Lo que horas atrás parecía el comienzo de un nuevo día, un amanecer de esperanza, pronto de transformó en una tormenta de desdicha. Si bien la Clave salió con un claro veredicto sobre qué medidas tomar contra el Maestro, Jonathan no pudo saber de qué se trataba porque un cuerpo fue encontrado a las afuera de Idris. El cuerpo de su padre. Dos cazadores de sombras, cuyos nombres Jonathan no se molestó en preguntar, depositaron a Valentine en el suelo. A la salida de la reunión, Jocelyn se abalanzó sobre el cadáver de su marido, gritando, llorando y disculpándose por cosas que sólo ella podía comprender. Parecía fuera de sí y Jonathan tuvo que cogerla por los hombros. Empezaba a ser visible su embarazo, del cual Jonathan prácticamente se había olvidado. Se sintió un mal hijo por ello. Isabelle se acercó a ambos, preguntando si necesitaban ayuda. Eso le hizo recordar que Clarissa también estaba desaparecida. Pero él no podía hacerse cargo de todo, no en ese preciso instante.

—Será mejor que lleve a mi madre a casa— dijo sin dirigirse a nadie en concreto.

Pronto llegarían los Hermanos Silenciosos a llevarse el cuerpo de Valentine. No quería quedarse para presenciar aquello. Teri se acercó a él, puso una mano en su hombro. Él estaba confuso, estaba sobrecargado de eventos. Su madre, su padre, su hermana y ese beso con Teri que parecía haber ocurrido en otra vida.

—Prometo que encontraremos a Clarissa— escuchó decir a Teri—. La encontraremos...de verdad, volverá a casa.

Jonathan creyó asentir, desorientado. No estaba seguro de haber llegado a hacerlo antes de que sus pies se moviesen de forma automática hacia su casa, mientras cargaba con su madre embarazada.


Jace estaba furioso, Clarissa lo tuvo claro cuándo irrumpió en la habitación, a la que había vuelto tras ver morir a su padre. Tiró con fuerza de su muñeca y le hizo daño. Esta vez, sí que consiguió salir del shock y se apartó de él. No sin antes propinarle una sonora bofetada. Jace le miró entonces, perdiendo la furia en sus ojos, tratando de relajarse.

—Lo siento— le dijo.

— ¿Y por qué te disculpas esta vez?— espetó la pelirroja— . Porque la lista de cosas imperdonables sigue creciendo.

No podía dejar de rememorar su mirada de disculpa, Jace sabía perfectamente lo que iba a ocurrir en la habitación antes de abandonarla. Y no hizo nada por evitarlo. Quizás no tuviese poder suficiente, pero podría haber hecho algo. No irse sin más, dejando que el Maestro matase a sangre fía a su padre.

—Me disculpo por todo y me disculpo por agarrarte así ahora.

Clarissa se frotó la muñeca.

—¿Es que tengo que ir a que me sacrifiquen a mí también?

Vio cómo una mueca se dibujaba en el rostro de Jace.

—Voy a sacarte de aquí.

Eso hizo que la pelirroja enarcase una ceja. Sorprendida.

—¿Te refieres a sacarme en el sentido de...?

— Liberarte.

Hubo confusión en la expresión de ella.

— ¿Por qué ibas a liberarme?

—Porque me han engañado, toda mi vida. He actuado mal siendo fiel a una mentira y ya no puedo más.

Clarissa quiso preguntar de qué demonios estaba hablando. Pero una figura apareció en el marco de la puerta. Una mujer rubia, indudablemente emparentada con Jace. Su madre, debía de serlo. Era hermosa y triste al mismo tiempo, cómo un ángel herido.

—¿Por qué te has ido sin explicarme nada más?— preguntó la mujer con una voz dulce y frágil.

La madre de Jace la observó extrañada y la chica sintió cómo se le revolvía el estómago. Se dio cuenta de algo más en ese momento. Aquella mujer no era consciente de lo que ocurría a su alrededor, en aquella especie de casa extraña, oculta al mundo.

—Madre, esta es Clarissa y viene con nosotros.

—¿Viene? ¿A dónde viene? ¿Qué está pasando?

Entonces Jace hizo algo que le devolvió la confianza a Clarissa, al menos una pequeña parte de ella. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y le dio a la chica una estela. Jace no volvió a cogerle de la mano ni de la muñeca para que le siguiese. Se centró en tomar la mano de su propia madre y conducirla por el pasillo. Clarissa les siguió. Vio con mayor claridad el lugar, por la proporción de las habitaciones, no parecía una casa. Era grande, pero no tanto. Llegaron al recibidor y el reloj sonó, dando la hora. Jace abrió la puerta. La chica ahogó un grito, al ver Idris ante ella. Los tres salieron fuera, el chico cerró la puerta, lo único que había de aquel lugar en todo el bosque. Una puerta en mitad de un bosque. Que desapareció en cuándo Jace la cerró por completo.

—Ve a Idris— le dijo Jace— . Di que el Maestro se llama Lucian Graymark. Di que Valentine ha muerto. Di que tiene un ejército de híbridos y piensa atacar Idris en cualquier momento.

Se sintió mareada, quiso preguntar varias cosas. Pero entonces la madre de Jace se quebró, se volvió loca y empezó a gritar. Golpeó a su hijo en el pecho repetidas veces.

— ¡Traidor, traidor, traidor!

— Madre...madre, para. Madre...

—¿Cómo puedes hacerle eso a tu padre? ¡Venderle a la Clave! ¡Ellos nos odian!

Jace cogió de los hombros a su madre, que no dejaba de golpearle, llorando desconsoladamente.

—Lucian no es mi padre.

La mujer dejó de gritar, cogió el rostro de su hijo entre sus manos. Clarissa no entendía nada.

—Lo sabes...¿cómo lo sabes?

— Eso no importa. Importa que Lucian nos ha engañado. A los dos. Él no es el bueno, no es ningún salvador, es un monstruo.

Su madre pareció comprender sus palabras, hasta que sus ojos brillaron de un color extraño. Entonces volvió a golpear a Jace, tirándolo al suelo.

—¡Él te crió! ¡Es tu padre! ¡Es más padre que ese otro...que nunca me quiso!

Jace miró con detenimiento a su madre, de arriba a abajo. Luego frunció el ceño.

—Maldito bastardo...

Se puso en pie, tomó la mano de su madre y sacó su alianza matrimonial, la lanzó lejos. En ese momento la mujer se derrumbó sobre sus brazos.

—Mi...mi niño...

Clarissa se acercó a ellos.

—¿Qué está pasando?

Jace negaba con la cabeza.

—Por eso mi madre siempre estaba de su parte, hiciese lo que hiciese. Estaba hechizada. No me di cuenta...o no quise darme cuenta.

Pero no estaba hablando con ella, no hablaba con nadie. Simplemente pensaba en voz alta. Clarissa vio que ese momento no estaba hecho para ella, que tenía cosas más importantes que hacer. Caminó en dirección a Idris. Dejando atrás a Jace y a su madre. Con el corazón en un puño. Miles de imágenes chocando en su mente. Sentimiento de culpa, de comprensión y de pérdida latiendo en su corazón. Con la seguridad de que Jace no era de los malos, pero sabiendo que no podía perdonarle aún con todo.


Luke había conseguido arrastrarse hasta la salita en la que no hacía mucho, había escuchado discutir a Jace y el Maestro. No era lo único que había escuchado. También fue testigo de cómo el chico rubio huía con Line y la molesta chica Morgenstern. Pero Luke todavía estaba reponiéndose. Había sentido una gran sacudida al beberse el frasco de la cura. Empezaba a sentir también cómo sus nuevos poderes, su verdadero ser, afloraba poco a poco. Necesitaría algo de ayuda, guía en ese nuevo mundo que se abría ante él. Pero ya tenía un nombre en mente para ello.

—¡Luke!

Se incorporó al escuchar su nombre, que sonó varias veces más hasta que salió al pasillo y se topó de frente con el Maestro. Sabía a la perfección lo que iba a decir.

—¿Ocurre algo?

—Mi hijo ha escapado—le dijo furioso. Le resultaba curioso cómo todavía se refería a Jace de esa forma— . Ha huido de mí con mi mujer y con Clarissa. Qué ingrato.

—Es su atracción hacia esa asquerosa pelirroja, ha conseguido que te traicione.

—Búscalos, captúralos...o...o desházte de ellos. Ya no me sirven.

Luke le miró esperando que dijese algo más, no lo hizo. Tan sólo se marchó caminando y él lo siguió. Fueron hasta el pequeño laboratorio, dónde Luke vio cómo el Maestro cogía cientos de viales de sangre, bastante fuera de sí.

—¿Puedo preguntar qué vas a hacer ahora?

—Ofensiva. Es momento de preparar una ofensiva.

El chico se marchó de ahí, sin esperar más respuestas. Estaba demente, inestable, la venganza no le había saciado porque todavía quedaban más nombres en su lista. Caminó hasta el recibidor, pero alguien lo interceptó antes. Tiró de él hasta meterlo en un salón minúsculo.

—Saludos, Luke Herondale.

—Es bueno verte, Esther.

La mujer se separó de él.

—Tan sólo quería comprobar si recuerdas esa conversación que tuvimos.

Luke sonrió.

—Oh, por supuesto que sí.


Clarissa cruzó las puertas de Idris cuándo estas se abrieron ante ella. Sentía, por su runa parabatai al fin activa, el corazón de Isabelle latiendo cómo si volviese a nacer. No necesitaron runa de localización para encontrarse. Ambas se fundieron en un abrazo reparador, uno que casi sanó las heridas del corazón de la pelirroja. Quiso llorar, pero las lágrimas decidieron no obedecerla. Al alzar la vista se encontró de frente con Teri.

Y sintió rabia.

Porque en su rostro vio a Luke, aquellos mínimos rasgos que compartían. La hermana del monstruo. Esa bestia que posiblemente estaba en esos momentos regodeándose en el dolor de su pérdida, rememorando con placer sádico esa ocasión en la que casi la estranguló. Clarissa cerró su mano con fuerza en torno a la estela, pensando en lo bien que quedaría hundida en el pecho de Teri.

Y entonces recordó a la madre de Jace. En cómo la mujer miraba sin comprender, en cómo había vivido engañada toda su vida por un hombre con el corazón oscuro y lleno de ira. Su mano soltó la estela. La madre de Jace era completamente inocente. Inconsciente de los pecados de su marido y de los de su hijo: ¿acaso no ocurría lo mismo con Teri? ¿Iba a culparla realmente de algo de lo que era Luke único responsable?

Todavía tenía un regusto amargo al mirarla, no podía cambiar por completo esa imagen que tenía de Teri. Pero podía hacer el esfuerzo, porque no le había hecho nada realmente malo. Su único problema había sido confiar ciegamente en su hermano, dar la cara por él. Clarissa habría hecho lo mismo por Jonathan.

—Me alegro de que estés bien— dijo la chica Herondale con tristeza— . Clarissa, tu padre...

— Está muerto.

— ¿Cómo lo sabes?

— Lucian Graymark lo mató delante de mis ojos.

Recordó todo lo que Jace le dijo que debía de compartir con la Clave. Pero también recordó cómo su madre se desplomaba en sus brazos, completamente ida. Cómo ellos seguían en el bosque, posiblemente. Tenía que ir a por ellos, Jace debía de ser quién hablase con la Clave. Quién les explicase todo.

Se separó de Isabelle y empezó a correr.

—¿Dónde vas?

—Tengo que ir a por Jace—le respondió gritando a su parabatai, la cuál le siguió.


Tatia no sabía qué hacer a continuación. Había salvado a los chicos de un gran peligro, pero no llegó a tiempo de salvar a Valentine Morgenstern. No lo conoció el persona, pero todos los nefilim habían oído hablar de él. Si tan sólo se hubiese enterado un poco antes de lo que Jon estaba investigando. Alguien se acercó a ella, y no pudo reconocerle hasta que habló:

—Supongo que nunca estuviste entrenando con mi hijo durante esa excursión.

Superado el sobresalto, Tatia miró con cierta vergüenza a Michael Wayland.

—¿Qué haces aquí?

—Recibí un mensaje de fuego urgente, he llegado a través del Portal para la reunión.

Habían estado presentes muchos nefilim, tantos que había optado por centrarse en mirar sólo al Cónsul y a la Inquisidora. Por suerte no le habían puesto la Espada Mortal sobre sus manos, había verdades que prefería que no le fuesen arrancadas. Aunque estaba claro que no podía engañar a Michael Wayland eternamente. Él sólo había descubierto la implicación de Jon en todo aquello.

—Supongo que vas a buscar otra instructora para tu hijo.

—Te lo advertí, Tatia—dijo el hombre con solemnidad—. Mi hijo es lo más importante, ponerle en peligro es sentenciarte para siempre.

—¿Cómo está?

—Está bien, en Nueva York. Pero podría haber muerto y eso nunca te lo perdonaré.

Ella no sabía lo que era tener un hijo, posiblemente nunca lo supiese. Pero Jon era su familia, su hermano pequeño. Ella había hecho todo por mantenerlo vivo. Por cuidarlo. Fue dura con él, para que con ello se forjase un carácter fuerte que le permitiese enfrentarse al mundo cuándo ella no estuviese. No esperó que ese día llegase tan pronto.

Las alarmas sonaron, y esa fricción entre ambos dio a su fin. Idris estaba siendo atacada. Había gente corriendo a su alrededor. Tatia y Michael se olvidaron de todo un momento, se dibujaron runas mutuamente para empezar la batalla lo antes posible. Y una vez acabaron, sus caminos se dividieron. Tatia no sabía si volvería a ver al hombre, o a su hijo. Un hombre lobo apareció frente a ella, sólo que había algo extraño en él. Heterocromía en sus ojos, un iris azul y el otro negro. Podría no haber significado nada, pero notó sus orejas puntiagudas cuándo fue a asestarle un golpe y ella lo esquivó rodando por el suelo. Era un hada, un hada de la mismísima Cacería Salvaje, que tenía rasgos de hombre lobo. No tenía tiempo de darle vueltas, de pensar en cómo podía ser posible. Se limitó a esquivar un golpe y el siguiente. Sacó su cuchillo de serafín y trató de atacar las veces que tuvo oportunidad. Luchaba como un hada, pero de forma más salvaje. Era imparable. Hasta que el cuerpo de un brujo con rasgos de tigre lo derribó. Fuese quién fuese quién había atacado al brujo, le estuvo gratamente agradecida.
Una cabellera llamativa entró en su campo de visión. No la conocía en persona, pero sí su descripción. Delgaducha, pero con algo de músculo. Pecosa, ojos verdes, pelirroja. Clarissa Morgenstern. La siguió por una de las calles de Idris, no moriría otro Morgenstern si estaba ella para asegurarse. Al doblar la esquina, llegó a un callejón sin salida y ahí dio con Clarissa, y otras dos personas. Un chico joven rubio y una mujer más mayor, también rubia. A la que, sin duda, reconoció.
—¿Céline?

Los tres la miraron y el chico se puso frente a la mujer rubia.

—¿Quién eres? —preguntó en tono despectivo.
—Céline Montclaire—dijo Tatia con total seguridad —. Eres tú. Estudiamos juntas en la Academia...bueno, distintos cursos, pero me salvaste la vida cuándo el imbécil de Alexei Chistyysvet intentó ahogarme en el lago Lynn por...bueno, era un capullo.

La mujer apartó al chico.

—¿Tatia?

Ella asintió.

—Hacía tanto que no sabía de ti...pensé que quizás habías muer-

Una explosión la interrumpió. Los cuatro miraron hacia atrás, hacia el camino por el que todos habían llegado.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó el chico.
—Será mejor que nos vayamos todos de aquí, vosotros buscad un lugar seguro.

Entonces Clarissa chilló sin motivo aparente. Se agarró el estómago y se dobló de dolor. El chico la miró alarmado. Clarissa se repuso, poniéndose en pie y mostrando que no tenía ninguna herida al hacerlo. Sin embargo estaba inquieta.

—Isabelle está herida.

Y se marchó corriendo, cómo si eso fuese una respuesta válida.

—Isabelle Lightwood —informó el chico—. Su parabatai.

Tatia asintió, comprendiendo.

—¿Y tú quién eres?
—Jace Montclaire, el hijo de Céline.
—Encantada, Jace.

Se dispuso a marcharse tras Clarissa, por sorprendente que fuese el reencuentro con Céline, ella ya se había propuesto salvar a otra persona. Pero la mano de Jace fue más rápida, sus dedos se clavaron con fuerza en su brazo, al igual que una aguja unida a un vial de sangre.

—¡Jace! —gritó Céline alarmada—. ¿Qué haces?
—Le salvaste la vida y ahora ella ayudará a salvar la tuya.
—Pero Jace...
—La Clave no la aceptará, igual que a nosotros, así no estaremos solos.

Tatia quiso responder, pero entonces cayó al suelo y empezó a temblar. Sentía su sangre arder. Había algo diferente en ella, algo que se extendía por todo su ser. Y de repente la imagen de aquel hada lobo con el que había luchado, vino a ella. Cómo si pretendiera decirle algo.


Clarissa corrió cómo si la vida le fuese en ello y en parte era cierto. Si algo le ocurría a Isabelle, también le pasaba a ella. Compartían corazón, fuerza y mente. Si una de las dos caía en combate, la otra se sentiría morir en vida. Sentía pánico de solo pensar en un mundo sin Isabelle.

—Veo una rata de laboratorio fuera de su jaula.

A su derecha apareció Luke de entre las sombras. Cómo si la hubiese estado esperando. Esta vez no le tenía miedo, había conseguido un arma y tenía las runas dibujadas. Además de una férrea determinación por ver caer a uno de los principales culpables del asesinato de su padre.
Susurró el nombre de su cuchillo de serafín y este creció cómo un haz de luz. Luke silbó con una irónica sorpresa. Ella lanzó la primera estocada, que él esquivó con agilidad. Le atacó con un puñal de cobre afilado, haciéndole un corte superficial. Había algo diferente en Luke, la agilidad con la que se movía, su seguridad a pesar de no llevar las runas. Ni siquiera un arma de nefilim. Clarissa volvió a atacar y esta vez le hizo sangrar en el hombro. Eso le dio cierta confianza y a él desconcierto. Clarissa le dio una patada en la mano, desarmándolo y alzó su cuchillo de serafín con la punta cerca del pecho de él. Había ganado.
Pero Luke aún guardaba un as bajo la manga, hizo un giro de muñeca y el arma de Clarissa se dobló, perdiendo su luz celestial y todo su poder. La soltó, presa del pánico.
—Eres cómo Jace.
Otro híbrido. El Maestro había experimentado también con él. Luke hizo una mueca de asco y escupió al suelo. Luego se apartó el pelo de un lateral, mostrando una oreja puntiaguda.
—No me degrades a su nivel, soy mucho más que Jace. Más de lo que él nunca será—sentenció—. No soy un mísero híbrido entre nefilim y brujo. También soy hada.

Clarissa se armó de valor, no podía dejarse achantar.

—Al menos Jace se arrepiente de sus actos.

Luke abrió su mano, el cuchillo de serafín tembló en el suelo, se desdobló. Seguía sin brillo, pero afilado.

—No podría importarme menos, de hecho, ahora mismo solo me importa esto.

El cuchillo fue directo a su mano, la cual se cerró en torno a la empuñadura. Lo alzó con una agilidad sobrenatural, atravesando el pecho de Clarissa con él. Justo por el corazón.


Isabelle luchaba con fiereza contra unos hombres lobo que tenían colmillos de vampiro. Tuvo que olvidar todo en lo que creía y abrir su mente ante esa nueva realidad. Hasta que empezó a sentir que algo no iba bien. Un intenso dolor dentro de ella la hizo caer al suelo. Chilló sin ser consciente de ello, el dolor la consumía. Vio cómo su runa de parabatai sangraba y el color abandonó su rostro. No podía ocurrir. Sus atacantes se habían alejado, dándola por súbitamente muerta. Pero no lo estaba, ella no. De sus dos corazones, uno latía con cada vez menos fuerza. Clarissa abandonaba su mundo, la dejaba. No podía permitirlo. Se arrastró por el suelo, no supo cuánto. Pasó entre cadáveres y pies en movimiento. Varios se tropezaron con ella, pero no le importó. Finalmente alcanzó a su amiga. Se tumbó junto a ella. Cara con cara, aunque sus cuerpos estaban en distintas direcciones. Y Clarissa estaba bocarriba, con un horrible agujero en el pecho. Isabelle lloró al verla así. Sus iratze no la sanarían, los Hermanos Silenciosos no llegarían a tiempo. Sentía cómo ella misma moría. Pero mientras la runa de Isabelle perdía color, su corazón seguía latiendo. Aunque ya no sentía latir al de Clarissa.
Ya no la sentía en absoluto.


Teri llegó al centro de la batalla acompañado de Jonathan. Lo hicieron justo a tiempo de ver cómo Isabelle se desplomaba bocabajo en un charco de sangre. Justo junto a ella estaba Clarissa, demasiado pálida para estar bien, bocarriba en otro charco de sangre. Vio cómo Jonathan corría hacia ella, y cómo Alec aparecía también de alguna parte de toda esa marea de gritos, golpes y sangre. Ambos hermanos mayores se acercaron a las chicas. Solo Alec se puso en pie, llevándose a Isabelle en brazos mientras tosía. Teri se planteó si acercarse a Jonathan, no para preguntarle cómo estaba, porque supuso cuál sería la respuesta. Él gritó, cogió su arma y luchó con una fiereza inimaginable contra todos los subterráneos invasores que se cruzaron en su camino. Teri sintió una punzada de emoción nostálgica, se giró y vio a Helen. Sentía cómo si hubiese pasado una eternidad desde que se vieron. La distancia la había dejado agotada, más que el viaje. Su cuerpo echaba en falta la cercanía del vínculo parabatai. Se acercaron la una a la otra, no había tiempo para abrazos y saludos. Chocaron espalda contra espalda y lucharon cómo una sola. Una máquina de guerra invencible.
Y en ese momento Teri lo vio. A pesar de no haberlo visto nunca, supo que era él. Helen notó como la chica Herondale estaba desconectada, con la mente centrada en otro enemigo.

—Ve a hacer lo que debas.

Teri asintió, agradeciendo tener a alguien que la comprendiese tan bien. Y fue hacia esa figura. Ese hombre de aspecto cansado tras una dura batalla, de hace años. Con el rostro llenos de cicatrices, rodeado por un aura oscura y siniestra. Él no huyó, a pesar de que se dirigía en su dirección. Se quedó esperándola. Cómo si supiese quién era, tras todo lo que había descubierto, sabía qué así era.

—Diría que es un placer conocerte al fin, pero mentiría.
—Tan directa cómo tu madre.
—¿Te llamo Maestro o tío Lucian?
—¿Acaso importa?

Teri lo meditó. Después de todo lo que había hecho, todo lo que había pasado, aquel hombre podía haberla matado en ese mismo instante, y sin embargo estaba hablando con ella. Dejó caer su cuchillo de serafín al suelo. Él no tenía por qué saber que guardaba una daga en su chaqueta.

—Me importan otras cosas—dijo Teri—. Me importa la verdad, saber el por qué de todo. Cómo se conectan todas las piezas de esta historia.
—Creo que es justo. Así quizás tu también cambies de opinión y te unas a mí.

Entonces el Maestro habló. Le contó cómo fue junto a Valentine Morgenstern a una misión, cómo fueron atacados y él herido de muerte. Cómo Valentine tuvo miedo y huyó del lugar. Cómo malinterpretó su conversión en lobo con su muerte y corrió a informar a su hermana. No obstante, no encontraron su cadáver y enterraron un ataúd vacío. Siguieron con sus vidas adelante y Valentine sospechaba la verdad. Que Lucian seguía vivo, en algún lugar. Años después se presentó frente a él y Valentine enloqueció por miedo, le atacó. Lucian se arrastró hasta la última persona en la que confiaba, su hermana Amatis. Pero ella también reaccionó mal al verlo vivo. Quiso alejarle de ella y de su hija recién nacida. Lo tomó por un monstruo, lo despreció. Y Lucian se marchó moribundo, hasta que dio con su Salvadora, la que le dio un nuevo propósito en la vida. Y una medicina, que le convirtió en lo que era ahora. Un híbrido de lobo y brujo. Así empezó a gestar su venganza. Contra su parabatai, su hermana y todos lo nefilim que despreciaban a los que no llevaban sangre de ángel, incluso a pesar de que una vez nacieron con ella.
Lucian se cobró su venganza contra Valentine secuestrándolo, haciéndole pasar un infierno cómo el que él pasó y arrebatándole su tan preciada sangre de nefilim. La venganza contra Amatis fue distinta, a través de su segundo hijo. Una noche irrumpió en la casa de los Herondale e inyectó su fórmula más especial en el pequeño Luke, luego le arañó, sabiendo que su hermana entraría en ese mismo instante y lo vería hacer aquello. Lucian huyó y Amatis cayó en su engaño. Pidió ayuda al Laberinto Espiral, quiénes contra todo pronóstico frenaron el cambio a hombre lobo en un pequeño recién nacido. Al menos eso creían. La realidad es que con ese hechizo lo que hicieron fueron bloquear los verdaderos poderes de Luke. Pero estaban dentro de él, quemándole, y Lucian usó su magia para hurgar en su frágil mente durante los sueños, sembrando ideas en ella. Ideas que crecieron con él, que germinaron hasta llevarlo al lado de su tío y aceptar su verdadero ser. A aceptarlo como el monstruo que era, un tríbido. La fusión perfecta entre nefilim, brujo y hada. Y lo mejor de todo ello, era que ese futuro asesino, esa bestia, había sido criada por Amatis. La misma quién en su día despreció a su hermano, un simple subterráneo, que sólo buscaba su amor.


Jonathan luchaba por su familia. Por todos y cada uno de ellos. No perdonaba a ninguna de esas bestias que se cruzaban en su camino. Las destrozaba. Hasta que el enemigo dejó de luchar, súbitamente, para empezar a vomitar sangre. Lo hicieron todos, sin excepción. Y una vez quedaron vacíos, cayeron al suelo, sin vida.
Los nefilim corrieron de un lado a otro, fue aún más caótico. También vio a algunos aliados conocidos, entre ellos un brujo de Nueva York llamado Magnus. Vio a Tessa. Un rato después, Jonathan seguía ahí parado. Había pasado tiempo porque Magnus volvía, acompañado de Imogen Herondale, con un hombre arrestado. Jonathan se acercó. Vio a Teri no muy lejos de ahí, con el rostro descompuesto. Se miraron y todo pareció cobrar sentido. Aquel hombre detenido era el Maestro.

—Traicionado...yo...inconcebible.

Murmuraba lo mismo una y otra vez. Cómo si estuviese en estado de shock. Había gritos a su espalda, vítores de cazadores de sombras. Orgullosos de haber derrotado al Maestro. El mismo Maestro al que horas atrás no parecían temer en absoluto.
Pero a Jonathan le había destrozado la vida, por culpa de ese hombre había perdido a su padre y a su hermana.

Esa victoria no significa nada para él.


Luke observaba Idris desde la lejanía. El humo extinguiéndose, hasta podía escuchar los gritos de alegría con sus finos oídos de hada. Disfrutaba sabiendo que eran unos pobres ilusos, pensando que habían ganado la guerra cuándo sólo había sido una batalla. Una figura, cuyo rostro estaba oculto bajo una capucha azul, se acercó a él.

—Lo admito, me has impresionado—dijo en tono neutro—. No te creí capaz de contaminar todos los viales.
—Todos menos uno que había desaparecido—dijo Luke encogiéndose de hombros—. Pero qué más da, con solo un aliado vivo el Maestro tampoco iba a vencer.
—¿Cómo te sientes al traicionar a tu tío?

El chico volvió a encogerse de hombros.

—No es el primer familiar al que traiciono.
—Lucian estaba cegado por la venganza, no tenía una mente fría y calculadora, no pudo cumplir con mis planes.

Hubo silencio mientras Luke se miraba sus manos, aún manchadas con la sangre de Clarissa. Sonrió.

—No te preocupes por mí, ya he terminado con mis asuntos pendientes y estoy listo para convertirme en el nuevo Maestro.

Escuchó a la figura encapuchada reír.

—Tú vas a ser mucho más que el nuevo Maestro.

Alzó su mano y ambos se desvanecieron en el aire, dejando cenizas en el sitio que antes ocupaban.