Ya basta de sentimentalismos
El carruaje avanzó rápidamente haciendo saltar con furia las piedras que no se hallaban incrustadas en el camino. Los caballos resoplaban por el esfuerzo, se acercaban a su destino con férrea decisión mientras que el chasquido del látigo no hacía más que incrementar la sensación de adrenalina que los embriagaba.
Dentro del coche el movimiento era insufrible. Las variaciones de nivel hacían crujir toda la madera con cada salto, y los cojines de terciopelo realmente no amortiguaban mucho los golpes en la cadera y espalda. Sin embargo, Frances no iba a retroceder ni esperar, no deseaba perder un segundo más para hacer pagar la ofensa.
El ruinoso castillo de piedra apareció de pronto entre los arbustos. Más de dos siglos sin ser habitado ni atendido le habían dejado como un cúmulo de piedras angulosas y cubiertas de moho. El cochero debió frenar, el camino se dificultaba hasta desaparecer y no tenía objeto forzar a los animales si el coche quedaría destruido de cualquier forma. Inspeccionó la zona en busca de una vereda por la que pudiera conducir a la dama que escoltaba ya que ella no podría subir la ladera que aún faltaba de la misma manera en la que él lo había hecho antes.
La puerta se abrió y sin esperar protocolos de cortesía, Frances bajó de un salto acomodándose la boina que sujetaba su cabello, ajustando la correa del rifle de caza.
— ¿Hay que subir, mayordomo? —preguntó.
—Estas ruinas pertenecieron a la ciudadela, el castillo se encuentra más arriba.
Sin esperar nada más, empezó a adentrarse dando largas zancadas para esquivar malezas y arbustos. Haberse puesto el traje de cacería había resultado increíblemente práctico para no tener que lidiar con las largas faldas. Guiada por el mayordomo, al cabo de unos minutos alcanzaron la construcción principal que se hallaba igualmente en ruinas pero al menos era posible distinguir todavía algunos muros.
—Las cámaras subterráneas están en mejores condiciones — observó Sebastian, adelantándose para mostrarle el sitio donde debieran estar las escaleras y de las que no quedaba más que la caja con algunos peldaños de precaria resistencia. Aún con lo peligrosa que suponía ser la excursión, tanto la dama como el sirviente se aventuraron a seguir el camino. Sebastian encendió una lámpara de aceite que ya tenía preparada a fin de no revelar que él no la necesitaba para seguir el camino con seguridad y fue primero.
—¿Cómo encontraste este sitio? —preguntó recelosa al notar que en lugar de que la construcción fuera mostrándose más deteriorada, parecía como si hubiese sido sometida a mantenimiento en los últimos años; no había hierbas ni telarañas y los muros tenían signos de dos materiales de diferente época.
—Escuché en el pueblo que cada cierto tiempo se reúnen brujas para hacer rituales, naturalmente que llamó mi atención, si bien dudé mucho que se tratase de brujas.
Frances no agregó nada, dando por aceptable aquella respuesta y así lo hizo saber con una inclinación de cabeza.
Las escaleras les condujeron hasta una amplia habitación en la que se encontraban algunos leños podridos y jirones de tela sucia. Un par de ratones corrieron asustados al ver la luz y de esa manera la dama fue consciente de las múltiples habitaciones camufladas por falsos muros.
—Por aquí —dijo él antes de que tomara iniciativa para revisarlas una por una.
Exactamente a la derecha de las escaleras, junto a una gruesa columna que daba soporte a una falsa pared de madera apenas recubierta con algunas simulaciones de bloques de piedra, Sebastian abrió haciendo un ruido que produjo un eco tétrico y casi dramático.
Ambos entraron y la luz amarillenta de la flama definió la silueta de lo que conformaba un camastro maltrecho pegado contra una pared, sujeto en los extremos por un par de cadenas gruesas. En el centro había más cadenas colgantes con los grilletes que debían dar sujeción al prisionero. Un fuerte olor a sangre vieja llegó hasta la nariz de Frances retorciendo con furia su estómago, pero fue capaz de mantenerse serena, al menos lo suficiente como para inspeccionar todos los elementos que conformaban el pérfido dormitorio sin dejar escapar un solo gesto que diera por revocada su determinación.
Caminó hasta el nido de harapos que simulaban el decadente lecho pasando los dedos por encima.
—¿Qué te hace pensar que estuvo aquí? —preguntó consiguiendo exitosamente mantener la voz firme.
Sebastian introdujo la mano en el bolsillo interior de su levita y sustrajo un pañuelo blanco que extendió a la dama. Ella lo tomó con desconfianza y al hacerlo notó que su presentimiento era acertado, no era el pañuelo lo que ofrecía, sino lo que estaba envuelto en él.
—Pude rastrear al fabricante, quien me confesó que había hecho tres versiones del diseño. Uno fue comprado para ser regalo de la Infanta de Asturias, un segundo fue regalado a la hija mayor del conde de Rosebery y el tercero fue vendido a Lord Edward Middleford, su hijo.
Con la información recibida, Frances se preparó para identificar cualquiera de los muchos regalos que su hijo había hecho a su pequeña hermana. Con sumo cuidado deshizo los dobleces y encontró en el interior un prendedor de diamantes. El centro estaba tallado a modo de corazón y era de un rosa muy pálido. Tres diamantes más, con talla brillante, hacían una línea diagonal intercalándose con pequeñas trazas florales de oro.
—¿En dónde estaba?
Sebastian se inclinó hacia el camastro retirando los paños sucios hasta revelar la tabla de madera medio podrida, levantó una parte casi desprendida, pero aún sujeta bajo la cual se podía apreciar un pequeño hueco en el que alcanzaba perfectamente el broche.
En ese momento, Frances sintió que una poderosa debilidad se adueñaba de sus piernas. Sin importarle las deplorables condiciones del lugar, tomó asiento sobre los jergones restantes. Haber encontrado aquél regalo que le hiciera Edward a Elizabeth en su cumpleaños número siete, le había dado una perspectiva de su propia hija que nunca había imaginado.
Era un conocimiento triste y desgarrador, Elizabeth había dejado el broche en ese lugar con un único propósito: dar testimonio de su cautiverio, para cuando le encontrasen sin vida.
¡Una última voluntad de justicia para quien se había resignado a morir!
Imaginar a Lizzy recostada, arrancada de la fiesta que debiera ser el día más feliz de su vida, separada de toda seguridad y sufriendo cualquier tipo de vejación.
¿En qué momento había dejado de tener esperanzas de escapar o ser rescatada? ¿Qué tan pronto se resignó a su suerte de no ser encontrada?
La dulce niña que miraba con buenos ojos a todo aquél que se cruzara en su camino, aquella que era muestra de que la bondad podía existir incluso entre los perros de la Reina, aquella que siempre creyeron ingenua, había vislumbrado su muerte y dejaba una prueba que condujera a la captura de su asesino.
El instinto de Frances susurró en su oído que lo había hecho para evitarle a otras su suerte, que en sus últimas horas deseaba que no hubiera más víctimas, porque así era ella, porque de sus tristezas sacaba fuerzas para pedir por otros.
¿De quién había aprendido a ser tan absurda? De la mujer de hierro que era ella, con toda seguridad no.
Recorrió con los dedos el espacio, como si con ello pudiera recorrer también el cuerpo de su niña, como pocas veces lo había hecho al arroparla antes de dormir.
¡Que tonta fue! ¡Siempre pensando que era una tarea que cualquier sirvienta podía cumplir, y ahora rogaba por tener oportunidad de hacerlo ella misma!
Siempre estricta, siempre inflexible ante su actitud para no tomar las armas, tanto que ahora le dolía saber que no había vuelta atrás y de nada sirvió lo mucho que la preparó, porque la crueldad de la humanidad sobrepasa siempre cualquier expectativa.
—Aquí estuvo prisionera, pero apareció en el río, bastante lejos de aquí.
—No tengo ninguna teoría, pero…— empezó a decir el mayordomo, sin embargo, la Marquesa silencio sus palabras con un gesto.
—Dame solo un momento —dijo cerrando los ojos y aspirando profundamente sin sentir asco de ningún tipo por el olor que predominaba en aquella pequeña habitación subterránea.
Celosamente alejó de sus pensamientos toda relación con Elizabeth que pudiera enturbiar sus ideas, buscando ser lo más objetiva posible, tan fría como debía ser un Phantomhive para anudar su corazón.
El tiempo que debió permanecer prisionera, incluyendo el que fue sustraída de la casa y llevaba hasta ese sitio, que no sumaban más de dos días, pero, ¿por qué no arrojar el cuerpo al mar? La furia de las olas en aquella costa era tal que podría haber desaparecido todo rastro y si por algún capricho del destino pudiese aparecer en alguna playa de guijarros, nadie se daría por enterado de quién se trataba, le darían una tumba sin nombre en el pueblo que el tiempo cubriría con hierba y flores silvestres, algo más discreto. Salvo que la idea fuera aleccionarla a ella o a su esposo, los enemigos del marqués Middford eran reales y cuantiosos, entonces, regresar con la prueba del delito tendría sentido.
Cruel ofensa habrían cobrado con tal muestra de bestialidad en una criatura inocente, pero no hallaba enemigo al cual pudiera haberle causado un dolor similar, sin piedad en la tortura y el ultraje.
Contra su voluntad acudió la imagen de su pequeña recién salida del agua, con la piel llena de cardenales y las uñas arrancadas. En la imagen de su mente, la que nunca olvidaría mientras viviera, reconoció marcas únicas en las piernas, las de arañazos.
—Tal vez…— dijo volviendo a abrir los ojos para encontrar al silencioso mayordomo de pie frente a ella, sosteniendo la lámpara y a la espera de alguna indicación, tal como debía de esperarse de un perro bien entrenado.
—¿Pudo ser que consiguió escapar? —dijo dubitativa por tan fantasiosa suposición, sin embargo, Sebastian sonrió como solo él podía hacerlo; con la desvergüenza que tanto la irritaba, pero en esos momentos apenas parecía como un reflejo de sus pensamientos.
"Ya había pensado en eso", se dijo la Marquesa interpretando el breve silencio.
—Una bruja muy joven y hermosa pactó con el diablo, y después de entregarse al maligno, corrió desnuda por los bosques a la luz de la luna llena. Eso dijeron en el pueblo.
Frances inclinó la cabeza.
Nadie acudió en su ayuda por ser presas de la superstición y el miedo, aunque en algo tenían razón: debía de ser un demonio quien estaba con ella, porque no había criatura viviente capaz de tales actos de vileza.
—Tienen un cómplice en el pueblo —resolvió la mujer tras lo que pareció un largo rato —. Alguien con la habilidad suficiente para mantener vivo el mito de la bruja, alguien capaz de controlar a la gente por medio de supersticiones para que no se acerquen a este lugar e ignoren cualquier acto sospechoso.
Sebastian nuevamente calló. También había obtenido esa conclusión, pero no había sido capaz de determinar quién era porque era lo suficientemente cuidadoso al momento de hacer circular un rumor, de manera que no pudiese rastrearse de regreso hasta él. Cabía también la posibilidad de que todo el pueblo estuviese involucrado de algún modo. No sería la primera vez que sucedía.
—Regresemos, mayordomo —ordenó solemnemente poniéndose de pie, y notando en ese instante, que la expresión de su rostro era impávida, y que por primera vez desde que había desaparecido su hija, la recordaba sin derramar una sola lágrima.
¿Y quién iba a llorar en ese momento en que se había vuelto una fiera y lo único que clamaba era la sangre y el dolor de su venganza?
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