Die Spinne
Nunca había imaginado que volvería a Europa.
Nunca.
Miró el edificio recubierto de sacos de arena ocultando la magnánima fachada de una señorial mansión inglesa. No pudo evitar fruncir el ceño, le parecía sumamente desagradable la forma en la que los ingleses se ocupaban tanto de proteger sus propiedades mientras que los campos de refugiados eran apenas una mezcla de escombros y láminas reutilizadas de campamentos militares.
—¡Por piedad señor! —exclamó una mujer acercándose a él. Tenía la piel pálida y manchada, los labios resecos y el pelo sucio escondido bajo un sombrero polvoriento—. Si hay algo que pueda hacer por usted. ¡Lo que sea! ¡Solo, por piedad, cualquier cosa que tenga para comer!
La miró con el gesto neutral, intentado no demostrar su desagrado. Un sentimiento que creía olvidado hacía tanto tiempo, volvió a él poderosamente, y el recuerdo de su hermano mendigando un mendrugo de pan, hurgando en la basura, lo sobrecogió incitando en su pecho un odio que solo tendría cabida en el infierno mismo.
Hizo un ademán y los ojos de la mujer brillaron. Caminaron juntos un poco hasta que un callejón estrecho y oscuro les ofreció un refugio discreto. Ella deslizó la chalina de sus hombros desabotonando los primeros botones de su blusa para mostrar su pecho, aún erguido pese a los malos tiempos, en parte gracias a lo joven que aún era. Dejó que la tomara apenas quejándose por el brusco movimiento con el que la había levantado, deslizando la falda hasta arremolinarla en sus caderas, sosteniéndola con facilidad.
Su aliento frío le causó un escalofrío cuando él se acerco hasta su cuello.
Escuchó algo parecido a una risa y luego vino el dolor, pero no comprendió realmente lo que estaba sucediendo sino hasta que expiró su último aliento.
El cadáver cayó al suelo, con la ropa desordenada y manchada de sangre, la cara desencajada en un último rictus de terror, por esa comprensión de lo que acababa de suceder. Una manzana cayó a su lado mientras él escupía la parte que acababa de morder.
—Es lo más generoso que jamás recibimos de un inglés —le dijo, y luego se marchó.
Anduvo un rato más aunque no volvió a encontrarse con cualquier otra persona, si bien podía ver las siluetas de algunos asomándose por las ventanas.
Decidió volverse a la casa en la que se hospedaba, el desencanto crecía a medida que los días pasaban y no sucedía nada especialmente atractivo. Había hecho un largo viaje para nada. Todo lo que quería, era ver cómo Londres era destruida. Pensó que lo mejor era regresarse a Estados Unidos, esperar como el resto a que la guerra terminara y continuar con los negocios.
Se pasó una mano por el cabello, ni siquiera alimentarse estaba resultando particularmente satisfactorio, aunque esa era la única actividad que le producía verdadero placer desde que despertara aquella noche, muchos años atrás, luego de que su hermano fuese a rescatarle al correrse la noticia de su incursión fallida.
Su hermano había podido asesinar a mama Marella en cuanto pudo sobreponerse al horror inicial de encontrar la casa llena de cadáveres y a sus compañeros de camarilla moviéndose tambaleantemente, con sus rostros grotescos intentando morderle.
La leyenda se esparció rápidamente, mama Marella era un monstruo y su hermano, el héroe que consiguió matarla.
Le llevó a la casa, le mantuvo bajo cuidados médicos pero comprendió al paso de los días, aún antes que él mismo, en lo que se había convertido.
—No puedes volver a la camarilla —le dijo sin atreverse a mirarlo —. Pero te aseguro que jamás dejaré de protegerte.
Cumplió cabalmente su palabra al tiempo en que continuaba con la ardua tarea de mantener sus territorios controlados, reclutar nueva gente, ordenar los negocios y alejar a la policía. Algunas noches lo llevaba consigo, juntos se encargaban de los italianos, de los chinos y cualquiera que intentara retar su poder, le permitía saciar su hambre, se quedaba sentado en una esquina mirándolo comer mientras se fumaba un cigarro. Después se ponía de pie rematando a todos para evitar que las cosas se salieran de control, pues habían aprendido que después de la mordida, la maldición se extendía.
Dejó de importarle estar lejos de todos los demás, quienes le creían muerto, mientras estuviera con su hermano, bastaba para estar bien.
Así fue como concibió la idea, creyó que bastaba con desearlo, que era suficiente ser cuidadoso para que la muerte no sobreviniera con rapidez.
Su hermano se volvía mayor, ya no era un muchacho, sino un hombre grande con una barba rubia como su pelo que empezaba a atenuar su color, pintando algunas canas en las cienes.
Le mordió decidido a mantenerlo junto a él para siempre, clavó sus dientes con cuidado, tratando no dejarse llevar por el sabor de la sangre, controlándose para no arrancarle la garganta mientras él estaba quieto, entregándose tranquilamente.
Sintió que era suficiente a medida que el pulso de su corazón se detenía y se alejó aún sintiendo la tibieza de la sangre en las comisuras, quedándose sentado en la silla contigua a la cama. Esperó, expectante, convencido de que lo había hecho bien. El cadáver empezaba a enfriarse, la piel del rostro se contraía como los papeles arrojados al fuego, incluso adquiriendo el color ceniciento, contrario al blanco usual.
Jadeó al ver el primer atisbo de movimiento pero algo en su interior se resquebrajó cuando aquella criatura, aquella aberración, gruñó incorporándose, con los ojos en blanco y la boca babeante.
Le disparó en la cabeza y dejó Nueva York esa misma noche.
Había pasado tanto tiempo desde entonces, se había dedicado a viajar, nunca demasiado tiempo en un lugar, nunca dejando demasiadas evidencias.
Hasta que la primera Gran Guerra estalló. En ese entonces subestimó su alcance y se había conformado con recibir las noticias en su casa de Luisiana , pero cuando los sobrevivientes hubieron regresado, contando las historias de las trincheras, supo que habría deseado estar ahí.
Al anunciar enérgicamente Winston Churchill su desacuerdo con las políticas alemanas, varios años después, supo enseguida que esa era la mejor oportunidad para mirar cómo el gran Reino Unido, el mismo que se mostró indiferente al dolor de aquellos que formaban parte de sus territorios, entraba a la guerra. Deseaba verlos destruidos, deseaba mirar cómo esas calles y casas, palacios y campiñas de las que se sentían tan orgullosos volaban en pedazos.
Había presenciado algunos bombardeos, había visto la destrucción, escuchado los gritos y la sangre, pero no era como lo había imaginado… no era suficiente.
Miró de soslayo, tenía la impresión de que le seguían pero no había sido, sino hasta ese momento, cuando reparó en el muchacho. Había algo inquietante en su pelo rubio y desordenado, algo como unas orejas inhumanas asomándose, pero pronto su atención se concentró en algo que debió notar primero: el uniforme de las Juventudes Hitlerianas.
Comentarios y aclaraciones:
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