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Lily
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La flor que es grata a todos
Las puertas ante las que le condujeron eran enormes, sobre todo en relación a ella misma que, en general, resultaba particularmente pequeña. El Espada empujó con una sola mano y la blanca madera cedió al instante en un silencio que lejos de causar consuelo por el ausente rechinido de las goznes, no hizo más que inquietar el ya turbado ánimo de la joven.
—Solo quédate y aquí, y obedece —fueron sus escuetas palabras mientras le indicaba que debía pasar a lo que se entendía como su celda.
Orihime levantó tímidamente la mirada para ser más consiente de ese espacio, el cielo raso se elevaba muy por encima de su cabeza con impoluto blanco extendiéndose para hacerle perder el final y acrecentar la impresión de su insignificancia. El aire era frío se colaba por una ventana alta por la que también podía ver la luna; tres barrotes negros al medio seccionaban la visión y ella pensó que eran tan innecesarios como la cerradura que el Espada había puesto apenas salió sin pronunciar alguna otra palabra. No había manera de que alcanzara el alféizar ni de que ella sola pudiese empujar la puerta.
Dejó salir un silencioso suspiro para no escuchar el eco que producía tanto espacio y caminó lentamente hasta donde el claro de luna se introducía iluminando la alfombra.
No había la gran cosa; esa alfombra, un sillón solitario en una esquina, una mesa con silla en otra y la cama que, pese a ser más grande que la que tenía en su propia casa, lucía intrascendente, casi invisible, en tan amplia habitación. Una pequeña puerta, más adecuada a su tamaño estaba al fondo, a la izquierda de la cama. Blanco sobre blanco, blanco en todos lados, pero ella realmente solo podía percibir una fina y atemorizante oscuridad.
Terminó la inspección, la estancia superaba por mucho su idea original de lo que debía de suceder al llegar. Tal vez era culpa de las novelas, siempre que había algo similar a su situación los prisioneros se colocaban en las mazmorras oscuras y malolientes. Las piernas le temblaron al comprender de manera acertada que de ninguna manera eso era por asomo una novela y quedó arrodillada sobre la alfombra tratando de hacerse entender a sí misma que esa era su realidad, la que había elegido, como varias veces había asegurado en el salón principal frente a los Espada.
—Escogí esta habitación porque la ventana recibe la mayor parte de la luz lunar.
Orihime saltó en su sitio con un chillido ahogado, el silencio se había roto abruptamente, sacándola de sus pensamientos, pero no pudo pronunciar nada concreto. El rey de Las Noches caminó hacia ella con paso silencioso, solo se encogió de hombros para controlar el escalofrío que le recorrió tan sólo con ser consciente de su presencia.
¿Cómo un solo hombre podía desplegar tanto poder?
Pero no era poder como el de un bankai, no era como el poder justo antes de pelear. Solo… solo era poder por poder, poder que estaba constante ahí, envolviéndolo, impregnando el espacio a su alrededor y le hacía sentir mas grande que el cuerpo espiritual en sí mismo.
—Esta visita tiene un propósito específico, Ulquiorra pasó por alto un detalle aclaratorio que considero importante; los barrotes, Inoue Orihime, no son para acentuar un carácter de prisionera que no tienes, es más bien para seguridad tuya. Los Hollow menores, no son siempre tan razonables y desean penetrar en este castillo para tomarlo. Usualmente no representan problemas, pero no nos arriesgaremos ¿Verdad?
Bajó la cabeza mansamente dejando que el flequillo que había puesto detrás de su oreja, cayera sobre su rostro.
—Gracias —susurró sin estar completamente convencida de que sentía la gratitud que había expresado con sus palabras. Aunque por otra parte, la misma visión de aquella blanca habitación, limpia, amplia, toda para ella, contraponiéndose en la imagen mental de una mazmorra, le hizo abrazar un sentimiento vago de verdadera seguridad.
En el Seireitei, todos se habían referido al capitán de la quinta división, Sōsuke Aizen, con las más vehementes palabras. Incluso después de que se revelara su identidad como un traidor, llegó claramente a sentir y escuchar aún bastantes simpatías entre los shinigami. Con base en ello, la imagen que se había formado se hallaba difusa en su mente, el enemigo para el que se preparaban tenía en su concepción, más forma de arrancar, que del propio Aizen.
—Tengo algo para ti, un regalo.
El shinigami levantó la mano derecha mostrando un traje blanco. Orihime, impulsada por una súbita oleada de obediencia lo tomó con determinación.
¿Todos sus subordinados llegaron a sentirse así? ¿Con esa misma imperiosa necesidad de ni siquiera hacerle esperar para acatar sus indicaciones?
Estrechó la prenda contra su pecho. En realidad no se lo había demandado, su palabras exactas no tenían ni siquiera la orden de aceptarlo expresa o implícitamente.
—Gracias.
Se ruborizo al verse a si misma dando un segundo agradecimiento. Tragó saliva, espesa y amarga. Se sentía observada por ese par de fríos ojos marrones, lo que era suficiente para hacerla estremecer. La joven le miró darse la vuelta para salir con una elegancia absurda al tiempo en que su corazón se estrujaba en su pecho. Unas lágrimas se arremolinaron en sus ojos pero se rehusó a dejarlas salir volviendo a tragar.
—Descansa, Inoue Orihime.
Diciendo eso finalmente salió de la habitación.
Los ojos de Orihime se fijaron casi absortamente en su amplia espalda, como si quisiera grabar en su mente la imagen para forzarla a encajar en su sitio dentro de todo lo que ocurría. Tanta vehemencia que orillara a una guerra, tanta frialdad como para condenar a inocentes a seguir su juego ¿Había algo más lóbrego que eso? ¿Más ruin?
En solo esos instantes, esos pocos segundos de su visita quiso clavarlo con odio en su corazón, apretó muy fuerte el regalo recibido mientras su confundida mente seguía rechazando la determinación ¿Porqué tanta amabilidad? ¿Por qué esa habitación? ¿Por qué la atención? ¿Qué le daba como motivo para guardarle rencor si incluso prometió salvaguardar la vida de sus amigos?
Se acercó a la cama en cuanto tuvo la certeza de que la puerta volvía a estar cerrada, esta vez sin cerrojo ni candados.
Tan fácil que sería solo abrirla y salir, dar vuelta a su decisión y marcharse. Esa comodidad que le ofrecían no podía aceptarla, le causaba más dolor del que seguramente le causarían los grilletes de las cadenas en un calabozo oscuro. Tal vez lo preferiría para mitigar un poco la culpa de saberse traidora. Sin embargo, era consciente de su realidad, de las atenciones.
La puerta volvió a abrirse y sus ojos buscaron ávidamente al Rey de Las Noches al tiempo en que soltaba un sollozo imaginando nada en realidad, solamente por el deseo martirizante de decir algo cuando había sido forzada a tan prolongado silencio, en cambio, fue su celador quien apareció con la nula expresión de su rostro ligeramente más sombría que en la ocasión anterior.
—Aizen-sama ha venido a verte en un intento de calmar absurdos temores, no obstante, reaccionas como si entrara para asesinarte. Si yo tuviera esa orden, con toda seguridad, ni siquiera tendrías tiempo para tan exagerada reacción —dijo entrecerrando los ojos y moviéndose del vano de la puerta.
—Pasa —ordenó y un arrancar entró empujando un carro de servicio con varias bandejas —. La comida, mujer— señaló haciendo un ademán con la mano para despedir al arrancar que lo obedeció en silencio y sin demora, cerrando la puerta a sus espaldas.
—No tengo hambre —se resistió ella cuando solo unas horas antes había observado que realmente estaba hambrienta.
—La dejaré aquí, regresaré en una hora. Habrás terminado para entonces —ordenó dándole la espalda.
Un viejo y absurdo temor asaltó a la joven, obligándola a saltar de la cama, dejando el traje que le hubieran dado antes sobre las suaves sábanas.
—Lo tomare ahora —se apresuró a decir, deteniendo el paso del Espada que apenas miró por encima de su hombro —. No tardaré, puedes esperar —dijo en un susurro, cerrando los ojos con fuerza, avergonzada de su impulso.
Desde que su hermano la había sacado de la casa de sus padres, llevándola al pequeño departamento que compartieron por varios años, la hora de la cena se había vuelto un ritual de vital importancia. Si el trabajo lo demoraba, no importaba, serían las diez, once o la media noche, pero ella le esperaba para cenar juntos. A su muerte, buscó siempre invitar a alguien, amigos que estaban para no dejarla sentir su soledad.
Se sentó a la mesa tras acomodar los platos en su lugar correspondiente. Ulquiorra desistió de su marcha pero no hizo más que encaminarse a la ventana, de espaldas al simulado comedor.
—Aizen-sama se ha tomado muchas molestias para preparar tu estancia. ¿Por qué no has usado aún su regalo?
No supo qué responder, tenía la idea de hacer una pequeña resistencia, una rebeldía insignificante que consistía en no usar aquella prenda.
Escuchó al Espada dar un par de pasos hacia ella, quedando a su espalda, muy cerca, causando un nuevo escalofrío al sentir su energía mortecina.
—Tu cuerpo y tu alma existen con un único propósito, para Aizen-sama y sus deseos —dijo en voz muy baja, como el siseo de advertencia de una serpiente —¿Lo entiendes?
Orihime levantó la cabeza, girando un poco la vista, viendo la mirada impávida del Espada, supo que no había realmente una negativa como opción. En aquella habitación, rodeada de sombras y viejos temores, con la luz de la luna a espaldas del delgado celador, tuvo una segunda revelación, una sobrecogedora y triste; él sería su única compañía.
—Lo entiendo.
Comentarios y aclaraciones:
Monumento a la complejidad, esto se veía más fácil cuando era solo una idea.
¡Gracias por leer!
