Mi nombre es Frances

Algo sutilmente parecido a la curiosidad cruzó la expresión inalterable del mayordomo apenas hubo expresado la dama su deseo por ir primeramente a la casa para cambiarse de ropa, de manera que pudiera hacer una visita adecuada al Lord del pueblo. No obstante, dada su posición voluntariamente aceptada, no dio muestras del descontento que le causaba demorar la visita en pos de un arreglo superfluo. Concedió el deseo aprovechando el tiempo para regresar a los servicios de su joven amo, que no se mostraba especialmente entusiasmado y continuaba encerrado en el estudio repasando notas sobre las investigaciones realizadas en torno al caso de Elizabeth Middford, porque en el fondo, aunque ansiaba la venganza tanto como la que deseaba desde su propio cautiverio, había un vacío que comprendía que ninguna sangre llenaría. Se convenció de que debía llevar el más neutral de los seguimientos, puesto que cegarse por su propio dolor no le permitiría seguir con claridad, además, sentía que debía ceder, que no tenía derecho a reclamar aquella cacería como suya cuando fue él quien la abandonó esa noche.

El periódico cayó, resbalando de sus dedos y el ruido del papel contra la madera del escritorio sacó de sus pensamientos al Conde notando que ya había pasado un largo rato, pasado de medio día. No sentía hambre y tampoco sentía el frío del clima debido a la chimenea encendida que, sin embargo, empezaba a declinar en la intensidad de sus llamas. Se puso de pie para avivar el fuego arrojando un par de leños convenientemente apilados junto al hogar, sujetos por una muy elaborada estructura de hierro forjado que emulaba una zarza.

Permaneció de pie mirando el crepitar avivarse para enseguida dirigir la mirada haca la ventana, a través de la cual el mar se extendía hasta el horizonte, mezclando su tenue azul con el gris borrascoso del cielo.

Sebastian entró a la habitación tras llamar un par de veces, traía servicio para un aperitivo y algo de té, además de un breve informe sobre la reacción de la Marquesa ante el lugar que habían encontrado.

—¿Dijo que no me quiere cerca? —preguntó Ciel, aceptando el té, pero rechazando el bocadillo.

—En cierta manera, sí.

El Conde sonrió con amargura.

—¿De qué piensa que puede protegerme?

—No creo que se trate de protección, joven amo.

—¿Entonces?

—Quizás no desea que conozca su faceta Phantomhive.

—¿Qué tan distinta puede ser? —preguntó, pero el sirviente comprendió enseguida que no quería una respuesta.

—¿Desea que mande llamar a nuestro mensajero? Tengo el presentimiento de que la Marquesa no me dejará mucho tiempo libre.

El Conde lo meditó solo unos momentos.

—Quizás sea conveniente… después de todo, yo estaré revisando algunos documentos de la compañía, he delegado esto por mucho tiempo, Tanaka lo hace bien pero no puedo negar que es mi responsabilidad.

Sebastian asintió, pero ya se había anticipado y el mensajero estaría en la casa en una hora a más tardar. Recogió el servicio y abandonó la estancia para dirigirse a la habitación de la Marquesa, encontrándose con que estaba lista. Permaneció quieto en el pasillo mirando a la mujer terminar de arreglarse un sombrero con varias plumas que se sobreponían con un delicado velo que ocultaba solo parcialmente su rostro, aún así, sus ojos eran perfectamente visibles, fríos y severos, acentuados por sus facciones delgadas, su cuerpo delineado con delicadeza por un vestido de seda negra con bordados. Los pliegues parecían formar rombos en cuyos cruces había broches que se asemejaban a flores doradas. Podría pensarse que sería demasiado ostentoso, ni siquiera podía imaginar el motivo por el que había guardado ese vestido en particular en su equipaje.

El negro le hacía ver más pálida, más delgada, pero su porte resultaba elegante, regio, inquebrantable aunque hacía solo una noche que no era más que una muñeca maltratada. Caminó hacia él lentamente con un bastón que adivinó enseguida guardaba una espada ya que era inusualmente ancho para ser de mujer. El polisón era considerablemente discreto, pero el movimiento de su andar se volvía armonioso al sonido de los tacones, suaves, amenazantes como el andar de un felino acechando una presa.

Por un momento, un pensamiento apareció en su mente: esa mujer, debía de ser un demonio.

—¿Están en orden tus asuntos con Ciel? —preguntó.

Sebastian escuchó en su voz, por primera vez en mucho tiempo, a la auténtica Frances, y no fue sino hasta ese momento en que notó que la prefería por completo que a la versión trágica de sí misma.

—Están en orden —respondió inclinando la cabeza para ocultar el fulgor de sus ojos que podría delatar alguno de sus pensamientos. Hacía largo tiempo que había dejado de subestimar la perspicacia de la mujer, porque más de una vez había demostrado notar en él, el sentido verdadero en que iban dirigidas sus expresiones a través de su máscara humana, del protocolo social y lo que había aprendido para interpretar el papel que le había asignado su amo al sellar el contrato.

Más de una vez se había preguntado si no había ya cuestionado su verdadera naturaleza y solo se resistía a creerlo por profesar una religión que repudiaba su existencia.

Extendió su mano para ayudarla a bajar los escalones aunque no lo necesitaba en realidad.

La carroza estaba lista y antes de que partieran, por el camino principal se acercaba una más, era el mensajero, a quien decidió esperar solo un momento para dejarle las indicaciones pertinentes antes de partir camino al centro del pueblo donde se encontraba la casa del Lord de esas tierras.

El mayordomo había hecho correctamente su trabajo, y la tarjeta de visita que había sido enviada, aunque con premura, se encontraba en los márgenes aceptables de acuerdo al protocolo, siendo sobre todo que la visita de la marquesa Middford honraría la pequeña casa Howard-Scott, que apenas figuraba entre los títulos menores de la nobleza británica.

Una sirvienta comprendía toda la servidumbre, y una casa de dos plantas y nueve habitaciones la gran mansión. Pero lo único que mantuvo los labios de la mujer sellados en un gesto de aprobación, era lo impecable que se encontraba desde los escalones hasta los cristales.

El Lord en cuestión era un hombre de mediana edad, con una cuidada barba rubia al igual que su cabello, cortado adecuadamente y peinado con esmero. El traje estaba pasado de moda, pero limpio, planchado y ajustado a su talle, amplio de espalda y estrecho en la cintura.

No sonreía, su expresión pétrea apenas se ablandó en un fallido intento de amabilidad al darle la bienvenida, la Marquesa asintió en un gesto soberbio de cortesía, dejando en claro que el motivo de su presencia no era en afán de socializar con los nobles cercanos a la casa que ocupaba.

Usualmente, las casas más importantes de un pueblo se encontraban considerablemente alejadas, ubicadas en un punto estratégico desde el cual fuera posible administrar toda la zona manteniéndose fuera de las miradas indiscretas de los habitantes del pueblo y ajeno a todas las actividades que ellos realizaran. Pero esta no. Era céntrica, rodeada sin más que un modesto jardín, por las casas de un alfarero, un médico, un notario y el juez.

Además, había una pequeña capilla y un colegio de educación elemental, según constató la Marquesa al ver un grupo de niños arremolinarse en la puerta, maravillados por el carruaje, pero quizás no tanto como por la presencia misma de la mujer.

—Es la dama de negro —susurró uno de ellos, pero nadie salvo Sebastian pudo escucharlo, y sonrió ante la observación.

"Te aseguro que hará más que llevarse a los niños del pueblo", pensó, entrando a la casa tras haber sido invitado a hacerlo.

Fueron conducidos hasta el despacho privado del Lord y la sirvienta se desvivió en atenciones a la dama que se mantuvo distante y cortés de una forma única en ella, Sebastian comprendió que no solo él encontraba abrumadora la personalidad dominante de la Marquesa, pero no de una forma intolerable, sino más bien… hechizante.

—Entiendo entonces que se encuentra por motivos oficiales.

—Así es.

Pero no dio más información, tomó la taza de té que le habían ofrecido y tan solo el acto de beber constituyó un evento tan fascinante, que el Lord no apartó la vista ni un solo momento, y entreabrió los labios, aunque incapaz de hacer o decir algo.

El mayordomo, por su parte, tuvo la sensación de que el cambio en la Marquesa había sido demasiado, que era prácticamente imposible que se tratase de la misma mujer que había estado destrozada pensando en alguna forma de morir, que incluso con su sutil sugerencia no esperaba tal cambio. Dio un par de pasos hasta llegar a la mesa de servicio inclinándose hacia ella como si fuese a decirle algo, pero solo deseaba constatar que no había otra influencia sobre ella más que la de sus palabras. Aspiró el sutil perfume que usaba mezclado con la infusión del té.

Tan solo era ella.

—¿Necesitas algo, Sebastian? —preguntó, sin levantar la voz, solo como un susurro.

—Nada, aún no.

El noble carraspeo escandalizado por la impertinencia del mayordomo. Frances sonrió con más insolencia aún, e hizo un ademán con la cabeza.

—Sin dar rodeos innecesarios — retomó la palabra con voz firme —, me encuentro interesada en las ruinas del castillo cercano a la costa, a una media hora de aquí.

—¿El aquelarre de Kyteler? —preguntó el hombre dejando entrever una mezcla de espanto y confusión en partes iguales, aunque consiguió serenarse lo suficiente como para dar la impresión de que no se trataba de un hombre supersticioso.

—De manera que le es familiar.

—A cualquiera que haya nacido aquí. Perdone si le incomoda mi pregunta, Milady, pero estoy convencido de que no está aquí a petición del juez Cabot — e relamió los labios dudando, o quizás buscando las palabras más adecuadas.

—Está relacionado con la muerte de mi hija.

El Lord desvió la mirada, avergonzado por su torpeza, pero recobró el valor para continuar con el curso de la conversación.

—Alice ha escuchado inquietantes rumores, a decir verdad, las noticias nos llegan demasiado tarde, a veces con meses de diferencia, quisiera expresar mis más sinceras condolencias.

—No se moleste — interrumpió Frances —. No he venido por pésames.

—Entiendo, entonces, ¿en qué puedo ayudarle?

—¿Podría presentarme con algunas personas?

—Podría organizar una sencilla recepción, hoy sería imposible. Lo más pronto que puedo prometerle es mañana.

—Me parece adecuado.

—Omitiré el detalle de su interés particular, dejaré que usted aborde el tema como le sea más conveniente.

Frances se puso de pie agradeciendo el haberla recibido anunciando que debía marcharse, no sin antes darle una lista de las personas con las que deseaba encontrarse.

Apresuradamente el Lord la escoltó hasta su carruaje, tomando Sebastian su lugar como conductor e incitando a los caballos se alejó de la casa, pero no estaba muy lejos cuando se acercó a la ventanilla.

—Tengo la idea de que no vamos de regreso a la casa.

—No, debemos ver al juez Cabot.

—Como desee.


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