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Hortensia
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La flor que ama con paciencia
—Teniente Hinamori, no debería hacerse cargo de tareas tan triviales como esta, para eso estamos los novatos —dijo un joven miembro del escuadrón mientras miraba con nerviosismo a un lado y otro.
—No te preocupes, ya he terminado el papeleo, solo quiero hacer algo útil mientras esperamos la autorización —respondió con una sonrisa tímida.
—¡Pero si trabaja demasiado! ¿Cómo puede sentir que no hace algo útil?
La joven shinigami inclinó la cabeza sin importarle mucho que ella tuviese un rango mayor al del muchacho frente a ella. En muchos sentidos, no se sentía lo suficientemente importante como para imponerse al resto de sus compañeros por mucho que, en ocasiones, Tōshirō se lo recriminara. Pasó los dedos por las flores que ordenaba para hacer algunos arreglos para los salones del cuartel, la textura aterciopelada de los pétalos le gustaba demasiado, el aroma y los colores que contrastaban una vez armados le resultaba relajante.
—Además, al capitán Aizen le gusta mucho el ambiente que se crea, dice que es estimulante y genera armonía.
El muchacho rodó los ojos.
—Al capitán le gusta todo lo que hace, teniente.
El rubor se hizo presente enseguida y se quedó ahí, aferrándose a sus mejillas con tal fuerza que pudo pasar por una rosa, como las que tenía a un lado para colocar en los arreglos. Avergonzada como estaba, se giró para no dar la cara, tomando una hortensia para recortar el tallo y cambió el tema a las bondades del arte del ikebana, intentando que el joven restara importancia al comentario que había hecho inocentemente.
—No es correcto mirar a una joven trabajar tan duro y no seguir su ejemplo.
Los dos shinigami dieron un salto en sus lugares, girándose para ver al capitán que recién llegaba, este rio un poco a causa de las exageradas reverencias que le dirigían.
—¡Lo siento mucho capitán! —exclamó el chico, tomando enseguida algunas de las flores que tenía la teniente junto a ella, intentando hacer algo, pero el nerviosismo aunado a su torpeza artística, ni siquiera le permitía mantener las flores paradas.
—No te preocupes —repuso el hombre, caminando hacia ellos para entrar al cuartel —. Hinamori-kun lo ha hecho muy bien, y lamento que no pueda tomar un descanso, pues ahora la necesito conmigo —dijo, extendiendo su brazo para ayudarla a subir el escalón.
Ella sacudió sus manos, estaba llena de hojarasca, humedad y un poco de tierra.
—Lo siento, me aseo enseguida —se disculpó, pero eso no fue impedimento para que él la tomara por el brazo con delicadeza.
Mientras avanzaban camino al despacho principal, fue imposible para ella no recordar las palabras de su compañero momentos antes.
—¿De verdad piensa que lo hago bien? —preguntó tímidamente.
—Solo un necio aseguraría lo contrario —respondió, sonriendo con calidez permitiéndole pasar primero después de que abrió la puerta.
Una vez dentro, cerró cuidadosamente.
La luz del medio día entraba por la ventana abierta, iluminando el escritorio y haciendo reflejos en la madera, podía ver incluso las partículas de polvo danzando trémulamente en medio de esa quietud. Se imaginó solo por unos instantes que escuchaba a su capitán llamándola con una voz más seductora, giró sobre sus talones y lo encontró absorto frente a un archivero revisando unos papeles para determinar cuáles debía de sacar.
Volvió a ruborizarse y tragó saliva.
Una cosa era que él apreciara todo su trabajo y otra que la apreciara a ella misma.
—Hay algunas cosas que corregir respecto al informe, el último, ya están listos los análisis, solo hay que hacer las anexiones pertinentes —comentó distraídamente, completamente ajeno a los pensamientos de la joven, mirándola solamente por unos instantes.
—Sí-sí —tartamudeo.
El hombre se giró completamente, con una sonrisa en el rostro, sin decir nada. La teniente no fue capaz de resistir el contacto de esos profundos ojos que serían capaces de descubrir cada secreto de su alma, quizás incluso, con su aguda mente, no le sería difícil comprender la admiración que le profesaba.
—Los cambio ahora —susurró estirando los brazos para recibir los nuevos documentos, aún mantenía los ojos cerrados y se alegró de ello porque no estaba del todo segura sobre lo que sucedía con su expresión en cuanto sintió el toque sedoso de las manos del hombre apenas tocando las suyas. Más suave que el de los pétalos de las flores ¡Tan absurdo! ¡Tenía las manos más suaves que ella misma!
Inclinó mucho la cabeza y salió tan rápido como pudo con la sensación del toque aun haciendo vibrar cada uno de sus sentidos.
Ella tenía una oficina propia, y era de los pocos tenientes que podían jactarse de tener un espacio privado y no un escritorio contiguo a la inquisidora mirada de sus capitanes. No obstante, ella hubiera preferido compartir estancia. No se quejaba, quizás él había pensado que, por ser una chica, requería de una privacidad que su género reclamaba con cierta frecuencia y él, atendiendo a las reglas de toda cortesía, se la había concedido.
Caminó despacio hasta su lugar dejando la carga ahí. Había también un lavabo pequeño, pero con espacio suficiente para permitirle asearse lo suficiente tras el trabajo con las flores. Miró sus uñas, bajo ellas había rastros de tierra y del verdor de los tallos, se sintió apenada por tal descuido; el capitán de la quinta división era todo decoro y orden mientras que su teniente iba por ahí con las uñas de jardinero. Sacudió la cabeza mientras terminaba de arreglarse lo suficiente como para asegurar que no quedaría ninguna mancha verdosa sobre los papeles.
Ya se encontraba trabajando cuando un pensamiento asaltó su mente: ¿Y si se sentía demasiado hostigado por ella y por eso decidió separar las oficinas?
La fuerza de tal idea sacudió su cuerpo. ¿Quién no iba a notar que ella se bebía el aire que respiraba su capitán?
Su respiración se volvió pesada.
Llamaron a la puerta.
—¿Hinamori-kun?
Se puso de pie rápidamente para abrir, y encontró al dueño de sus pensamientos con un servicio de té en manos.
—¿Puedo pasar?
Aún no terminaba de formular la pregunta cuando ella se apartó dando un salto hasta la mesa para hacer espacio.
—Lamento mucho tomar tus descansos también —dijo con un tono suave, realmente… sincero.
—No, no diga eso por favor, yo mis descansos los ocupo en lo que me gusta… me gusta… hacer cosas útiles… para usted…
Aizen la observó preparar el servicio, con una mirada total y absolutamente dedicada a ella, llena de comprensión sobre lo que implicaba la confesión hecha, aunque ella no había sido capaz de entender la magnitud de lo mismo y seguía atendiendo lo respectivo al té.
El capitán soltó un casi inaudible suspiro.
—Me agrada tu compañía, Hinamori-kun —expresó con tranquilidad.
—¿Capitán?
Él levantó la mirada al techo, con un aire de tranquilidad en la expresión relajada del rostro.
—Es un trabajo duro el que tenemos, pero aquellas personas que son como tú, hacen que sea más agradable, que se vuelva más que un trabajo de rutina. Gracias por eso.
La joven shinigami se quedó completamente en silencio, apabullada por lo que acaba de escuchar y ya hacía como parte de una ilusión. Parpadeó varias veces, e incluso pensó que no había respirado en absoluto durante el tiempo que le tomó al hombre pronunciar aquella frase.
Él estiró la mano para tomar la de la joven, aquello era real, el suave tacto de sus dedos que apresaban su mano en un gesto personal, y no accidental como muchas otras veces, se lo confirmaba. El tiempo pareció ir más lento, en silencio, dejando las últimas palabras flotando aún en el aire con olor a jazmín. La joven shinigami le miró marcharse con la promesa de verse más tarde, la puerta fue testigo de la debilidad de sus piernas en cuanto se vio sola, el corazón latía deprisa y en su mente solo estaba la convicción de que, si ella era capaz de hacer algo por volver agradables los días de su capitán, entonces lo haría.
Comentarios y aclaraciones:
Retomamos a Momo, es agradable que Aizen haya regresado al manga, así esta historia no parece tan fuera de foco como supondría.
¡Gracias por leer!
