Sangre en las manos
La noche había empezado clara, pero debido a la gran hoguera que habían hecho en las ruinas del castillo el humo había creado un manto que dejaba el lugar a oscuras, salvo por las llamaradas avivadas más que por madera y hierba, por la presencia maldita del demonio que solo contemplaba la escena.
Vista a contraluz, no se veía la sangre del vestido de la marquesa, solo se dibujaba su silueta con el rostro levemente inclinado, pero era para vigilar la pendiente y no porque se arrepintiera de lo que acababa de hacer.
El mayordomo recordó a Elizabeth Middford, a quien no había dedicado más pensamientos que los que le condujeron al descubrimiento de la celda en la que estuvo prisionera, recordó su fuerza, la forma en que al usar una espada conseguía verse con más gracia que incluso al bailar. Sin embargo, aunque no había manera de encontrar error alguno en su técnica, había algo que siempre la hizo perder: carecía de toda intención de matar.
Por mucho que su objetivo fuese proteger a Ciel, incluso del más peligroso de los enemigos, cada que había oportunidad para que pusiese un punto definitivo, se desviaba deliberadamente con tal de que su golpe no fuera mortal.
En cambio, su madre no.
La Marquesa había tomado su decisión usado una premisa sencilla que necesitaba del fuego: aquellos que estuvieran directamente involucrados acudirían al sitio en donde realizaban su culto tratando de apagar las llamas, mientras que los temerosos del Dios de la Reina, no se acercarían pensando que finalmente se había hecho justicia.
Resultaba extraño que su fuego fuera por primera vez un elemento secundario, pero al mismo tiempo resultaba conveniente que hubiera sucedido de aquella manera, pues con William T. Spears tan cerca, lo que menos deseaba era darle la satisfacción de presentar argumentos válidos para iniciar una confrontación. Vislumbró su sombra no muy lejos de ahí, seguramente esperaba que la Marquesa terminara para poder empezar él con su trabajo.
Pero la mujer no se movía, a sus pies yacían los cuerpos de hombres y mujeres que ya sabían que lord Howard-Scott no estaba en su casa, lo que significaba que se encontraría en el ceremonial que ardía furiosamente.
Ninguno fue realmente un digno oponente, y quizás eso era lo que no había permitido que ella alcanzara el clímax necesario para dejar ir su rabia.
Necesitaba más.
Pronto se vio a sí mismo con esa necesidad, no para complacer un deseo propio sino para ella. Se sorprendió por ese absurdo pensamiento egoísta de llevarla hasta el límite para después reclamarla mientras aún hirviera su sangre. Podía escuchar el golpeteo de su corazón, más furioso que el mar cercano e igual de impredecible.
Deseó incluso que le pidiera que la llevara al pueblo, y no para perpetuar la imagen del demonio que busca la destrucción de la humanidad: él no tenía esos intereses y dudaba demasiado que algún día desarrollara un sentido estético del infierno medianamente similar a la puerta de Rodin, o los frescos de Luca Signorelli inspirados en la obra de Dante Alighieri.
No se veía a sí mismo infringiendo tormentos infinitos, rodeado de gritos y lamentos, pero si ella lo pedía…
De pronto, interrumpiendo sus pensamientos llegó a él una ventisca de aire fétido, como de pescado pasado.
La llamas de la hoguera se agitaron como si también hubieran sentido esa presencia que se avecinaba y de alguna forma, incluso la Marquesa reaccionó al momento apartándose enseguida y dirigiendo su vista a donde sabía, estaba la costa.
Sebastian se preguntó si ella, en el frenesí de la batalla, había llegado a elevar su mente hasta el punto en que era consiente de la amenaza que se cernía lentamente sobre ellos. Él no estaba en posición de determinar con exactitud el tipo de presencia, pero la concebía como ajena a las farsas a las que se había acostumbrado en sus tareas como sirviente del perro de la reina. No se trataba de un elaborado embuste que dejaba bajo su superficie solo el plan de alguien que se aprovechaba de la superstición y el engaño.
Valoró la posibilidad de causarle un desmayo a la mujer para llevársela de ahí dejando que el shinigami decidiera si quedarse o marcharse haciendo como si nada pasara, pero incluso a la velocidad de él, lo que sucedió a continuación fue demasiado rápido como para controlarlo adecuadamente y antes de decidir nada, ya estaba contra el suelo, sujetado firmemente por varios pares de manos pegajosas.
Consiguió mirar hacia donde momentos antes estaba la Marquesa y le vio apartarse exitosamente de los que habían intentado ir por ella, la habían subestimado al darle prioridad a él, dándole tiempo para prevenirse.
Frances sintió que su cuerpo se estremecía como no lo había hecho en mucho tiempo cuando se dio cuenta de que había saltado sobre ella una criatura que simplemente no podía ser humana aunque tenía el tamaño de uno. Estaba desnuda, de la forma en la que eso podría describir a un animal, así que pudo ver perfectamente cada parte de su cuerpo aborrecible: su piel verdosa, sin cuello y sus brazos anormalmente largos tenían manos de dedos palmeados al igual que sus pies.
Estuvo demasiado cerca de atraparla, pero pudo blandir su espada con la suficiente firmeza como hacer un corte a todo lo largo de su torso hasta su vientre dejando caer las vísceras negras sobre la tierra y una parte sobre su falda. La criatura profirió un alarido que seguramente se habría escuchado hasta el pueblo, la mujer no pudo evitar gimotear por el horror que le causó esa voz casi humana, al mismo tiempo eso avivó la llama de su espíritu, preparándola para recibir al segundo que iba por ella.
Sebastian comprendió enseguida que sus movimientos no solo eran para defenderse, buscaba la manera de abrirse camino hasta donde se encontraba y se sintió molesto ante la idea de que lo creyera en la necesidad de asistencia.
Volvió a valorar las opciones, pero no había tiempo para un plan más elaborado así que consiguió apartar a aquellas criaturas de él en un solo movimiento, estas croaron estrepitosamente mientras daban saltos anormales alejándose de las sombras que se extendían desde el lugar en donde habían atrapado a su presa yendo por ellos como si fuesen los tentáculos de los monstruos de las profundidades.
Viéndose libre, buscó la mirada de la Marquesa a tan solo unos pasos de distancia. Él no había hecho nada especialmente espantoso como solía suceder cuando el joven conde Phantomhive deseaba a aleccionar a alguien, pero la agudeza de su mente había sido llevada a nuevas perspectivas. Mirando sus ojos claros que reflejaban la experiencia de una mujer adulta que no era en absoluto ingenua, no encontró rastro alguno de terror ni sorpresa, como si llevara esperando toda su vida por corroborar unas sospechas que se habían sembrado en su mente desde hacía mucho tiempo.
Sus labios temblaron, él comprendió que quería decirle algo, pero con el fuego agitándose y el croar incesante de criaturas que no pensaban desistir en sus intentos de atraparles, cualquier cosa que quisiera decir o preguntar le pareció insignificante e intrascendente, así que guardó silencio.
Luego se volvió hacia aquello que los había emboscado apuntando a las criaturas con la fina hoja de su espada, reluciente entre la sangre que la manchaba, devolviendo la luz roja que reflejaba la hoguera como si la espada misma ardiera en llamas.
—Esto no debía de suceder así —dijo el mayordomo, despojándose de los guantes, dejando ver sus manos delgadas, pálidas, con las uñas oscuras y las marcas en el dorso.
—¿Y cómo debía de pasar? —preguntó Frances.
Él la miró con un gesto carente de todo intento reconciliador, no sabía cómo sentirse con lo que estaba sucediendo, era lo último que esperaba que pasara; aunque en todos sus años como mayordomo del perro de la Reina, en cada nueva encomienda siempre había albergado la vana y sutil esperanza de encontrarse con algo que no pudiera hacer un mayordomo, algo que necesitara de un demonio, de la parte más primitiva de él.
Bufó ligeramente. Había usado palabras de shinigami.
Recordando a William, miró a su alrededor, pero no pudo verlo en las cercanías. Creyó imposible que lo hubiesen sometido así que lo más probable es que se hubiera marchado aludiendo a algún recoveco legal, esperando que aquellas criaturas acabaran con él.
—Así no —repitió, adelantándose para alcanzar con las manos una de las llamas que aún ardían ferozmente para después obligarla a dirigirse al grupo de criaturas que parecían estar replanteando la estrategia en una lengua desconocida, incluso para él.
Tomando el fuego entre las manos lo hizo expandirse para formar un muro que después empujó haciéndoles retroceder; pero se extinguió casi enseguida por el contrafuego de las llamas que estaban a espalda de las criaturas.
Chasqueó la lengua al notar que no habían ardido, su piel estaba recubierta por una sustancia brillante y pegajosa, miró sus ropas tomando algo de la que había quedado sobre la lana de su ropa notando que también era responsable del olor fétido.
Sintió asco así que se quitó la prenda dejándose solo la camisa con el chaleco.
Escuchó la espada blandiéndose en el aire, tal parecía que después de su movimiento, habían decidido arremeter contra la mujer primero, quizás creían que era la persona con la que tenía contrato pues aunque no entendía la lengua en la que se comunicaban, sin duda desde el principio eran conscientes de que su naturaleza no era humana, por eso le habían elegido como primer objetivo. Le quedaban algunos cuchillos todavía y los usó para sacarle de encima a unos cuantos, clavándolos justo al medio de la cabeza ovoide sin orejas.
—Esto no será una solución permanente, mayordomo.
A esa conclusión ya había llegado porque en lugar de que disminuir en número, saltaban a su encuentro numerosas criaturas más. Tomó del suelo una de las espadas que habían llevado los primeros humanos en atender el incendio; no era de buena calidad pero serviría para cumplir su cometido.
Se preguntó si la Marquesa había decidido ignorar lo que era él o no alcanzaba a comprender lo que significaba realmente.
Frances se acercó quedando a su espalda de modo que pudieran cubrir los dos flancos tal como solía hacer cuando debía servir de compañera de armas de su esposo.
De pronto, aquél pensamiento hizo que regresaran a ella una oleada de sentimientos que ya no recordaba, no como si nunca hubieran existido: su esposo, su hijo, su nuera, los hijos que algún día tendrían para hacerla abuela.
No pudo evitar girar el rostro para mirar a Sebastian: su pelo desordenado, la corbata aflojada y el semblante serio, pero sobre todo sus ojos, aquellos ojos rojos que refulgían como el fuego mismo.
Ajeno a sus contemplaciones, Sebastian formó un anillo de fuego manteniendo a las criaturas apartadas pues la mucosa que recubría su cuerpo resistía las llamaradas, pero a medida que se resecaba, dejaba la pálida piel descubierta y algunos cadáveres calcinados eran prueba de ello. Se mostraron cautelosos, sabían que perdían su ventaja pero el demonio sabía que su persistencia no solo era anormal sino sospechosa.
Giró el rostro al sentir el cuerpo de la Marquesa recargarse en él, de nuevo le pareció que se había transformado, su pelo desarreglado caía a los lados de su rostro manchado de hollín y sangre, se había quitado el polisón en algún momento así que el vestido caía sobre sus caderas en una curva más natural que se interrumpía abruptamente al haber sido cortado dejando ver las botas llenas de lodo y las medias con encaje desgarrado.
Acrecentó las llamas para encerrarse en un muro, lo que le dio tiempo para tomar ese rostro perfecto con las manos mirándola directamente a los ojos.
Eso no sería el final, sino el comienzo, porque en ese preciso momento había decidido hacer arder toda la colina.
Comentarios y aclaraciones:
Quería tener este listo para el aniversario del natalicio de Lovecraft, pero no se puede tener todo en esta vida, por lo mientras espero que disfruten de nuestros pegajosos invitados… y de las sutilezas de Sebastian.
¡Gracias por leer!
