.
Amapola
.
La flor que encuentra regocijo
Los nuevos miembros de la división, ubicados en filas simétricas y ordenadas, miraban al frente con aire interrogante. No estaban seguros sobre si había un proceso más, aparte de todos los que habían realizado desde su graduación hasta el momento de su ubicación en la división, pero se mantenían serenos y confiados. La mayoría podían estar seguros de que fuera lo que fuera que se avecinaba, podrían lograrlo, no en vano ya habían pasado exitosamente el periodo de enseñanza.
Algunos minutos después llegaron también al amplio patio del cuartel algunos de los miembros con más tiempo trabajando ahí, se colocaron al frente de cada una de las filas, mirándolos.
No hubo necesidad de solicitarlo, el silencio se hizo presente cuando el capitán Sōsuke Aizen apareció al frente del grupo. No era realmente una promoción grande, a su división habían sido asignados un total de veintidós egresados, de los cuales, entre todas los rotaciones de personal casi obligatorias, quedarían a lo mucho una docena. El hombre, con una sonrisa amable saludó a todos los presentes.
Los examinó brevemente, no con la intención de intimidar, él no era sí, solo quería estar perfectamente consiente de quiénes estaban, y cuál era su potencial. Tenía un talento especial para evaluar a las personas con una primera impresión, en esa ocasión no había nadie destacable, pero cuando menos no tenían una expresión asustadiza como si fuese a hacerles algo.
La teniente de la quinta división apareció por uno de los pasillos con algo de prisa, no era realmente tarde, pero era efectivamente la última en llegar, lo que fue inevitablemente evidente, dado que debía tomar su lugar al frente de todos.
Uno de los shinigami que encabezaban una de las filas, que ya llevaba algún tiempo en la división, se aclaró la garganta.
—Él es el capitán Sōsuke Aizen, responsable de nuestra división y a quien en lo sucesivo se referirán como lo que es, la máxima autoridad del cuartel, a quien se deberá reportar y consultar todo hecho destacable. Ella es la teniente Hinamori Momo, segunda al mando de la quinta división, y mano derecha de nuestro capitán.
Todos refirieron un saludo oficial, pero los novatos parecían un poco confundidos, si no fuera por el claro el distintivo de la joven, hubieran pensado que se referían a cualquier otra persona y no aquella menuda chica de grandes ojos.
—Buenos días. Me alegra que estén aquí —dijo ella sonriendo, mientras saludaba a todos en el patio con un poco menos de formalidad.
—Los dejo en manos de la teniente Hinamori, sean bienvenidos.
El capitán solo inclinó la cabeza y se retiró. El hecho, completamente normal parta el resto de los presentes, captó enseguida la atención de la teniente que sintió que algo no estaba bien, aunque en apariencia había sido amable, había notado en su voz un toque frío que no era propio de él.
—¿Capitán?
Él la miró por encima de su hombro antes de marcharse.
—¿Todo está bien?
—Sí. Si pudieras verme en mi despacho más tarde, te lo agradecería mucho.
—Ahí estaré.
El hombre se marchó dejándola con la sensación de intranquilidad.
La teniente, al verse sola frente a los miembros de la división, solo se aclaró la garganta y empezó a explicar la dinámica de integración que había planificado para los nuevos ingresos. Ninguna otra división hacía eso, de hecho, era la primera vez dentro de la quinta, pero estaba convencida de que era una buena oportunidad para que se conocieran, y determinar si alguno de ellos destacaba en alguna área para poderlo canalizar a una actividad más adecuada, ya que era parte de su responsabilidad el poder acomodar a los nuevos y realizar la repartición de tareas que no se limitaban a la mensajería, sino a otras que aseguraban el correcto funcionamiento interno.
Pasaba ya del medio día cuando se dio por satisfecha y dictaminó las posiciones que los nuevos ingresos ocuparían hasta la siguiente rotación. Estaba lista para marcharse, pero apenas terminó de acomodar los papeles, uno de los oficiales de mas antigüedad la detuvo.
—¡Teniente Hinamori!
—¿Qué pasa?
—Un oficial de la décima división quiere verla.
—¿Un oficial? —contrariada, caminó junto a su subordinado hasta la puerta en donde permanecía Tōshirō, con el semblante serio y las manos a la espalda.
—¿Qué sucede? —preguntó preocupada.
—Yo… solo quería…—el muchacho suspiró y extendió una caja de almuerzo.
—¡¿Quieres almorzar conmigo?! —exclamó ella entusiasmada.
—¡Claro que no! ¡Lo manda la abuela! —se defendió al instante.
—Solo déjame llevar esto a mi oficina y saldré enseguida.
—¡Llévatelo a la oficina! ¡Yo puedo comer solo!
Pero sus reclamos sirvieron de poco, la joven ya había corrido al interior, apenas dejando las cosas sobre el escritorio y saliendo de nuevo. Sin más, lo tomó del brazo y lo llevó casi a rastras hasta un pequeño jardín en donde podrían comer sin problemas.
—Me cuesta creer hace cuánto tiempo te convertiste en shinigami, ya incluso eres oficial.
Tōshirō resopló, no estaba de humor pero la culpa no era de ella en absoluto, sino de la teniente de su propia división, así que se decidió a que si por su cuenta no iba a hacer el almuerzo más ameno, al menos no sería más grosero de lo usual.
Acabaron una hora más tarde, repentinamente Momo había dejado de sonreír para adoptar una expresión de horror.
—¡Tengo que irme!
Apenas dio las gracias y regresó a toda prisa al cuartel. Con el corazón desbocado, trató de relajarse antes de llamar a la puerta.
—Adelante.
La voz siempre amable de su capitán, era la misma de siempre, pero la presión en su corazón era demasiada como para creer que efectivamente era así.
—¿Quería verme?
En esos momentos ya podía estar completamente segura, algo extraño tenía su capitán. Su semblante estaba serio, no había en su rostro el mínimo rastro de la tranquilidad usual en él, solo esa fría inexpresividad que la congelaba.
—Tu mañana fue productiva, Hinamori-kun, según me comentan.
—Yo… perdí la noción del tiempo. Mis más sinceras disculpas.
—Incluso me dicen que se ha tomado algo de tiempo para orientar a nuestros compañeros de la décima división.
Su respiración se detuvo unos instantes.
—Lo siento tanto, es que Shiro-chan… yo… ¡Por favor discúlpeme!
Se inclinó hacia él con toda la solemnidad que pudo.
—Está bien. No es para tanto.
—Le prometo que no volverá a suceder, mis responsabilidades como teniente son mi prioridad.
Desde su escritorio el hombre la miraba, pero la frialdad se fue por un instante, regresando la imagen que ella deseaba ver.
—No deseo atarte al trabajo, Hinamori-kun. Interpretas mal mis intenciones.
—¿Sus intenciones?
Se puso de pie acortando las distancias y le dedicó una sonrisa que casi hizo desfallecer a la joven.
—Quédate conmigo, Hinamori-kun.
No hubo necesidad de decir algo más. La teniente de la quinta división se prometió que, aunque fuera duro, debía de dejar de almorzar todos los días con Tōshirō, quizás solo el fin de semana, si es que no había otros planes.
—Yo siempre estaré con usted.
Comentarios y aclaraciones:
¡Gracias por leer!
