Espero que les vaya entreteniendo al menos.

Continuamos… ¿en dónde está metido Gintokis?

-o-

"Ella dijo que se dirigían al imperio Mongol, porque uno de sus primos, el cual era viajero e investigador, había conseguido aprender muchos idiomas y conocer culturas. Consiguió la amistad y alianza del pueblo mongol. Ellos podían resguardarlos" Él era malo con la historia, con las matemáticas, no daba una en la escuela, pero bien conocía de que pueblo estaba hablando. Guerreros temidos y respetados, pero también vencidos por el pueblo de Edo. Mientras analizaba ese hecho, un vértigo de imágenes se disolvía a su alrededor hasta llevarlo a un desierto y de nueva cuenta un campamento. Las carpas blancas estaban teñidas de sangre, algunas quemadas, caballos muertos sobre el suelo, guerreros con lanzas atravesadas, destazados, cabezas sobre estacas enterradas en la tierra. "Llegaron tarde" comentó la anciana. "Dijo que habían llegado tarde, los inquisidores se aparecieron días antes de llegar al campamento. Los acusaron de cómplices y un sinfín de idioteces porque los mongoles no siguen las reglas de la iglesia católica. Cuando ella llegó, vio la cabeza de su primo en una estaca. Dijo haber llorado siete días y siete noches su muerte, ya que era la única esperanza" Gintoki la vio llorar amargamente. Su cuerpo había cambiado, ya no era una niña y tenía el cabello mucho más largo. Una capa azul cubría su vestido blanco y los atributos que tenían todas las mujeres de su familia. Una belleza especial que ni el amargo dolor pudo opacar.

De rodillas frente a los restos de una cabeza sin ojos, sin dientes y con algunos restos de cabello largo en su cabeza, lloraba y repetía el nombre de aquel familiar. El padre de la muchacha estaba a su lado, diciendo palabras ajenas. Ella gritó y el eco le devolvió el lamento.

―… oye, vieja, quiero parar― dijo Gintoki con los puños apretados, algunas lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas― esa mujer me transmite su dolor… no lo entiendo. ¿También eres una bruja?

"Mamá, apiádate de él" oyó decir a la hija. Los sentidos de Gintoki se alertaron al escuchar una sonrisa débil por parte de la anciana. "No, ella quería que fuera así" la escuchó, la anciana estaba más lucida que senil. Se sintió idiota, había caído en una trampa. ¿Por qué? "Escucha Sakata Gintoki, esto no es cosa mía, es cosa de ella… yo sólo sigo su petición. Finalmente entre brujas nos ayudamos" Al decir aquello, la joven en la que se había transformado su madre lo miró en medio de la nada. Un espacio oscuro y solitario que no existía en ningún plano. La brillantes de su cabello y si vestido lo deslumbraron. Aquella luz intensa fue confortante, como si en ello un abrazo rodeara su cuerpo y un "todo estará bien" lo tranquilizara.

"Continuaron caminando resignados a morir en cualquier momento. Su última esperanza había sido desvanecida… no había más a donde ir, o eso creyeron. Sin embargo, llegaron a un puerto en China" Gintoki observó a la par caminar por el muelle en busca de un barco o alguien que los llevara. "Ellos no hablaban ningún idioma conocido y era difícil comunicarse. Ningún marino chino quiso llevarlos, hasta que encontraron a un hombre que a cambio de diez monedas de oro y con ayuda de un mapa viejo, aceptó llevarlos. Su viejo padre señaló un país en medio del agua a unos kilómetros de China. El capitán entendió que querían viajar a Edo"

Fue entonces que Gintoki se encontró dentro del camarote de un barco, mirando a la hermosa mujer de cabellos blancos y labios rosas que miraba a su padre con tristeza. Hablaban en su lengua y aunque no entendiera el significado de sus palabras, el sentimiento resonaba en él como una canción. El hombre tomó las manos de su hija y las besó. Hizo un juramento, Gintoki lo supo, porque él hubiera hecho lo mismo si ella viviera. Y la observaba como si fuera una obra de arte, la magnificencia del mar al amanecer, el espacio.

Ella sonrió como respuesta ante la mirada asombrada de él.

"Su padre le prometió que pasará lo que pasará ella no moriría, conseguirían llegar a Edo y se esconderían un tiempo, así tuvieran que teñir sus cabellos de negro, renunciando a su propia naturaleza" El barco comenzó a moverse. Fue entonces que un hombre de cabello negro y coleta apareció, ofreció dos almuerzos. Su apariencia y vestimenta le recordaron a Kagura y a su hermano. Era un Yato, su paraguas lo llevaba en la espalda y era bastante amable. "Un hombre de otro planeta les ofreció comida, estaba un poco aterrada, él hombre desbordaba una fuerza y poder tal que podía destruir un planeta si quisiera. A pesar de no hablar el mismo idioma, pudo entenderlos, fue bueno con ellos" Dijo su nombre a forma de que entendiera, señalándose a sí mismo y repitiendo su nombre. Ellos hicieron lo mismo, habían dado un paso para comunicarse. El muchacho habló mandarín con el capitán, idioma que tampoco entendió Gintoki y dejo que la anciana narrara.

El primer día en barco no pasó nada trascendental, el viaje se tornó cómodo y hasta tranquilo. Ambos miraban desde la cubierta el océano. Dejaron atrás su pasado y el miedo. Él abrazó a su hija y besó su frente, hablaban animadamente de lo que harían al llegar a Edo. "Dijo que su padre compraría una casa y se dedicarían a la agricultura y quizá un día ella viviría como una persona normal"

Eso no sucedió, porque por la noche, el barco fue atacado por dos naves, una Amanto y otra de los Inquisidores, Gintoki lo descubrió por su escudo, la cruz y las rosas alrededor de ella. El joven Yato peleó a lado de su abuelo. Destruyeron el barco y la joven cayó al mar junto con tres tripulantes más, la subieron a una lancha. Se alejaban a toda prisa, ella sólo observó cómo peleaba su padre antes que el barco se hundiera por completo y el Yato golpeaba con todas sus fuerzas a los Amanto.

"Nunca volvió a ver a su padre ni al Yato, porque el barco de los Inquisidores estalló, quemando todo a su alrededor. Ella lloró mientras viajaban a la deriva en el océano. No tenían alimento ni agua. Era cuestión de tiempo para que murieran. Desesperada, paso el día implorando a sus dioses por una salvación. El mar le respondió… Un barco de Edo pasaba por esas aguas y salvó a los náufragos.

Y ahí era donde empezaba su historia. Donde Sakata-sama conoció a la bruja Yama-uba y la llevó con él porque le pareció la criatura más hermosa que haya visto en su vida. Hechizado por sus cabellos blancos y los ojos de fuego la llevó con él. Sakata era un hombre alto y delgado, de cabellos oscuros y ojos pardos. Vio en él muchas de sus manías, sacarse los mocos, dormir con las piernas sobre el escritorio y sobre todo la fascinación por lo dulce y el gusto por las mujeres y el alcohol. Sin embargo, Sakata era importante, era miembro de una familia política y guerrera. A Sakata le gustaba viajar para distraer su mente y porque odiaba las responsabilidades.

Definitivamente era su padre, porque holgazaneaba como él y vivía del dinero de su familia.

"… pero cuando la vio, quiso ser otro, ocuparse de ella, darle todo lo que pidiera, hacerla su esposa y nunca dejarla. A pesar que su familia lo desheredara y consiguiera todo el desprecio del pueblo por casarse con una extranjera con aspecto sospechoso"

Los vio salir de la ciudad y dirigirse al pueblo donde estaba Gintoki en ese momento. "Ella aprendió muy rápido el idioma y las costumbres. Dejo sus vestidos blancos occidentales por los kimonos, incluso acomodó sus cabellos de forma apropiada. Se convirtió en una señora a sus veinte años. Sakata se hizo responsable de ella y llegaron a este pueblo. Gracias a sus influencias con la política, consiguió un empleo en el gobierno local. Cuando la vi por primera vez, supe que no era una mujer ordinaria. Una bruja huele a otra bruja, sabes… sólo que ella poseía un conocimiento distinto al mío"

Los vio caminar tomados de la mano bajo una sombrilla por una de las calles del pueblo. Las mujeres la observaban curiosas y los hombres asombrados de su belleza. Caminaban hacia él. Gintoki quería despertar cuando ambos lo miraron. Sakata le imponía una especie de respeto ajeno, no tenía nada que ver con el que sentía por Shouyo o el cariño hacia él. Era distinto, como si de su pecho naciera la necesidad de correr hacia él y lo recibiera con un abrazo. Que cargara su pesado cuerpo y diera vueltas. Se sintió extraño y no quería entender que era. Sakata imponía su presencia como un general, como el mismo Shogun o el Emperador. Era una autoridad suprema a la cual él, con toda su irreverencia y testarudez, no podía desobedecer.

"Tu padre había cambiado por completo, era un hombre temido y respetado. Muchos decían que con sólo mirar a otros conocía sus miedos y sus defectos. Aunque también era justo" Gintoki jamás sería como él, nunca en la vida podría llegar a imponer tanto respeto y confianza. Por un momento se negó a ser hijo de un hombre tan honorable.

"Eran un matrimonio joven pero a pesar de ello, se comportaban como niños malcriados por la calle, él siempre estaba comiendo dulces, ella tomando leche de fresa con pan. Cuando él se sacaba los mocos con el dedo meñique, ella se limpiaba la cerilla del oído de la misma manera. A veces quedaban contemplando la luna llena hasta muy noche. Luego los encontraba compartiendo dulces con los niños del pueblo. Su felicidad no era un mito, pero ella tenía la tragedia en su mirada hasta que llegó una mañana de junio a esta casa"

Cada una de las escenas que describió la anciana tenía un color distinto, entre sepia y gris, olían a hierbabuena y té verde. Su corazón sintió calidez y una especie de humo abrazó sus pulmones.

Se llama paz.

Aquella casa que juró conocer, se presentó, más cuidada y colorida que como la vio hace unas horas. El sol se filtraba por el jardín vivo y atravesaba el estanque cargado de peces koi. Había un naranjo que despedía su aroma. Ya había estado ahí incluso antes de nacer.

Su madre atravesaba el jardín despacio, con sus diminutos pies en las sandalias, su padre la acompañaba sin soltar su mano.

"Dijo esa tarde que los niños nacidos en Octubre y Noviembre son sagrados entre su pueblo. Porque se procrean durante la noche, cuando su gente daba gracias por las cosechas y la fertilidad de la Tierra. Esa época en la que el Dios joven despierta su virilidad, desea a la Diosa. Se enamoran, se unen y la Diosa queda embarazada*. La energía de la primavera alcanza su punto máximo, el fuego arde como grandes hogueras que calientan el corazón de los hombres. Tú fuiste concebido de la misma manera entre Abril y Mayo"

Su cerebro no entendía completamente aquella información. La relación de los meses con las ceremonias era nuevo. Trataba de comprender a través de los rubíes de su madre que se acariciaba su vientre un poco abultado. Fue la primera vez que escuchó sus voces, entendió perfectamente cada palabra de su madre. Poseía un asentó profundo y siseaba las palabras como lo haría una serpiente. Un hombre que intuyó era el marido de la anciana, se sentó a su lado y sacó un estetoscopio de un maletín. La anciana mencionó que era médico y a pesar de las recomendaciones que le hizo a la Señora Sakata, ella no quiso ir a una clínica. Tenía miedo.

Ella siempre vivió en lo profundo de sus miedos y traumas. Haber perdido todo lo que tenía por ser diferente. Soportar la vida entre suspiros y lágrimas junto a un hombre que le juraba amor eterno, no era sencillo.

"Lo hizo por ti" dijo la anciana. "Ella no quería que te atraparan, que padecieras su miseria. Eran los únicos de su especie"

Gintoki sintió la humedad en sus ojos y sus manos débiles, tan débiles que no podían ni sostener sus uñas, se dejó caer sobre sus rodillas. "Sé que vendrán, un día… no quiero darles el milagro que me dio la Diosa" explicó entre llanto. Al verla su estómago se revolvió, como si estuviera a punto de caer de un acantilado y no hubiera nada para sostenerlo. Sakata la abrazó, después con la humildad que caracteriza a su familia, inclinó su cabeza al suelo y le rogó al doctor que dejará a su mujer dar a luz en esa casa.

"No había forma de decir que no. Mi esposo siempre creyó que esa mujer estaba maldita. Porque algunos vecinos decían que la habían visto bailar desnuda cerca del río, a las faldas de la montaña. Controlaba el fuego, dominaba el agua y aunque las cosechas eran abundantes de que ella llegó al pueblo, también estaba el miedo. Los inquisidores aparecerían, estábamos condenados… Todos moriríamos. Aun así, Sakata juró proteger el pueblo con su vida. Pero, ¿qué podía hacer un simple espadachín contra esos monstruos?"

La respuesta estaba en la punta de su lengua, sin embargo, no pudo hablar, no articulo sonido su garganta y se tragó la frase. Claro que podría, si ese hombre era su padre lo consideraba fuerte, hábil y justo. Ganaría, estaba seguro.

"La mañana que naciste, hizo una ventisca poderosa que arrancó todas las hojas de los árboles de una sola vez. Otoño se manifestó con fuerza, llegó de la misma forma que tú. Fuerte, combativo, arrasador, frío, muy frío" La escena que se mostró, se vio difusa, casi borrosa, escuchó el llanto de un bebe que sostenía la silueta de su madre. Sus cabellos blancos largos se esparcían por toda la cama. Olía a oliva y el viento soplaba fuerte, agitando todo a su paso. Un golpe seco hizo brincar a todos en la habitación. Gintoki vio los troncos del naranjo sobre el suelo.

"Ahí empezó toda la maldición… pero yo también te quise ver crecer y vivir. En realidad todos, pero ella dijo que al pedir algo al universo siempre tienes que dar algo a cambio. Es la ley de causa y efecto. Perfectamente consciente de su decisión, te protegió hasta el final… mira"

Verse así mismo correr por las calles persiguiendo luciérnagas no era algo que recordara. Su memoria estaba desecha. Ese niño era irreconocible para él, sin embargo, estaba ahí, sonriendo a su madre que caminaba siempre de la mano de su padre. Apenas pronunciaba palabras pero ya corría, ya brincaba. Era un torbellino de alegría. Su kimono azul rey hacia resaltar sus cabellos blancos que se agitaban cada vez que saltaba queriendo atrapar un insecto. Era una dinamita. Sus padres no podían controlarlo. A Sakata le faltaba carácter y ella era bastante paciente. Su hiperactividad lo hacía ser un niño problemático. Una ametralladora de palabras que parecía querer apresurar el tiempo. Trepaba árboles, perseguía ratones, pintaba paredes… corría despreocupado por las calles del pueblo a la dulcería. Nunca se enfermaba. Sakata lo consentía demasiado, cumplía todos sus caprichos. Lo único que conseguía dormirlo, era una canción que cantaba su madre en su lengua nativa. Hablaba sobre un toro blanco que era sacrificado en luna llena antes de cortar el muérdago del roble. Definitivamente no era una canción para un niño, pero sólo así, Gintoki se dormía. Esa fue la única escena que vio de su niñez marchita. La última vez que vio la sonrisa de su madre y las advertencias de su padre al niño antes que tropezara con una piedra. No hubo más familia feliz, no hubo tampoco un recuerdo que dejara grabado en el mundo que existió. Todo fue destruido.

"No avisaron, entraron y lo destruyeron todo. No hubo tiempo de protegernos. Sakata alcanzó a reunir algunos hombres para defender el pueblo pero era ya tarde, murió mucha gente a manos de los Inquisidores." Lo demás fueron masacres y gritos, angustia y sangre, restos humanos, cabezas, fuego.

"Mi esposo murió para defenderme pero fue en vano" Los inquisidores tomaron a la joven anciana por ese entonces, le hicieron preguntas, querían saber dónde estaba Yama-uba y al no obtener respuesta, quemaron sus ojos con un líquido verdoso y después pasaron una vela sobre los parpados. Sellando la vida, los colores, la luz… la existencia de oscuridad. "La realidad era que no sabía dónde estaba… todo sucedió tan rápido, no la volví a ver jamás. Sólo recuerdo su rostro vagamente, su rostro feliz y sus ojos tristes."

Luego de la tortura, pudo ver un grupo de Amantos inspeccionando la casa, sacando a golpes a los moradores, asesinando a quienes se oponían a ellos o no daban información. Querían a Yama-uba, le gritaban, clamaban su sangre y amenazaban con devastarlo todo si no aparecía. Fue que Sakata, mal herido y bañado en sangre se presentó frente al líder inquisidor. Un hombre con túnica café, dijo ser un fraile, monje, padre, lo miró con burla.

Pelearon. Su padre utilizaba golpes certeros, precisos, fuertes y dirigidos a matar, igual que él. Su rostro deformado por la ira fue un perfecto reflejo de sí mismo. Su sangre también estaba hirviendo al mismo tiempo al ver la batalla. Quería entrar, despedazarlos a todos, cortarlos en miles de pedazos, gritar, comérselos si fuera necesario.

Odio tenía en la comisura de sus labios, escurría saliva, como un perro rabioso. Su padre también.

"Mi hija, en ese entonces una niña, lo vio todo" decía la anciana con voz débil. "Atraparon a Sakata, lo ataron y lo usaron como rehén, creyeron que de esa forma aparecería ella, pero no paso. Después de tres días lo mutilaron como ganado. Cortaron ambas piernas, después sus brazos, cortaron su lengua, las orejas… ellos, los Inquisidores más que los Amanto, disfrutaban cada corte. Por cada rebanada en su carne decían frases en un idioma extraño que provenían de un libro blanco" Y del libro blanco que mencionó la anciana destellaba una luz en medio de las hojas. Le arrojaban agua de una botella de cristal mientras hacían la señal de la cruz frente a él. "Ellos sabía que Yama-uba se daría cuenta lo que le hacían a su esposo, la querían ver sufrir y al su vez desatar su poder"

¿A dónde se fue? Se preguntó Gintoki una vez todo el espacio se tiño de negro, un cubo negro donde resaltaba su permanente natural y su kimono blanco.

"Ella huyó a la montaña" esta vez su hija era quien narraba la historia. "Contigo, en sus brazos… no sabemos que sucedió, pero ella regresó al pueblo sin ti"

La oscuridad se desvaneció y en su lugar quedo cubierto por un bosque, los rayos de sol filtrándose entre las hojas, pasando por su cabeza diminuta. La percepción de las cosas había cambiado, incluso sus manos eran pequeñas, sus piernas cortas, su voz débil. Gintoki estaba dentro de su cuerpo a los tres años. Por primera vez pudo ver a su madre tan cerca de sus ojos. Ambos poseían las mismas características y el aroma, un aroma peculiar que sólo emitían las plantas cercanas al mar, entre humedad, sándalo y salitre. Gintoki la llamó con una voz pequeña, inaudible.

"Escúchame bien, Gintoki… si muero, no vas a recordar nada. Correrás lo más lejos y atravesaras el bosque… Estarás bien, los ancestros te cuidan. Eres un milagro, así que no te dejaran morir. No a ti. Eres el único… tu fuerza es el vestigio de nuestra existencia" Su voz infantil gritó ¡NO! Observó con ternura su berrinche a la mitad del bosque, ni sus golpes débiles al suelo o las ramas que le arrojaba a la cabeza. "Hijo…" Lo abrazó fuerte, dejo que ahogara el llanto en su pecho y cerró los ojos. "Te prometo que nos encontraremos aquí, de nuevo… pase lo que pase, nos volveremos a ver en la montaña. Cuando estés listo, vendrás. Ahora tienes que vivir. No quiero que cargues con tragedias familiares, venganzas innecesarias. Sólo quiero que vivas… corre entre los árboles, fórjate un destino, crea tu vida, libre, lejos de tus raíces, porque por triste que parezca, esto es una maldición también" Los brazos de mamá fueron el lugar más reconfortante que conoció en toda su existencia, los latidos de su corazón le daban aliento, esperanza, las caricias sobre sus cabellos eran somníferos, dardos tranquilizantes. La abrazó. Le dijo que la amaba. "No vas a recordar nada… hasta que volvamos a vernos, pero ese día, tampoco vas a regresar" Con esa promesa, se alejó sin dejar de mirarlo, caminando de espaldas. Intentó alcanzarla, pero sus pequeños pies se enredador y cayó al suelo. La maleza, las ramas, troncos y la tierra, se trenzaron, formando una barrera por donde un pequeño niño de su edad no pudiera pasar.

La montaña escuchó sus lamentos, llamar a su madre. La Tierra quiso cobijarlo cuando las hojas acariciaban su piel. Gintoki se aferró a las piedras y las arrojó a los árboles, intentó separar las hierbas, fue inútil.

"Cuando regresó Yama-uba, vestía un hermoso kimono blanco, manchado de tierra y lodo en la parte inferior" relató la hija. "Entró al pueblo caminando sobre la sangre seca, los restos de las casas y algún cadáver que aún no se retiraba. Su cabello blanco ondeaba como si cada hebra fuera una serpiente. Sus ojos ya no eran rubíes, eran lava ardiendo, fuego, era la venganza de su familia. Me escondí tras un montón de escombros. Jamás había sentido tanto miedo en mi vida. Ella era aterradora, su hermoso rostro se deformó y había unos colmillos que comenzaron a salir bajo sus labios. De su espalda sacó un báculo blanco de madera. Seis Amanto no esperaron que hiciera más caravana y la atacaron. No sé si ella fue muy veloz, pero a los seis los arrojó por los aires con ayuda de su palo de madera y su mano izquierda, la cual tenía esferas azules… era una bruja autentica. Si yo creía que los Amanto eran terribles y poderosos, espera que los inquisidores tampoco son de este mundo. Sus ojos de reptil y la piel escamosa me provocaron asco pero seguí mirando"

La delicadeza y habilidad de Yama-uba al pelear era sublime, como un valet. Girando sobre su eje en un solo pie, como las bailarinas de cajas de música. Uno a uno de los inquisidores iba despachando. Mientras los vencía se acercaba al líder quien sostenía la cabeza de su esposo como trofeo y mofa. Ella corrió a él dispuesta a clavarle el báculo pero… esos hombres tenían poderes indescriptibles. Suspendió el cuerpo de la bruja por los aires mientras la atormentaba estirando sus extremidades. Rápidamente llegaron más inquisidores que comenzaron atarla, sellaron su boca porque cada palabra que salía de sus labios era un hechizo y el clima cambiaba a su favor.

"Los inquisidores hablaron nuestra lengua y nos perdonaron, dijeron que su Dios era misericordioso y que podríamos vivir porque ya habían atrapado al demonio. Luego le hicieron preguntas, preguntas que no entendíamos, hasta que comenzaron a buscar al niño. Fue entonces que volvieron a matar, esta vez a todos los niños del pueblo, ninguno sobrevivió. Finalmente, Yama-uba con debilidad, después de tres días sin beber ni comer nada, dijo que se había comido a su hijo. Nadie le creyó. No tenía la imagen de ser una asesina. Ella amaba a su hijo… más bien supusimos que lo escondió en algún lugar. Al no obtener respuesta, ataron a Yama-uba a un pilar de madera, rodeada de leña. Arrojaron los restos de su esposo a sus pies, como si le hicieran un favor. Ella no habló, miraba a la montaña con insistencia. Lo que trajo las sospechas de los Amantos y algunos fueron hacía allá. Le juraron que encontrarían a su hijo y lo matarían, no una ni dos, sino por la eternidad. Hubo horas de silencio y espera, mientras el Monseñor como se hacía llamar el líder Inquisidor, preparaba la procesión de la muerte de la bruja. En ese inter, un hombre de cabellos largos y castaños se acercó a ella. Su atuendo era diferente al de todos ellos"

Había terror y asombro en la escena. Gintoki reconoció las ropas del Naruku en ese hombre, sus cabellos castaños no le daban dudas. Era él.

Yoshida Shouyo o quizá Utsuro, no lo sabía.

Estaba muy interesado en aquella pobre mujer de cabellos blancos cubiertos de tierra, sangre y ceniza. Sin embargo, las palabras de Shouyo no parecían ser del interés de la bruja, ella estaba concentrada en la montaña. Deseaba poder escuchar lo que él decía pero no llegaba ninguna palabra.

"Aquel hombre dijo: ‹‹Tú hijo vive. Todo el linaje de tu pueblo vive en él. ¿Qué tan fuerte será?›› Un inquisidor lo alejó y los sobrevivientes vimos encender la fogata mientras el líder decía palabras extrañas, rociaba el cuerpo de Yama-uba. La vimos morir quemada con vida. Pero ella nunca lloró, sólo miraba a la montaña, ella nunca se quejó. Fue como si su cuerpo no sintiera. Yama-uba ya no estaba ahí"

Todo el tiempo su maestro lo sabía. Él había visto el rostro de su madre antes de morir. La pudo salvar, pudo ayudarla, pero eso jamás… No tener ningún recuerdo de su familia, de su infancia, fue un plan intencionado de su madre. Un seguro de vida, un ancla de protección al mundo. Quizá tampoco era coincidencia que Shouyo lo encontrará, puede que tal vez viera a su madre en él y por eso toda la historia. Porque sabía su origen, el poder que escondían sus manos. Tal vez los únicos que podían frenarlo eran ellos, los hijos de Briga, los demonios blancos, los toros blancos… la luna.

Las llamas ardieron y se alzaban alto, como queriendo tocar el cielo. El olor que despedía el cuerpo era un perfume delicioso que los inquisidores quisieron apagar quemando leña. El humo lo rodeó como una capa uniforme. Adormeciendo de nuevo sus sentidos, llevándolo a un sueño dentro de otro sueño.

No supo cuánto tiempo paso dormido en el suelo después de aquella experiencia. La anciana ni su hija se encontraban. No sabía la hora, pero por el cielo despejado y sol debían ser las nueve de la mañana. Caminó por toda la casa buscándolas pero no encontró a ninguna. Supuso que estaban en el jardín muerto, pero tampoco. La casa se sentía pesada, como si una bruma comprimiera todo el entorno. Decidió salir, probablemente habrían salido al mercado. La calle se encontró abandonada. No parecía haber vida. Estaba todo suspendido. El viento sopló ligero y tuvo la sensación de sentirse solo de nuevo. Dio vueltas por las casas abandonadas sin hallar nada. Su cuerpo se paralizó al caer en cuenta que la abuela y la hija, incluso la niña eran fantasmas… Aquel pueblo debió ser asesinado por completo. Además ya era extraño que no hubiera muchas personas. Corrió por el mismo sendero por el que llegó. Tan deprisa como si lo persiguieran. Cada vez que se alejaba escuchaba como se desmoronaban las casas, como la tierra limpiaba sus huellas. Finalmente llegó al punto donde vio el pueblo por primera vez. Al girar, se encontró con la nada, con un montón de árboles cubriendo maderas picadas, escombros. Su pueblo natal había desaparecido.

― Ellas, ellas dijeron algo sobre… regresar, que finalmente descansará y que ellos serían libres. ¡Ella!

Su piel se erizó desde la planta de los pies hasta los últimos bellos de la nuca. Despacio como si le doliera el cuello, movió su cabeza en dirección a la montaña. Sus manos temblaban y no entendía porque estaba llorando. El hormigueo no desaparecía, no pudo mover sus piernas y escapar. Porque una figura blanca se deslizaba sobre la montaña.

― ¡NO! No me lleves… no aún. ¡Tú!

Su voz se apagó como si bajaran el volumen a sus cuerdas vocales. El aroma de sándalo se esparcía. La figura se acercaba cada vez más hasta hacerse una nube blanca sobre su cabeza. En su mente resonó una voz siseante y musical. "No es momento, ve y termina lo que debes… una vez hayas terminado, ven aquí. Te espero" La nube se desvaneció así como el pánico en Gintoki. Cayó al suelo temblando. Corrió o escapó lo más lejos que pudo y mientras corría las imágenes se iban quedando colgadas de las ramas de los árboles, hasta que al llegar a una carretera se preguntó porque corría tanto.

And then the love is a ghost that the others can't see, it's a danger

Every shed of us should be you go to keep and in the dark, who you are (it's a danger)

Gonna be the death of me, it's a danger

Cause your love is a ghost that the others can't see

-o-

Notas:

Raijin* Dios del rayo o trueno Japonés

Walpurgis: Así se llama a la noche donde la diosa Walpurga o sus sacerdotisas salían de su isla secreta en Irlanda para legar al pueblo y tener relaciones con los hombres para procrear hijos sagrados que nacerían en los meses de Octubre y Mayo.

Brigit: Diosa Celta dedicada a la luz, el amor. Su simbología es blanca y según cuentan los guerreros y sacerdotes, eran de cabellos blancos y ojos rojos. Por eso fue que me base en ella para esta historia.

Beltane: Celebración del verano y la fertilidad de la tierra, justo después de Walpurgis.

Y con esto me despido, espero que hayan llegado hasta aquí y no se hayan aburrido. Sé que no es un fic común, de desmadre, romance y acción, pero es mi headcanon y mi idea, quería escribirlo para sacarlo de mi cabeza y escribir otras loqueras.

Gracias por leer, me encantaría saber su opinión, ya que me esforcé mucho, no me había pasado que deseche dos borradores hasta llegar aquí.

=)