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Fresia

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La flor que se rehúsa a crecer

La risa de la teniente Momo recordaba, por mucho, a la de los niños en un día soleado mientras volaban cometas: alegre, cantarina y muy estridente. Pero solo cuando era una risa real, auténtica, que salía porque estaba segura de que no había alguien cerca y perdía por completo el miedo a sonar ridícula dentro de la solemnidad de los cuarteles de la quinta división. Para cuando debía reírse en presencia de los demás miembros o del mismo capitán, usaba todo su empeño en bajar el tono y la intensidad, lo que sería correcto de una dama, sin abrir demasiado la boca, recatada y no demasiado prolongada.

Ahora eso no le importaba, porque ver a Tōshirō vestido con sobrio negro, con cada parte del traje correctamente colocada junto con una expresión seria, era demasiado como para controlarse.

—¡Lo siento, de verdad! —se excusó secándose una lagrima que había escapado de sus ojos. El chico torció la boca haciendo un ruido parecido a un chasquido, pero más grave.

—Pensé que no te gustaba que me burlara de tu uniforme —respondió en cuanto ella se hubo calmado un poco.

—No es el uniforme.

—¡Oh, claro!

La joven teniente caminó hacia él con las manos enlazadas en la espalda.

—Vamos a celebrarlo.

—¿Mi última cena antes de una cruel condena?

—¡No lo digas así!

—No hay una manera más apropiada de definirlo.

Ella hizo un mohín frunciendo los labios e inflando las mejillas.

—Te ves ridícula, no me creo que de verdad te hayan escogido como teniente.

—¡¿Qué cosas dices?! ¡Me he esforzado mucho para lograr este puesto!

—¿De verdad? Me imagino entonces que no hay mucho para escoger en toda la división, que pena.

Soltó un chillido levantando los puños al aire dispuesta a hacer nada en particular, pero se fue contra él sin decidirse si debía golpearlo o no, y lo desconcertante era pues, que él no se había movido en absoluto cuando en otros días ya habría emprendido la huida mientras le sacaba la lengua o hacía cualquier otra cosa, así que detuvo antes de poder seguir con aquella absurda escena.

—¿Qué sucede? —preguntó preocupada.

—¿Qué sucede de qué?

—¿Por qué…?

—Vamos a almorzar, tengo poco tiempo antes de reportarme a mi división.

—Sí… entiendo.

Caminaron juntos hasta un modesto lugar en el que solían pasar a comer cuando el tiempo lo permitía, y quizás fuera de las últimas oportunidades que tendrían para hacerlo juntos, puesto que las tareas de uno y otro paulatinamente cerrarían todas las brechas hasta el punto en que verse, sería por sí mismo la novedad.

Tratando de recuperar el ánimo, sobreponiéndose a los pensamientos que la habían asaltado, empezó a hablar sobre cómo era diferente todo en el Seireitei, lo que debía y no hacer, lo que se acostumbraba y lo que se esperaba de él. En silencio, Tōshirō Hitsugaya alternaba sus bocados con rápidas miradas a su amiga que hacía ademanes exagerados. Era agradable, era lista, y muy dedicada, pero simplemente era imposible para él encajarla dentro de la frugalidad del Seireitei, menos aún como segunda al mando de toda una división cuando parecía que en lugar de dar órdenes lo pedía de favor, existiendo la posibilidad incluso, de que, si sus subordinados no querían hacerlo, pediría una disculpa y se retiraría a hacerlo ella misma.

Soltó un suspiro dando por terminado su plato, haciéndole notar a su compañera que no había tocado nada del suyo.

—¿Qué sucede? —preguntó de nuevo la teniente, guardando silencio abruptamente. El muchacho arqueó una ceja.

—Ya te dije que no entiendo de lo que hablas.

—Es que… pienso que… no sé… eres diferente.

—¿Sólo por el uniforme? Eso es absurdo.

—No es el uniforme, es que tú… Es que, siento que has cambiado.

—Ayer que nos vimos no pensabas eso ¿Verdad?

—No.

—Es por el uniforme.

No insistió y se concentró en comer.

—Debo marcharme —susurró el joven Hitsugaya poniéndose de pie, acomodando una arruga invisible en el haori.

—Cualquier cosa que necesites, por favor, pídelo, veré como ayudarte, Shiro-chan.

—Sí, a propósito de eso…

La teniente sintió un escalofrío recorrerla, él siempre había sido distante y algo parco en su trato con la gente, pero en ese momento se le antojó como un extraño, como alguien que era totalmente diferente al Tōshirō que ella conocía.

—Ya te lo había pedido antes, esta vez va en serio, deja de llamarme así.

—Sí… lo entiendo…— tartamudeó viéndole alejarse, apenas respondiendo la despedida.

Decidió apresurarse para regresar a su propio cuartel, solo había pedido permiso para ausentarse un par de horas, no todo el día pese a que su capitán insistiera en ello. A su paso, los miembros de la división le saludaban animosamente.

—Eres bastante apreciada —dijo quedamente el capitán al verla llegar a las oficinas.

—Usted inspira ese ambiente de amabilidad.

—No. No soy yo —aseguró, sonriendo amablemente—. En el Seireitei, todos nos dirigimos de acuerdo a las reglas adecuadas de cortesía, aunque la cortesía no es de ninguna manera una palabra relativa a la calidez. Y tú, Hinamori-kun, eres cálida.

En ese momento lo entendió, qué era lo que encontraba diferente en Tōshirō: él había aceptado la responsabilidad del shinigami, formaría parte de la Sociedad de Almas y había tomado su papel adecuadamente. Sonrió de medio lado y se apresuró a recoger los documentos que ya estaban listos para ubicarlos en su lugar.

¿Cálida? ¿Era ella cálida?

Recordó el motivo por el que se había obligado a suavizar su propia risa escandalosa, simplemente por recordarse con insistencia que era tiempo de dejar a la niña atrás, porque la vida que había elegido, pedía eso, porque el hombre que había escogido, necesitaba de ello.


Comentarios y aclaraciones:

Muchas gracias por su paciencia y sobre todo

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