La motivación del cazador
Sebastian alcanzó a distinguir el movimiento de las cortinas en la última ventana de la segunda planta. Alguien había estado mirando, posiblemente desde que fueron a la casa de Lord Howard-Scott. Aparcó el coche y bajó sacando una de las tarjetas de presentación de la Marquesa. Se encaminó a la puerta tirando de la cuerda que estaba junto a la puerta, escuchó la campana repicar en el interior junto los pasos apurados de una mujer, lo supuso por el ruido de los tacones.
La puerta se abrió y precisamente una señora entrada en años, con el delantal arrugado, húmedo y la expresión de espanto fue lo que vio solo unos instantes antes de que la puerta se cerrara en su cara.
Otra persona se acercó, hubo una discusión sobre el porqué había hecho eso y la puerta nuevamente se abrió, esta vez un hombre, también mayor, de arreglo igualmente comprometido por una humedad a la altura del vientre.
—Buenas tardes ¿En qué puedo ayudarle?
El mayordomo extendió la tarjeta de visita y anunció a la Marquesa que deseaba visitar al juez.
—Si, claro, solo un momento por favor —dijo el hombre tomando la tarjeta y corriendo escaleras arriba.
Al cabo de unos minutos ya bajaba de nuevo.
—El juez Cabot atenderá a la Marquesa en breve, mientras, me pidió que le condujera al salón.
Sebastian asintió, aún perturbado por el tipo de recibimiento y fue por la dama que esperaba aún en el coche. Al entrar la mujer, la impresión fue tan poderosa como en la casa de Lord Howard-Scott, la que supuso entonces como el ama de llaves soltó un chillido y se estremeció haciendo una exclamación, cuyo idioma el mayordomo Phantomhive no pudo determinar.
Fue servido más té, aparentemente negro aromatizado con aceite de bergamota y unos bocadillos de algo parecido al hígado de ternera, pero para el mayordomo resultaban sospechosos y se aventuró a probarlos él primero antes que la Marquesa. El sabor no era malo, tampoco había algún ingrediente adicional que pudiese atentar contra la salud de nadie, más sin embargo, seguía cuestionando la receta.
Pasaron al menos veinte minutos antes de que el juez bajara al salón, era un hombre calvo, tanto que la peluca se resbalaba de su cabeza. De talle grueso y apariencia descuidada, la capa iba limpia e incluso perfumada, pero debajo de ella un aroma llegó hasta la sensible nariz de Sebastian causándole repulsión, de hecho, todo en ese hombre le causó tal aversión que decididamente iba a tratar que la visita fuera breve.
Giró la vista hacia la mujer y en el reflejo de sus ojos comprendió que había tenido el mismo pensamiento.
—Le ruego me disculpe, ha sido tan imprevisto.
El hombre se limpió el sudor de la frente con un pañuelo, jadeo y tomó asiento en el sillón de una plaza frente al de la dama, solo entonces la miró detenidamente con sus ojos azules, pequeños debido a los pronunciados pómulos y los párpados caídos.
—No importa —dijo ella de manera fría, no pretendía reprenderlo, aunque sí tenía un par de cosas que decir sobre decencia y educación, pero esos pensamientos fueron rápidamente reemplazados por otra clase de aversión.
—¿En qué puedo servirla? —preguntó, cambiando el tono de voz.
Tanto el ama como el sirviente fruncieron el ceño, pues habían sido perfectamente capaces de percibir el vulgar matiz de la pregunta.
—En la capital las noticias de las provincias no suelen trascender demasiado, no obstante, son parte del reino de Su Real Majestad y no se puede tolerar la presencia de conducta que atente contra las buenas costumbres —dijo tajantemente. El hombre, sin embargo, parecía no entender nada de lo que acababa de decirle.
Sebastian retrocedió un par de pasos tratando de mirar por la ventana para corroborar sus sospechas, pero no se alcanzaba a distinguir mucho, así que trató de usar su oído.
—¿Mayordomo?
—¿Sí?
—El maletín ¿Lo bajaste?
Le gustaría saber de qué maletín le hablaba, leyó su expresión, ella estaba pensando exactamente lo mismo que él y le estaba dando un pretexto para salir. Se inclinó sumisamente.
—Mi error, mis disculpas.
Se apresuró a dejar la habitación antes de que el anciano mayordomo de la casa se ofreciera a acompañarle. La Marquesa se afianzó a la empuñadura del bastón apenas percibió la manera en la que el hombre se relamía los labios sin dejar de observarla.
—No veo el motivo de traer a tan distinguida personalidad para resolver algunas nimiedades.
Frances cuestionó el hecho de que supiera realmente quién era ella, aunque su nombre era clave dentro de la alta nobleza y apenas la veían se armaban las caravanas en su honor, realmente no existía garantía alguna de que las clases más bajas siquiera se interesaran en algo más que llegar al fin del día.
—La muerte de ocho jóvenes en un pueblo tan pequeño no es ninguna nimiedad —reafirmó.
—Tonterías, solo una de las chicas está muerta, se cayó al río mientras lavaba ropa, las otras seguramente se escaparon, indigno, pero es la realidad más próxima. Un accidente y una educación desviada, no vale la pena que pierda su tiempo en ello.
Sebastian volvió a aparecer llevando consigo un maletín de piel negra con hebillas doradas y el escudo de la casa Middleford.
—Discrepo en sus conjeturas. Pero en cualquiera de los casos, el tiempo que se pierde es el mío ¿No?
Sacó una carpeta que contenía un compilado de reportes detallados de cuerpos encontrados en ríos y riveras del condado y de otros dos próximos. La descripción coincidía perfectamente con la dada de las desapariciones de ese pequeño pueblo, desapariciones que no habían tenido un seguimiento adecuado, pero por petición de familiares directamente a Scotland Yard, obtuvieron cuando menos que se emitiera un volante de persona desaparecida detallando rasgos particulares, motivo por el cual pudieron identificar a las mujeres que aparecieron a lo largo de los meses pasados.
La información había sido casi una casualidad, apenas regresaron del castillo abandonado, había ordenado que se enviara un mensaje a un contacto que tenía en la Policía Metropolitana de Londres pidiéndole información sobre cualquier suceso que tuviera relación con el pueblo, a fin de tener un motivo sobrado para andar por ahí haciendo preguntas.
La respuesta fue inusualmente rápida, incluso para ella que estaba acostumbrada a la eficiencia, con el sigilo adecuado que requería la situación, en tan solo un par de horas un mensajero ya la abordaba con la respuesta, mientras Sebastian esperaba ser recibido por la servidumbre del juez.
—Le dejo una copia, para que reconsidere su habilidad de resolución de problemáticas.
Sebastian levantó una ceja al ver el contenido, de manera que el mensaje que le había hecho enviar con urgencia a Londres y el individuo que se acercó al coche mientras esperaban ser atendidos, empezaban a tener sentido. Supuso que algo tramaba, pero haber obtenido eso en tan poco tiempo era bastante sorprendente incluso para él, aquello no hacía más que revelar que la dama manejaba un excelente red de información.
Miró de soslayo la expresión del juez, volvía a relamerse los labios, solo que sin libido, quizás era solo una manía de mal gusto.
La Marquesa se puso de pie extendiéndole de nuevo el maletín.
—Estaré por aquí unos días, espero sea factible la solidaridad en la conjunción de sinergias por lograr el esclarecimiento de estos infortunados hechos.
—Su presencia es deseable.
Volvió a ignorar el tono, anunció su retirada y Sebastian la escoltó.
Afuera, el sol de tarde caía plácidamente, abriéndose paso por entre los nubarrones perpetuos del cielo.
—Es el tipo de persona cuya presencia no me es enteramente disfrutable —se quejó el mayordomo tendiendo su mano para ayudarla a subir al coche.
—¿Al menos estábamos en lo cierto respecto al motivo de su tardanza en atendernos?
—Sí, el ama de llaves escoltó a una doncella fuera de la casa a través del patio de servicio. Le entregó un pago de 20 libras, no obstante, no me pareció que la joven se dedicara a ello.
—Debe ser una muchacha del pueblo cuyo padre tiene un problema con el juez, es aparente que así se resuelven los problemas sin engorrosos procedimientos burocráticos.
—Que, dicho sea de paso, no deja registro de ningún tipo.
—No creo que las entrevistas sean factibles, nadie querrá hablar de cómo resuelven sus problemas jurídicos.
—Tengo mis métodos, sutiles y eficientes.
—No eres tan encantador como piensas, mayordomo.
Sebastian sonrió, tan solo por un instante sintió que estaba en algún episodio de tiempo atrás, con esa Frances que pasaba sus ratos retándole, quizás solo pensando en cómo ponerlo en situaciones incómodas y por extraño que resultara, constituía una parte agradable del trabajo, pues Ciel era infinitamente más fácil de manejar y no representaba reto alguno.
Había ocasiones en que incluso se había preguntado cómo sería estar plenamente a su servicio, cómo reaccionaría ella al saber lo que era en realidad, y cómo sería su trato con él sabiendo que era verdaderamente un demonio.
Poder estar ante su presencia sin máscaras ni pretensiones, sentir quizás su miedo, y abrazarla con su verdadera oscuridad.
Cerró la puerta aturdido por sus propios pensamientos que rayaban en lo patético, no estaba seguro de cuándo había empezado a tornarse de esa manera, Ciel estaba casi listo, aún con los titubeos en el camino se mantendría firme hasta el cumplimiento final del contrato, pero era como ya tener completo todo banquete dentro del horno, solo esperar a que esté en su punto, sin más. Lo entretenido para alguien como él, era la preparación, la degustación era solo el paso final, el resultado de un trabajo cuidadoso que era en sí, la forma en la que transcurría su existencia casi eterna.
El mensajero de la casa Phantomhive había hecho un trabajo bastante aceptable, había servido el té y los bocadillos que había dejado preparados sin percances. Incluso había sido capaz de colocar sobre la mesa de la cocina los ingredientes para empezar la preparación de la cena, temiendo que Sebastian no pudiera regresar a tiempo. Su preocupación fue innecesaria, el mayordomo nunca desatendería sus obligaciones por complicada que fuera la agenda.
La Marquesa se encerró en su habitación para leer con más detenimiento la información recibida, el mensajero le había murmurado que podría proveerla de más detalles y expedientes, pero tomaría tiempo. Fue clara al marcar que solo esperaría tres días.
Miró el atardecer por la ventana, recordando las palabras de Sebastian, él era verdaderamente tan bueno como pretendía serlo y en su compañía sentía que podía tener fuerzas de nuevo. Y eso la aterraba, la forma en la que un hombre que no tenía relación alguna con ella podía convertirse en lo único a lo que aferrarse en el mar de desesperación.
Pero ya no había necesidad de preocuparse por si era correcto o no, carecía de importancia cuando tenía un objetivo tan claro en mente y por el que dejaría cada parte de su ser.
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