Intervención
Noya bufó bajo su cojín de paja y algodón. Tenía que ser un sueño. Un mal sueño con muchos giros inesperados y un vacío gigante de trama argumental; de los que más odiaba, vamos. Abrió y cerró los ojos repetidamente, tratando de parpadear, pero hizo demasiada fuerza y al final los ojos secos le empezaron a picar.
—Asa. —El grandullón ocultó el bicho que estaba plantado en su rodilla con la mano, pero ya era demasiado tarde—. Dime que eso no es una rata.
—Tenía frío y había perdido a su familia —se disculpó Asahi acariciando la cabeza del roedor blanco—. Y es un ratoncillo de campo, no una rata.
—Es una rata y la has metido en nuestra cama —Noya no tenía suficiente con aguantar la respiración de Asahi en el oído (que no era incómodo. Y quizás ese era el problema) porque el invierno había llegado con fuerza desde principios de octubre y la nieve empezaba a recubrir tanto el interior como el exterior del almacén; sino que además tenía que soportar ver bichos cada puta mañana preguntándole a Asahi si tenía sobras de la cena o si podía pelarles las pipas de girasol que habían cosechado durante el verano—. ¡Me lo juraste!
—Lo siento —volvió a disculparse su japonés gigante/maestro de la voz rara esa de la naturaleza/amante de la mermelada de naranja y de los gatos blancos y con manchas grises (y cualquier tipo de bicho en realidad)—. Pero no podía dejarlo ahí solo. Tenía frío y había perdido a su familia —insistió confortando al ratón entre sus manos gigantes.
Noya suspiró. Asahi era la persona más cándida y amable que había conocido a toda su vida. Parecía que en su corazón solo había cariño para todos los seres vivos del universo, no había odio, ni resentimiento, ni envidia; solo una sonrisa distinta cada día y unos brazos fuertes que lo abrazaban con delicadeza cada noche helada.
—Eso ya lo has dicho. —Noya se levantó de la cama titiritando. Se cambió de ropajes en medio suspiro pero aun así el frío se coló en su piel. Y no se fue en toda la mañana—. En serio, esos bichos traen… enfermedades y otras cosas.
Los ojos de Asahi brillaron un momento. Con el amanecer parecían caramelos de miel y hierbas aromáticas (los favoritos de Noya) y resplandecían como si estuvieran hechos de piedras preciosas.
—Vámonos —sugirió Asahi dejando al bicho en la cama, arropándolo entre las mantas. Cómo no—. Hoy tenemos muchas cosas que hacer.
—¿Seguimos con el mismo ejercicio estúpido para escuchar a tu Naturaleza?
—Ese mismo.
Noya se había instruido con tres brujas contando con Asahi. A los tres le había comentado su problema y los tres habían dado con una solución distinta que había resultado en esperanzas perdidas.
El primero, un chico algo mayor que él y con cara de haber estado comiendo limones toda la vida para desayunar, le había hecho mantener la respiración bajo el río durante lo que parecieron horas. Por la noche y viendo que había tragado más agua que en toda su puta vida se largó sin decir adiós.
El segundo fue más amable. Le enseñó las bases del taichí con delicadeza y sin perder el buen humor, le indicó cuáles eran sus fallos a la hora de hacer fluir la energía. Pero esos giros y movimientos tan lentos le ponían de los nervios y, además, al escucharle reír (flojito y sin fuerza) con cada traspié que daba, se sintió ridículo y estafado. De nuevo, lo dejó a las pocas horas.
Y luego estaba Asahi.
En el fondo, muy en el fondo, sabía qué ocurría con él. Sabía que el estoicismo no era su punto fuerte pero Asahi conseguía (sin pretenderlo) que ese gramo de paciencia que había en su cuerpo se multiplicara hasta el infinito. Y Noya se quedó porque estaba fascinado por su torpeza al hablar, su timidez genuina y la historia de su vida que contaba a cachitos muy pequeños entre sorbos de sake a la luz de la luna. Noya se quedó porque Asahi le transmitía paz y tranquilidad; y eso era lo que llevaba necesitando durante todos aquellos años que había estado vagando de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, con el miedo pisándole los talones y una amenaza de muerte pendiendo sobre su cabeza. Noya había necesitado vivir sin temor a girar en una calle y que le prendieran los guardias.
Más allá de las pociones diarias y la riega de hierbas invernales, Asa le instruía en la técnica milenaria de la respiración. Sí, una pasada. Jamás había experimentado eso de inhalar y exhalar aire por la nariz y luego por la boca y luego por la nariz otra vez. Todo ello mientras se quedaba muy quieto mirando el paisaje invernal que se cernía delante de él, blanco y más blanco en la copa de los árboles y en las ramas más caídas, blanco y mucho más blanco en la hierba kilométrica y en los matorrales, y blanco y gris sucio en el cielo, con una amenaza constante de que las nevadas no habían terminado.
Se lo estaba pasando de lujo. Sí señor. Una vida entera llena de aventuras.
Sarcasmo aparte, quizás necesitaba aquello. Experimentar la paciencia al intentar con todas sus fuerzas reunirse con la Naturaleza. Y si bien no había notado cambios hasta el tercer día con Asahi, ahora le parecía que todas aquellas horas perdidas respirando habían merecido la pena.
Primero sintió la conexión con los seres humanos, al igual que le había pasado cuando tenía seis años. El ruido, las carcajadas y los gritos no estaban a su alcance a esa distancia pero sí su presencia. Esa corriente eléctrica gigante que bullía con la actividad de los comerciantes y las prostitutas, de los mendigos y los señores, todos en común, todos creando una fuerza milenaria intangible para todos menos para él. Fue embriagador y aliviador, como encontrarse con un viejo amigo a quien no había visto desde hacía demasiado tiempo. Y se sintió feliz de no haber perdido la conexión con la Naturaleza.
Dos semanas después, Noya empezó a percibir los animales y las plantas. Los saltamontes y las chicharras entre la hierba, los pájaros en lo alto de las nubes, las ardillas dentro de los árboles, los lobos durmiendo en cuevas bajo las montañas, los alces huidizos ante su presencia. Había tanto por sentir que Noya no daba para descubrir toda la vida que le rodeaba. Fuerte, presente, omnipotente e infinita.
Y sin embargo, ahí estaba. El verano había pasado sin dejar ni rastro y el otoño se había fundido con el invierno como uno solo. Tras meses respirando sin parar y pasando un frío de cojones, Noya no había hecho más avances. Sí que la conexión con la Naturaleza había vuelto pero la muy cabrona no le hablaba. No le enseñaba nada. Solo estaba ahí, haciendo sus cosas de Naturaleza como cuidar de las hormigas y de las flores y pasar de su puta cara.
Así que sí señor, Noya seguía ahí, en ese pueblo en mitad de ninguna parte, con el culo mojado por la nieve y sin parar de hacer ciclos de respiración, atascado con sus propios poderes porque a la Señora no le daba la gana ocuparse de él. O sea, lo normal.
—¿Algún avance? —le preguntó Asahi acercándose con cuidado para que no perdiera la concentración. Todo era más soportable con él cerca así que Noya le indicó que se sentara a su lado. No tardó mucho en agarrar sus brazos y rodeó su pequeño cuerpo con ellos para coger el calor perdido durante esas horas y así dejar la mala leche a un lado.
—Ninguno, Asa. —Noya se sentó en sus piernas cruzadas y se dejó envolver por su calor. Asahi olía a leña quemada y a frutas del bosque y solo con estar cerca de él a Noya se le cerraban un poco los ojos—. ¿Has vuelto a hablar con ella?
—Sí —admitió Asa en voz baja porque sabía que aquello era un tema delicado para Noya—. Dice que todavía no lo tienes pero que estás cerca.
—Qué alegría. Pues nada, tendré que morirme de frío aquí mismo para que esté contenta. ¿Qué? ¿Quiere que me convierta en un témpano de hielo para así reírse a mi costa?
—Noya, vamos…
—No, en serio. Me moriré aquí, ¿vale? Voy a estar aquí hasta que se me congele la sangre y así, solo así ella estará lo suficientemente contenta como para enseñarme lo que se supone que me tiene que enseñar.
Asahi suspiró y el pelo mojado de Noya se movió un instante, convirtiendo su aliento en un escalofrío.
—Me ha dicho que no puedo ayudarte —murmuró en su oído y Noya olvidó por un instante su mal humor y se relajó dejándose abrazar—. Pero no puedo verte así. No… no puedo.
—¿Me vas a ayudar? —preguntó él con el mismo tono de voz. Aquello sí que era un milagro, Asahi saltándose las reglas por ayudarle. Eso tenía que significar algo.
O no.
Noya, concéntrate por el amor de…
—Observa esto. —Para su horror, Asahi se quitó los dos jerseys de lana tejida a mano y la bufanda. Al instante, empezó a estremecerse de forma casi espasmódica.
—¡¿Qué coño haces, imbécil?!
—Concéntrate, Noya. —Asahi tiró los jerseys por el precipicio antes de que Noya pudiera alcanzarlos y siguió temblando de frío—. Concéntrate en mi piel. Mira más allá de lo que simplemente ves.
—Asa, no puedo hacerlo —dijo Noya empezando a desesperarse. Intentó quitarse su propia ropa para taparle al menos la espalda, pero Asahi le cogió las manos.
—Concéntrate.
—Que te he dicho que no…
—Sí que puedes, Noya. —La piel de Asahi estaba más fría que el hielo mismo y Noya no podía evitar pensar que se iba a morir por su puta culpa—. Ha estado ahí todo el tiempo. Siempre has podido sentirlo. Siempre. Está en todas partes, en todos nosotros, todo el tiempo. Puedes hacerlo, yo sé que puedes.
—¿Vas a arriesgar tu vida pensando que puedo hacerlo? —inquirió Noya, medio riéndose y totalmente aterrado.
—Una y mil veces. —Asahi le sonrió y el mundo de Noya se vino abajo—. Mírame.
Si pudiera decirle que ya lo miraba. A él y a nadie más. Miraba cómo se concentraba en sus quehaceres de bruja tradicional, cómo tartamudeaba cuando se acercaban los vecinos del pueblo, cómo se reía cuando Noya hacía las imitaciones de los otros tenderos, cómo le brillaba el pelo largo a la luz de las llamas de la fogata. Lo amable que era. Lo perfecto que era. Lo tierno y dulce y sensible y estúpido que era.
Si pudiera decirle que las noches claras se quedaba mirando su cara dormida pensando cómo sería besar a un chico. Si iba a ser mucho más diferente a los cuatro o cinco besos que Noya les había robado a las féminas que se había encontrado en su camino. Si besarle iba a ser muy diferente.
Sí, seguro que era mejor.
Así, casi sin pretenderlo, cuando Noya dejó a un lado su preocupación y la sensación del cuerpo cálido de Asahi abrazándole por la noche se apoderó de su mente, es cuando los vio. Los sintió. Miles, millones de figuras microscópicas se agolpaban en pecho de Asahi, subían hasta su barbilla, se zambullían en las cuencas de sus ojos, anidaban en su pelo y en sus cejas e incluso en los restos de su barba.
Y Noya también las tenía. Por todo su cuerpo, esos bichos encontraban hasta dentro de sus uñas, dentro de la piel y en el borde de la boca.
—¿Qué es esto? —se asustó Noya intentando de quitárselos de encima. Era imposible, aparecían más y más y millones más. Se expandían allá donde alcanzaba la vista, en la nieve que lo cubría todo, entre las vetas de madera del almacén de Asahi y en el mismo aire que respiraban. Noya se vio a punto de llorar de pura aversión.
—N… no l… lo sé —tiritó Asahi retorciéndose de frío.
Noya recuperó la entereza lo suficiente como para ayudarle a ponerse de pie e ir caminando (temblando como una hoja durante el peor vendaval de la temporada) hasta el interior del almacén. Sin pensarlo un instante, Noya se acercó al hogar donde estaban las últimas cenizas del fuego. Se concentró en los restos de carbón para crear una fricción entre ellos y así, el fuego volvió a iluminar el interior del almacén.
Con un suspiro de alivio, Noya observó que dentro de las llamas no había ninguna figura con forma de bicho asqueroso.
—Yo las llamo Ayudadoras —le explicó Asahi una vez que Noya le hubo colocado la manta a su alrededor—. Por lo poco que he visto, sirven para descomponer materia bajo el suelo.
—Puto asco.
—Las plantas no crecen sin ellas —continuó Asahi dejando de temblar con la luz de la lumbre—. Lo he visto. Son necesarias.
—Lo que no es necesario es tenerlas encima de mi puto cuerpo —se quejó él frotando las manos de Asahi que poco a poco recuperaban su color.
—Sí que lo es —continuó Asahi tras un estornudo—. Nos protegen. De alguna forma. No lo entiendo muy bien pero sé que nos ayudan a no caer enfermos.
A Noya eso le daba igual. Con tal de quitarse aquellos bichos de encima sería capaz de bañarse en ríos de fuego para sentirse limpio de nuevo.
—No hay nada dispuesto al azar, Noya. —Asahi le cogió ambas manos y las apretó contra él. Y la aversión de Noya se evaporó de inmediato—. Todo es necesario, todo está presente, todo está conectado. Eso era lo que no entendías. Eso era lo que te faltaba por saber para comprender el origen de la Naturaleza.
—¿Cuál es? —susurró Noya embelesado por la pasión de Asahi en su discurso.
Noya supo con toda certeza que la sonrisa de Asahi lo iba a romper en dos un día de estos.
—El Todo.
Y sí, ya pudo hablar con Ella. Y sí, por fin Ella pudo enseñarle todo aquello que había estado deseando saber desde que tenía doce años (entre lo que se encontraba la razón por la que había dejado de hablar con él durante tanto tiempo. «No podía intervenir en tu progreso, tenías que aprender tú solo». «Bueno, pues podías haberme explicado al menos eso») y había dejado de escucharla a su alrededor. Ya podía escarbar en los sitios exactos donde las monedas de metal se escondían en el suelo y podía conocer la diferencia entre las plantas venenosas de las que eran saludables. Había aprendido a encontrar caminos escondidos en los bosques siguiendo las huellas de los animales y a resguardarse del frío sin encender una fogata, tan solo ocultándose en la falda de las montañas. Había podido cambiar sus enseres de viaje usados por comida en conserva, mantas andrajosas y unas buenas botas de piel para soportar las eternas caminatas que le esperaban en la oscuridad de la noche.
Sabía que había llegado el momento de irse. Que estaba poniendo en peligro a Asahi y solo con estar a su lado un día tras otro podía conseguir que lo atrapasen a él también.
Pero cada vez que se veía determinado a seguir huyendo, miraba la cara dormida de Asahi y simplemente no podía marcharse sin despedirse antes.
Y, claro, cuando despertaba, Noya solo deseaba pasar un día más con él. Solo un día más.
Sabía que estaba tentando a la suerte, pero el estar a su lado era encontrar la felicidad que siempre había estado buscando sin saberlo. No, felicidad era una palabra demasiado pequeña para describir cómo se sentía junto a Asahi. Completo. Radiante. Querido. Protegido. Comprendido. Era un compendio de todas aquellas cosas que la gente buscaba para tener una vida plena, todas y cada una de ellas se encontraban en Asahi.
Pero por supuesto que todo se iba a ir al carajo. Por supuesto que al final lo iban a acabar encontrando tras siete meses escondido en el mismo pueblo.
Era cuestión de tiempo.
Fue en el mercado bimensual del pueblo. Noya había enseñado a Asahi cómo ir poco a poco superando su fobia a hablar con la gente y había tenido muy buenos resultados. Al menos con los niños.
—Es que no son lo mismo —se quejaba Asahi ordenando las hierbas curativas en los estantes.
—Hace dos meses me dijiste que ni siquiera podías hablar con los críos y ahora mírate bromear con Haichi —afirmó él ayudándole con las cajas más pesadas. A veces las llevaba de dos en dos para que Asahi comprobara lo fuerte que era—. Estás mejorando mucho, solo te falta hablar con las madres de esos críos en vez de dejarles los recados a ellos.
—No creo que pueda, Noya.
—¿Confías en mí?
—S… sí.
Noya saltó por encima de tenderete y antes de que Asahi le suplicara que volviera, corrió hacia los zapateros, una de las familias más tradicionales del pueblo (a veces les había escuchado echarle una bronca gigante al niño pequeño por silbar al mediodía. Eran muy duros) y le solían comprar a Asahi las especias más picantes.
—Ey, Hanna —la saludó Noya esperando pacientemente a que la mujer dejara en la mesa de trabajo las botas negras con las que estaba trabajando y acercarse muy lentamente hacia él.
—Buenos días, querido —sonrió acariciándose la enorme barriga de embarazada que tenía—. ¿Puedo ayudarte?
—¿Hoy vais a comprar en el puesto de las especias?
—Claro, iba a enviar a mi hijo a por…
—Estupendo —la cortó Noya ya que la señora zapatera podía volverse el perezoso más hablador del mundo—, necesito un favor.
No costó mucho convencerla, razonpor la que Noya la había elegido en primer lugar. Hanna llegó al puesto de Asahi apoyada en el brazo de Noya. El pobre Asahi estaba sudando como nunca a pesar de que venía un suave viento del norte que refrescaba la piel.
—Buenos días, querido —dijo Hanna con su saludo habitual.
Asahi le contestó con un gritito inaudible. Los ojos bajos, el temblor nervioso de siempre en el pie y los brazos muy tensos apoyados en la mesa.
—¿Tienes jengibre, cielo?
—Vamos, Asahi. —Noya le empujó la espalda y eso pareció hacerle salir de su estupor personal—. Tienes un cliente, ayúdala.
—Lo… lo siento. T… tengo que ir a…
—No, tú no te vas a ningún sitio —lo regañó obligándolo a permanecer en su puesto—. Si no te vas, la señora Hanna se quedará ahí, esperándote, el tiempo que haga falta. Y no querrás que se quede de pie mucho tiempo. En su estado.
Las gotas de sudor nervioso empezaron a expandirse por toda la cara morena de Asahi, así que Noya se interpuso en su visión y le cogió las mejillas mojadas.
—Mírame, Asahi —le ordenó acariciándole la comisura de la boca con los pulgares. Sin poder evitarlo. Por puro instinto—. No pasa nada. Es una clienta. No te va a hacer nada.
Los ojos de Asahi le transmitían un mensaje muy distinto. Me odia, tengo que salir de aquí, tengo que irme. Me odia, tengo que huir. Me odia, tengo que alejarme. Me odia. Me odia. Me odia.
—No, Asa —negó Noya admirando las facciones tersas y dulces de Asahi. Era incapaz de imaginar a nadie que pudiera odiar algo tan inmensamente bueno—. Te lo juro. Nadie te odia. Nadie, Asahi. Solo es que no te conocen. Y tienes que dejarte conocer para poder enseñarles todo lo que sabes de las plantitas y los animalitos y que hay que cuidar la tierra, ¿verdad? —El asentimiento de Asahi fue apenas un micromovimiento en sus manos pero para Noya fue suficiente—. Vamos, yo estaré contigo todo el tiempo.
Y así empezó la tediosa aventura de explicarle a Asahi que nadie le odiaba. Nadie. El recelo de sus vecinos al hablar con el joven muchacho que permanecía en silencio durante semanas se había marchitado a lo largo del tiempo. Y al ver que Asahi, gracias a Noya, iba hablando con los más pequeños, construyendo casas de barro y explicándole los fundamentos de las plantas, fue suficiente para que se acercaran a él.
Así que Noya los había atraído. Gracias a su extroversión y su enorme simpatía, todos acababan llegando al puesto de Asahi para pedirles una o dos plantas medicinales o algún medicamento para la garganta.
Que Asahi entendiera que ellos ya no lo miraban con recelo era algo que había llevado mucho más tiempo. Pero Noya se contentaba al ver que poco a poco, Asahi sonreía al recoger el dinero que le entregaban sus convecinos.
Quizás al final Asa podría disfrutar de una buena relación con su pueblo. Y quizás Noya podría estar ahí cogiéndole la mano en todo momento, para que supiera que él estaba a su lado pasara lo que pasara. Solo era cuestión de tiempo.
Pero el tiempo se había acabado.
Noya lo supo al ver los guardias vestidos de rojo y negro mirando todos y cada uno de los puestos. La sangre se heló en sus venas y se escondió en el hueco que había entre dos cajas, temblando y horrorizado al ver que ya lo habían encontrado.
Cómo he sido tan jodidamente estúpido.
—¿Noya…? —inquirió Asahi asomándose en su escondite—. ¿Te ocurre algo?
—Me han encontrado —sollozó él tratando de pensar alguna escapatoria, algún hechizo que le hiciera correr más rápido o esconderse bajo la tierra. Pero estaba tan aterrado que la mente no le permitía ni siquiera acercarse a su magia—. Descubrieron de… lo que soy capaz de hacer. Mis padres. —Escondió un sollozo al encontrarse cara a cara con el recuerdo más amargo de su vida—. Me delataron ante el Gobernador. Dicen que soy un druida oscuro. Que me van a matar. Y… ya no sé cómo huir… cómo hacer que…
—Shh, Noya —Asahi se metió en su mismo escondite y le acarició el pelo con una suavidad imposible—. Ya. Estoy aquí. No te va a ocurrir nada.
—Seguramente ya les habrán dicho que me tienes como aprendiz —gimoteó Noya desesperanzado—. Tengo que… sí, tengo que entregarme. Así no te harán daño. ¿Vale? Corre y no mires atrás.
Asahi fijó su mirada en él durante demasiado rato. Noya se perdió en la miel de sus ojos hasta que oyó el indistinguible sonido de las botas de los Guardias del Gobernador. Trató de levantarse para asumir su destino (Tengo que protegerlo, es lo único que puedo hacer por él) cuando Asahi le cogió el brazo para volverlo a sentar junto a él.
—Necesito que hagas exactamente todo lo que te diga, Noya —susurró Asahi escondiéndose más en las sombras. Él también los escuchaba acercarse—. Sin hacer preguntas.
—¿Qué…?
—Tienes que volverte invisible —le explicó Asahi. Noya abrió los ojos al comprender que la solución era muy simple—. Pero para eso tienes que calmarte, ¿de acuerdo? Respira conmigo.
Eso sabía hacerlo. Llevaba respirando desde que había puesto un pie en aquel maldito pueblo.
Así que inspiró. Los ojos de Asahi estaban nublados.
Espiró. El aire escapaba de los labios finos de Asahi y acariciaban la punta de su nariz.
Inspiró. Las manos de Asahi estaban frías pero calmaban su miedo al instante.
Espiró.
Inspiró.
Espiró.
Noya estaba a punto de decirle que lo amaba hasta morir cuando se encontró en conexión con la naturaleza. Y recogió los rayos de sol con su piel para reflejar solo los colores oscuros y así fundirse en la oscuridad.
—Vale, ¿y ahora qué? —demandó él al verse un poco más lejos de las manos de la muerte—. Porque no pararán hasta encontrarme. Y saben que estoy contigo. Y te harán dañ…
Asahi cortó de inmediato la verborrea de Noya con un beso en los labios. Uno puro, inocente y sincero. Suave como las plumas de un águila real. Y fugaz como una promesa.
Había sido todo lo que Noya había deseado de un beso de Asahi. Pero, al mismo tiempo, su perdición más oscura.
No, quiso decir Noya pero con el beso Asahi había paralizado todas sus corrientes nerviosas y era incapaz de moverse. ¡No, Asahi!
—Noya —suspiró Asahi en sus labios a forma de despedida. Separándose de él. Caminando hacia la guardia del Gobernador.
Noya solo pudo escuchar retazos de la conversación. «¿Dónde está el chico?». «No os preocupéis por él, ya no está. Yo me quedé con sus poderes». «¿Qué?». «No me lo creo». «Si queréis os lo demuestro. No me cuesta nada».
Y mientras, Noya tratando de escapar de la reclusión de su propio cuerpo. Tratando de aullar, aporrear las cajas, romperlo todo y gritar NO LO TOQUÉIS. ESTOY AQUÍ. COGEDME A MÍ, BASTARDOS.
El tintineo de las esposas le devolvió la razón. Cogió el hilo de su consciencia que lo acercaba a la Naturaleza y le exigió:
¡Haz algo!
«No puedo intervenir con las acciones humanas ».
¡Y una mierda! ¡Te he visto hacer crecer bosques enteros, claro que puedes!
«No puedo intervenir con las acciones humanas», insistió ella de una manera más firme.
¡Es Asahi! ¡Tú también lo quieres! ¿Vas a dejar que se lo lleven?
La respuesta de la Naturaleza fue un poco más temblorosa.
«No puedo intervenir con las acciones humanas ».
¡Yo asumo todas las consecuencias!, suplicó Noya al oír las pisadas de los hombres que se iban a llevar a Asahi para siempre. ¡Podrás hacer lo que quieras con mi vida! ¡Haré lo que haga falta! ¡Pero te lo ruego, sálvale!
La Naturaleza permaneció en silencio hasta que, hora tras hora, Noya fue recuperando la capacidad de moverse. Era ya bien entrada la noche cuando pudo tirarse al suelo y soltar todas las lágrimas que había contenido durante el día. Temblaba, moqueaba y su corazón se rompía con cada segundo que Asahi se alejaba de él.
Por mi culpa, todo ha sido por mi culpa. Van a matar a Asahi.
Se sentía indefenso e inútil. Roto por dentro y por fuera sin saber cómo empezar a reunir todas las piezas.
Pero es Yuu Nishinoya de quién estamos hablando. Su impotencia no duró hasta el día siguiente. En cuanto se hubo calmado, ya sabía lo que tenía que hacer.
—Tú. —Un par de ojitos brillantes lo saludaron en la oscuridad—. Vamos, tenemos trabajo que hacer.
El bicho subió por su brazo al tiempo que venían varias docenas más de bichos iguales que gruñían y mordisqueaban la madera y se retocaban las naricillas. Si Noya no hubiera estado tan aferrado a su decisión, habría corrido hacia el lado contrario.
El bicho peludo le chilló en el oído al tiempo que Noya se ponía de pie.
—¿Que qué vamos a hacer? —Noya se quitó el polvo de sus ropajes y escudriñó el horizonte con los ojos ambarinos refulgiendo tenacidad—. Intervenir.
