Ruedan cabezas

Sebastian saltó por la verja y ágilmente llegó hasta una ventana por la que se introdujo al poder abrirla sin mayor problema. Subió las escaleras guiándose por la inspección que había hecho durante la cena, encontrando la habitación de lord Howard-Scott en la primera puerta.

Entró silenciosamente, no le sorprendió que el hombre no se despertase y se dio el lujo de examinar el lugar.

La habitación era modesta para tratarse de un noble, sin contar el gusto pasado de moda aunque perfectamente concebido y limpio, como todo en la casa. El cuarto de baño anexo a la habitación era pequeño y se limitaba a cumplir las funciones básicas para las que estaba destinado el espacio, el guardarropa no era más que un armario en el cual solo había un traje negro, dos marrones y uno blanco, pero por el talle, el mayordomo sospecho que no era más que un recuerdo de sus años más jóvenes.

También había dos cajas con sombreros de copa y tres pares de zapatos. Encontró un doble fondo en la parte baja y cuidadosamente retiró la tapa, encontrando una caja de madera con un emblema marcado. Arqueó la ceja, la Marquesa estaba en lo correcto.

Dentro de la caja había una túnica negra, un bastón con empuñadura de oro que trataba de emular a una criatura antropomorfa, que iba a medio camino entre pulpo y hombre, lo que le obligó a emitir una casi imperceptible expresión de sorpresa.

—¿De dónde habrá sacado esto?

Aquella criatura él la había conocido cuando el tiempo aún era joven, antes de tener cualquier nombre dado por humanos, antes de que los hombres, temerosos de todo lo que les rodeaba, siquiera se aventuraran a conquistar tierras más allá de las que los habían visto nacer y en las que esperaban morir.

Cerró la caja y regresó a la habitación principal. El hombre aún dormía y el demonio se acercó hasta su lado poniendo una mano en su amplio hombro para girarle, el hombre despertó en el acto, pero el mayordomo lo acalló enseguida con la misma mano mientras que con la otra hacía un innecesario gesto llevándose el índice a los labios; la fuerza ejercida sobre la boca del hombre era suficiente para arrancarle la mandíbula si así lo deseaba.

—Tiene usted un artículo muy interesante —dijo en voz queda —. Realmente tenía mis dudas sobre el motivo por el que los antiguos condes Phantomhive habían decidido construir una casa en este pueblo tan remoto y carente de cualquier encanto campirano, pero durante la cena, y tras las conjeturas de la marquesa Middford, y las mías por su puesto, hemos llegado a concluir que los anteriores perros de la reina no deseaban otra cosa más que vigilar sus pasos ¿O me equivoco? Suelen desaparecer doncellas con cierta facilidad en estas tierras, y nunca se hace algo al respecto por parte de las autoridades.

Con los ojos muy abiertos el hombre no intentó siquiera pronunciar palabra, mucho menos forcejear para conseguir liberarse de aquél cuyos ojos rojos como brazas ardientes, era lo único que podía distinguir en la oscuridad.

—Su Excelencia, la marquesa Middford, desea una charla privada con usted —agregó el mayordomo echándole la túnica negra encima.

Para cuando se la quitó, supo en dónde se encontraba pese a que todo estaba oscuro. El olor a humedad, madera podrida y encierro llenó sus fosas nasales.

—Buenas noches.

La voz de la mujer lo estremeció, pero consiguió mantenerse firme mientras la lámpara de queroseno se encendía revelando la silueta de una mujer vestida de negro. Alta y delgada, tanto que pensó que podría derribarla solo usando su peso, sin embargo, las sombras que danzaban a su alrededor, efecto de la trémula luz, matizaban su presencia como algo sobrenatural.

—¿No va a preguntar por qué he tenido que recurrir a estos métodos?

Ella caminó hacia él haciendo sonar sus zapatos al chocar contra la roca que era el piso. El hombre tensó la espalda, manteniéndose derecho para tratar de aminorar la diferencia de estaturas que causaba el que estuviera atado y de rodillas.

—Tengo la seguridad de que usted no es de las mujeres que gustan de andar con rodeos, o que apruebe las preguntas absurdas.

Frances asintió complacida, quedando a pocos centímetros, tan cerca que él podía sentir en las rodillas la punta de su vestido.

—Mayordomo, déjanos.

El demonio obedeció haciendo una reverencia.

—¿Aquí seré ejecutado? —preguntó mirando a su alrededor.

—Sí —respondió con tranquilidad la Marquesa aferrándose a su bastón que reveló como una delgada espada que resplandeció por efecto de la luz de la lámpara —. Sin embargo, preferiría que antes me diera el nombre de la persona que sacó a Elizabeth de la fiesta. No le he visto en todo el pueblo.

Lord Howard-Scott se encogió de hombros, la muerte estaba sobre él y no era como si la mujer le mostrara clemencia si decidía hablar. Sintió el filo de metal deslizarse en su cuello pero ni siquiera tembló.

—La reina no es poderosa de ninguna manera —susurró —, solo tiene buenos perros que, sin embargo, nunca podrán enfrentar la verdadera gloria de nuestro Dios, el que nos arrebató cuando si más, llegó proclamando toda tierra como suya. Ella morirá, y se pudrirá en la tierra como todos los mortales, será devorada por gusanos y ratas.

—Todos lo haremos —susurró Frances sin ánimos para realizar un interrogatorio, pero consciente de que él, como maestro de la orden, cualquiera que fuera, tendría el nombre que necesitaba, ya que ni siquiera se había molestado en negar que Elizabeth estuvo ahí.

—No todos, Milady. Su hija fue elegida de entre muchas doncellas para servir a nuestro Dios.

La mujer apretó con más fuerza la empuñadura de su arma, absteniéndose de cortar la cabeza en un solo movimiento.

—Su cuerpo fue profanado.

A su mente regresó la imagen del cuerpo de su hija brutalmente retorcido, con los muslos manchados de púrpura y el pecho mordido, casi arrancado. La furia bullía en su interior pero su cabeza se reusaba a dejarse envolver en la niebla roja que la obligaría a gritar y reclamar venganza.

—¿Profanado? Yo la honré. Aunque ella no entendía que la había elegido para enaltecerla más de lo que haría cualquier noble al que llamara esposo.

Frances sonrió.

Su mente no sabía porqué había sonreído, solo lo había hecho y no fue un gesto espontáneo, sino que lo sostenía. Se arrodilló para quedar frente al noble mirándolo fijamente y decidir si lo que tenía ante sus ojos era un hombre o un monstruo.

Sus facciones maduras se mantenían serenas, la barba rubia era suave, como solo podía conseguirla alguien que nunca se había afeitado y solo recortaba el vello con la técnica que usaba para cortarse el cabello. La mujer condujo sus manos hasta los botones de la ropa de dormir desabrochándolos parsimoniosamente, deseaba encontrar algún vestigio de que Elizabeth no cedió fácilmente ante ese hombre. Le quitó la camisa revelando el torso en el que casi no había vello pero sí una marca en su pecho, en la clavícula, era una herida hecha hacía poco tiempo, tanto que la cicatriz aún no adquiría la forma de piel gruesa y rosada. Se inclinó y colocó sus labios sobre la misma, comprobando que se trataba de una mordida.

Sintió el pulso del corazón al tocar su piel y supo que latía con fuerza. De haber puesto más atención se habría dado cuenta antes con solo mirar la vena que palpitaba furiosamente en su cuello.

—¿Así es como ella lo hizo? —preguntó quedamente.

—Demostró una fuerza admirable.

Se sintió feliz de saber que su hija había peleado hasta el último momento, que había sido capaz de poner resistencia, y si ese hombre la había enviado a su Dios, esperaba que Elizabeth se convirtiera en ese ángel rebelde que lo retara hasta el fin de la existencia misma.

Lord Howard-Scott emitió un quejido cuando sintió que su carne era cortada y el pecho se habría dolorosamente.

—No voy a suplicar, Milady —consiguió decir, luchando para que el dolor no le hiciera perder la nitidez de la mente haciéndole aullar y agitarse.

—No me interesa que lo hagas —dijo ella moviendo la hoja de su espada hacia abajo, dejando que las vísceras tibias y húmedas salieran del torso esparciéndose sobre su regazo.

El hombre cayó de espaldas, vivo y consiente pero perdiendo lucidez a medida que comprendía lo que sucedía con su cuerpo. La Marquesa se inclinó a su lado, acercándose hasta su oído.

—Ahora que lo pienso… si le quitara la barba, si fuera más delgado y más joven… usted podría ser cierto Archiduque que se acercó a mi durante la fiesta de Elizabeth con una extraña propuesta de matrimonio.

Los ojos claros del noble se abrieron desmesuradamente. La Marquesa casi se encontraba recostada, dejando que la sangre llenara el faldón.

—Sebastian es muy bueno consiguiendo información ¿Sabe? Su hijo no estará oculto mucho tiempo, entonces yo, como usted hizo con Elizabeth, lo honraré.

La vida se escapó en un último aliento y la Marquesa se puso de pie mirándolo con desprecio antes de salir de la pequeña celda, llevándose la lámpara consigo.

Sebastian, que había permanecido afuera desde que dejó al hombre tendido a los pies de la mujer, regresó a la estancia encontrando la escena un tanto grotesca, y no precisamente por la sangre.

—Solo los shinigamis deberíamos tener poder para decidir sobre la muerte.

El demonio rodó los ojos encontrándose con William T. Spears. No se molestó en ocultar el desagrado que le causaba la presencia del shinigami, si bien el sentimiento era mutuo.

—Las bestias como tú solo saben causar problemas. Parece que estaré aquí unas horas fuera de horario.

Sebastian no se molestó en responder y dejó al shinigami hacer su trabajo. Ya que estaba solo, no habría una pelea, él no gustaba de esforzarse más de los estrictamente necesario, y ya que era la Marquesa quien había expresado su deseo de realizar por sí misma todas las ejecuciones, el reglamento shinigami no permitía las irrupciones. Humanos podían matar humanos, pero si un demonio estaba de por medio, el shinigami a cargo debía intervenir.

Mantuvo su expresión endurecida.

—¿No eres un poco hipócrita? —preguntó finalmente.

El shinigami chasqueó la lengua.

—¿Cómo tienes el valor para cuestionarme de esa manera?

—Ese hombre sirve a uno de los antiguos, y ha ofrecido por años sacrificios en su honor. Dices respetar tu reglamento, pero no veo que alguno de los tuyos haga algo al respecto.

Los ojos verdes de William resplandecieron en la oscuridad, enfrentándose al destello rojo de su contraparte.

—No voy a discutir trabajo clasificado con una criatura salvaje.

El shinigami terminó su labor, y así como había llegado, simplemente se marchó dejando al mayordomo con la tarea de limpieza.

Sebastian se quitó el guante de la mano derecha.

Frances, que no había reparado en la presencia del shingami, miraba el pueblo más allá del frondoso bosque, solo algunas chimeneas alzaban columnas de humo y casi no había luces encendidas; el combustible era caro y nadie lo desperdiciaría. Pero en cuanto el fuego se levantó inclemente a su espalda, las luces se multiplicaron y repicaron las campanas de la vieja iglesia. En poco tiempo llegaría alguien, que todos creerían valiente, pero sin duda, sería miembro de la orden que presidía Lord Howard-Scott.

—Esperemos un poco más allá. El humo no le sentará bien.


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