Sin hacer uso del Portal, por no tratarse de una misión oficial, Tatia tuvo que llegar a París de la forma más mundana posible. De sus dos contactos, una bruja y un nefilim, solo consiguió que le respondiese a tiempo el segundo. Estaba esperando en el aeropuerto cuándo vio acercarse a un hombre algo desaliñado. Calculaba que rondaría los treinta y cinco, hacía tanto que no lo veía que ni recordaba su cumpleaños. Llevaba barba de varios días y el rostro era un reflejo de su agotamiento interno. Tatia alzó una mano a modo de saludo. En cuestión de segundos, estuvieron frente a frente.

—Tatia—dijo él antes de tomar su mano y depositar un beso en ella—. C'est un plaisir de vous voir, belle dame.

Tatia alzó una ceja y le retiró la mano.

—Veo que París te ha conquistado y ya no eres un lobo solitario.

El hombre cambió su gesto por uno más serio, cruzó los brazos sobre el pecho y resopló.

—Un lobo sin manada, siempre será un lobo sin manada—replicó él con sequedad—. Quizás tan sólo estoy aprendiendo a vestirme de cordero.

Ella no le contestó a eso, estaba bien traído, no iba a estropear una buena respuesta con una réplica maliciosa. Jaló la correa de su mochila de viaje.

—Bien, Vincent. Espero que eso sea cierto. Porque me vendrían bien tus habilidades de rastreo de lobo solitario.

Esta vez fue él el que alzó una ceja.

—Sabes que no me gusta trabajar con la Clave si no me queda más remedio, no después de...

Su voz se apagó. Muchos cazadores de sombras conocían la trágica historia de Vincent Ravenscar. Diez años antes, la Clave envió a una pareja de nefilim a recoger a un niño con la visión que acababa de perder a sus padres. Otro potencial cazador. Debía de ser algo sencillo, el niño había sido puesto en un lugar seguro mientras en Idris decidían si lo llevarían a la Academia o no. Los cazadores no pensaron que fuesen a necesitar armas, o runas especialmente poderosas. Encontraron al niño, alicaído en un rincón. No pensaron, de nuevo, que pasase nada, que fuese a pasar. Justo cuándo uno de ellos se dio la vuelta al notar algo extraño en el ambiente, el niño se abalanzó por el otro. Mientras el primero descubría tras una sábana el cadáver del verdadero niño, el falso recuperaba su forma real y hacía pedazos al nefilim. Se trataba de un demonio eidolon. El otro cazador también cayó al suelo, se retorció entre gritos agónicos mientras una de sus runas sangraba. La runa parabatai. El demonio lo dio a él también por muerto. Ese día, Vincent Ravenscar perdió a su parabatai y la confianza en la Clave.

—La Clave no tiene nada que ver—dijo Tatia, recordando amargamente la historia del que una vez fue un buen amigo—. Hay un hombre que se hace llamar el Maestro, a la Clave no le parece una amenaza, pero hay unos críos a los que sí y...

—¿Y qué? ¿Se han puesto a hacerse los detectives y te han engañado para que les sigas?

Tatia negó con la cabeza.

—Se han escapado de casa, lo último que sé es que estaban en París.

—Tatia, puedo ser muy bueno rastreando, pero los niños no son mi especialidad. Lo sabes.

Vincent se dio la vuelta y empezó a caminar, dispuesto a marcharse lejos de ahí sin escuchar nada más de aquella historia. Ella no desistió, lo necesitaba de verdad. Sobretodo si su otro contacto no tenía tiempo para ayudarla:

—Están en peligro. Da igual lo que opine la Clave, he hecho mi propia investigación y El Maestro es peligroso. Esos chicos...se escaparon de Idris después de que secuestrase a Valentine Morgenstern.

Sus palabras frenaron en seco al hombre, que giró sobre sus talones alarmado.

— Espera, ¿qué?

—Veo que he captado tu interés.

—Por el Ángel, ¿en qué está pensando la Clave? Cualquiera que sea capaz de secuestrar al mismo Valentine Morgenstern tiene que ser un enemigo a tener en cuenta.

Pese a la seriedad de la situación, Tatia no pudo evitar que se le escapase una pequeña sonrisa.

—¿Entonces me ayudarás?

—Cuenta conmigo.


El viento se hacía notar entre las ramas del bosque nocturno, las estrellas brillaban con fuerza en el cielo y los dos nefilims dormían juntos cerca de una hoguera aún encendida. Clarissa se removió en sueños, hasta finalmente alcanzar a entreabrir los ojos. Tardó unos instantes en ser consciente de dónde estaba, de con quién y todo lo que había ocurrido hasta llegar a ese punto. Al medio incorporarse, se dio cuenta de lo cerca que estaba de Jace, podía notar su respiración en la piel. Debía de haberse acurrucado a su lado estando dormida, en busca de calor.

Incluso preso del sueño, Jace era realmente hermoso, cómo si hubiese sido esculpido por el mismo Ángel Raziel. Le costaba recordar que había habido un tiempo, apenas un mes y medio, en el que lo había odiado con todo su ser. Sólo por ser un desconocido con aires de superioridad, que no dejaba de intentar ligar con ella, aunque fuese todo parte de una broma. No creía que Jace quisiese tener algo con ella, no tenía nada de especial, no era cómo su parabatai.

—Él...no es tu padre—murmuró Jace en sueños.

Clarissa se sobresaltó al escuchar su voz y se apartó un poco. Lo contempló bajo la luz de la luna, cómo sus perfectas pestañas describían una curva y se estiraban cómo si intentase tocar el cielo. Se preguntó qué le diría Isabelle de estar ahí, ella siempre sabía qué hacer cuándo se trataba de chicos. Rozó su runa parabatai, Isabelle siempre estaba con ella, aunque se alejasen. Una parte de Clarissa estaba triste, porque cada paso que daba, la distancia que las separaba era mayor. Por otra parte, estaba a punto de vivir una aventura con Jace, una que sin duda recordaría toda su vida.

Jace se removió inquieto, cómo si tuviese una pesadilla, una de las manos del chico acabó sobre el muslo de ella. Entonces Clarissa no lo pensó más, con el corazón acelerado, agachó la cabeza y lo besó. Esperaba que fuese un simple secreto nocturno, con las estrellas cómo únicos testigos. Pero Jace abrió los ojos y la miró, plenamente consciente de lo que acababa de pasar. Clarissa se apartó, muerta de vergüenza, se abrazó las piernas.

—Lo siento yo... —murmuró ella — . Fue sólo un impulso, sin pensar.

Él se incorporó, se acercó más a ella, le apartó el pelo, ganándose una mirada de la chica. Entonces la besó con pasión. Clarissa al principió no reaccionó, sorprendida de la respuesta del chico. No tardó mucho tiempo en volver en sí, respondiendo a esa misma pasión. Besándole cómo si el mundo fuese a acabarse ese mismo día, cómo si necesitase los labios de Jace para sobrevivir. Actuando conforme a cómo se sentía y dejando la lógica a un lago, Clarissa empezó a quitarse la camiseta.

Pero las manos de Jace la detuvieron.

—No, Clarissa —dijo él apartándose — . No hagas que esto sea más duro para mí...

— ¿Qué?

Jace suspiró.

—Ya es bastante complicado lo que tengo que hacer ahora.

Alzó su mano y esta se iluminó, como si poseyese una luz propia de tonalidad anaranjada. Clarissa jadeó, asustada y confusa. Eso no era posible, Jace era un nefilim y lo que estaba haciendo sólo podía ser fruto de la magia de un brujo. No entendía lo que ocurría, tampoco pudo preguntar nada más, porque Jace puso su mano sobre la frente de la chica.

Y todo se volvió oscuro.


Luke estaba en su habitación, frente a un espejo de cuerpo entero con tan sólo la ropa interior. Llevaba horas examinando su cuerpo, al borde de la histeria, arañando su piel. Sangrando para descubrir si había algo extraño en ella. Pero si existía algún tipo de rareza en él, todavía no la había descubierto. Aún así lo sentía, por las palabras de Line, las palabras de Esther, incluso el comportamiento de sus propios padres a lo largo de su vida. Había algo diferente en él, algo malo de verdad, algo que lo hacía estar corrupto. Si la pureza de su sangre estaba en riesgo, necesitaba saberlo.

Se vistió y salió del dormitorio dando grandes zancadas. El Maestro seguía sin estar por el apartamento, Esther hacía horas que se había marchado, Line no era una fuente fiable. Pero había alguien que sí podía tener respuestas. Recogió el atizador del salón antes de llegar a la puerta tras la que Valentine estaba encerrado. No se preocupó del aspecto demacrado del hombre, de cómo llevaba ya una barba larga desaliñada, del hedor que salía del cuartucho ni de las marcas que había en su piel a causa de una reciente tortura.

—Creo que el Maestro me ha hecho algo.

Valentine le miró, tratando de ubicarlo, parecía desorientado.

—No me sorprende—dijo finalmente—, después de todo se lo hizo también a sí mismo...

—¿Qué quieres decir?

El hombre parecía a punto de caer por agotamiento.

—Ya sabes que primero fue un nefilim...hasta ese fatídico evento que le cambió—dijo perdiendo la voz poco a poco —. Pero antes de ser quién es ahora, hubo un punto intermedio, uno en el que e Maestro fue un simple hombre lobo.

Un simple hombre lobo. El Maestro no era eso, era mucho más, le había visto hacer magia. Esos diales con sangre, la presencia de Esther. El Maestro había experimentado consigo mismo, si había sido capaz de pervertir su sangre de esa manera. También podía haber corrompido a Luke.