Nota de Autora: Pueden matarme libremente. No culparé a nadie, es más, hasta yo les ayudaría.
La Declaración de Lily.
Cuando Lily salió de aquella habitación traía un bulto entre las manos, algo que parecía una bola de telas revueltas rápidamente. Iba sumamente despeinada y con el vestido mal abotonado, llevaba los labios levemente hinchados, y mucho más rojos que lo normal. Pero se veía solo ella, nadie le acompañaba, caminaba con la vista al frente y el paso rápido y decidido, y en su mente sólo se vislumbraba una cosa. Llegar tan pronto como fuese posible a la Torre de Gryffindor, llegar antes de que la alcanzase James Potter.
No le importó ni las parejas besándose en los lugares ocultos de los pasillos, ni el destino de las manos presurosas de aquellas parejas, ni los niños de cursos más bajos tirando bombas fétidas a los enamorados, ni tampoco que muchos chicos miraran el bulto que llevaba o cómo iba caminando ella; con toda su ropa desarreglada. Esa noche le importaba poco ser prefecta.
Sólo quería tenderse en su cama y esperar hasta que se acabase luego el maldito día de San Valentín. Y por supuesto, aunque le ofrecieran veinte mil galleons, ella no iría a cenar.
Cuando llegó por fin a su sala común, giró levemente la cabeza hacia atrás y comprobó que James no la estaba siguiendo. Y aunque la sala estaba casi vacía, se sentó un momento a recuperar el aliento y a sacudirse de su cabeza esas ideas malignas que le estaban acechando. Algunos lo llamaría conciencia, otros culpabilidad. Pero, independiente del nombre, era una sensación que ella en ese minuto no quería experimentar. El crepitar de las llamas, y las pocas parejas sentada en los sillones, pretendiendo que se escuchaban cuando no podían disimular las ganas de comerse el esófago mutuamente, eran lo único en que quería concentrarse. Pero cuando la puerta de la sala común se abrió, soltando un sonido similar a la de una pala contra el cemento, Peter Pettigrew cruzó el umbral y llegó hasta ella con la intriga pintada en la cara. Le preguntó si había visto a Sirius o a James, y a Lily sólo le quedaba una alternativa. La mejor y la de siempre, huir tan rápido como fuese posible.
Subió las escaleras y rogó porque su habitación estuviera desocupada. "Merlín me ama", pensó al comprobar que no había nadie allí. Se dirigió rauda hacia su baúl, tiró lejos todo lo contenido en él, hasta alcanzar un caldero que guardaba unas cuantas botellas de distintos colores. Sin pensárselo dos veces, Lily mezcló el contenido de las botellas rápidamente en el caldero y comenzó a revolverlo, una vez para allá, cinco para acá. Agregaba gotas de un líquido morado hasta que prontamente bailaban enormes volutas rojas de vapor.
Revolvió cerca de media hora y la poción se transformó en verde, un verde tan intenso que le recordó a la piel de Hulk, la colocó en un pequeño recipiente y la agitó esperando que se enfriará un poco. Bebió y cuando el contenido de la poción se acabó, el rostro de Lily se contorsionaba hacia una gran mueca de asco. Sabía horrible, era amarga y a la vez, quedaba pegado en la lengua un resabio fuertemente salado, y cuando fue al baño a beber agua, sintió una gran nausea que le contrajo todo el cuerpo, deshaciéndose en arcadas. Después de lavarse la boca hasta con jabón para pasar el mal gusto, que parecía no irse nunca, murmuró con la voz enronquecida.
"¡Maldita vida sexual activa!, ¡Maldito James Potter! ¡Y maldito seas Alex Diggory!".
Se fue del baño, y dejó todo el contenido de su baúl sin ordenar: no tenía ganas de limpiar o de arreglar sus cosas y pensó que una vez siendo descuidada no sería un gran problema para sus compañeras de cuarto que eran unas desconsideras sin remedio. Era habitual que en la habitación que Lily compartía con otras chicas siempre hubiesen restos de comida descomponiéndose sobre alguna mesa de noche, que calzones o sostenes o ropa sucia inundara el suelo o papeles o algodones con restos de maquillaje estuvieran por todos lados. Ese día era el turno de Lily, porque sólo quería acostarse, perderse entre las sábanas y no despertar hasta que volvieran al mundo los dinosaurios.
Tras varias vueltas en su cama sin lograr conciliar el sueño, se preguntó –¿Y si me hago una poción para dormir?
Se levantó de nuevo y limpió el caldero con un ligero movimiento de su varita, tal como un día le había enseñado Severus. Buscó entre las cosas que tiró del baúl, otros ingredientes, y en una taza distinta, vertió la nueva poción que realizó tras agitar rápidamente el contenido del caldero.
Lily sabía que dicho brebaje necesitaba mucho más tiempo del que disponía, pero optó por modificar la poción y arriesgarse al resultado. Total, todo lo que hacía era con la ilusión de dormir por toda la vida y por eso se la bebió de una sola vez y aunque no sabía tan mal, era bastante grumosa. Tenía apariencia líquida, pero una vez en la boca era como tragarse una cucharada de arena. La chica pensó, "¡Demonios!, debí dejarla todo el tiempo".
Al darse la vuelta vio el bulto que antes traía en las manos. Lo pateó con fuerza, deshaciendo la perfecta bola que había hecho, y se agachó para recoger algo que llamó, poderosamente, su atención.
Enrabiada hasta las luces azules, se metió en la cama de nuevo, esperando que llegara el dichoso sueño. Dejó dos varitas sobre la mesa de noche y se cubrió con las sábanas hasta el cuello.
No se dio cuenta cuando ya no observaba el techo de su habitación. Había cerrado los ojos y recordaba lo recién ocurrido. Lily estaba de nuevo frente a esa gran puerta de madera y su mano sujetando el frío pomo metálico. Cuando abrió el portal, ahí estaba, la famosa habitación que ella y James Potter habían ocupado en Hogsmeade.
Sabe que se le quedó la lengua inmóvil, sabe que casi se le olvidó respirar. Sabe que James tuvo que decirle, para vergüenza de ella. – Vamos Lily, cierra la boca.
Y sólo fue la rabia lo que le permitió reaccionar. - ¿Qué...Qué demonios? -Respondió ella con los ojos como plato, mientras James estaba radiante.
- ¡Te lo dije! ¡Te lo dije y lo sabes! Ese día yo pensé que necesitaba un lugar para hablar contigo y esto fue lo que nos apareció. -Y a Lily le parecía que James Potter se iba a ahorcar si seguía sonriendo de ese modo.
- A lo mejor... no funciona tu dichosa sala y sólo se transforma en esto y en ese baño tan lindo.
Pero tan pronto como Lily dijo eso, James la tomó del brazo y la sacó de la habitación, cerrando la puerta con un portazo.
- Piensa en otra cosa. Pídele que se transforme en otro lugar.
Lily por un momento pensó en ese baño tan agradable, pero se arrepintió inmediatamente. Su mente viajó por las locaciones más inverosímiles. Pensó en Petra, pero no tenía mucha gracia porque era casi lo mismo que Hogwats. Pensó en la Guayana Francesa, pero lo desestimó porque si se arrancaba un mosquito y después le contagiaba alguna fiebre extraña y luego pensó en la Sabana Africana, pero se arrepintió porque creía que no podría lidiar contra una manada de leones hambrientos. "Apenas puedo con uno", se dijo a sí misma mientras miraba a James. Y fue entonces cuando dio con una idea apropiada.
- ¡Ya! Estoy lista...creo. -Y casi al instante una nueva puerta se materializó frente a ellos.
James, cuando abrió la puerta, vio muchas luces pequeñas y de variados colores y unas grandes estructuras de fierro también coloridas que se movían, algunas vertiginosamente.
- ¿Qué es esto, Lily?
- Es un parque de diversiones. Es idéntico a uno que solía ir cuando era niña.
- ¿Y en esto pensaste?
- Sí. -Admitió la chica, con su sonrisa llena de orgullo. - ¿Qué tiene de malo? Es el mejor lugar en el mundo. ¿Por qué te quedas ahí?, ¿no vas a entrar?
- Claro que no. Ni tú tampoco. -dijo el chico de lentes afirmándole el brazo. -Tenemos que hablar...aunque otro día puedes traerme a este parque.
Y nuevamente cerró la puerta y él cerró los ojos y a Lily le parecía concentrado. La puerta reapareció y ahí estaba de nuevo, la réplica de la habitación de Luna de Caramelo.
Lily entró empujada por James, quien se sentó en el pequeño sillón. Lily dudosa, se dirigió a la cama, sentándose en una orilla del colchón.
- Me turba que se transforme en ésta habitación. -comentó James. Lily abrió los ojos sin poder creer lo que escuchaba y el chico se corrigió inmediatamente. - No es que no me guste, ni que tenga malos recuerdos. Es sólo que realmente no entiendo por qué siempre se transforma en esto si sólo pedimos un lugar para conversar.
-¡Me importa un pepino el gran misterio de ésta habitación! Todavía no se me olvida lo que me hiciste en el camino. Vamos de una vez por todas al grano, por favor.
Así. Justo así era Lily para James. Podía tener una mirada critica, podía llegar a ser fría, pero siempre, siempre, se le escapaban los gestos amables. Tanto que incluso podía llegar a ser sarcasmo involuntario. Por favor. Cuando Lily decía "por favor" eran muy pocas las cosas que James podía negarle.
- ¡Accio varita de Lily! - gritó rápidamente James, sosteniendo la varita de la chica entre sus dedos. Porque aunque Lily dijese mil veces "por favor", él tenía muchas cosas que aclarar con ella y conociéndola, era probable que saliera con alguno de los tantos trucos que siempre podía guardar bajo la túnica.
Lily estaba furiosa hasta las luces y se levantó apresuradamente en dirección a James para recuperar su varita.
- James, devuélveme mi varita.
- No. Te falta la palabra mágica, Lily
- ¿Por favor?
- No, esta vez no sirve sólo "por favor". Tendrás que prometerme algo más.
- ¿Algo más como qué?
- Algo más como que te vas a quedar aquí el tiempo necesario hasta que des cuenta que estás enamorada de mi.
- ¿Ah? -murmuró incrédula. -No puedes estar hablando en serio.
- O por lo menos, jurame que te quedarás hasta que podamos conversar.
- Pero... ¿por qué tengo que estar sin mi varita?
- Porque te conozco y sé que te vas a escapar, como siempre.
- No es cierto, yo no me escapo siempre.
- ¿No?
- Claro que no. Soy perfectamente capaz de quedarme aquí y de responderte todas las dudas que tienes.
- Entonces, Lily. Cuentame una cosa. -Y aunque las palabras que James eran seguras, él no estaba tan seguro de querer escuchar la respuesta a lo que iba a preguntar. -Lily... ¿Con quién te gustó más hac…
La pregunta que James estaba formulando fue enmudecida antes de terminar de pronunciarla. Fue una de esas dudas que probablemente nunca se pudo esclarecer, porque en ese momento los labios redondos y rojizos de Lily, estaban posados y aprisionando los de él.
&&&&&&
Cuando James se despertó, un tanto dolorido, se descubrió con cero prendas de ropa puesta y solo en la cama. La imagen parecía un dejavú, como si eso ya lo hubiese vivido. Por un momento pensó que encontraría a Lily en el pequeño baño continúo a la habitación, o que quizás podría estar oculta debajo de las sábanas revueltas.
Pero ahí no había nadie más que él. Estaba completamente solo.
Con el rostro engrifado por la rabia, empezó a buscar sus ropas. Pero no importaba por donde las buscará o que cosas revolviera. Simplemente habían desaparecido. Por un momento pensó que se conformaba con los pantalones. Sí, sólo con pantalones y ya podría salir de ahí, pero su desazón fue mayor cuando se dio cuenta que toda su ropa había desaparecido. No sólo la camisa, la túnica o los calzoncillos. Sino que todo, varita incluida.
Por un breve momento odió a Lily Evans, con toda su alma, pero al segundo se sintió más asombrado con la chica que nunca dejaba de sorprenderle tanto ingenio. Se sentó desnudo a los pies de la cama, mientras pensaba en un modo de pedirle ayuda a Sirius o a cualquiera de los chicos. Pero mientras más se desesperaba pensando de dónde iba a sacar ropa, la solución apareció por sí misma. En una esquina alejada apareció un viejo armario, lleno de ropa de la talla de James y aunque tenía un leve aroma a guardado, le servía para salir de ahí.
Tomó lo primero que encontró, se vistió apresuradamente y se fue a buscar el mapa a su habitación. No escuchó a Peter cuando le preguntó dónde había estado y dónde estaba el resto de los chicos. Tampoco le oyó cuando le dijo que su ropa era ridícula y que apestaba a polilla.
James no escuchaba a nadie, porque lo único que quería era ir tras Lily Evans, recuperar su varita e iniciar una de esas eternas discusiones con ella.
Cuando abrió el mapa, éste le reveló la ubicación exacta de la persona que estaba buscando. Lily Evans estaba sola en su habitación, estática en un lugar, como si durmiera o meditara. Fue con paso decidido hasta la habitación de niñas de sexto año y al subir por la escalera tuvo la precaución de no pisar el peldaño que transformaba todo en un tobogán, imposible de escalar.
Entró sin tocar la puerta, y sus ojos vieron lo que jamás pensó encontrar. Todas las cosas de Lily tiradas por doquier y ella durmiendo plácidamente sobre su cama. Con una mirada fugaz localizó su varita y su ropa y fue directo tras ellas. Y sólo porque estaba realmente enojado, le invadieron unas ganas enormes de despertarla. Porque aunque tuviera sentimientos encontrados, Lily Evans, una vez más le demostró que era más escurridiza que un pez con jabón.
"Es la chica más inteligente que conozco, pero a la vez es la más testaruda" Le tocó suavemente el hombro, pero ella sólo respiró profundamente. La agitó con un poco más de fuerza, pero Lily no despertaba.
Fue en ese momento cuando a James Potter le entró la desesperación.
Le gritó, la zarandeó, la besó y le tiró agua. Pero nada ocurría, ella sólo dormía y ni siquiera se quejaba del leve maltrato. Le tocó la frente y estaba fría, a James, que no tenía idea de estas cosas, le pareció mucho más fría de lo normal.
Fue entonces cuando empezó a observar rápidamente la habitación. Vio el caldero sucio y muchos ingredientes tirados alrededor. Lo primero que pensó fue que Lily en un ataque de culpa se había suicidado. Pero al segundo pensó en Lily. Ella no haría ese tipo de cosas, primero lo mataría a él y después se suicidaría. Sin embargo se asustó porque algo, que no sabía como definir, le indicaba que algo no andaba bien.
Sólo se le ocurrió ir en busca de ayuda, así que corrió hasta la enfermería para traer a Madame Pompfrey al cuarto de Lily.
Al cabo de diez minutos, Lily Evans estaba acostada en una camilla, mientras le suministraban un asqueroso jugo de sapos grises.
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Cuando despertó, sintió que no había dormido nada, como si recién se hubiese acostado. Giró sus ojos, y notó que estaba en la enfermería.
"¿Qué hago en la enfermería?"
A los pies de la cama, habían numerosos ramos de flores. Algunos eran pequeños, otros altos y coloridos. Habían también muchas tarjetas y una gran torre de caramelos y chocolates.
Pero en la enfermería no había nadie más, ni siquiera la enfermera.
Las flores que se alzaban a los pies de la cama, eran variadas. Pero dos ramos notablemente grandes le llamaron la atención. Uno era de flores rojas, intensas y grandes, eran Amarilys. Las reconocía porque se las regalaron la primera vez que alguien le dijo que la amaba. Se incorporó en la cama para tomar la tarjeta, y aunque dudó un segundo sobre si debía leerla o no, la curiosidad le ganó a la razón y terminó rajando el sobre con movimientos apresurados.
Lily:
Mi hermano me contó que estabas enferma. Por un momento me asusté mucho, pero después hablé con Dumbledore y me dijo que no era nada grave, que pronto te recuperarías. Me alegro mucho que sea así. Debo reconocer que por un momento la idea de perderte para siempre... pensé que no te vería nunca más y la idea me aterrorizó.
Pero cuando leas esto me sentiré muy feliz porque sé que ya estás bien. Y realmente lo sabré.
Para Semana Santa mi madre te llevará a Romeo, que te extraña casi tanto como yo. En serio. Perro demoniaco, a veces no me deja dormir de tanto que aulla, creo que me odia.
Besos.
Alex Diggory.
Pdta: Espero que Black o Potter te hayan dicho que no estoy saliendo con nadie, no podría aunque quisiera. No tengo mucho tiempo libre, la medimagia es lo peor.
Lily tomó la nota y la hizo mil pedazos, sin pensarlo dos veces. Tenía una punzada en el estómago y un extraño palpitar en la sien. Se acercó al otro ramo de flores que le creaba inquietud. Y aunque el corazón le latía muy rápido después de leer la nota de Alex, decidió que sería mejor no tomarse en serio esas palabras y mover su concentración a otro punto. El ramo de las flores amarillas, de pétalos brillantes y sedosos parecía perfecto. Y también le parecían conocidas. Por más que buscó no encontró una tarjeta de saludos, y cada vez la duda crecía por saber dónde había visto aquellas flores antes. Se acercó hasta ellas y cerrando los ojos, inspiró su embriador olor.
Click
Esas flores amarillas, tan preciosas, eran iguales a la que ella una vez le había regalado a James Potter. Esas flores eran esas. Las que le dejó de consuelo la primera vez que le dejó solo en una cama revuelta.
- Veo que ya despertó, señorita Evans. -Lily sentada a los pies de su cama, se sobresaltó al escuchar la inconfundible voz del Director.
- Sí, gracias...pero no me siento muy bien. ¿Podría decirme que fue lo que me pasó?
- Usted se intoxicó por exceso de pociones. Veritaserum y otras dos, que aún el profesor Slughorn, no identifica del todo. Aunque supongo que usted tiene una idea de que pudo haberle ocasionado el malestar.
- Uhm. -Y Lily sintió la sangre agolparse en sus mejillas y bajó la mirada, inconscientemente, producto de la vergüenza. Se deslizó a través de la cama y se acostó, cubriéndose el cuerpo entero con las mantas. -¿Cuánto tiempo he estado aquí?
- Cerca de cuatro semanas. Y si no es por el señor Potter, me atrevería a decir que ya nos hubiese abandonado hace mucho tiempo. -Las mejillas de Lily casi relucieron cuando escuchó el apellido de James, y aunque tenía muchas ganas de saber por qué casi le debía la vida, prefirió callar y averiguar eso más tarde.
- Entonces...¿He perdido un mes de clases? -Preguntó la chica, de pronto alarmada.
- Sí, pero no tardará en ponerse al día. Ambos sabemos eso. -Respondió tranquilamente el profesor mientras se sentaba en los pies de la cama y tomaba unos pocos caramelos de los que le habían enviado sus amigos. Con un caldero de chocolate en la boca, preguntó. -¿Es verdad que James Potter le besó en el camino de vuelta en la salida a Hogsmeade?
- ¿Cómo sabe eso? -Y se sintió estúpida cuando vio la pequeña sonrisa en los labios de Dumbledore.
- Verá, señorita Evans. Los rumores como esos, y las malas noticias, suelen volar. Sobretodo cuando es el tema favorito de los alumnos aquí en el castillo. Sin embargo, me atrevería a decir que fue la señorita Stone quien echó a correr éste.
- Ya veo. -murmuró, mientras pensaba en las mejores formas de hacer picadillos a Sara Stone por tener la boca más grande de todo el colegio.
- Y después de ese beso, ¿Qué pasó Lily? -Preguntó Dumbledore. A ella no le pasó inadvertido el tono cercano y su nombre. Ya no más su apellido. Sintió nervios y ganas de hacerse la dormida, pero no podía. Respiró profundamente antes de contestar cualquier cosa, porque ella jamás contaría eso. De hecho, hasta había pensado en desmemorizar a James Potter y después hacer lo mismo con ella. Con sólo pensar en lo ocurrido se le ponía la piel de gallina. -Lily, tienes que decirme esta vez qué ocurrió. Es James quien tiene los problemas ahora, no eres tú.
- ¿Por qué? -Murmuró la chica, intrigada.
- Porque han solicitado la expulsión de James.
- ¿Expulsión? ¿Por qué? -A Lily las manos le temblaban. Y de pronto sentía ganas de echarse a llorar ahí mismo. Sin embargo, trató de lucir inalterable mientras esperaba la respuesta del Director.
- Porque él ingresó en la habitación de las chicas, y los padres supieron. Enviaron una queja al ministerio y solicitaron la expulsión, porque él no pudo explicarles cómo sabía que tú estabas ahí, enferma. Además hay un grupo de padres y apoderados de Slytherin que sostienen que él te envenenó porque sus hijos les habían comentado que tú nunca has querido salir con él. Ellos creen que es una especie de crimen pasional, donde el móvil sería el despecho.
- El no me envenenó. El no lo hizo. Digame, profesor, ¿qué han dicho mis padres? -murmuró Lily mientras se llevaba las manos a la cara, como si intentará que no se le cayera un trozo de ella en las sábanas.
- Tus padres no han dicho nada, Lily. Sólo les interesa que te recuperes. Yo hablo con ellos a diario y les informo de tus mejoras.
- Pero...no pueden expulsarlo, ¿cierto? Porque de algo tiene que servir que yo diga que él no me envenenó.
Claro que sirve, pero eso hay que probarlo. Y para defenderlo tengo que saber exactamente que fue lo que sucedió y hasta el momento, James se niega a decírmelo. Me ha dicho que prefiere que lo expulsen antes de contarme lo ocurrido. Por lo tanto, Lily, la única que puede salvarlo eres tú.
- Entiendo. -dijo ella, como si aceptara una sentencia de muerte sobre sus hombros. Respiró con intensidad mientras pensaba en James, en lo maravilloso que era porque antes preferia perderlo todo, que delatarla o ponerla en evidencia, mejor dicho. "…pero no es tan sol el muy imbécil. Si no fuera porque siempre me anda metiendo en problemas yo estaría bien, y no hubiese perdido un mes de clases. Además, ahora tengo que contarle todo a Dumbledore ¿por qué a Dumbledore? Esto me quitará todas las posibilidades con él, justo que me sentía preparada para un relación con alguien maduro, con experiencia, serio, inteligente y con una vida consolidada. ¡Maldición!".
Continuó tragando aire profundamente, esperando que se le reventaran los pulmones, y si se moría, no tendría que contarle nada a nadie. Pero otra voz en su cabeza le decía que aquello no estaba bien. No era justo. Y también le decía que debía que ser valiente, más que mal, ella era una Gryffindor.
- Está bien, profesor. Yo le contaré todo lo que ocurrió, pero este es un secreto entre nosotros dos.
El profesor sólo asintió con la cabeza y puso todas las golosinas sobre la colcha de la cama. Le pasó una rana de chocolate a Lily y le dijo – Come Lily, así se hace más fácil.
Lily comenzó a contar todo desde el principio. Fue interrumpida por Dumbledore sólo para decir que el señor Diggory no hizo algo muy inteligente al dejarla y cuando la chica habló del encantamiento evero, Dumbledore la miró detenidamente por sobre las gafas de medialuna.
- Vaya, eso es magia muy avanzada. Y además que fue algo muy romántico.
- Sí, supongo. Pero ahora sólo quiero deshacerlo. Se suponía que no me traería tantos problemas, al contrario, se suponía que simplificaría nuestras vidas. Era algo que entenderíamos solo nosotros y ahora tengo luces azules casi todo el día y todo el mundo lo nota.
- Eso es porque ahora andas enojada todo el tiempo. Y bueno, antes eso no era así. Estás más susceptible. ¿Por qué no lo has desecho?
- Porque no encuentro el libro de Encantamientos, y cuando lo hice no le presté mucha atención al modo de deshacerlo. Uno no hace esas cosas pensando lo peor. Yo creí que estaríamos juntos toda la vida.
- Ya veo...-Dijo Dumbledore mientras se rascaba la nariz - Es sencillo Lily. En la magia muchas veces las cosas se deshacen del mismo modo que se hacen. Y en este caso especifico…
- Oh, Merlín. -exclamó la chica mientras se ponía una boca en la mano. -Creo comprender.- Y mientras se tocaba el pelo y se refregaba los ojos, confesó. -Creo que será bastante difícil deshacerlo. Además, hay otro problema. Creo que a James también le está empezando a afectar, como si se hubiese contagiado.
- Tú sabes por qué, Lily.
- No, no lo sé. -Ambos se observaban a los ojos, como si las palabras no fueren necesarias para el entendimiento. Sin embargo, Lily continúo con el relato. - Cuando entramos en la habitación, James me quitó mi varita, y me iba a preguntar con quién me gustó más… ¡Me iba a hacer una pregunta incómoda y yo no quería contestarle! Así que lo besé en los labios antes de que terminara de formular la pregunta...
Lily Evans, tendida en su cama de convaleciente, se quedó callada bajo la atenta mirada del profesor, mientras que en su cabeza veía toda la historia de lo ocurrido y parecía revivirlo.
Cuando Lily besó a James, lo hizo con la intención de callarlo, no quería contestar con quién le había gustado más hacer el amor. Porque consideraba que eso era infantil, cruel y avergonzante. Además James se iba a poner más insoportable. Lo que Lily no sabía que en las pieles de las personas existen llamas apagadas, que reviven con furia cada vez que las despiertan. Que los roces de dos bocas son más que suficiente para encender la mecha y que extrañaba tanto besar así a alguien. Jamás pensó que el sabor de los labios de aquel chico fuera algo que los suyos reconocieran y cierta forma extrañaran. No intuyó que el contacto de la lengua de él dentro de su boca la electrizara hasta tener escalofríos, ni que los suaves mordiscos que recibía en su labio inferior le sedaran tanto. Cuando James sostuvo el rostro de Lily entre sus manos, mientras le besaban profundamente, como si un raro dementor quisiera aspirarle el alma, las manos culpables de Lily viajaban en otra dirección. Era como si tuvieran vida propia y trazaran rutas invisibles por lugares donde antes ya habían estado. Se posaron en la espalda con tanta familiaridad que quizás James no las sintió en un comienzo, pero cuando el recorrido de los dedos se hacía notorio, deslizándose con suavidad un poco aquí, otro allá, y sí, por favor, cerca del cuello, la piel cálida y firme de James terminó por erizarse y dar paso a todos los instintos atados a sus venas. Porque aunque se sobresaltó un poco al sentir lo fría que traía las manos Lily, sentía que en cada trozo de piel que se afirmaban un calor se encendía y se extendía más allá. Un calor que comenzó a descender por su estomago llegando a los limites sospechados. La típica punzada bajo el vientre, el jalón de las tripas, la sangre arremolinándose con furia en su entrepierna. Sólo respiraron un segundo, y en aquel precisamente se miraron a los ojos enfebrecidos y con los labios inflamados. Las aletas de la nariz un poco abiertas y rastros de saliva brillando en sus bocas. Se miraron atentamente, en un mundo que parecía detenerse, y comprendieron, sin necesidad de palabras, que la sed, el hambre, el calor, el fuego que se abría paso entre ellos, reclamaba lo mismo. Ambos con el cuerpo ardiendo y enraizado al del otro, ambos con aquella necesidad de tocarse todo el tiempo, hasta hacer desaparecer cualquier distancia, física o imaginaria, entre ellos.
Lily, sin pensarlo dos veces, lo besó nuevamente, con la misma voracidad que el beso anterior, pero esta vez sus brazos se extendieron a través de su cuello, y lo apretó tanto contra sí, que cualquiera creería que quería hacerlo desaparecer en el cuerpo de ella. Y James precisamente quería eso, estar ahí, cerca, tan cerca que en un segundo se transformara en parte de ella, estar dentro de Lily, y después explotar y desaparecer entremedio de la piel lechosa de esa chica que lograba volverlo un troll.
Dos cuerpos sedados buscaron lo mismo.
Ella contra la pared, con la falda arrugada más allá de sus muslos, a veces sentía los dedos de él jugueteando entre sus bragas, mientras percibía cada beso que se desparramaba sobre su cuello. Nunca sintió ni un poco de vergüenza en echar la cabeza para atrás, ni siquiera le molestaba el contacto frío de las piedras del muro cuando se enterraban en su piel. Y el cuerpo de James, ese que estaba engarrotado, como si bastara que lo tocaran una vez más que explotara, dejaba escapar armónicos gemidos cada vez que sus caderas apretaban las de Lily. Y creyó que se iba a morir muy pronto cuando uno de sus dedos se dejó llevar más allá de la tela de la ropa interior y se deleitó en la untuosa satisfacción de ella. En ese liquido espeso, claro y embriagador que le contaba secretos, que le murmuraba muy bajito que ella estaba igual que él.
Dos borrachos de amor.
Si Lily hubiese tenido intenciones de escapar, no hubiese podido. Porque sus músculos estaban paralizados y deseando que James le tocara ahi, por favor, si, si, así. Y un poco más acá también.
Su propia mano se deslizó entre los botones de su vestido rojo, liberándose de ellos, uno a uno, dejando a descubierto la piel desnuda de sus pechos y de su abdomen. Continúo desabotonando su vestido separando lo menos posible su cuerpo del de él. Porque cada vez que no se tocaban llegaba un dolor profundo que la hacia apretar los dientes. Tal como lo hizo cuando los labios ardientes de James jugaron a hacer aparecer y desaparecer el botón de sus pezones.
Las fronteras incorruptas de James, su camisa casi intacta, fue deslizandose lentamente por su espalda por obra y gracia de Santa Lily, que le hace estar rigido en sueños y ahora lo hace en la realidad, "porque es real, ¿cierto?" Y mientras sentía los aromas de Liy emanando lentamente, primero el de su perfume, luego el de su shampoo y por último el de su cuerpo, le confirmaron que sí. Que eso sí estaba ocurriendo. Inspiró con los ojos cerrados, mientras apretaba más y más a Lily, mientras sus caderas se rozaban y se buscaban en medio de un mar de movimientos ciegos, en busca del olor perfecto de Lily, ese suave equilibrio de todos los aromas que ella desprende en un día normal. Y por supuesto, ese olor nuevo, ese que salió despacio cuando ella murmuró suavemente en su oído, con esa voz de caja de cristal. -No me creo lo que estoy diciendo, pero...Te follaría aquí mismo, James Potter. -Y las piernas de Lily se enroscaron rápidamente en la espalda de James.
Y ambos sintieron esta vez, aquel dolor punzante un poco más abajo del vientre.
Giraron casi levitando, dirigidos a la cama, el único testigo, que ayudaba a silenciar los clamores de sus cuerpos. Completamente desnudos, aquel dolor se hacia cada vez más insoportable, mientras sus cuerpos se empapaban, preparándose para una danza ya aprendida. Con los ojos cerrados, Lily no pudo evitar arrugar la nariz cuando James apostado sobre ella, le buscó entre trozos de seda y carne. Y tampoco pudo evitar dibujar una sonrisa en su rostro al sentir a James moviéndose lentamente encima de su cuerpo. Piel con piel, sudor y sangre corriendo muy rapido dentro de ellos. Tampoco pudo ahogar los gemidos que nacían en su garganta, pero que no nacían en su boca. Se quedaron ahí, como canciones que jamás fueron grabadas.
Con el cabello revuelto, las mejillas encendidas y los poros abiertos, sintió su cuerpo temblar junto con el de él. Ambos con la respiración agitada, ambos restregándose contra el cuerpo del otro, ambos reventando de ganas de reír y de gritar a la vez. Y una luz intensamente cegadora emanaba de diez pequeños faroles rosas que vibraban junto a ellos. Ella los observó por un segundo y le dio la sensación de estar haciendo el amor dentro del sol, y aunque sabía que sólo cinco le pertenecían, el resto era el complemento perfecto de los propios. Pero las caricias de James volvieron a obtener su total atención. Se quedaron así unos momentos, quizás una hora, hipnotizados por la mirada del otro, pero herméticos. Extasiados e idiotizados, y con el fuego latiendo aún sobre ellos. James se recostó a su lado, exhausto pero resplandeciente aún. Y le susurró en su oído – Te Amo.
Entonces Lily le besó, intentando colocar en ese gesto, todos sus confusos sentimientos. Pero la palabra repitiendose en su cabeza una y otra vez, era como un clamor que la hacía despertarse. Y en un momento, todo fue claro para ella. Vio tiradas en el suelo su varita y la de él.
Como un rayo fugaz, en sus ojos recorrió un brillo nacarado, quizás fue pudor, vergüenza, entereza o quizás inteligencia. Se incorporó, sin que él notase sus intenciones y antes que pudiera decirle algo lo aturdió con un hechizo. Lo recostó, le acomodó los lentes y luego lo besó en los labios levemente, casi como un suspiro. Se vistió con prisa, tomó su varita y la de James, junto con la ropa de él y dejó la habitación murmurando – ¡Estoy completamente loca!
Lily rompió el silencio en la enfermería diciéndole al profesor que la miraba atentamente.
- Y después que lo besé, yo le quité mi varita y lo aturdí porque estaba enojada y cansada de que siempre me haga lo mismo. Así que y me fui a mi habitación y cuando entré al baño, vi que me estaban saliendo granos. Ya sabe, espinillas, puntos negros, esas cosas y me hice una poción para combatir el acné y después una para dormir porque estaba tan cansada que no era capaz de quedarme dormida sola. Pero mi gran error fue, no esperar todo el tiempo que tarda la poción en estar lista. Yo creo que por eso me hizo mal. Y me imaginó que James fue a buscarme porque estaba enojado conmigo porque lo aturdí.
El profesor sólo sonrió cuando la chica acabó de hablar. Y le dijo – Esa explicación es suficiente, Lily. Muchas gracias, trataré de ayudar a James tanto como pueda, pero creo que con lo que me acabas de contar bastará. Estan las pruebas que dicen que tu historia es real. Espero que al consejo le basten y que James no sea expulsado, porque, sinceramente, sería una gran pena, ¿cierto?. -ella no contestó, ni siquiera con un gesto. -Por cierto, Lily. Soy extremadamente inteligente, pero no soy tan maduro ni serio. Y tampoco tengo una vida consolidada. -Le guiñó un ojo y agregó -Me voy. Sus amigos están ansiosos por verla.
Y con una rana de chocolate entre las manos, Albus Dumbledore abandonó la habitación.
Nota Final: Sé que soy mala y que me merezco todas las penas del infierno. Pero he estado tan escasa de tiempo ultimamente, que me he tardado un montón en arreglar este capítulo. Además había una serie de detalles que tenía que replantear. O sea, como siempre, la idea es la misma, la forma varía. Pero no tanto, tampoco. Arreglé un poco el lemon y me quedó MUY FAIL, en todo caso. Quizás lo hubiese dejado como estaba.
Sé que no he respondido sus comentarios. Lo haré mañana sin falta. Ahora me largo antes de que el computador se me transforme en calabaza y yo me quede dormida aquí mismo, pero me estoy levantando temprano, cosa que odio, y me quedó dormida temprano too.
El próximo para el fin de semana. Pondré todo mi empeño es eso. So, ¿nos leemos?
Besos.
