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Madreselva
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La flor que es fiel
Sabía que no estaba parpadeando porque sintió el escozor en los ojos que al cabo de un rato le obligó a cerrarlos, frotándose con el dorso de la mano, lagrimeo por reacción a la sequedad, aunque de buena gana podría simplemente dejar caer la cabeza sobre su escritorio y llorar hasta quedarse dormida, o que se la llevaran por la fuerza.
Desde que el capitán Sōsuke Aizen había hecho la sugerencia de que fuera la teniente de Tōshirō habían pasado un par de días, y tal como se había predicho, se hizo oficialmente el anuncio de que el Capitán Isshin Shiba, de la Décima División había cambiado su status de "desaparecido" a "caído en combate", lo que no era menos alarmante, pero sí daba una nota definitiva a la situación. En todo caso, la noticia se dio a motivo de anunciar que Tōshirō Hitsugaya ocuparía su lugar, convirtiéndose en el Capitán más joven del Gotei 13.
Su capitán lo había invitado a una cena privada con pretexto de una felicitación, pero ella sabía que el verdadero motivo era proponer el intercambio de tenientes. Dicho de esa manera, no podía evitar el sentirse como un cromo coleccionable.
Podría estar con Tōshirō, podría trabajar para él con la misma dedicación con la que lo hacía para su Capitán porque era él su más querido amigo, el que nunca quiso siquiera estar ahí y, sin embargo, ahora debía convertirse en líder de una división completa. Pero... simplemente separarse de la quinta división era un hecho ante el que su corazón se oprimía dolorosamente.
Indistintamente de los motivos, reales o imaginados, por los que su Capitán había tomado la decisión de transferirla, no se podía hacer a la idea de que ya no estaría más ahí.
Llamaron a la puerta y se sobresaltó limpiándose unas lágrimas imaginarias, no había llorado desde la noche anterior, pero tenía la sensación de que no había sido así.
—El capitán Aizen, el Capitán Hitsugaya y la teniente Matsumoto, ya se encuentran en el salón — anunció la joven shinigami que había asomado la cabeza.
—Iré enseguida.
La joven se marchó y ella solamente entró a su cuarto de aseo para confirmar que no se veía llorosa ni nada parecido.
Llegó al pequeño salón que tenía la división para reuniones que no requerían de un ambiente de oficina, pero mantenían la formalidad, acompañados de alguna bebida y una cena ligera.
—Disculpen mi demora —dijo en cuanto entró.
Los tres presentes giraron el rostro para verle apenas haciendo un asentimiento. El ambiente se había enrarecido ¿Ya había sido hecha la propuesta?
—Esperábamos por ti, Hinamori-kun.
Un infantil sonrojo la asaltó, pero así como había aparecido lo obligó a desvanecerse manteniéndose serena y acudiendo a tomar su lugar a la derecha del Capitán de la quinta división, quizás por última vez.
—¿Estabas durmiendo en tu despacho? —preguntó Tōshirō con media sonrisa.
—¡Claro que no! —exclamó ofendida, levantando la voz más de lo que acostumbraba cuando estaba presente su Capitán.
Pero la discusión no llegó a más, la risa cantarina de la teniente Matsumoto los obligó a mirarla.
—Son adorables —fue todo lo que dijo, suficiente para que ambos desviaran la mirada —. Sería una relación laboral agradable.
La joven shinigami intentó sonreír, pero no pudo lograr más que una mueca medio parecida.
—Lo sé —dijo el capitán Aizen —. Es poco frecuente que los miembros de una división se relacionen amablemente con los de otra. Esa necesidad irreverente de jerarquizar las funciones de las divisiones, no favorece una sana convivencia. Sin embargo, el Capitán Hitsugaya y Hinamori-kun siempre encuentran tiempo para estar juntos. Ese es el tipo de lealtad que debe haber entre los dos miembros de una división, especialmente sobre los que recae toda la responsabilidad de dirigir al resto.
La teniente Matsumoto volvió a acaparar la atención, pero no había hecho nada más que sacudir su cabello.
—Bueno, tengo que reconocer que, en ese sentido, francamente no puedo decir que tengo la misma competencia —agregó luego de haberse acomodado la pañoleta rosa que se había movido al hacer que su cabello pasara de su hombro a la espalda. La joven teniente que estaba del otro lado de la mesa no pudo evitar el mirar el pronunciado escote y, por tanto, los generosos senos que se alcanzan a ver y entre los que se perdía un collar. Subió la mirada por su cuello delgado, la piel blanca contrastaba con el negro del uniforme y parecía guardar un reflejo rosado del accesorio que usaba.
Llegó hasta su rostro, inequívocamente maduro, pero para nada mayor; sus labios eran carnosos y se notaba un rastro de brillo discreto que realzaba el volumen y daba la sensación de que eran suaves y húmedos. Sus pómulos definidos y los ojos, aunque grandes, ya sin la expresión de niña que sabía, ella tenía. En resumen, podía decir sin temor a equivocarse que, mientras ella era la dulce teniente Hinamori Momo, ella era la sensual teniente Rangiku Matsumoto.
Bajó la mirada, estaba avergonzada, la teniente Matsumoto no le había dado ningún motivo para ser sometida a semejante escrutinio. Hasta ese momento, poco se habían visto y únicamente habían intercambiado las palabras necesarias para un trato cordial. Por lo demás, solo había escuchado lo que decían otros oficiales, entre otras cosas, que no había posibilidades de que un chico se negara a algo que ella pidiera.
"Debe de ser verdad. La teniente Matsumoto es preciosa", dijo para sí, inevitablemente mirando de nuevo a la mujer, su cabello castaño que ondeaba enmarcando su rostro, su expresión vivaz y sus maneras relajadas sin ser grosera o desagradable, por el contrario, era tan simpática que resultaba imposible no caer en su conversación.
Miró a Tōshirō, incluso él la estaba mirando, con un semblante desinteresado, pero los ojos fijos en la mujer. Luego dirigió la vista a su Capitán…
Su perfil recto, sus facciones tan maduras y galantes, sus ojos apacibles completamente atentos a lo que la otra teniente decía, fuera lo fuera, porque ella no estaba escuchando lo que empezó como una anécdota, porque toda su atención estaba en esa sonrisa que tenía el hombre.
Cuando regresó a la realidad que la ocupaba en aquella reunión, escuchó a la mujer decir algo que consiguió ruborizarla por completo. No era una obscenidad realmente, pero el comentario si estaba lo suficientemente subido de tono como para considerarse impropio en presencia de dos Capitanes, o en todo caso, en presencia de dos varones ya que iba relacionado a cuestiones femeninas.
—Te-teniente Matsumoto —consiguió decir, causando que el Capitán Aizen soltara una carcajada.
—No te avergüences por eso, Hinamori-kun. Realmente se trata de algo natural.
Y lo era, pero simplemente no podía concebirlo como tema casual de conversación, así que se conformó con guardar silencio y encogerse de hombros.
Hacía unos días había pensado que sus sentimientos por su Capitán habían sido descubiertos, y le horrorizaba la idea de que por eso decidiera separarse de ella, para evitarle la vergüenza del rechazo. También había hecho expreso su deseo porque, de todos los posibles movimientos de personal, considerando incluso que había otras dos divisiones que necesitaban Teniente, deseaba específicamente que Rangiku Matsumoto se quedara con él.
Nuevamente miró a la mujer, no solo era bella y con un cuerpo que definitivamente poseía los atributos necesarios para no ser ignorada. También tenía un carácter desinhibido, la mente abierta y una inteligencia digna de su rango.
—¿Qué tal si dejamos que los hombres tengan una charla a solas? —dijo de pronto, pero no esperó respuesta, se puso de pie en un grácil movimiento, tomó a la joven teniente alzándola sin ningún trabajo y la llevó fuera del salón.
Sobre el pasillo era evidente la oscuridad aminorada por algunas lámparas y la enorme luna que dejaba caer la luz sobre ellas.
—Los hombres son unos insensibles —resopló la teniente Matsumoto, nuevamente sacudiendo su cabello con una mano —. Todos.
—El Capitán Aizen no.
—Todos — repitió —¿O acaso fuiste tú la que sugirió cambiar de división?
—Él lo ha hecho pensando en que lo mucho que puedo ayudar a Shiro-chan.
—Pero no se detuvo a pensar en tus sentimientos.
—¿Mis… sentimientos? —preguntó poniéndose blanca como una hoja de papel.
—Solo porque él es amable con todos, no significa que los demás sean igual. La gente normal suele ser más afectiva con las personas que ama.
Dicha la palabra casi se desmayó y la teniente Matsumoto profirió una carcajada.
—Creo que es un hecho que no se hará el cambio ¿No lo crees?
Comentarios y aclaraciones:
Y de regreso, no ha pasado tanto tiempo como la otra vez, tienen que reconocerlo.
¡Gracias por leer!
