Clarissa no supo con seguridad cuánto tiempo estuvo llorando, pero tenía los ojos hinchados y las manos agarrotadas. Temblaba de frío. No quiso meterse bajo las sábanas, así que tiró de ellas, hasta deshacer la cama, y se envolvió dentro. Unos pasos firmes se detuvieron frente a su puerta. Podía ver la sombra de unos pies colándose por debajo. La llave giró. La persona que estaba al otro lado no era Jace, tampoco Luke.
Con cierto aire de superioridad, un hombre con las manos y el rostro surcado de cicatrices, se acercó a ella. No tuvo que presentarse, supo quién era al instante. El Maestro. El padre de Jace, el hombre al que tanta lealtad debía que actuaba en contra de sus principios por complacerlo. Sin mediar palabra con ella, la cogió del cuello de la camiseta y tiró. Clarissa se vio obligada a abandonar la comodidad de la cama y las sábanas. Prácticamente fue arrastrada por el suelo del pasillo, hasta una puerta dónde Luke y Jace estaban esperando. El Maestro hizo un giro de muñeca, una luz amarilla salió de ella, la puerta se iluminó del mismo color unos segundos. Entonces miró a Luke y él abrió la puerta.
El interior estaba oscuro, Clarissa distinguió a una figura moverse entre las sombras. Gimió de dolor, gateó hasta que alcanzó algo de luz. Entonces vio su rostro con claridad, a pesar de toda la mugre y de la barba larga y desaliñada. Era su padre. Era Valentine Morgenstern.
Clarissa ahogó un grito, el Maestro la soltó y ella fue corriendo a rodear con sus brazos el cuello de su padre.
—¡Padre, padre! ¡Estás vivo, estás vivo!
Ambos lloraban, y Clarissa no podía dejar de repetir lo mismo una y otra vez. Lo abrazó con fuerza. Él la besó en la sien.
—¿Estás bien?—se preguntaron el uno al otro al mismo tiempo.
Ella asintió mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano. Valentine cogió el rostro de su hija con sus dos manos.
—Ahora yo también estoy bien.
Una grave y sarcástica risa interrumpió el momento, los dos miraron en dirección al Maestro. Valentine avanzó, arrastrándose por el suelo, hasta ponerse frente a su hija. Haciendo de escudo. Clarissa se negó a aceptar aquello, con cuidado, empujó hacia atrás a su padre y ocupó su lugar cómo escudo humano.
—Patético —murmuró Luke.
Se ganó una mirada reprobatoria del Maestro, pero por alguna razón, eso no le achantó.
—Es enternecedor—dijo el Maestro dirigiéndose a los Morgenstern—. ¿Hasta qué punto Clarissa protegería a su padre?
Ella le lanzó una mirada desafiante.
—Moriría por él.
Valentine ahogó un grito, empezó a murmurar, a negarse a que algo así ocurriese. Mientras tanto, el Maestro miró a sus dos esbirros e hizo un gesto para que ambos abandonasen la sala. Luke se encogió de hombros y salió de ahí cómo si tampoco le importase lo que fuese a ocurrir. Jace miró a Clarissa, en sus ojos había tristeza y una chispa de súplica. Cómo si buscase su perdón. La puerta se cerró tras ellos.
—Lucian...—dijo Valentine con la voz rota.
Clarissa no pudo evitar sorprenderse: ¿es que su padre conocía al Maestro? ¿Y por qué el nombre de Lucian le resultaba familiar?
—¿Qué quieres?
—No, ¿qué quieres tú?— murmuró Valentine, cómo si perdiese la fuerza con cada palabra que pronunciaba— . ¿Por qué me has traído aquí? ¿Por qué has traído a Clarissa?
El Maestro, o Lucian, sonrió. Cómo si llevase toda la vida esperando a esa pregunta. Les dio la espalda a ambos y empezó a rebuscar algo en el interior de su chaqueta. Padre e hija se abrazaron, una parte de ellos veía el fin de sus vidas demasiado próximo.
—Porque necesito sangre— respondió con una absoluta frialdad— . Sangre de nefilim.
Se dio la vuelta y su despiadada sonrisa aumentó al ver cómo la joven Morgenstern temblaba de miedo. La expresión del rostro de Valentine se endureció.
—¿Por qué necesitas sangre de nefilim?
Lucian hizo un gesto con la mano, quitándole importancia. Hubo un breve destello que llamó la atención de Clarissa, llevaba algo en la mano. Una daga. Aquello la hizo dejar de temblar para quedarse completamente quieta de pavor. Volvía a sentirse pequeña. Agotada, sin haber comido, sin runas, sin estela, sin armas, sin fuerza. Y su padre estaba mucho peor que ella. Un simple hombre, con una daga en la mano, podría acabar con ellos sin demasiado esfuerzo.
—Al principio pensé en emplear tu sangre, viejo amigo— explicó el Maestro— . Cómo venganza por lo que me hiciste. Pero luego me pareció mejor aún, dónde va a pasar, que fueses testigo de cómo arrebataba la vida a uno de tus hijos.
Valentine gritó, con todas las fuerzas que le quedaban. Fue un grito desganado, casi ridículo.
—Esa venganza tuya es contra mí, no contra mi hija. Déjala fuera de esto.
El hombre que llevaba la daga sonrió, cómo si, de nuevo, las cosas hubiesen salido como él quería que saliesen. Clarissa sintió nauseas por la mente retorcida del Maestro.
—Entonces arrodíllate ante mí. Suplica por la vida de tu hija, demuestra que eres capaz de sacrificarte por alguien.
Entonces Valentine apartó a Clarissa, la cuál seguía intentando asimilar todo aquello, intentando comprender qué conexión compartían ambos y por qué habían llegado a ese límite. Valentine se puso en pie, sólo para llegar hasta el Maestro y arrodillarse ante él. La chica seguía en shock, pero una parte de ella, la que pugnaba por seguir alerta, se encogió por dentro al ver cómo su padre era capaz de hincar la rodilla ante un ser tan despreciable. Sólo para salvarla. Las lágrimas salieron de los ojos de Clarissa, porque supo lo que iba a ocurrir y al mismo tiempo supo que su cuerpo no sería capaz de reaccionar para evitarlo.
Lucian agarró el cabello rubio de Valentine, tiró de él hacia arriba y deslizó el filo de la daga por su cuello, creando una fina cascada de sangre al hacerlo.
Clarissa quiso gritar, pero la voz no le salió. Clarissa quiso sacar una estela para ponerle un iratze, o mil, pero no tenía estelas. Clarissa quiso sacar su cuchillo de serafín y arrancarle el corazón a Lucian, pero estaba desarmada.
Quiso hacer miles de cosas, pero no hizo ninguna de ellas. Tan sólo se quedó ahí quieta, congelada, viendo a su padre morir.
Pasados unos instantes, se dio cuenta de que se había caído al suelo, estaba tumbada de lado, viendo cómo el Maestro llenaba pequeños frascos de cristal con la sangre de su padre. No sintió náuseas ni odio. Tan sólo empezó a entender. Esa era la clave de todo. La sangre. Así era cómo el Maestro creaba a los híbridos. Cómo hacía a gente como Jace.
Tanto Teri como Tatia se habían reunido con Malachi Dieudonné e Imogen Herondale, ambos Cónsul e Inquisidora respectivamente. Teri no pudo quitarse de encima la constante mirada reprobatoria de su abuela, por su irresponsable aventura. No obstante, consiguió su objetivo, que era ser escuchada. Tras una oleada de información superficial sobre todo lo descubierto tanto por Tatia cómo por ella, la Clave accedió a reunirse en un consejo privado para decidir qué medidas tomar a continuación. La entrada estaba vetada a menores. Tatia se disculpó con Teri por no poder hacer nada para convencer a la Clave de que pudiese asistir ella, pero Teri no la culpó. Estaba más que acostumbrada a que la hiciesen de menos por no ser adulta.
Confusa, sin saber qué hacer, se quedó fuera. Esperando que la reunión concluyese. Vio pasar a muchos adultos conocidos. Los Lightwood, Jocelyn Morgenstern (quién parecía algo ida e incluso ignoró por completo la vuelta de su hijo), los Penhallow, los Dearborn, los Aldertree y sus propios padres. Stephen y Amatis se acercaron a ella, tan sólo unos minutos, para decirle en un tono serio que debían hablar con ella más tarde. Teri asintió distraída. Se imaginó de qué iría la conversación. Una tensa y oscura historia que por fin le revelase todas o algunas de las piezas que le faltaban para comprender por qué su tío había hecho todo aquello.
—Al menos tus padres te han dirigido la palabra—dijo Jonathan sentándose junto a ella en el frío suelo de piedra.
—Entre no decirme nada y lo que me han dicho, tampoco hay gran diferencia.
Ambos suspiraron al mismo tiempo. Guardaron silencio. Todo parecía ir bien encaminado por fin, había luz al final del túnel. Por fin estaban siendo escuchados, por fin la Clave parecía dispuesta a movilizarse. Por fin habría plan. Por fin rescatarían a Valentine. Por fin acabarían con el Maestro. Y Luke.
Teri sintió un escalofrío que no pasó desapercibido para el chico.
—¿Estás bien?
—No quería que todo fuese tan complicado— confesó ella, evadiendo su pregunta— . Ahora mismo siento que mi vida es una mentira, que incluso me estaba autoengañando al pensar que Luke tendría salvación. Soy una ingenua...y una estúpida.
Jonathan se giró hacia ella.
—No hables así de ti misma— dijo en un tono que hizo imposible que ella no volviese el rostro para mirarlo—. Eres una auténtica creyente. No es tu culpa ver lo bueno de la gente y creer que puedes salvarlos.
Sintió que las lágrimas acudían a sus ojos, pero se negó a liberarlas, apretó con fuerza los nudillos y apartó la vista de Jonathan.
—Lo siento...por no haber podido rescatar a Valentine.
Entonces ocurrió algo que Teri no esperó. Los brazos de Jonathan se cerraron alrededor de su cuerpo, en un abrazo cargado de gratitud y el chico depositó un beso en su pelo.
—No te des por vencida—susurró él con el rostro pegado a su oreja—. Todavía pueden rescatarlo.
Teri no supo que responder inmediatamente. Aquella reacción por parte de Jonathan todavía la tenía descolocada. Hizo que esos sentimientos que trataba de reprimir hasta que fuese un mejor momento, volviesen a vibrar dentro de ella. Intentando salir a la superficie. Los brazos de Jonathan dejaron de rodearla, y él volvió a colocarse en su anterior posición. Segundos después, para Teri fue cómo un sueño, cómo si no hubiese ocurrido realmente. Pero su corazón latía desbocado, confirmándole que eso era real.
—Me gustaría poder volver a repetir algunas cosas—empezó a decir ella, encontrando al fin las palabras—. Hacerlas de otro modo: haber pedido ayuda antes y también haberte tratado mejor.
—De eso último, yo también soy culpable.
Lo miró, y él también la miraba a ella. Admiró para sus adentros la belleza de los iris verdes del chico Morgenstern, de su cabellera rubia completamente despeinada por su aventura. Seguía estancada en aquel abrazo, en el recuerdo de los labios de Jonathan sobre su cabello. Entonces se dio cuenta de que no le importaba no ser correspondida, que había momentos en los que una decisión importante se presentaba ante ti y tenías que cogerla u olvidarla para siempre. Aquel esa uno de esos momentos. La mano de Teri viajó automáticamente al rostro del Jonathan, acariciándolo. Sus sentimientos habían llegado a la superficie, ahí estaban al fin, era el momento de hundirlos para siempre o dejarlos volar en libertad. Supo lo que quería hacer.
Pero Jonathan se le adelantó, y la besó.
—Perdón por interrumpir...esto— dijo una conocida voz para ambos.
Los chicos se separaron y Teri vio la mirada anhelante de Jonathan. Sus ojos verdes, vibrantes de emoción. Una oleada de felicidad la invadió por dentro, incluso le daba igual haber sido interrumpida por la inesperada llegada de Isabelle. Ambos miraron a la joven Lightwood. Y la felicidad de Teri se vio fulminantemente apagada al verla destrozada anímicamente. Tenía los ojos hinchados, y ojeras de varios días. Tenía las manos en una posición un tanto extraña sobre el pecho.
—¿Qué ocurre, Isabelle?
—Es tu hermana, Jonathan—dijo a punto de llorar—. Hace días que no siento a Clarissa.
Comprendió entonces que sus manos no estaban en una posición extraña, estaban sobre la runa parabatai.
Luke se encontraba a la entrada del apartamento, estaba sentado en el suelo, contemplando maravillado lo que había a sus pies. Era el cuerpo sin vida de Valentine Morgenstern. No podía dejar de fascinarse al pensar lo mucho que había cambiado todo. Cómo hacía tan solo unos meses, él había reducido a uno de los más célebres cazadores de sombras y lo había secuestrado. Ahora era el encargado de deshacerse de su cuerpo. Miró el reloj del recibidor, siguiendo las indicaciones del Maestro, debía de arrojarlo fuera cuándo sonase la campanada de la hora en punto. Aguardaba con ansia la llegada de ese momento. Se quedó en absoluto silencio, lo que le permitió escuchar una discusión que, por fortuna, tuvo lugar en una habitación cercana.
—Necesito saber si es cierto—gritó Jace.
—Creo que tienes razón— respondió el Maestro— . Ha llegado el momento de que la sepas.
— ¿Es cierto lo que insinuó Luke? ¿Es cierto que...no eres mi padre?
—No soy tu padre biológico, si es lo que preguntas.
Jace no dijo nada más, salió de la habitación, airado. Sin percatarse de que Luke lo observaba marchar, con una sonrisa en el rostro. Disfrutaba sabiendo que había conseguido desmoronar su mundo. Ahora podía volver a centrarse en él mismo, en su futuro. Rememoró la conversación con Esther, ese paseo revelador que le ayudó a tomar una gran decisión. Mayor de la que el propio Maestro esperaba al darle el frasco con la cura. Sonó el reloj, dando la hora, Luke se puso en pie y abrió la puerta. Ante él el remolino que llevaba a una nada eterna, empezó a diluirse, convirtiéndose en una imagen que bien conocía. Las afueras de Idris. Sin ninguna clase de cuidado, Luke empujó el cuerpo de Valentine por la puerta con varias patadas. Entonces la imagen de Idris volvió a desvanecerse, a convertirse en esa nada. Luke sacó el frasco de su bolsillo, abrió la tapa y bebió completamente el contenido azul del recipiente.
Sus piernas dejaron de soportar su peso, cayendo al suelo. El resto de su cuerpo empezó a convulsionarse sin control. Mientras tanto, junto a él, la puerta seguía abierta, mostrando aquel torbellino que daba a un completo vacío existencial.
