Mierda de perro

Recordaba el dolor. Era difícil no recordar cómo le quitan a uno los miembros, cómo las balas atraviesan el cuerpo, incapaz de recuperarse, de corresponder la apabulladora violencia con la que fue devorado.

Pero recordaba más el sentimiento desvalido de saber que no era lo suficientemente fuerte. Como cuando tenía cuatro años y se vio solo en la casa con su madre, por quien no pudo hacer nada más que darle agua a su cadáver.

Sonrió de medio lado, no había pensado en esa mujer desde que se subió en el barco que lo llevó a Estados Unidos.

Ni siquiera podía recordarla, no podía recordar el color de su pelo, el color de sus ojos más allá del tono lechoso que tenía la última vez, su voz… nada. Ni siquiera su nombre, o el de su padre.

Tenía más presente, incluso después de tanto tiempo, el dolor de su estómago, comprimiéndose por el ayuno de días, porque esa sensación lo seguía embargando, la necesidad de alimentarse hasta tomar la última gota y aún así jamás sentirse saciado.

Escuchó una risa a lo lejos, al principio le pareció desconocida, pero aunando los recuerdos del dolor de su cuerpo desmembrado, un estremecimiento recorrió cada parte del ser consiente que aún era.

—¡Qué criatura tan patética! ¡Qué existencia tan miserable!

—Alucard —susurró.

Había otra cosa que también recordaba: la primera vez que escuchó sobre ese vampiro.

Fue en labios del Doc.

"Es el príncipe de los condenados, el rey de la no vida", había dicho.

Sabía que muchos de los miembros del grupo original que le había reclutado, habían sido asesinados por Alucard. Pero él no le había visto porque estaba en proceso de "transformación", en palabras de aquél demencial hombre que se suponía médico. Cuando despertó, renovado y más fuerte de lo que nunca había sido, incluso la guerra había terminado.

"Es a lo que aspiro a superar, y tú, me pareces un buen candidato, un vampiro natural que puede ser mejorado por los medios que sean necesarios, igual que él, ¡no! ¡mejor que él!".

La risa de Alucard volvió a estremecerlo. Se burlaba de la ingenuidad de esa afirmación y le llamaba perro, mierda de perro, repetidamente.

Incluso cuando era humano, escuchó sobre su leyenda.

Giró la vista, pero no podía ver nada más que esa oscuridad que reptaba.

—¿Jan? —preguntó. Seguramente luego de haberse desecho de él, había subido a controlar el desastre que su hermano había causado.

—¡Jan! —gritó. Podía moverse, aún con la sensación del cuerpo desmembrado, de alguna manera podía moverse, como si la oscuridad fuese un manantial y nadara en él.

Jan tenía doce años cuando lo conoció. Estaba en una jaula junto con los otros hombres y mujeres que las tropas habían capturado.

"Lo bueno de los kurdos, es que nadie los busca", dijo el Doc.

Desde hacía un tiempo, se había obsesionado con la idea de saber qué había salido mal cuando intentó convertir a su hermano.

En primera instancia, el Doc empezó a reír a carcajadas, pero luego le explicó que todo en su línea de pensamiento estaba mal, para después burlarse de que a sus veinte años seguía siendo virgen, lo que no tardó en darse a conocer en la organización.

En los siguientes días, las tropas que aún eran humanas se dieron a la tarea de violar a los prisioneros. Necesitaban perfeccionar la cepa de contagio de los ghouls, y para eso debían asegurar que podían lograrlo sin importar las condiciones de su sexualidad.

Pero había algo en ese niño que le inquietaba, que le recordaba infinitamente a sí mismo cuando creyó que se estaba convirtiendo en duende.

Cuando preguntó si podía quedárselo, le miraron como si fuese un pervertido, sin embargo, no le pusieron objeciones, se lo dieron.

"¿Vas a querer que te la chupe primero?", le preguntó.

"No".

—¡Jan! —volvió a gritar.

Era un chico exasperante. Mal hablado, mal educado. Con frecuencia, el Doc se quejaba de lo molesto que era, y la mayoría lo evitaba porque tendía a ser violento, más aún cuando completó su transformación por métodos enteramente artificiales. Recordaba ese día, lo primero que hizo fue bajar a los dormitorios de los soldados. Mató al menos a cincuenta, y dejó mortalmente heridos a otra veintena antes de que le pidieran que lo detuviera.

—No está aquí —dijo Alucard una vez que dejó de reírse —. Esa escoria ni siquiera era digna de convertirse en mierda de perro.

—¡Cierra la boca!

Volvió a reírse, y juraba que, aún en la oscuridad, podía distinguir esa maldita sonrisa de dientes afilados.

Se mantuvo gritando por tiempo indefinido, hasta que vio algo de luz. Era roja, era caliente, como si finalmente la puerta del infierno se estuviera abriendo para él. Sin ser consiente de sus movimientos, fue hacia ella y el olor familiar a pólvora y carne quemada lo inundó por completo.

Había vuelto.

No.

La voz de Alucard retumbó dentro de él.

Nunca volverás, porque eres mío.

—¿Pero qué…? —vio la oscuridad rodeándolo, y en donde estaban sus piernas solo estaba "eso".

Intentó moverse, no pudo, forcejeó, pero a medida que ponía más empeño, algo realmente horroroso empezaba a suceder.

¿Jan? ¿El kurdo que capturaron? Ese rostro moreno, afilado, las perforaciones, sí, le sonaban de algo.

¿Quién era el hombre que tenía en la mente? Rubio, con una espesa barba, la forma en la que golpeaba le resultaba familiar, su voz se perdía en la lejanía.

¿Qué estaba haciendo?

"Es repugnante"

Y a eso se resumía el final de su vida.


Comentarios y aclaraciones:

Y así acaba una historia corta sobre el villano de uno de tantos villanos, insignificantes al lado del rey de los no muertos, pero que realmente quería explotar su odio profundo a los ingleses.

¡Gracias por leer!