El mismo dolor
Ciel bajó del carruaje con el sombrero ya puesto. La luz clara del día lo ponía de mal humor, como muchas cosas de la vida misma, pero el trayecto del coche hasta el pórtico era breve así que con pasos apresurados se dirigió hacia las puertas abiertas de la mansión Middford.
—Espero que esté lista —murmuró el joven Conde después de que los sirvientes le dieran a coro el saludo de la mañana.
A su paso, salieron a recibirle el Marqués y su hijo.
Hacía solo dos semanas desde que Edward se había casado en una sencilla y lóbrega ceremonia, la familia de la novia y el novio en la capilla principal de la ciudad, con un banquete nada modesto pero carente del encanto que solían producir las bodas. Una fiesta pálida, con matiz de funeral y oportunidades perdidas.
—Ciel —saludó Edward, lejos de todo entusiasmo que pudiera tener un recién casado.
—Edward.
A la vista general Ciel, a diferencia de sus parientes, apenas había cambiado, su rutina solo se había visto interrumpida la noche en que encontraron a Elizabeth, que había dejado una reunión de negocios para ir a confirmar con sus propios ojos la realidad del destino de la joven, y el día del funeral, que postergó por un día, su viaje a Alemania.
—¿Está lista?
—Sí, bajará enseguida, es solo que tal vez debería quedarse con Maggie, es su nuera —dijo Edward mirando de soslayo las escaleras, su esposa debería estar ayudando a su madre con los últimos preparativos para su partida a la mansión Phantomhive.
—También es familia mía —objetó Ciel entrecerrando los ojos.
Limitó el drama a esas acciones, no tenía ningún objeto el empezar a culparse, decir que él debió estar ahí y debió esforzarse más en la búsqueda, que esas horas críticas pudo haberlas evitado solo no marchándose temprano de la fiesta.
¿Y a quién le importaba ya? A los muertos se les entierra y se les olvida, eso había hecho con sus padres y de esa manera empezaba doler menos. Y ellos también pensaban así, ya nadie hablaba de ella, no era mencionada, el recuerdo de su existencia se limitaba a los silencios y sollozos de Paula que terminaba por refugiarse en cualquier lugar a solas para seguir con la pena de perder a su joven ama.
Los sirvientes empezaron a llevar el equipaje al carruaje y algunos minutos después, Frances bajaba las escaleras sujetándose de la baranda, con un paso lento y pesado. Saludó con una inclinación de cabeza, y se despidió de su esposo e hijo dándoles un débil beso en ambas mejillas.
—Querida, estaré de vuelta tan pronto como sea posible —dijo el Marqués tomando las delgadas manos de su mujer y besándolas con solemnidad —. Ciel cuidará de ti.
—Lamento haberme vuelto una carga.
El hombre movió la cabeza de una lado a otro.
—De eso nada, ahora ve.
Ciel ofreció su brazo, conduciéndola hasta el coche donde todo estaba listo para su partida. Las despedidas fueron breves y Sebastian puso en marcha los caballos, conduciéndolos por el camino de regreso.
Dentro del coche no hablaron, no existía tal necesidad, ni siquiera para mirarse a los ojos ante un sentimiento compartido de dolor e impotencia. Los cascos de los caballos golpeando las piedras en un sonido rítmico fue la única nota armónica que impedía que se generara completamente el incómodo silencio. Y no fue sino hasta que una avería en el camino los hizo saltar, cuando uno y otro parecieron notar que no habían viajado solos todo ese rato.
—Esta no es la casa principal —observó la mujer mirando por la ventana un paisaje nebuloso, gris, con oscuras manchas verdes de la vegetación renuente a desaparecer por más profunda que era la presencia humana. El paisaje de unos cuantos minutos fue un salpicadero de pequeñas y modestas casas de piedra enmohecida, con los terrenos bien delimitados por rocas apiladas puestas en filas más o menos rectas. Había también un rebaño de ovejas no muy lejos de ahí, Frances no podía verlas, pero balitaban y las escuchaba.
—Decidí que necesitábamos un tiempo a solas —dijo Ciel sin mirarla.
—Hace mucho tiempo que no venía aquí.
—Desde tu matrimonio con el Marqués.
—Hace tanto…
Sebastian apenas podía hacer algo por el camino irregular que se trazaba, todo ahí tenía piedras en exceso y con toda seguridad tendría que reemplazar las ruedas del carruaje apenas llegaran a la casa.
Una suave lluvia se dejaba caer y a nadie parecía molestarle, tal vez por su ligereza, tal vez por su eterna presencia. El mayordomo solo acomodó su sombrero sin comprender enteramente el propósito de llevar a una mujer en luto a tan deprimente páramo desolado, tampoco comprendía cómo era que debían proceder, no había visto a ninguno de sus congéneres demoniacos, pero los sentía, tenía la inquietud de que les acechaban.
Pronto dejaron atrás el pueblo y recorrieron otro tramo de la vieja senda más descuidada a medida que se acercaban, pero la reja principal pronto apareció frente al cochero, bajó para abrir, introdujo el carro y volvió a cerrar.
Para cualquier imprevisto Ciel había decidido que no iría más sirviente que él, y eso el mayordomo lo aceptaba conforme.
—Las habitaciones están listas, te llevaré a la tuya —ofreció Ciel, nuevamente prestando su brazo para conducirla.
Aquella casa era significativamente más pequeña en comparación la mansión principal, y se encontraba lo suficientemente cerca del acantilado como para poder arrojarse a él desde una de las ventanas. El aire era fresco así que el mayordomo tomó como primera tarea el encender las chimeneas, al menos la del recibidor, la sala de estar y las habitaciones que iban a ocupar los nobles recién llegados.
Frances anunció a su sobrino que quería cambiarse de ropa, así que el joven le dejó a solas cerrando la puerta por fuera.
La Marquesa dejó caer la capa de lana de sus hombros al suelo y cautelosamente caminó hasta el ventanal abriendo las puertas de este. Afuera hacía frío, sintió las pequeñas gotas de agua sobre sus mejillas como helados témpanos de hielo, miró por encima de la baranda y el sonido que escuchaba cobró sentido. Las olas chocaban contra las rocas de un acantilado a más de cincuenta metros por debajo de sus pies.
—Creí que había olvidado cómo se escuchaba el mar.
El golpe furioso del agua salada se repetía incesantemente con un tono extrañamente tranquilizador pese a lo violento que pudiera ser en otros tiempos, como cuando era más chica. Las piernas volvieron a fallarle y lentamente desfalleció en el balcón asiéndose con fuerza de la baranda de piedra blanca.
Vincent había caído una vez. En realidad ella lo había empujado, no con la intención deliberada de tirarle, sino presa de una arrebato de furia al saber que su apacible y dócil hermano sería el heredero en la tradición del perro de la reina cuando ella había dejado el alma en los entrenamientos.
Tanta rabia y frustración eran apenas nada en esos momentos, sentía en su pecho un gran hueco devorando todo sentimiento, dejando solo las sensaciones agobiantes, como estar allá abajo, presa del agua furiosa que mece todo sin clemencia.
Se había arrojado por Vincent, definitivamente matarlo no iba a solucionar nada y si empeorarlo todo.
Arrodillada frente al inmenso paisaje azul pardo, escuchando la espuma dispersarse, las rocas ser castigadas y la imagen del agua en tanta cantidad evocaba también el recuerdo del cuerpo flotante de su hija que habían encontrado dos oficiales de policía.
¿Elizabeth ya estaría muerta cuando estuvo en el río? ¿O ella debió intentar nadar con los huesos rotos?
Su hija se había ahogado, su hermano se había quemado ¿Cómo moriría ella?
Ahorcada tal vez, su cuerpo suspendido en el aire crearía una sincronía mística con tres elementos.
Pasó un largo rato, ya sentía la piernas entumidas y notó entonces que no había derramado ni una sola lágrima, solo quedaban sus ojos vidriosos mirando al mayordomo que entraba para servir té caliente para compensar el clima.
—El joven amo se ha quedado dormido ¿Desea que le despierte para la cena?
Frances parpadeó un par de veces desde su sitio en el piso.
—No, tal vez yo también me duerma.
Sebastian se acercó hasta ella recogiendo la gruesa capa de viaje descansándola en un brazo y extendiéndole el otro para ayudarla a ponerse de pie, adivinando que estaba tan entumida que por su cuenta no podría hacerlo.
—Por favor, pescará un resfrío si se queda ahí con este horrible clima.
Ella no reaccionó, seguía mirándolo como si en determinado momento le desconociera enteramente.
—¿Por qué no puedo desear recobrar mis fuerzas? ¿Por qué no tengo valor para reclamar la cabeza del infeliz? —preguntó quedamente con los ojos aún carentes de toda vida.
El demonio la miró endureciendo su expresión unos instantes. Se sentía decepcionado, las primeras noches había sentido emerger de ella un dolor poderoso y agobiante, una desesperación única que solo cabía en el pecho de una fiera herida de muerte. Sentía palpitar su deseo, su rabia, escuchaba los gritos de su alma maldiciendo a un Dios que despreciaba.
Y de repente, nada.
No había más esos ojos orgullosos, solo el cascarón vacío de una belleza destruida, más resignada a morir que a luchar.
—Vamos —repitió, no sabiendo qué contestar. Las motivaciones de los humanos distaban mucho de su comprensión: amor, venganza, egoísmo, todo en ellos se resumía a un manojo de sentimientos.
Nada en ella era interesante ya, y esa estancia en la casa de descanso podría ser poco menos que una pérdida de tiempo. Quienes hubieran puesto sus ojos en ella también notarían su ausencia de valor, con algo de suerte se colgaría de una viga o acabaría en una institución de salud para siempre, tal vez confinada al encierro en sus habitaciones convirtiéndose en un mito para sus vecinos, un fantasma para la casa Middford y una leyenda de Cornualles.
¿Así acabaría Frances Middford? ¿Una imagen traslúcida que susurra con el viento?
Los fantasmas eran un desperdicio de alma, nunca le habían agradado porque eran más patéticos que los propios humanos; las sobras de su miseria nada más.
—¿Quiere leche para su té?
—No.
—¿Azúcar?
—Dos por favor.
Ya la había recostado en la cama cubriéndola con la manta que había sacado del guardarropa para ese propósito, y acercó a ella el servicio del té.
—¿Desea algo especial para cenar?
—No tengo hambre.
—Le prometió al Marqués que comería bien —insistió sin darle mucha importancia, recordando que tenía el ventanal abierto, pero ella no le respondió.
Sebastian tomó las manillas de las puertas de cristal y entre el ruido del mar le pareció escuchar un eco familiar, lentamente cerró la puerta clavando sus ojos en el acantilado, el rugido del agua no era lo único en aquella tarde gris que empezaba a inundarse de añil dando paso a la noche, el momento en que las sombras se extendían y algunas criaturas cobraban más fuerza.
No pudo contener un bufido despectivo y sonrió como pocas veces lo hacía, salió al balcón dejando de lado el detalle de que debía cerrarlo por la salud de la Marquesa, se acercó a la orilla mirando hacia abajo, hacia las sombras que se extendían intentando escalar la roca: era un miembro del último escalón de la naturaleza demoniaca que pretendía mendigar las sobras que un demonio con mayor poder ni siquiera miraría.
—No seas absurdo ¿Sí? Si esta cosecha mejora, será solo para mi.
El último tono celeste murió y la sombra retrocedió. El mayordomo se retiró, cerrando la ventana por dentro.
—Cuando Vincent murió, sentí una herida, aunque siempre supe que el perro de la reina acabaría así, como nuestro padre, tal vez por eso fue fácil pasarlo, incluso… cuando creí haber perdido a Ciel tampoco sentí el deseo de clamar venganza, era inevitable y si Elizabeth se casaba con él, entonces tendría el mismo destino, tarde o temprano serían alcanzados por los enemigos de la reina, estaba lista para aceptarlo incluso si yo debía enterrarla como hice con el resto de mi familia… lo entiendo, de verdad… pero…
El mayordomo entonces ya se había puesto a su lado, con los brazos enlazados a la espalda y pensando que realmente no había nacido aún el humano que se resignara a la muerte.
—¿Entonces solo planea dejarlo así?
Sebastian cerró los ojos ¿Qué iba a hacer él mismo? ¿También la dejaría después de sentir el incendio de su venganza estallar para luego apagarse lentamente?
—¿Y qué más podría hacer?
¿Lo haría? ¿La arrastraría de regreso?
—El joven amo me envió a buscar a lady Elizabeth en cuanto se dio la noticia de su desaparición, recorrí toda la ciudad, puerta por puerta, usted mencionó a cierto Archiduque que no pude encontrar por ningún lado, en ningún registro ¿Cuánto tomó? ¿Un día entero? ¿Solo un día? Creo que ahora sé donde estuvo, el joven amo cegará todo el campo si es necesario para encontrarlo, pero…
Frances levantó la mirada y por solo unos segundos a sus ojos regresó un insignificante brillo.
—Puede dirigir a los perros, ¿No es acaso que usted es una experta en cacería? He aquí al mejor perro de la reina y al perro de Phantomhive.
Comentarios y aclaraciones:
Seguimos con la triste marcha, pero Sebastian ha encendido una mecha ¿A dónde la llevará?
¡Gracias por leer!
