Extenuada para avanzar

Frances despertó súbitamente, pero no abrió los ojos de inmediato, permaneció completamente quieta, con una respiración regular como si aún continuara durmiendo. Pronto fue completamente consiente de su entorno, de la habitación, de los muebles que había, del punto exacto de la cama en el que se encontraba, aun así, no podía dar forma del todo a la presencia ajena que había interrumpido su sueño con un aliento helado. Se removió un poco, como si lo hubiera hecho en sueños, tanteando bajo la almohada para alcanzar su pistola, la que colocaba siempre en el mismo lugar estratégico para tenerla a su alcance inmediato, pero no la encontró y eso le dio una inseguridad que no había sentido en mucho tiempo.

Siendo consciente de su situación, todo se resumía al enfrentamiento directo.

Abrió los ojos despacio para habituarse a la oscuridad, viéndose completamente sola. Se incorporó con cierta cautela, bastante desconcertada aún. En esos momentos, el hálito que había sentido se había esfumado completamente; solo estaba ella.

Se recostó nuevamente llevándose una mano a la frente que tenía unas perlas de sudor, ya no podría dormir, siempre sucedía eso, cuando se despertaba a mitad de la noche no volvía a conciliar el sueño, especialmente con las pesadillas.

—Es extraño…— susurró a la nada.

Era la primera noche en que no había soñado con el río ni con Lizzy, ni siquiera podía recordar su sueño, no obstante, se sentía considerablemente bien. Como no había podido descansar tranquilamente en mucho tiempo, aquella siesta le había resultado reparadora. Se molestó ante tal conclusión, ella no tenía derecho a ese descanso.

Volvió a incorporarse y se acercó al balcón abriendo el ventanal de par en par. El aire salado la recibió con una corriente helada que erizó sus cabellos detrás de la nuca y en los brazos, la luna se reflejaba sobre el agua más allá del acantilado, el movimiento bravío del agua distorsionaba la forma, pero aun así fue capaz de notarlo, de ver cómo el círculo deforme de plata se teñía de carmín, pero su homólogo en el cielo continuaba claro y brillante.

Eso solo le dejaba un pensamiento en mente: era el agua la que estaba enrojeciéndose. El oleaje se incrementó, las olas se volvían más como puños furiosos que arremetían contra las rocas.

Despertó.

El olor del té, de los bizcochos recién horneados con mantequilla y la jalea de moras se impregnó en sus sentidos como el respiro de la realidad que la arrancaba de los brazos de Morfeo. Abrió los ojos recibiendo poca luz gracias a las cortinas que rodeaban su cama no permitiéndole ver más allá de las sábanas y almohadones.

—Que impertinente —susurró. Pero Sebastian, que terminaba de poner el servicio sobre la mesa pudo escucharla.

—Lamento haberla despertado —dijo quedamente, terminando los preparativos y acercándose a la cama sin abrir el dosel.

—¿Cómo osas entrar a la habitación de una dama sin su consentimiento?

El mayordomo se permitió sonreír ya que no podía verlo.

—Mis más sinceras disculpas.

—Sal de aquí, voy a vestirme.

—Como ordene.

Escuchó la puerta cerrarse y ella se aventuró a salir de la cama. El día era gris, nublado con algo de frío, lo que en realidad no representaba ninguna novedad en ese pequeño pueblo.

Bajó de la cama calzándose las zapatillas de felpa y la bata color crema con la delicadeza necesaria para manipular algo frágil. Tomó asiento frente a la mesa impecablemente dispuesta, la exquisitez de los preparativos no tenía igual, sin embargo, pasó desapercibida por ella que dirigió la mirada a la ventana.

—Una luna de sangre ¿Eh? Ese mayordomo…

La palabras del hombre ofreciéndose a ser su perro fueron lo último que se llevó a la cama antes de acostarse, el recuerdo de un incentivo tan cierto como poderoso, pero por alguna razón su espíritu seguía sin inflamarse debidamente, sin sentirse ni provocado o cuando menos retado, y tenía que reconocer que usualmente el hecho de que un sirviente, especialmente uno como Sebastian, se tomara el atrevimiento de juzgar sus actos era algo que consideraría imperdonable. Tanto atrevimiento, en otros tiempos, no lo hubiera consentido.

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— ¿Cómo está? —preguntó el Conde.

—Me ha llamado impertinente.

—Es algo. ¿Está consciente de lo de anoche?

—En absoluto, lo ha tomado por un sueño.

Ciel asintió dejando de lado el diario tras haber visto la primera plana, en la que se anunciaba un baile en el palacio de Buckingham en honor al cumpleaños de una de las princesas. La idea le había causado un malestar en la boca del estómago, aunque al mismo tiempo pudiera darse la casualidad de que el misterioso Archiduque reapareciera.

Resopló con aire cansado, no quería dedicarle mucho tiempo a ello, pero de alguna u otra manera todo volvía al mismo punto donde ya ni siquiera había tristeza. Empezó a comprender una pequeña parte del sentimiento que embargaba a su tía, atraparle no tenía más caso que el obligarle a sufrir, parte por parte, el mismo dolor.

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El aire salado la recibió con una corriente helada que erizó sus cabellos detrás de la nuca y en los brazos. La luna se reflejaba sobre el agua más allá del acantilado, el movimiento bravío del agua distorsionaba la forma pero aún así fue capaz de notarlo, de ver que el circulo deforme de plata se teñía de carmín, pero su homólogo en el cielo continuaba claro y brillante.

Eso solo le dejaba un pensamiento en mente, era el agua la que estaba enrojeciéndose. Una figura negra emergió del mar como un lodo voraz y maloliente, la Marquesa contrajo la expresión de su rostro inclinándose al frente para encontrar la forma de aquella criatura que se arrastraba como si tratara de salir luchando contra el agua que frenaba su avance.

Frances…

Escuchó su nombre en un eco gutural provenir de entre el siseo de las olas.

Frances…

No había duda, le llamaba, le obligaba a escucharle, aunque se encontraba lejos, como un islote de algas húmedas y pegajosas. Agitó la cabeza para deshacer la visión, pero esta no desapareció.

Tu pequeño tesoro, tu pequeño tesoro fue arrojado con vida al agua, tu pequeño tesoro peleó y te llamaba, te llamaba…

Frances abrió la boca pero enseguida cayó desmayada en brazos de un mayordomo completamente vestido de negro, sus ojos rojos destellaron un brillo de desprecio como pocas veces lo dejaba relucir.

—Hay que ver lo obstinado y estúpido que puedes ser. ¿Acaso vas a retarme? ¿Piensas que puedes hacer algo en contra mía si no eres capaz ni de mantener tu cuerpo junto?

Silencio perro faldero, silencio, esclavo de humanos.

—Por criaturas tan desagradables como tú… márchate ahora, es el último aviso de cortesía que doy por tener un común contigo.

—No hay necesidad de ser benevolente, Sebastian.

El conde Phantomhive entró a la habitación con un candil en mano. La expresión era seria, la mirada fría se posó en aquella mancha amorfa que se empeñaba en acercarse.

—Deshazte de eso y mete a tía Frances, pescará un resfrío —ordenó dejando la lámpara sobre la baranda y regresando al interior de la casa, el mayordomo por respuesta sostuvo con un brazo a la mujer mientras que se retiraba el guante de la otra auxiliándose de los dientes.

Acercó la mano hasta la vela, palpando su flama que danzó entre sus dedos largos y delgados. Los ojos del demonio se encendieron tornándolos de un rojo más brillante que el fuego, este creció apoderándose del barandal y bajando por el empinado acantilado, pareció apagarse un instante al chocar con el agua pero retomó fuerza y en un serpenteante camino alcanzó a aquella criatura que solamente soltó un alarido antes de desaparecer junto con el fuego una vez que este cumplió su cometido.

—Tanta energía desperdiciada en una criatura tan insignificante. Pero espero que el ejemplo quede claro para el resto —dijo en voz baja haciendo puño, extinguiendo así el último vestigio de las llamas.

Usó las dos manos para llevar a la mujer de regreso a su cama, cerró las cortinas y luego el ventanal.

—Frances Middford… ¡Tantas molestias por solo un alma! Hemos de estar escasos. ¿O es que alguien ha visto en ti lo que puedes llegar a ser? Si tan solo te decidieras ¡Oh cuanta oscuridad podría envolverte! ¡Cuan basto el festín!

Cerró la puerta sin hacer ruido alguno, por primera vez dirigiendo palabras sinceras hacia ella tras un renovado interés por el juego que podía ofrecer.

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Frances se sobresaltó cuando llamaron a la puerta.

—Un momento — solicitó mientras terminaba de anudar el lazo a su cintura para formar el moño. El resultado no era en absoluto perfecto, pero sería bastante aceptable ya que había prometido hacer cuando menos el intento por arreglarse todos los días.

—Adelante —indicó dando los últimos retoques a sus labios no pudiendo resistirse a ver su propio reflejo; demasiado delgada, aún no recuperaba el peso perdido, pero la piel lucía menos reseca y amarillenta. Aun así, estaba a una distancia casi infinita de ser lo que alguna vez fue. Incluso su cabello más dorado y brillante, parecía algo como una paja suavizada.

Sebastian entró haciendo una inclinación.

—El joven amo desea saber si está dispuesta a acompañarle a almorzar afuera.

— ¿Con este clima? —inquirió desdeñosa.

—Es lo que ha dicho.

La mujer no fue capaz de sostenerle la mirada como en otro tiempo, su semblante se volvió afligido, como en los últimos días.

—Ayer dijiste que creías saber en dónde estuvo mi Lizzy… dormí pensando en eso, he tenido un sueño muy extraño y siento en mi pecho el poder de la duda.

El mayordomo cerró la puerta acercándose con pasos cautelosos hasta ella.

—Me siento tan extenuada que no podré avanzar, y si no consigo avanzar, entonces me quedaré a abrazar ese sufrimiento…

El silencio se volvió demasiado tenso, el demonio la miró con suma atención y por primera vez en toda su existencia ocurrió que no podía adivinar lo que pasaba por su mente, le era complicado entender esa discordancia entre sus palabras que iban para un rechazo a su proposición con el sentimiento que podía sentir avivado en su pecho.

Ella lo miró con sus fríos ojos verdes, pero no como reproche de una dama exigente, sino como justamente lo que él deseaba.

—Haré esta cacería, mayordomo, pero no arrastraré a Ciel conmigo, este es mi fantasma y es mi exorcismo, mi orgullo Phantomhive saldrá victorioso donde mi dolor Middford ha fallado. Y tú, como perro de Phantomhive, vendrás conmigo.

Sebastian inclinó la cabeza para que no viera su sonrisa.

—En orden a los deseos de mi joven amo, serviré a usted, Marquesa.


Comentarios y aclaraciones:

Regresamos, por ahí comentaban que si de verdad el padre de Ciel era tan pasivo, pues ya quedó claro en el manga que era perfecto para exasperar a Frances.

¡Gracias por leer!

¡Feliz año 2013!