Laufey abrió los ojos con un agudo dolor en el pecho. Observó su entorno. Raro era la descripción del lugar y muy pintoresco para su gusto. Poso su mano en su pecho dándose cuenta de lo raro que se veía su mano. Horrorizándose al darse cuenta de que se parecía a los Asgardianos.
Con dificultad y casi arrastrándose llegó a un enorme espejo. Observó atónito cada detalle de su piel. El pánico entró en el rápidamente en su sistema que no se dio cuenta del ruido y las consecuencias que traerían su grito.
¡Ah!
El rey supremo Odin se encontraba cumpliendo su deber de gobernar a su pueblo con justicia y bondad excepto cuando rompió las reglas y secuestro a una de las razas más poderosas en magia pero débiles en fuerza.
Los Jotunheim la raza más hermosa y mística, reyes del hielo y la magia. Bondadosos por naturaleza. Por su protección fueron separados por todo medio para su seguridad.
Un grito en sus aposentos alertó a Odin de su hermoso premio. Había despertado y disfrutaría mucho del rey laufey
Un aliento helado congelo por un segundo el espejo volviendo a la normalidad enseguida. El rey no pudo estar más que feliz. Todavía quedaba un poco de su magia.
Un azote lo alertó. La puerta fue abierta y cerrada al instante.
Laufey no podía creer lo que sus gemas verdes estaban viendo. Era el mismísimo Rey Odin. El rey benevolente y justo que todos decían el mismo que lo había secuestrado a él y a su gente.
Retrocedió algo mareado
—Que deseas de mí— preguntó mientras caía en una enorme cama
—Justo eso quiero. Todo de ti— apresó al menor en la cama obligándolo a estirar su cuello. El mismo que lamió a gusto. Disfrutando del sorpresivo gemido que brotó de los rojos labios
—No. Por favor—
Se acercó a su oído y susurro lentamente usando su casta.
—Preséntate Omega— disfrutando del temblor involuntario del cuerpo del menor
