasco que el Maestro guardaba con tanto cuidado en la caja fuerte empezó a temblar. Lo miró con pavor, pero cuándo quiso acercarse a recogerlo, se convirtió en polvo.
—¡No!
—Si quieres más de tu estúpida medicina, me darás mi ejército.
