Un par de pájaros enamorados
Asahi llevaba varias horas mirando la pared de su torre.
O al menos él le parecía que habían pasado horas. O quizás no fuera así. A lo mejor llevaba días enteros observando las vetas entre la roca subir y bajar por los distintos bloques, como si así fuera a encontrar una salida en aquel laberinto de líneas. No había nada más que hacer en aquellos escasos cinco metros cuadrados. Levantarse, caminar de un lado hacia otro, observar las vetas de la roca ir hacia arriba, hacia abajo, subir al techo y luego perderse por el suelo.
Al menos no estaba solo. Notaba su presencia más cercana que nunca, ahí mismo, envuelta en las innumerables motas de polvo que cubrían su celda. Ofreciéndole su apoyo desde la otra dimensión donde Ella era la única que existía.
Asahi sentía que su fuerza se perdía con cada día (¿horas? ¿semanas?) que pasaba ahí encerrado. Desde aquel día en el que lo habían condenado ante el Gobernador de magia negra y artes oscuras, no había recibido nada de comer ni de beber. Había hecho sus necesidades por la diminuta ventana que le ofrecía una vista anodina de más celdas como la suya y había conseguido condensar agua del aire que lo rodeaba. Pero ya no sentía ninguna conexión con la Naturaleza. No tenía fuerzas para ello. Agradecía su continua presencia, apoyándole a su lado y esperando a que ocurriera lo inevitable.
—Noya. —Aquella era la primera palabra que surgía de sus labios después de todo aquel tiempo. Era extraño, Asahi había sido capaz de pasarse meses sin escuchar ninguna voz humana, ni siquiera la suya propia, y ahora después de pasar tanto tiempo con aquel chico que le extrañaba el sonido del silencio. Todo estaba muy silencioso.
Demasiado.
Ella encogió su presencia para alinear las motas de polvo y así simular la figura de Noya que se perdía en su pecho, durmiendo y abrazándolo, sujetándolo en su desesperanza.
Y Asahi, de nuevo, lo agradecía. Agradecía que Ella se tomara tantas molestias en hacerle sentir acompañado y feliz en los últimos instantes de su vida. Pero aquella pobre sombra hecha de polvo no era Noya. No tenía su sonrisa ni sus ganas de probar cosas nuevas ni sus explicaciones enrevesadas para simplemente decirle a Asahi que la manta no estaba en su sitio.
Aquella sombra no tenía el corazón de Noya. Ni su simpatía. Ni le susurraba preguntas a medianoche que habían surgido tras un sueño especialmente angustioso.
No tenía sus labios.
Y aquello era lo que más se arrepentía Asahi.
No haberle besado más. Todos los días. Con cada sonrisa o cada explicación estrambótica. Con cada grito al ver un nuevo animalito peludo en su granero. Cada vez que balbucía en sueños algo sobre los Hunos de China o zapatos de cristal o manzanas envenenadas o cualquier otra cosa que, por espeluznante o extraña que pareciera, a Asahi se le antojaba lo más bello del mundo.
—Qué le pasó. —La pregunta pareció una oración sin emoción a sus oídos. Ni siquiera tenía fuerzas para hacer las modulaciones propias de la voz para expresar su intención—. Cómo se enteraron que podía hablar contigo. Si llevaba mucho tiempo sin hacerlo.
Ella se alzó de su pecho y cambió de forma. Las motas de polvo se transformaron en un escenario montañoso. Noya recibiendo lecciones de la Naturaleza con apenas seis años. Amando las plantas y los árboles y los arbustos más pequeños. Noya intentando esforzarse por entender qué quería decir Ella con eso de mira más allá. Noya sin entenderlo. Ella dejándolo por imposible, asumiendo que al final lo aprendería con el tiempo.
Noya llorando. Noya gritándole al cielo con nubes cargadas de lluvia. Noya creciendo, intentando recordar todo lo que Ella le había enseñado. Fallando cada vez que intentaba escuchar su voz.
Noya enfadándose. Noya controlando el viento y el fuego y el agua y la tierra, intentando llamar Su atención para que le explicara qué era lo que se suponía que tenía que entender.
Sus padres mirándolo asustados desde el marco de la puerta.
Los Guardias del Gobernador apareciendo por esa misma puerta.
—Normal que te odie —observó él sin el respeto reverencial que le tenía.
Al menos, Ella tuvo la decencia de parecer avergonzada. Bastante dolida también, pero avergonzada.
—¿Por eso lo trajiste ante mí? —preguntó recuperando la emoción en su voz. No era extraño ya que estaba recordando a Noya y pensar en él era toda una explosión de emociones que se le acumulaba en el pecho. Una en concreto mayor que las otras.
Ella se transformó en dos pájaros de distinto tamaño. El mayor intentando ayudar al pequeño a que cogiera el vuelo.
—Bueno, eso al menos ha sucedido —sonrió Asahi sintiendo su corazón contrarse al ver al pájaro pequeño salir volando—. Pero no ha pasado como tú esperabas, ¿verdad?
Ella hizo volver al pájaro pequeño que se puso a la altura del mayor y ambos se fundieron en un abrazo mucho más amistoso de lo que cabría esperar.
—Sí, eso me imaginaba —se ruborizó Asahi abrazándose sus piernas, intentando esconderse de sí mismo y de lo que sentía—. Cuida de él. Por favor. —Ella se transformó en una esfera de polvo sin forma permanente al mismo tiempo que él sintió que el cansancio se lo llevaba una vez más al mundo de los sueños—. Te necesita. No cometas el mismo error dos veces.
Ella no tenía forma pero, mirando por el poco espacio que le quedaba entre las pestañas, Asahi pareció vislumbrar que le estaba sonriendo.
Una explosión lo sacó de su estupor de inmediato.
El aire se llenó humo y ceniza. Asahi se escondió en una esquina, tratando de encontrar oxígeno entre las partículas de carbón que le llenaban los pulmones. Tosió con fuerza a ras del suelo para conseguir el aire limpio que tanto ansiaba al tiempo que los ojos se llenaron de lágrimas.
En el suelo vio aquel animalito.
Un ratoncillo de campo de color canela.
—…Y así es como se hace una entrada triunfal —se jactó una voz que Asahi conocía muy bien. La única voz que podía provocarle pequeños infartos y un sudor frío por la espalda en la noche más helada—. No, no me vengas que tu método era más sencillo, habríamos tardado años en oxidar toda la pared.
—¿Noya? —preguntó él, indeciso y confuso. No estaba seguro si lo que estaba oyendo era fruto de su estado de inanición.
Él, por toda respuesta, se abrió camino creando un túnel de aire limpio oxígeno para caminar hasta Asahi. Noya resplandecía como nunca sin necesidad rayos de sol ni nada. Solo con su presencia.
Se acuclilló frente a él y Asahi por un momento fue muy consciente de su pretorio aspecto. Los brazos finos, las uñas sucias y seguro que tendría la cara de un muerto en vida.
—Ah, ahí estás —sonrió Noya quitándole el pelo sucio de la cara—. Muy buenos días, Asahi. ¿Preparado para escapar de esta celda apestosa?
—¿Cómo…?
—Fue pan comido —afirmó él tendiéndole una tisana de agua y varias frutas dulces que Asahi empezó a devorar sin pensar—. Fue una suerte que pasaras tanto tiempo con los bichejos estos porque fueron capaz de rastrear tu olor sin problema.
Asahi bajó la mirada y ahí estaban la docena de roedores rechinando con sus dientes. Él tendió la mano y todos ellos se abrazaron a su piel, felices de volverse a encontrar.
—Pero, ¿y los guardias?
—Ahí es donde ha entrado en acción tu buena amiga Natura —siguió sonriendo él sin dejar de acariciarle la cara y el pelo y las cejas y los labios secos—. Ella me enseñó un par de flores con un polen muy concreto con unas propiedades bastante curiosas, ¿sabes? Si lo respiras te quedas ko durante varias horas y además, no podrás recordar nada de lo que has hecho en estos últimos días.
—Pero… ¿y tú?
—Ya basta de peros, Asa. Que he venido en misión de rescate. ¿Podrías parecer algo más agradecido? Una sonrisa no vendría mal.
—Te seguirán buscando —resumió él tragando la mitad de la uva que tenía en la boca—. Si no me recuerdan a mí, seguirán buscándote, Noya. Y no puedo… no puedo…
—¿Sabes qué, Asa? —dijo Noya sentándose a su lado para dejar que se apoyara en él—. Mientras venía a rescatarte, se me ocurrieron un millón de ideas para tomar tu lugar como metaforsearme con tu aspecto mientras tú te largabas y vivías tu vida. Sacrificarme por ti y blablablá. Esas cosas que hacen los héroes de los cuentos por la persona a la que aman.
El corazón de Asahi se perdió entre latidos acelerados.
—Pero yo no soy ningún héroe, ya lo sabes —continuó él acariciándole el brazo desnudo. Y el cuello. Y la cara. Y de nuevo, los labios. Y Asahi pensó que se iba a romper si seguía mirándolo con esos ojos dorados—. Solo soy un aprendiz de bruja que adora a su maestro de una forma que parecía imposible. Y si tengo que esconderme del Gobernador, no será mucho más diferente a cómo he pasado estos últimos años. Yo solo quiero estar contigo. Todo el tiempo.
Asahi sufrió de una combustión espontánea cuando Noya se acercó a besarle esos labios que tanto tocaba. Él correspondió el beso como pudo, con dulzura y sin fuerzas, sintiendo que el pecho se le hinchaba de felicidad hasta hacerle explotar.
Noya le había rescatado y, por si fuera poco, le quería. A él.
Qué había hecho para tenerle en sus brazos y saber que no iba a marcharse.
—Así que cómete todo eso —lo animó Noya entre besos fugaces. Así es como debe sentirse el cielo—. Que tenemos un larguísimo camino por delante.
—¿A dónde vamos? —Aquellas palabras salieron de su boca cuando en realidad, Asahi quería decir algo muy distinto. Te quiero. Yo también quiero estar contigo. Te quiero. Te seguiré a dónde vayas. Te quiero. Te he echado de menos. Te quiero. Te quiero.
—No lo sé —contestó Noya pelándole otra uva con las uñas y dándosela en la boca con cuidado—. ¿Acaso importa?
Asahi masticó la uva despacio admirando su textura suave y su dulzura. Y lo tuvo claro. No, efectivamente no importaba.
Siempre que Noya siguiera a su lado.
Y... ya está.
Cortito, conciso y lleno de adorabilidad Asanoya, justo como me gusta.
Los easter eggs iban sobre DISNEY, mi pareja me ha dicho que los he escondido demasiado bien y que soy una puta friki de Disney, así que es normal que nadie los haya pillado. So, here we are:
-Noya llama a Asahi Grandullón, el apodo que le pone Meg a Hércules.
-La forma en la que se conocen, con el puesto de manzanas y el robo de una ellas, es la escena de Aladdin y Jasmine.
-Asahi con los ratoncillos es igual que la Cenicienta hablando con los mismo roedores.
-La frase de Noya de ¿Confías en mí? es la que me robó el corazón cuando vi Aladdin por primera vez.
-Las frases confusas del sueño de Noya (los Hunos, la manzana envenenada, el zapato de cristal) son de Mulán, Blancanieves y Cenicienta.
Espero que lo hayáis disfrutado mucho. Yo al menos lo he hecho.
Muchísimos duckisses de melón y frambuesa y amad a Hollking por ser un lector tan fiel. Yo, al menos lo hago :)
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