Con las manos en los bolsillos, iba caminando sin ningún propósito concreto, hasta que llegó a una puerta abierta. Era una sala recogida, con un pequeño piano al fondo mal cubierto con una lona. En el interior, sentada en el sofá burdeos, estaba aquella mujer rubia. La mujer del Maestro tenía la mirada fija en el crepitar del fuego de la chimenea. Luke, sin darse cuenta, entró en la sala. Ella no lo miró, pero notó su presencia.
—Es raro verte aquí.
Eso era cierto. Luke procuraba evitar entrar ahí, porque sabía que era dónde ella más tiempo pasaba. Había algo en la mujer del Maestro, Line, que incomodaba al joven Herondale. Se quedó parado mirándola como si lo hiciese por primera vez. Muchas veces sonreía, pero sus ojos no. Su mirada era triste y en ocasiones vacía. También seguía apareciendo aquel brillo morado en sus ojos cada vez que el Maestro se dirigía hacia ella. Debía de ser el encantamiento con el que mantenía esa ciega lealtad hacia él. Pero Luke se preguntaba si Line estaría despierta en el fondo, si sería consciente de que estaba atrapada en un hechizo de amor y si, de deshacer ese hechizo, no saldría corriendo de aquel lugar. No se compadecía de ella, un cazador de sombras entrenado no debía dejarse engatusar ni embrujar. Sinceramente, los nefilim estaban mejor sin ella.
—Me gustaría hablar contigo—dijo él, y se dio cuenta de que era cierto.
Había cosas de Line y de su hijo que quería saber, cosas que sabía que el Maestro no le respondería.
—De acuerdo—comentó ella mientras se hacía aun lado en el sofá—. Puedes sentarte conmigo.
Luke por su parte, prefirió apoyarse junto a la chimenea.
—Me preguntaba si tu hijo sabe que el Maestro no es su padre.
—No lo sabe, tampoco le dije que lo fuera. Simplemente le dejé creer que lo era.
—¿Por qué harías eso?
Line no se había molestado en mirarlo en ningún momento desde que empezaron a hablar, su mirada seguía cautiva de las llamas del hogar.
—El Maestro no puede tener hijos debido a...su nueva condición. Él me dio cómo regalo a Jace con...—su voz se apagó, tembló ligeramente, sus ojos se iluminaron unos instantes de morado y volvieron a ser los de siempre—. El hombre que una vez quise en silencio, como muestra de generosidad.
De alguna forma, desde ese punto de ir regalando niños de forma completamente altruista, Line acabó enamorándose del Maestro. Un amor que no era real, pero Luke quería saber hasta qué punto el hechizo embaucaba la mente de Line, si podía hacer aflorar la verdad tras la magia.
—¿Cómo se puede llegar a amar a un subterráneo?
—El Maestro es mucho más que un subterráneo, es algo superior cómo...—hizo una pausa y por primera vez desde que esa conversación dio comienzo, lo miró—. Pensaba que tú precisamente lo entenderías.
Esas últimas palabras descolocaron a Luke, le hicieron olvidar por completo cómo Line había evitado responder a su pregunta de forma consciente o no. Aquella frase contenía una información valiosa, una que realmente no le había sido revelada hasta ese momento.
Pensaba que tú precisamente lo entenderías.
¿Cómo iba a entenderlo? ¿Acaso el Maestro le había hecho algo a él también?
Necesitaba saberlo, Luke se rascó el costado izquierdo cómo no había hecho en meses. Salió de la sala con grandes zancadas, iba a exigir respuestas al Maestro.
Los dos jóvenes corrían por las calles de Idris, ocultándose de la atenta mirada de los cazadores de sombras que vigilaban a posibles infractores, como ellos, del toque de queda. Algo dentro de Clarissa vibrada de pura emoción. No era la primera vez que escapaba de casa, de hecho acababa de volver de otra escapada, pero había algo en aquella ocasión que le hacía sentirse emocionada de verdad. Quizás era por la compañía. La presencia de Jace era electrizante, como si todo fuese posible, incluso todo aquello que sabía que no lo era. Cuándo llegaron a la linde de la ciudad. Jace sacó un brazalete de su chaqueta y se lo puso, cogiendo justo después la mano de Clarissa. Ella sintió cómo si algo la envolviese, no sabría decir qué. Un velo invisible que rozaba su piel, pero sin llegar a tocarla. Pasaron por las salvaguardas, como si no existiesen. Entonces echaron a correr, lo más lejos posible. Hasta que dejaron la ciudad lo suficientemente atrás como para que nadie reparase en ellos, cuando Jace se quitó el brazalete y soltó sus manos.
—Increíble, si nos han notado—dijo Clarissa fascinada—. En serio, necesito saber cómo consigues cosas tan increíbles.
Jace ladeó la cabeza y le concedió una sonrisa de suficiencia.
—Supongo que ese será uno más de mis muchos secretos.
Eso no pareció convencer a la pelirroja, que cruzó los brazos sobre el pecho mientras continuaba caminando a su lado.
—Me he dado cuenta de que sabes muchas cosas sobre mi vida y yo no sé nada de la tuya. Cuéntame algún secreto.
El joven Montclaire no dijo nada, siguió caminando con expresión seria. Casi sombría entre los claroscuros de la noche. Resopló tras varios minutos de silencio.
—Pese a lo que algunos puedan creer—comenzó a explicar, y parecía por el tono que hablaba de alguien concreto-, soy más un...niño de mamá.
Clarissa lo miró sorprendida, no era la clase de secreto que esperaba, pero era una buena forma de empezar a conocerlo mejor.
—¿Qué quieres decir con niño de mamá?
—La quiero más que a nadie—afirmó él con contundencia—. Haría cualquier cosa por protegerla. A veces pienso que hasta podría dar mi vida por ella. Una sola palabra suya valdría para cambiarme por completo.
Aquello sonaba interesante. También excesivamente dramático y poco creíble. Clarissa era más bien una niña de papá. Para ella, Valentine era una de las personas más importantes de su vida, daría la vuelta al mundo mil veces para encontrarlo y traerlo de vuelta. Pero tal y cómo Jace hablaba de su madre, sonaba más intenso, más devastador si se diese el caso. A cualquier otra persona le habría dado algo de miedo escucharle hablar así, a ella sin embargo, sólo le causaba más curiosidad.
—¿Y qué hay de tu padre?
Lo vio negar con la cabeza al tiempo que sonreía.
—Soy leal a él, lo juro—dijo él, empleando de nuevo esa forma de hablar tan contundente—. Me ha cuidado y me ha hecho ser mejor, diría que incluso superior a otros nefilim—su voz empezó a apagarse—. Pero nunca parece estar contengo conmigo, y eso me...disgusta.
Una vez Jace terminó de hablar, Clarissa supo con total seguridad que no respondería a más preguntas sobre el tema. De todas formas, ella consideraba que ya había sacado bastante información.
Luke entró furioso en otra habitación, pero en esa tampoco se encontraba el Maestro. Definitivamente, debía de haber salido. Quién si que estaba era una mujer a la que no había visto antes. Alta, esbelta, desprendía magnificencia y respeto. Tenía el pelo largo, liso y oscuro como la noche. Sus rasgos eran más bien asiáticos. Estaba limpiándose el brazo con una toalla, Luke no tenía ni idea de qué podía haberse manchado, y tampoco le importaba.
—¿Quién eres?—espetó con cierto desprecio.
—Esther.
Tan sólo fue una palabra, pero fue la fuerza de su voz, o más bien la fuerza oculta tras su voz, lo que hizo que Luke se sintiese pequeño. Incluso estúpido.
—Yo soy Luke—respondió con un hilo de voz.
Ella alzó una ceja, cómo si lo reconociese. Dejó la toalla sobre la encimera de su espalda.
—Así que tú eres Luke, yo soy una socia del Maestro.
Quiso preguntar qué clase de socia, pero por primera vez en su vida, sintió miedo. Había algo aterrador en esa mujer.
—Lo estaba buscando.
—¿Y por qué buscas al Maestro, Luke Herondale?
Un escalofrío recorrió su espalda cuándo la mujer dijo también su apellido. Eso denotaba que, definitivamente sabía quién era él antes de que se presentase. Podría saber incluso más de él que su nombre, y sin embargo él, no sabía nada de Esther en absoluto.
—Es...personal.
Vio cómo la expresión de Esther se endurecía, y supo que había sido mala idea no darle una respuesta completa.
—¿Por qué buscas al Maestro, Luke Herondale?
Tragó saliva con dificultad.
—Quiero saber si me ha hecho...algo, al estar aquí. Si me ha...cambiado.
Los fríos ojos de Esther le escrutaron unos instantes que parecieron eternos. Sentía que veía a través de él, cómo su hurgase en su cabeza y descubriese todos sus secretos. Sus anhelos y su ira homicida, además de ese miedo que comenzaba a crecer en él solo por la presencia de esa mujer.
Y entonces, ella se echó a reír.
—Te hizo algo mucho antes, Luke—dijo ella dejando de reír súbitamente y volviendo a sonar terriblemente seria—. Prácticamente llevas siendo toda tu vida siendo diferente y especial.
Se acercó a Luke, se acercó a él, cogió su barbilla con su mano gélida y tiró de él con fuerza. Sus labios se acercaron al oído del chico y sus palabras helaron la sangre de Luke:
«Una de sus mejores creaciones.»
