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Lavanda

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La flor que es de uno solo

La joven miraba disimuladamente a su celador, con las manos enlazadas al frente y en silencio, aunque con más preguntas en su mente.

—¿Estás molesto? —se animó a decir tímidamente.

—¿Por qué habría de estarlo?

—Porque salí.

—Aizen-sama ha dejado en claro que no eres una prisionera confinada a esa habitación.

—Pero fuiste a informar que no estaba ahí.

El Espada le dirigió una mirada indescifrable, pero seguramente tenía la idea de que no esperaba que fuera a comprender aquello que no dijo, porque tal vez no era lo suficientemente lista. No se sintió molesta, todos pensaban eso de ella, que era tonta, pero era evidente que lo que iba a hacer era decirle a Aizen que había escapado.

—Es como Aizen-sama dijo, es peligroso salir, deberías de esperar por mi para que te escolte. Aunque haya una orden explícita de no hacerte daño, muchos Arrancar son más bien… impulsivos.

No replicó nada, ya habían llegado de regreso a la habitación. Ulquiorra abrió la puerta con una sola mano dejando espacio más que suficiente para que ambos pudieran entrar prácticamente juntos, el Espada extendió el brazo y las luces se encendieron para sorpresa de ella que no había podido siquiera imaginar algo como una instalación eléctrica. Ciertamente no era electricidad, pero había luz.

—Es tarde, deberías dormir.

Pero no se retiró, se quedó junto a la puerta con las manos en la espalda. Orihime se aventuró a caminar hasta la cama, tímida, avergonzada por el hecho de que pretendiera irse solo hasta que estuviera acostada como si fuera una niña pequeña. Pero tras algunos segundos que parecieron varios minutos, solo acertó a quitarse los zapatos metiéndose a toda prisa en la cama.

—¿Cuánto falta para el amanecer? —preguntó debajo de las sábanas, ocultando el rostro.

—Vendré con el desayuno.

Aquello no constituía una respuesta a lo que ella había preguntado, pero se conformó.

—Buenas noches —susurró más para sí misma que para él. Escuchó que la puerta se cerraba y adivinó que las luces se habían ido con él.

Asomó la cara, estaba sola de nuevo en la oscuridad y salió de la cama encaminándose hacia el débil rayo de luz que entraba por la ventana, se arrodilló ahí y juntó las manos en una oración, la que hacía siempre antes de dormir, por su hermano. Aunque, desde que había descubierto la verdad de la Sociedad de Almas, ya no estaba segura sobre si tenía sentido orar.

En cuanto terminó, regresó a la cama quitándose la falda y el blazer para estar más cómoda. Las sábanas eran demasiado suaves y despedían un sutil aroma a flores, aquello le causó gracia, simplemente no podía imaginar el servicio de lavandería a cargo de un arrancar, pero esa risa se convirtió sin proponérselo en un sollozo.

—¿Por qué…?

No pudo terminar de preguntarse a sí misma el motivo por el que después de tanto tiempo ahí, recién tenía ganas de llorar.

Pero no era la primera vez que le sucedía, que estando en la cama empezaba a llorar sin motivo. En noches como esa, a veces conseguía llegar a la casa de Tatsuki, que con pijama y despeinada la recibía para dejarla llorar en su hombro hasta que se quedaban dormidas. Pero ahora no podía hacer eso y pedir la compañía del Espada era completamente absurdo, no podía siquiera concebir la idea de ella pidiéndoselo y menos aún, a él accediendo.

Trató de limpiarse las lágrimas como pudo, ya no podía depender de nadie para sobrellevar las noches de soledad.

Pensó después en Ichigo, seguramente ya habría despertado, era verdaderamente fuerte, a diferencia de ella. Tal vez ni siquiera recordara todo lo que dijo antes durante su despedida, así era mejor, porque si le preguntase sobre aquél beso que no fue capaz de robarle seguro que se desmayaría antes de explicar sus verdaderas intenciones.

Trató de controlarse, de dejar de llorar aunque las lágrimas siguieran saliendo.

—Ahora yo debo protegerlo —susurró consiguiendo calmarse.

Ulquiorra escuchó el sollozo como un sutil arrullo de viento, solo perceptible en el silencio abismal que reinaba en Las Noches. De pie, junto a la puerta, pretendía aguardar el tiempo necesario, a su juicio era demasiado pronto para asegurar la absoluta lealtad de la joven. No pretendía en absoluto contradecir al rey de Las Noches en su decisión de permitirle demasiadas libertades a la joven, solo se quedaría ahí unos instantes, escuchándola.


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