.
Girasol
.
La flor que sigue con pasión
Los pasillos del cuartel permanecían silenciosos como de costumbre. El aire solemne que los envolvía se respiraba como la misma paz del descanso eterno que prometía la muerte, y el capitán a cargo de aquél lugar, era entonces como la representación de la piedad que abrazaba a quienes eran elegidos.
La joven shinigami nunca había visto nada parecido; el aire de grandeza y poder haciendo equilibrio con la sencillez y la amabilidad, sin duda alguna, el modelo perfecto de arquitectura que igualaba el carácter del propio capitán Sōsuke Aizen.
Cuidando sus pasos, tratando de hacer el menor ruido para no quebrantar la atmósfera, iba de un lado a otro, acostumbrándose al nuevo trabajo que le había sido asignado, al nuevo lugar, memorizando el sitio exacto de cada papel y archivo, incluso la forma peculiar en la que su capitán ordenaba la tinta y los pinceles para que ella misma pudiera mantenerlo con la propiedad pertinente.
—No te exijas tanto, Hinamori-kun. Es tu primer día, ya has trabajado suficiente.
Se sobresaltó al escuchar esa voz que la hacía estremecer, con el timbre profundo y masculino que tal vez solo ella encontraba más maravilloso que la existencia misma. Cerró los ojos pasando el bochorno de saber que su adoración resultaba innecesaria, pues aquel hombre distaba de ser alguien que encontrara felicidad en las alabanzas y adulaciones, pero eso solo hacía que ella le quisiera más.
—Casi termino —susurró, encontrando débil su voz. Hacía tan poco tiempo que podía estar cerca de él y serle enteramente útil, que le parecía como un sueño del que no tardaría en despertar para verse como un miembro más de la división, a quien sus compañeros constantemente molestaban por su complexión delgada y carácter dulce.
—Ha sido un día largo, deberías descansar —insistió el hombre mientras él mismo seguía apilando cosas en el escritorio para llevarlas, seguramente, a su habitación privada para trabajar un rato más antes de quedarse dormido.
—Permítame por favor —y extendió sus brazos para llevar ella una parte.
—No te preocupes, no quiero causarte más molestias.
—¡En absoluto! Permítame acompañarle, después de todo, soy su teniente…
Él no insistió más, con una inclinación de cabeza solo le dejó llevar una parte y avanzó al frente para conducirla. El viento podía escucharse correr por la fría noche, ya nadie quedaba en el cuartel, salvo los que hacían guardia nocturna.
En quietud y silencio ella parecía disfrutar más la presencia de aquél hombre al que había aspirado desde hacía tanto tiempo, como si en esa casi ausencia por la falta de conversación, el abismo entre los dos se redujera. Podía ver su amplia espalda, su cabello, su andar elegante y de paso seguro, sus pequeños ojos de mujer inexperta bebían de la imagen sin saber exactamente lo que quería hacer, lo que seguía en su plan de aspiraciones. Había terminado sus estudios con sobresaliente, había ingresado a una buena división -a su división- y finalmente había sido aceptada su solicitud para teniente.
Quería serle útil, quería demostrar que era capaz de grandes cosas ¿Y todo para qué? ¿Para impresionarlo? ¿Para hacerse visible ante sus ojos?
Sonrío dulcemente para sí misma, él no era un premio, no era algo por lo que se compitiera y ganara, él era un hombre libre, poderoso e increíblemente amable que tendría todo a sus pies si lo pidiera, porque todos se referían a él con estima y respeto, y en eso, ella no era nada diferente al resto de la división.
Le gustaba ese silencio, tan valioso como sus conversaciones que fueron cuatro en todo el día y cada una pensaba atesorarla como si hubiera sido única. Él no le había tratado como a un subordinado al que se le dan las ordenes y exigen resultados, él había estado a su lado explicándole ciertos movimientos que desconocía, le había acompañado para presentarla con todo aquél con el que necesitara un trato constante, solo se habían separado para el almuerzo que él tenía planeado con otros capitanes.
Pasaron por un puente, un par de patios interiores y, finalmente, al frente de una gran puerta, sin haber estado ahí antes, supo que habían llegado. Aspiró la esencia del lugar grabándola en su mente como un recordatorio de que en todos los lugares donde él estaba, podía guardar su propia presencia.
—Pasa, por favor —invitó abriendo la puerta y colocándose a un lado en un claro gesto de cálida bienvenida. Sintió sus mejillas encendidas realmente apenada, pensando que se había visto obligado a permitirle la entrada a un lugar tan personal solo por su obstinación de acompañarle, y empezaba a disculparse por ello cuando la interrumpió, siempre en calma y con la calidez en cada una de sus palabras.
—Ahora eres mi teniente, siempre serás bienvenida aquí, como lo fue Gin.
Bajó la mirada.
—Sé que le apreciaba bastante.
—Pero si no ha muerto, ha obtenido una justa recompensa a su esfuerzo.
—Espero poder hacer un trabajo del que ambos se sientan orgullosos.
Y aquello lo había dicho con el corazón en la mano, con la sinceridad de quien sabe que ha venido a ocupar un lugar que tuvo una persona apreciada y capaz. Una gran responsabilidad más allá de una obediencia perfecta, que alcanzaba los puntos de máxima confianza en la Sociedad de Almas, porque un teniente no era solo un segundo al mando en jerarquía, no era un archivista ni una secretaria, era el mayor soporte de un capitán.
—Sé que lo harás, eres una mujer apasionada.
Nuevamente la vergüenza asaltó su rostro confiriéndole más la apariencia de una niña que de la mujer que él hablaba, pero agradeció el halago y reiteró la promesa ante él, de dar lo mejor de sí misma, y ante sus propias convicciones, de estar siempre a su lado en todo momento, porque no había nadie más digno para entregarse que él, y aunque solo llevaba un día a su lado, era una certeza que nadie le había podido contrariar desde el momento en que lo conoció durante aquella casi trágica noche de práctica.
Comentarios y aclaraciones:
Primera escena con Momo, en una relación que me causa muchos conflictos, pero bueno, yo no la establecí así.
¡Gracias por leer!
¡Felices fiestas!
