Tuvieron que cavar durante casi dos horas, turnándose para no acabar agotados. La noche estaba al caer sobre ellos, empezaba a hacer frío y Alec estaba dibujándose runas de calor sobre la piel. Fue la pala de Jonathan la que tocó madera. Teri saltó alarmada, al escuchar el sonido, casi cayó de bruces al suelo. Fue casi porque las manos de Jonathan la sostuvieron en el aire, cogiéndola de la cintura. Las manos de ella acabaron sobre los hombros del chico, compartieron una mirada que duró unos escasos segundos, pero Teri sintió cómo el corazón le latía desbocado. Por un mísero instante, pensó que sus sentimientos podrías ser recíprocos. Luego, las manos de Jonathan la soltaron y ella tocó el suelo con sus pies. O más bien la superficie del ataúd. Todos aquellos pensamientos se desvanecieron de su mente.

Miró al suelo.

—¿Preparada?

—Sí...sí.

Jonathan alzó una mano para recibir la estela que le pasó Alec, se dibujó un par de runas de calor y se acercó a Teri para dibujarle otro par más. Ella sintió escalofríos al tacto de sus manos, pero él seguramente lo atribuyó a la tensión del momento. Jonathan se guardó la estela.

—¿Quieres que te ayude?

Alec resopló de fondo.

—De acuerdo—respondió ella con voz débil.

Los dos avanzaron hasta la parte del ataúd que correspondía con la cabeza, la tapa se encontraba dividida en dos, por lo que no hacía falta que lo abriesen por completo. Estiraron el cuello de sus camisetas para cubrirse la nariz, una parte de ellos todavía esperaba encontrarse un cadáver. El putrefacto cadáver de Lucian. Después de que Jonathan le lanzase una última mirada a Teri, ella asintió con complicidad. Lo abrieron juntos. Se levantó una humareda de polvo y tierra. Una vez se despejó todo, fueron testigos de la verdad. No había cuerpo, así que todo apuntaba a que Lucian era el Maestro.

Ahora tan sólo quedaba despejar una última incógnita: ¿dónde se ocultaba?


El apartamento de Vincent era bastante acogedor, bien amueblado, con una temperatura cálida sin resultar agobiante. En el ambiente todavía había cierto aroma a incienso, pero debían de haber pasado horas desde que se consumió. También había muchos papeles, informes y fotografías cubriendo las dos mesas de la sala. Y un tablón de corcho en el que había hilos conectando diferentes imágenes y papeles escritos. Pese al caos de la investigación, Tatia tenía bastante claro que su viejo amigo sabía lo que se hacía. Se sentó en un sillón vacío mientras él preparaba algo para beber, al rato le sirvió una taza con café. Entonces Vincent empezó a mirar en sus libros, durante el camino al apartamento, Tatia le había contado todo lo que sabía que él necesitaba saber para encontrar a los chicos.

Viendo que iba para largo, se puso en pie, dando pequeños sorbos a su café, y se dio una vuelta por la sala. Decidió observar con más detenimiento el tablón del crimen que Vincent había creado. Había hilos de tres colores: rojos, blancos y azules. Pero no sabía a qué tipo de información correspondía cada uno. Vio varias fotografías, gran parte de ellas eran de cadáveres, junto a las imágenes había post-it con información escrita. Primero la especie a la que pertenecía la víctima, justo después una palabra. Siempre la misma. Desangrado. Todas esas personas, porque para Tatia los subterráneos eran tan personas cómo los nefilim, habían muerto desangrados. Asesinados sería el término correcto. Poca gente acostumbraba a morir de forma natural desangrados. Había más patrones en sus muertes, cómo que se trataban de subterráneos solitarios. Nadie los echaría en falta si morían, lo cual revolvía el estómago de Tatia. Ella conocía a varios subterráneos, de hecho tenía buena relación con bastantes de ellos. Sin irse más lejos de Nueva York, estaba Lily. Quizás no fuesen las mejores amigas del mundo, pero tenía claro que si estuviese viendo la foto de Lily en ese tablón, sentiría rabia y odio, sentiría una gran sed de venganza...o justicia. No podría decir con claridad dónde estaba la línea que separaba ambos términos.

—¿Qué estás investigando?

Formular esa pregunta en voz alta hizo que su amigo volviese a la habitación.

—Asesinatos en serie de subterráneos, por todo el mundo.

—¿Y cómo sabes que están relacionados unos con otros?

Vincent se encogió de hombros.

—Simple intuición, mis contactos en el Mundo de las Sombras me han pedido que investigue. Sólo se fían de mí, al parecer.

—Con razón.

Volvió a mirar el tablón, había una chincheta sin foto, pero con la esquina de una. Miró al suelo. Ahí estaba el resto, debía de haberse roto por un roce. La cogió y la observó, había algo distinto en esa imagen. La víctima había garabateado algo en el suelo, si no lo observabas con detenimiento, podía pasar por una mancha de sangre. Si tampoco conocías el idioma. Pero Tatia lo conocía, era su lengua materna.

—¿Has descubierto algo?—preguntó Vincent traduciendo el significado de su expresión.

Se puso a su altura, ella le tendió la foto, señalando con el pulgar el texto. Él recogió la fotografía.

—Esto.

—Es...¿una palabra?—dijo extrañado—. Por el Ángel, ni me había dado cuenta.

Maestro. Pone Maestro.

Los ojos de Vincent se encontraron con los de ella.

—¿Cómo el Maestro que estás investigando tú?

Ella se encogió de hombros.

—No sé, es posible—contestó ella—. ¿Pero para qué podría necesitar tanta sangre de subterráneos?

— ¿Algún tipo de sacrificio?

—Si hubiesen sido frutos de sacrificios llevarían marcas, túnicas o cualquier otro tipo de tratamiento especial.

—¿Entonces?

Tatia quería resolver ese misterio, pero al mismo tiempo era consciente de que el peligro era cada vez mayor. Fuera cual fuera el propósito de ese reguero de cadáveres, de esa recolección de sangre, sólo podía significar que el Maestro era un enemigo temible.

—Tenemos que encontrar a esos chicos.

Vincent asintió, le devolvió la fotografía y retomó su búsqueda. Ella volvió a observar la foto, con la seguridad de que si algo le pasaba a esos chicos, nunca podría perdonárselo a la Clave por no responder a esa amenaza.


Luke estaba dándole vueltas entre sus dedos al pequeño frasco que el Maestro le había dado. Le causaba curiosidad saber qué pasaría sí bebía de él, al mismo tiempo no quería hacerlo. No si eso significaba que podía dejar de ser un nefilim. Dejar de ser un instrumento de los ángeles y convertirse en un ser corrupto como el Maestro. No veía qué podía aportarle aquello. En qué se convertiría de beber ese líquido azul.

Escuchó pasos y decidió que lo mejor era guardarse el frasco en un bolsillo. Vio salir una conocida cabellera rubia de una de las habitaciones, luego la cerró con llave. Así que el "hijo" del Maestro por fin había vuelto. Luke esperó hasta que Jace desapareció por el pasillo. Entonces sacó su estela, el Maestro se la había devuelto porque sabía que no abandonaría el apartamento. Dibujó una runa de apertura junto a la cerradura. Le apetecía saber qué era aquello que Jace escondía. La puerta se abrió, y lo que encontró en su interior le sorprendió.

Más bien, a quién encontró.

—Luke...

El chico sonrió al reconocer a la que, en su fuero interno, había catalogado como su enemiga mortal. Clarissa Morgenstern estaba sentada en el suelo, cansada y sorprendida de verlo. Su sorpresa duró unos segundos, pasó a ser sustituida por una ira palpable. También se incorporó de un salto. Claro, había secuestrado a su padre. Tenía sentido que estuviese furiosa con él.

—¿Has venido para hacer compañía a tu papi?

Escuchó un grito de furia nacer en su garganta, ella avanzó rápidamente, dipuesta a golpearlo. Pero Luke fue más rápido, le dio un puñetazo en la cara y Clarissa cayó al suelo. Vio la sangre de la chica pelirroja en sus nudillos. Ella alzó la vista, mirándole con la nariz chorreando sangre.

—¿Qué le has hecho a mi padre?

Luke le dio una patada, tumbándola en el suelo.

—Preocúpate más por lo que voy a hacerte a ti.

Entonces se sentó a horcajadas sobre ella y sus manos se cerraron en torno a su cuello. Apretó con fuerza, Clarissa intentó zafarse de él, pero el puñetazo le había dejado todavía algo desorientada. Luke vio cómo poco a poco la mirada de la chica empezaba a desconectarse, y cómo su piel cambiaba ligeramente de color. Ya apenas le arañaba las manos, ni se removía bajo su cuerpo.

—¡Aléjate de ella!—gritó una voz a su espalda.

Entonces unas manos agarraron el cuello de Luke, quién no tuvo más remedio que soltar el de Clarissa. Esas mismas manos tiraron de él hacia atrás, dejándolo bocarriba. Vio el rostro colérico de Jace observarlo. Lo apartó de una patada, que Luke fingió que no le dolió, para llegar hasta Clarissa. Vio cómo la ayudaba a incorporarse y le preguntaba si estaba bien. Luke sintió náuseas, le resultaba sumamente vomitivo ver que alguien se preocupase por la pelirroja y sobretodo que ese alguien fuese Jace. Quizás ambos fuesen las personas a las que menos le gustaba ver vivas.

—Sois patéticos.

Jace se puso delante de Clarissa.

—Ni se te ocurra volver a tocarla, o se lo contaré a mi padre.

Luke se rió.

—No puedes decirle lo que puedo o no hacer.

Jace se puso en pie, Luke hizo lo mismo. El rubio lo empujó fuera de la habitación, cerró la puerta tras él, y ambos quedaron a solas en el pasillo.

—Siempre actúas cómo si fueses invencible—replicó Jace—. Cómo si fueses el preferido, y pareces olvidar que el Maestro no es tu padre.

Una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro de Luke.

—¿Y estás seguro de que es el tuyo?

El chico rubio lo miró sin comprender, el moreno no dijo nada más, tan solo se marchó por el pasillo. Con un sentimiento de victoria palpitando en su pecho.