Tras su escarceo con el dúo insoportable, Luke caminó hasta el salón principal. Amplio y vacío. A pesar de ser un apartamento enorme, parecía muy complicado disfrutar de la soledad. Y la prefería a las malas compañías. De todos aquellos que había conocido a lo largo de su vida, solo se veía capaz de aguantar más de cinco minutos en la misma habitación con una persona. Y tampoco sabía si persona era el término correcto. Se sentó en el brazo del sofá, metió la mano en el bolsillo de su pantalón y contempló de nuevo el frasco. Ese frasco misterioso que contenía las respuestas a lo que era en realidad. No podía evitar planteárselo de nuevo: beber o no beber.
No quería cambiar, no quería perder la parte nefilim de sí mismo. Por otro lado, tampoco sabía si de beber el contenido del frasco lo haría. El Maestro estaba siendo muy críptico con cada respuesta que le proporcionaba. Aseguraba que le contaría todo, pero siempre parecía estar guardándose una carta más. Si no le daba toda la información, tenía control sobre él.
Luke era tan prisionero del Maestro como Line o Valentine. Y eso le ponía furioso. Cerró su mano con fuerza y notó el cristal vibrar bajo sus dedos. Aflojó el amarre, hasta que no tomase una decisión determinante, tampoco quería renunciar al contenido del frasco.
—Veo que ya te ha dado el antídoto.
Se giró alarmado, no la había escuchado entrar. Esther caminaba con elegancia usando tacones, tan silenciosa cómo un gato. Sentía cómo si leyese su mente, pues hace unos pocos momentos había estado pensando en ella. Era la compañía de Esther, sin duda, la que menos desagradaba a Luke. Diría que, incluso, le gustaba su presencia. Había algo diferente en ella. Algo oscuro, algo que despertaba sensaciones en Luke que nunca antes había experimentado con tanta intensidad. Como el miedo. Esther le producía miedo, y eso a Luke le causaba curiosidad.
—¿A dónde vas cuándo desapareces?
No quiso que la conversación girase en torno al contenido del frasco. Ese debate se lo guardaba para sí, nadie iba a influenciar en su decisión sobre tomar el antídoto o no.
—Todavía no confío en ti para revelarte esa información.
Su respuesta le dejó descolocado. Ella lo soltó cómo si no fuese importante, cómo si estuviese hablando de algo tan insignificante como el color de las paredes.
—Vale—dijo él con resignación—. Entonces me gustaría saber qué eres, porque una subterránea no.
Esther sonrió, su sonrisa era blanca. Un blanco inmaculado que no era natural.
—Creo que ya sabes lo que soy.
—Sí—admitió Luke.
Lo había deducido, supo que la pregunta que debía de haber formulado no era qué era, sino quién era. Pero su oportunidad de recibir respuesta a sus dudas había pasado, lo supo cuándo ella habló justo después:
—Ven a dar una vuelta conmigo, porque creo que tengo algo que quizás te interese escuchar.
Luke guardó el frasco, se puso en pie y la siguió por el pasillo.
Clarissa deseó tener su estela, al menos para aplicarse un simple iratze. Su cuello le dolía, le costaba respirar con normalidad. Sus ojos estaban anegados en lágrimas. Quiso tumbarse en la cama, cerrar los ojos con fuerza y que todo aquello fuese un mal sueño. Había tanto que no entendía. Siempre supo que Luke era malo. Él secuestró a su padre, lo hizo en nombre del Maestro, y Jace era hijo del Maestro, por eso tenía sentido que trabajasen juntos. Esas piezas aún no habían encajado en su mente. Todo ocurría tan rápido. En ocasiones le costaba ver a Jace cómo alguien realmente malo, pero lo era. La había secuestrado, no sabía ni para qué. Y al mismo tiempo la había defendido, había evitado que Luke la estrangulase. Pero no por eso podía perdonarlo. No por eso se convertía instantáneamente en un héroe y ella debía fingir que todo lo que había ocurrido antes no era importante.
La puerta se abrió de nuevo y Clarissa se hizo un ovillo en un rincón. Siempre pensó que era una gran cazadora de sombras, una gran guerrera. Pero sin armas, sin runas, sin Isabelle o Jonathan...no era más que una chiquilla asustada. La persona que entró por la puerta fue Jace, eso la tranquilizó en parte. No tenía claro si sobreviviría a otro ataque de Luke en ese preciso momento. Jace se quedó en la puerta, mirando al suelo, incapaz de alzar la vista hacia el cuello amoratado de ella.
—¿Cómo te sientes?— preguntó él con torpeza.
— ¿A qué te refieres? — espetó ella en un tono desagradable. También sintió que su voz flaqueaba, y supo que no podría hablar mucho— . ¿A ser engañada? ¿A ser secuestrada? ¿A que me encierren con llave en una habitación en a saber dónde? ¿O a que Luke Herondale haya intentado matarme?
—Yo...lo siento.
Sonaba realmente roto y avergonzado.
—Yo siento haber confiado en ti.
—Te juro que no soy mala persona.
Y de nuevo, una parte de Clarissa le creía. Porque Jace parecía actuar de forma extraña, cómo si lo hiciese obligado. Sin embargo, saltó a defenderla por decisión propia, con una determinación que podría acarrearle problemas, y no le importó. Aunque claro, todo podría volver a ser parte de otro maquiavélico plan. Cómo podía confiar en él.
—¿Por qué sigues a tu padre si parece que eso no te hace feliz?
Quería entenderlo, porque ciertamente no lo hacía. Si hubiese ambigüedad en sus acciones, en los planes del Maestro, Clarissa podría comprender a la perfección que Jace no era consciente de que hacía cosas malas. Pero el Maestro buscaba destrucción, secuestraba personas y a saber qué más. Jace no estaba ciego, Jace sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal. Al menos eso esperaba ella.
—Porque veo cómo mi madre lo quiere y confía en él—respondió Jace, suspiró—. Ella me ha repetido una y otra vez lo solos que estaríamos sin mi padre. Se lo debemos todos.
—Así no es cómo funciona el amor, no es una deuda que debas saldar.
Sintió una punzada en el pecho. Ella tampoco era quién para dar lecciones sobre el amor. Había dejado a su madre tirada en Idris. Su madre embarazada. Y todo por nada. Era una niñata, se comportaba cómo tal. Pensaba que podía ser una auténtica guerrera y tan solo era un cachorro asustado. Se abrazó las piernas y hundió el rostro entre ellas. Dejó que toda su frustración saliese de ella, dándole igual que Jace estuviese presente. Lloró con ganas, hasta que de deshidratase si fuese necesario.
Escuchó los pasos de Jace alejarse de ella, la puerta cerrarse y la llave girando de nuevo.
Decidieron ir a tomar algo a un bar de subterráneos, dónde al menos les mirarían mal por ser nefilim y no por ir hechos un cuadro. Entre todo lo que les quedaba a los tres, llegaron a pagar un café y la camarera les regaló un paquetito de galletas. Teri dio un pequeño sorbo al café, que ya de por sí era bastante minúsculo. Fue cómo si no bebiese nada, pero tenía que llegar para todos. Estaban en un punto muerto. Si no conocían a Lucian, no podían saber dónde se escondería. Fue frustrante para Teri darse cuenta de lo absolutamente nada que sabía sobre su propio tío, nunca le dio importancia a esa falta de información. Ella pensó que su madre estaba demasiado triste para hablar de él. Ahora, sospechaba, quizás lo que tenía era miedo.
Jonathan se marchó al baño, Teri le pasó el café a Alec.
—Me saca un poco de quicio esta situación.
—Lo sé, es cómo si hubiésemos hecho un gran descubrimiento para nada.
—Hablaba de vosotros dos.
La chica Herondale lo observó sin comprender. O sin querer hacerlo.
—¿Quiénes? ¿Jonathan y yo?
—Eráis casi más soportables cuándo discutíais.
Teri sintió que perdía el color, y al mismo tiempo que sus mejillas se tornaban bermellón: ¿era posible que pasase algo así? Al parecer sí.
—Sigo sin saber a qué te refieres—mintió ella.
Le preocupaba que se notasen demasiado sus sentimientos por Jonathan. Quizás él no se había dado cuenta, con suerte solo Alec sería tan avispado para notarlo. No podía ser tan evidente. Y ella no iba a dar el paso sin saber a ciencia cierta si era correspondido. Se miró las manos, estaban limpias porque había ido antes al baño, pero sus uñas estaban destrozadas por todo el esfuerzo de esos días anteriores. Le resultaba ridículo pararse a pensar en cosas tan triviales como el amor. Había vidas en juego.
Jonathan volvió con ellos justo cuándo la puerta del local se abría. Miró extrañado en esa dirección y sus compañeros hicieron lo mismo. Eran dos nefilim. Una mujer y un hombre. Rondarían la treintena, quizás ella fuese más joven. En una mesa cercana había unos pixies jugando a las cartas, las escondieron detrás del servilletero. No habían dejado de jugar porque entrasen Teri, Jonathan y Alec. Quizás a ellos no los veían cómo una amenaza por las pintas que llevaban. Los recién llegados hicieron un reconocimiento visual de la sala. Teri se tensó, casi se puso en pie, pero la mano de Alec se puso en su hombro, tirando de ella hacia abajo.
—Mejor que no llames su atención.
Pero ese gesto fue lo que llamó su atención, fijaron la vista en ellos tres y caminaron en su dirección. Era tarde para huir y la única salida era la misma entrada del local. Se quedaron quietos. Los dos nefilim llegaron a su mesa, ella cogió una silla de otra y se sentó, examinándoles.
—Theresa, Jonathan y Alexander—dijo señalándolos uno a uno correctamente.
—Tenemos armas.
—Por favor, Theresa.
El hombre se inclinó hacia ellos.
—Ella es Tatia y yo soy Vincent, nos ha costado mucho encontraros.
Teri miró de forma desafiante al tal Vincent.
—Igual es porque no queríamos ser encontrados— espetó— . No vamos a volver a casa hasta que encontremos a Valentine y detengamos al maestro.
Tatia resopló y se llevó dos dedos al puente de la nariz.
—No tengo tiempo para esto, os volvéis a casa y dejáis que los mayores nos encarguemos de detener a ese asesino en serie.
Aquello despertó la atención de los tres jóvenes.
—¿Asesinatos de subterráneos?—preguntó Alec.
—Nosotros nos hemos enterado de varios ataques—añadió Jonathan—. Pero sin víctimas mortales, más bien cómo si se intentase probar algo.
La mujer resopló, mientras Vincent cogía una de las galletas de la mesa y se la comía.
—Vincent descubrió que hay asesinatos en masa, subterráneos desangrados.
Los tres chicos se miraron entre ellos, ese gesto captó la atención del hombre, que alzó una ceja intrigado.
—¿Y vosotros qué sabéis?
—La identidad del Maestro—respondió Teri por todos, los chicos le lanzaron una mirada acusatoria—. ¿Qué?
—Pensaba que era cosa nuestra.
—Pero estamos estancados, y por primera vez parece que hay alguien con el mismo objetivo que nosotros.
Casi se produjo una discusión entre los tres, y fue casi porque Tatia se puso en pie, dando una sonora palmada con sus manos.
—Bien, ya hemos ido bastante lejos cada uno por su lado—dijo en un tono que zanjaba cualquier posible discusión—. Volveremos a Idris, informaremos a la Clave y si con eso no es suficiente para que hagan algo, ya me encargaré de movilizar a cuántos sean necesarios.
Teri miró a los chicos y los tres llegaron a un consenso silencioso al respecto. Se pusieron en pie y siguieron a los dos adultos. Fueron hasta el Instituto de Londres, desde ahí abrieron un Portal, era cómo habían llegado también Tatia y Vincent. Él no fue a Idris, una vez se marchasen volvería a París. Tatia cruzó primero, seguida de Alec. Teri vio cómo Jonathan se quedaba quieto, observando el Portal, posiblemente con sentimientos encontrados. En parte, podría interpretarse cómo que abandonaba la búsqueda de su padre. Que lo dejaba tirado, después de todo.
Sin pensarlo demasiado, cogió su mano entre las suyas. Él la miró.
—Estoy contigo.
Fue lo único que se le ocurrió decirle, no estaba segura de si sus palabras servirían de algo. Jonathan enlazó sus dedos con los de Teri y juntos cruzaron el Portal. De vuelta a casa.
