El mejor perro
El juez Cabot sudaba exageradamente; de la prominente calvicie, del cuello, la nariz e incluso las manos. Era demasiado desagradable siquiera mantenerse a su lado, entre el olor de su sudor y el de su aliento, la forma en la que sus diminutos ojos azules revisaban a cada uno de los presentes con ansiedad, tomándose más tiempo con el joven conde Ciel Phantomhive. Este se sabía observado y había descubierto que el ingenio de su tía para atormentarlo había regresado con renovado ímpetu. Sentado entre aquél hombre que continuaba mirándolo hasta causarle repulsión, y la mujer cuya gélida mirada no hacía más que prometer tormentos inimaginables si se atrevía a contrariarla, no podía hacer nada más que pretender una amabilidad que no sentía, ni siquiera ante la buena comida, aunque modesta, que había preparado pulcramente la doncella de la casa Howard-Scott.
—Había escuchado que el conde Phantomhive era joven, pero no creí que lo fuera tanto.
Ciel contuvo la respiración para no atragantarse con el aliento del hombre y se apresuró a alcanzar la copa de agua para resistir las náuseas que lo embargaban.
—Suelen comentarme eso muy a menudo.
—Y tiene un innegable atractivo, delicado y elegante.
El joven no pudo disimular el escalofrío que lo asaltó, odiaba los cumplidos, pero los que le dirigían a su apariencia los hombres mayores le eran más que perturbadores, dirigió una mirada suplicante a su tía, él solo había ido a la cena porque así lo exigían las costumbres de protocolo y educación, pero en definitiva, él no quería permanecer un segundo más en la estancia. Si alguno de ellos sabía algo al respecto de lo que le pudiera interesar a su tía, claramente que no iban a sacarlo como tema de sobremesa.
Pero Frances Middleford había aprendido a resistirse a las súplicas de su sobrino desde que era más pequeño y en definitiva más adorable. Con la edad, había madurado, y aunque su apariencia general era efectivamente casi afeminada, nadie podría negar que el Conde se había hecho acreedor del toque masculino que había tenido su padre, y que, a la larga se volvería más evidente.
La Marquesa apartó la vista y como si fuese la anfitriona, condujo la velada como era lo mas apropiado, sin meter en ningún momento el tema de las jóvenes desaparecidas, motivo sobrado para que el humor de Ciel fuera a peor, y con la insistencia del juez para hacerlo partícipe de una conversación que no le interesaba, el entrecejo fruncido fue la única expresión que fue capaz de mostrar a la pequeña concurrencia.
Sebastian solo miraba con las manos enlazadas a la espalda, esperando que se solicitasen sus servicios, atento a lo que acontecía, y casi sonriendo ante la forma reacia en la que su joven amo hacía pobremente su papel dentro del escenario que había montado la Marquesa. Él comprendía el montaje, aunque no se sentía especialmente atraído por los rigurosos preparativos que se suponían necesarios para lo que deseaba lograr la dama, que en definitiva era menos directa que el Conde, quién habría optado por la confrontación mandándolo a hacer las averiguaciones pertinentes.
Nuevamente se preguntó lo que haría ella de saber la verdad sobre su naturaleza. ¿También aprovecharía su compendio real de habilidades?
La cena terminó y los invitados pasaron a un salón anexo para continuar la conversación sobre la viabilidad de inversión para el pueblo, de manera que siendo rechazada la petición de Ciel para marcharse, intentó enfocarse en las cuestiones negociables de tan deplorable visita, pero su compañía poco podía obtener de aquél miserable pueblo alejado de todo lo relacionado con progreso o cuando menos con civilización. Era increíble que aún existiesen lugares así, con todos los avances tecnológicos existentes, pueblos como aquél habían permanecido intactos durante décadas. Además, su negocio eran los juguetes y los dulces principalmente, y por experiencia de fallidos intentos sabía que en páramos alejados la infancia es breve, transcurriendo sin necesidad de aquello que las familias acomodadas consideraban indispensables para sus hijos, que no iban a terminar trabajando en la mina local.
Pero los problemas sociales no eran de su incumbencia, en su jurisdicción estaba su propia empresa y los enemigos más extraños de la reina, a él no le atañían ladrones y funcionarios corruptos ni chicas desaparecidas, por tanto su presencia ahí solo podía significar…
Abrió mucho los ojos ante su descubrimiento y entornó los ojos hacia su tía, quien tenía encandilada a la audiencia con una charla sobre las reformas legislativas de las que seguramente aún no se habían enterado.
—La Marquesa es una mujer ciertamente peligrosa. ¿No le parece, Conde?
Ciel giró a vista con una sonrisa renovada. Había olvidado cuán perversa podía a llegar a ser su tía.
—Así es como se espera que sea una persona en su posición.
—Bastante privilegiada, según puedo entender.
El joven fingió una inocente sorpresa, aunque en realidad su repulsión por el juez iba en aumento.
—Claro que lo es, su esposo es el líder de los caballeros británicos, el Marqués Alexis Leon Middford.
Como supuso, ante el comentario, el juez pareció incrementar exageradamente su nerviosismo y le pareció absurdo que hubiera quienes no sabían el poder que podía representar su tía, si bien muchos tendían a subestimarla al considerarla "solo la esposa" del Marqués.
—Pe… pero ella no acostumbra venir a menudo aquí ¿No es así?
Ciel le miró limpiarse la frente, relamerse los labios y se imaginó a si mismo como un gato jugando con un ratón.
—Hace mucho que no viene, desde su matrimonio, pero ella solía venir cuando aún tenía por nombre Phantomhive.
—¿Phantomhive?
—Sí, la tía Frances es la hermana de mi padre.
—¿Phantomhive?
El color se había ido completamente del rostro del hombre e incluso pareció que todo el aire a su alrededor se desvanecía impidiéndole respirar adecuadamente.
"Así es, maldito cerdo, el perro de la reina, eso si lo sabes ¿Verdad?"
—¿Se encuentra bien? —preguntó Ciel con su tono falso de niño inocente —¿Necesita ayuda?
Extendió la mano para alcanzar su hombro, pero como si fuese la amenaza de un hierro ardiente, el hombre se apartó bruscamente.
—Creo que yo debo retirarme —fue todo lo que dijo, sin ofrecer más que una pobre disculpa al dueño de la casa y a la Marquesa, a quien miró horrorizado antes de salir prácticamente corriendo.
—Creo que mi sobrino no sabe cómo hacer agradable una velada —dijo la mujer, y el comentario pareció divertido a varios que emitieron una risa prototipo.
Ciel, sin embargo, que se consideraba superviviente a la aversión que le causaba el hombre al que su tía había entregado como tentador anzuelo, consideró que no le quedaba nada más que hacer, pero antes de que pudiera despedirse, fue la Marquesa quien anunció que se retiraban.
Con una mezcla de pesar y alivio, el dueño de la casa aceptó la despedida escoltando a los invitados a la puerta.
Ciel casi saltó al coche, pero consiguió mantener el decoro hasta que la puerta fue cerrada.
—Que noche tan poco productiva.
Su tía le miró arqueando una ceja y emitiendo una media sonrisa.
—Mi querido sobrino, tienes tanto que aprender sobre las personas.
—No se necesitó de mucho para saber que el juez de alguna manera tiene asuntos turbios.
—El juez me tiene sin cuidado, querido, ya sé qué es lo que le asusta, pero sujetos como él son demasiado insignificantes como para que la Su Majestad desperdicie el tiempo de su mejor perro. Además, este pueblo no representa más que una marca en un mapa, y sus habitantes una estadística intrascendente.
—Todos lo somos —susurró el Conde sin atreverse a quejarse sobre que, si no le preocupaba el juez, porqué lo había dejado con él.
Frances asintió quedamente, incluso su hija lo era, ya a nadie más que a ella misma le importaba, su esposo e hijo tal vez, pero ellos habían decidido seguir adelante, Edward incluso se había casado y deseaba tener hijos pronto, y su esposo pagaba para que las investigaciones siguieran mientras él iba al extranjero a atender negocios.
Cuando ella muriera sería olvidada también, su cuerpo pudriéndose y una lápida sería el único vestigio de que alguna vez existió Frances Middleford, una mujer que enloqueció al perder a su hija pequeña y había arrastrado al infierno a cuantos pudo.
Llegaron a la casa al cabo de unos minutos silenciosos y sombríos, Ciel se retiró a su despacho, seguramente ya había llegado algo de la documentación que había solicitado y la revisaría mientras le entraba el sueño.
La Marquesa permaneció en el vestíbulo un momento, había sido todo tan extraño, la forma en la que sintió que la vieja Frances afloraba y había ido a una fiesta siendo el centro de atención, como en otros tiempos, y en ese momento volvía a comprender el motivo por el que estaba ahí, por el que había recurrido a su herencia Phantomhive.
—¿Necesita algo? —pregunto el mayordomo entrando al lugar, luego de haber dejado el caballo y los coches donde era debido.
Frances levantó la vista. Estaba oscuro, las luces se habían apagado o quizás no las habían encendido al entrar, no había prestado atención al detalle. La figura del mayordomo, oscura, alta, difuminada entre las sombras de la casa… y aquellos ojos, como dos brazas ardientes…
Sacudió la cabeza desechando toda idea sobre el motivo por el que aquél sirviente siempre le había parecido más como el emisario de la muerte que había acogido a Ciel tras perdonarle la vida, que a un hombre que había ayudado a su sobrino a sobrevivir devolviéndolo a la casa a la que pertenecía legítimamente.
—No lo soporto…— susurró con la suave voz de una mujer ordinaria, sin las pretensiones señoriales de la Marquesa.
Sebastian se detuvo antes de encender las luces como había previsto.
—¿Qué es lo que puedo hacer yo? —preguntó porque no sabía con exactitud a qué de todo se refería, aunque la melancolía por su hija era su primera opción.
No se acercó a ella, se conformó con delinear su perfil con la mirada, ella había inclinado la cabeza para no verle, seguro había visto el brillo de sus ojos, pero al respecto poco o nada podía hacer, salvo encender las luces, cosa en ese momento no le apetecía ya.
La figura del vestido y la mujer en las sombras no parecía la silueta de una dama triste que ya había visto innumerables ocasiones, era como antes lo había definido, una esencia pura más poderosa que la de un noble.
—Solo dígame lo que desea, pídamelo y yo lo haré.
Se mantuvo en su sitio, solo quería escucharla decirlo, solo quería oír de sus labios eso que su corazón palpitaba.
—Quiero matarlos a todos.
Comentarios y aclaraciones:
Mis más sinceras disculpas a todos las y los lectores de este fic, y de los otros de Kuroshitsuji, mi deuda con ustedes es realmente grande, considerando mi tiempo de ausencia, así que espero que la actualización de Donde mueren la olas, El adagio del cuervo, El amante de Lady Middleford, y La Mrigi del príncipe puedan compensar en algo.
Bueno, no se si podré publicar antes de fin de año, de cualquier forma, me adelantaré un poco por si no ¡Felices fiestas!
¡Gracias por leer!
