Lo primero que sintió Clarissa al despertar, fue una terrible jaqueca. Lo siguiente fue una sensación extraña, que no desaparecía. No sabía a qué podía deberse. Estaba aturdida. Miró a su alrededor, estaba en un dormitorio. Uno que no había visto nunca, estaba a oscuras porque la luz estaba apagada. Alguien la había colocado con cuidado sobre la cama y la había tapado con una sábana. Había una mesilla a su lado y sobre ella una tacita con el té todavía templado, no debía de llevar mucho ahí. Esa extraña presión en el pecho la estaba matando, se incorporó y se sentó al filo de la cama, era cómo si le faltase algo.

Algo esencial.

La puerta se abrió y por ella apareció Jace con un aspecto alicaído. Las imágenes acudieron en un torbellino a su mente. Ellos corriendo, ellos durmiendo en la hoguera, ella besando a Jace, Jace besándola a ella y Jace con la mano iluminada noqueándola. Se sentía tan estúpida por haber confiado en él. Cogió la tacita y se la lanzó, Jace la esquivó. Se rompió al chocar con la puerta que había vuelto a cerrar tras de sí. Se acercó a ella, y Clarissa se pegó a la pared intentando mantener las distancias. Jace suspiró, quedándose quieto en el sitio.

—Entiendo que no confíes en mí.

—Mi hermano tenía razón sobre ti— espetó ella— . Hasta...hasta Teri la tenía.

Jace negó con la cabeza, cómo si quisiera contarle algo, pero todavía no era el momento.

—Te lo dije, Clarissa. Soy leal a mi padre, yo...sólo cumplo con lo que él manda.

Había un deje de tristeza en su voz al hablar, cómo si realmente no quisiera hacer aquello. Pero lo había hecho. Clarissa miró las manos del chico, secuestrarla no era lo único que había hecho que la había dejado descolocada. La forma en la que lo había hecho también lo hacía.

—No eres un nefilim.

El chico apoyó su espalda contra la pared.

—Sí que lo soy.

—Deja de mentirme— exigió ella— . Te he visto hacer magia, me secuestraste usando magia, ¿qué clase de nefilim puede hacer magia?

Él guardó silencio, lo cuál enfureció más aún a Clarissa. No había lámpara en la mesilla que arrojarle, así que cogió la almohada de su cama y se la lanzó. Esta vez sí que le dio, aunque Jace tampoco hizo amago alguno por moverse. Iba a formular la pregunta de nuevo, cuándo él finalmente confesó:

—Un híbrido.

—¿Qué?

—Soy un híbrido entre nefilim y brujo.

Clarissa intentó asimilar esa nueva información, pero lo cierto es que no pudo. Cómo podía ser posible aquello. Cómo es que las salvaguardas no estaban preparadas para algo así. Cuántos más habría cómo Jace. Si hasta ese momento había desconfiado de Jace desde su despertar, ahora sentía auténtico pavor. Sin su estela, sin sus armas, con sus runas agotadas. Cómo podría enfrentarse a un híbrido de nefilim y brujo.

—No debería de ser posible— fue lo único que dijo.

—Hubo un caso hace tiempo, Tessa, la misma que vimos en Francia. Ella es nefilim y bruja, aunque solo tiene sus poderes de bruja...y ella lo es de nacimiento.

La chica pelirroja elevó una ceja.

—¿Tú no naciste así?

Lo vio negar con la cabeza, de nuevo.

—Nací siendo un nefilim...luego mi padre me hizo así.

—¿Por qué tu padre te haría eso?

—Porque las cosas están a punto de cambiar en el Mundo de las Sombras, y la caída de los nefilim es solo el comienzo.

Un escalofrío recorrió la espalda de Clarissa. Una pregunta, cuya respuesta no estaba segura de querer formular, empezó a crecer en su garganta.

—Jace...— sentía que se ahogaba sólo por intentar decirlo— . ¿Q-quién es tu padre?

—El Maestro.

Clarissa entonces cayó al suelo, no por ninguna fuerza sobrenatural que la empujase a ello, sino por la gravedad de aquel descubrimiento. Por cómo todo empezaba a tener sentido. La repentina aparición de Jace, cómo había insistido en acompañarlos sin conocerlos, cómo se había esforzado por acercarse a ella, cómo los había dividido de forma sutil, cómo la había instado a escapar de casa con él. Todo una trampa y ella había caído de lleno.

—¿Qué vas a hacer conmigo?

Sin embargo, a esta pregunta, Jace no respondió. Antes de abandonar la habitación, dijo simplemente:

—No te molestes en intentar escapar de aquí, no se puede, y tampoco te podrá encontrar nadie.

Cerró la puerta de nuevo, lo escuchó cerrar con llave. Clarissa se quedó a oscuras, se abrazó a sí misma y sopesó con cuidado toda la información recibida. Se sintió pequeña, se sintió traicionada y se sintió sola. Sola. Por eso se sentía extraña. Se miró la runa de parabatai, seguía intacta, seguía cómo siempre, pero no la sentía así.

No sentía en absoluto a Isabelle.


Luke lo había escuchado hablar hacía unos minutos, sabía que había vuelto. Abrió de golpe la puerta del despacho, y ahí estaba el Maestro. Lo miró furioso, el hombre estaba atareado con unos papeles, pero ningún papel podía ser más importante que no que iba a decirle. Lo que iba a exigir saber de una vez por todas. No se molestó en cerrar tras de sí, si alguien quería cotillear esa conversación, era libre de hacerlo. Poco le podía importar, si estaba claro que todos sabían más de él que él mismo.

—He hablado con tu mujer, sobre lo especial que soy—empezó a decir—. También tuve una charla al respecto con Esther, al parecer soy una de tus mejores creaciones.

El Maestro frunció el ceño.

—No tendría que haberte dicho eso.

Luke plantó con furia sus palmas abiertas sobre el escritorio, ocasionando que un vaso de agua cayese al suelo y se hiciese añicos.

—¿Y qué tendría que haberme dicho? ¿Qué se supone que debería saber sobre mí que tanto os estáis esforzando en ocultarme?

No le respondió a eso, abrió uno de los cajones del escritorio y sacó de su interior un pequeño frasco, con un líquido azul claro y brillante dentro de él. Era de un tamaño minúsculo. Lo puso sobre la mesa, justo entre las manos de Luke.

—Tienes un gran potencial, Luke—le contestó con calma—. Aunque te lo ocultaron desde pequeño.

—¿Qué es esto?

—Si quieres conocer tu verdadero potencial, esto anulará lo que te hicieron.


Les había costado días de viaje, mucho tiempo a pie y otro tanto por transporte mundano. Habían gastado el poco dinero que habían conseguido, gran parte de él robado, aprovechando el glamour que los ocultaba a ojos indiscretos. Pero finalmente Teri, Jonathan y Alec habían llegado al que, esperaban, fuese su último destino: Londres.

Estaban en unas condiciones lamentables, necesitados de una ducha, un cambio de ropa y algo de comida que no fuesen barritas energéticas y bolsas de patatas fritas. Teri también echaba en falta dormir en una cama de verdad, desde aquel motel habían decidido no gastar tanto dinero en comodidades ni lujos que podían hacerles avanzar más despacio. Más de una noche había acabado durmiendo con la cabeza apoyada en el hombro de Jonathan, y en una de esas noches, él había pasado un brazo por su cintura. Al despertar y verse tan cerca de él, tan unidos, había sentido el rubor llegar a sus mejillas, y se separó del chico Morgenstern antes de que él despertase y se diese cuenta de la posición comprometida en la que se encontraban. También había forjado una buena relación con Alec. El mayor de los Lightwood era un chico reservado, pero tenía la cabeza sobre los hombros, podía ser un gran líder y eso hacía que Teri se sintiese realmente mal por ser ella quién los estuviese guiando en esa especie de aventura. Posiblemente, bajo las órdenes de Alec, habrían hecho un viaje más eficiente, pero él no parecía la clase de persona que impondría su voz sobre la del resto, si nadie así lo quería. Alec era una persona realmente noble, digna de admirar.

—¿Es este el lugar?—preguntó Jonathan mirando a Teri.

Ella sintió un cosquilleo tras sus orejas. No era ningún secreto para la propia Teri sus sentimientos por Jonathan, se habían llevado mal toda su vida, pero estaba profundamente enamorada de él. Aquel viaje, en el que sus diferencias se habían visto mermadas, hacía que sus sentimientos por el joven Morgenstern creciesen en su interior. No era algo sobre lo que tuviese control. Se preguntaba si, una vez rescatasen a Valentine y frenasen al Maestro, podría ocurrir algo más allá de una alianza temporal. Más incluso que una amistad.

—S-sí, es este el lugar.

Los tres avanzaron en silencio, a través de un cementerio mundano. Cuándo Teri hizo ese viaje mental a través de sus recuerdos, muchos otros empezaron a aflorar con el tiempo. Eso, unido a conversaciones inconexas de sus padres, despertó muchas dudas en ella. Desde pequeña le habían contado muchas historias a cerca de su familia, pero empezaba a dudar que todo hubiese ocurrido tal y cómo sus padres afirmaban. Y si la historia no era así, era probable que las respuestas estuviesen ahí mismo, en ese pequeño cementerio de Londres. Caminaron hasta dar con una tumba, la de la persona que estaban buscando. Teri sintió un pinchazo en el pecho, quizás se equivocaba, quizás la historia sí fuese cómo se la habían contado. Quizás estaba a punto de cometer un terrible error.

—Entonces Valentine— dijo Alec, recuperando la vieja conversación— . Fue el parabatai de tu tío Lucian...

—Sí...durante una misión fueron atacados por unos hombres lobo—repitió de nuevo ella—. Lucian fue herido de gravedad, Valentine fue a buscar ayuda, pero a su vuelta...mi tío había muerto desangrado. Cómo su sangre había sido comprometida, la Clave se negó a darle un funeral nefilim, así que fue enterrado aquí mismo...en la ciudad que supuestamente le vio morir.

Guardaron los tres silencio, contemplando la tumba de Lucian. Lo que les había llevado hasta ahí era una idea loca, pero con demasiado sentido, que rondaba la cabeza de Teri. Quizás Lucian nunca muriese, quizás había una parte de la historia que no sabía. Quizás sobrevivió, huyó y una sed de venganza creció dentro de él. Venganza contra su parabatai y contra la hermana que lo dejaron en el olvido, que lo dieron por muerto. Quizás renació cómo subterráneo y de esta forma, consiguió verter su odio hacia los nefilim en otros, creciendo cómo un modelo a seguir para otros subterráneos. Quizás Lucian fuese quién se escondía tras el nombre del Maestro.

—¿Cómo demostramos tu teoría?—preguntó Alec.

—Muy fácil—dijo Teri—. Vamos a ver si hay un cuerpo que exhumar.