NA: No os voy a mentir, hacer una historia tan Suga-centrica cuando Suga es un personaje que solo me gusta como psicopata manipulador hace que tenga que poner más prespectivas o tiraré esta historia a la basura antes de llegar al capitulo 10. So here it comes con la reina diva; Oikawa, uno de mis babes.
Oikawa llegó a la casa que había compartido con Sugawara y Shoyo durante los últimos cuatro años. Desde que se mudaran de aquel minúsculo piso de estudiantes y se decidieron a comprar aquel piso amplio y grande que ahora se le hacía más grande que un palacio sin Shoyo. ¿Cómo diablos un ser tan pequeño podía ocupar tanto espacio? En la casa y en su corazón.
Tooru se dejó caer bocabajo sobre el sofá. Su mejilla izquierda quedaba completamente aplastada contra el reposabrazos, sus piernas sobresalían del sofá para no mancharlo con los zapatos y uno de sus brazos colgaba tocando el suelo.
Habían comprado aquella casa con los ahorros para los estudios de Tooru. Algo que sacó de quicio al padre de Oikawa, pero si él lo pensaba ¿qué no le sacaba de sus casillas? Todo lo hacía, que fuera gay, que le gustara la moda, que fuera actor de teatro, que se pasara más de treinta minutos en el baño peinándose…
— Shoyo debería estar aquí — se quejó en voz alta a pesar de saber que nadie le escuchaba. Odiaba estar allí solo, lo detestaba, sobre todo porque le daba mil vueltas a el asunto por el que Suga había decidido llevárselo.
Se sentó en el sofá y se quitó los zapatos para después caminar arrastrando los pies hacía el cuarto del pequeño. Él no recordaba haberle dejado solo tanto tiempo, si bien si sabía que le había dejado solo. El lapso de tiempo se le hacía confuso y no terminaba de comprender si es que Suga estaba siendo un exagerado o es que él estaba empezando a perder la cabeza. Le vino a la mente aquella película de 1944, Gasligth, en la que el marido echaba tanta presión sobre su mujer que esta acabó volviéndose loca. Quizá era eso lo que le pasaba a él. Quizá eso era lo que le había pasado a ambos.
Encendió la luz del cuarto de Shoyo y se fijó en las cajas de juguetes amontonados. Estaba completamente desordenado, algo que a él y a Suga siempre les había traído de cabeza. Era un caos de crio y se notaba que no llevaba los genes de ninguno de los dos, que siempre lo dejaban todo perfectamente ordenado. Se sentó sobre la pequeña cama y arrastró las sabanas sucias contra él. Aquello iba en contra de su política, pero verle había hecho que le quisiera más en la casa, con su risa bobalicona y sus tonterías de niño pesado. Casi podía oír su voz pidiendo le que le peinara como él. Hasta le echaba de menos molestándole cuando estudiaba sus guiones.
Era evidente que tal vez Suga sobre exageraba sobre el asunto porque él le había estado poniendo los cuernos con otros tipos durante bastante tiempo, pero tal vez, y quizá solo tal vez, tenía parte de razón. Aquello era lo único que podía pensar mientras se sentía profundamente solo, abrumadoramente perdido y sin saber muy bien que hacer. Había tantas cosas que había estado haciendo mal… ¡Pero es que Koshi no estaba! ¡Él no tenía ni idea de lo duro que era ser Oikawa Tooru! Padre cariñoso, actor de teatro sin demasiado éxito, hijo odiado y decepcionante…
¿Cuanto tiempo tendría que haber pasado esperando a que hubiera sido Suga quien empezara a ponerle los cuernos? No habría sido algo tan raro, con todos aquellos viajes a hoteles de diferentes tipos, restaurantes de lujo, tipos de turismo ideal con miles de compañeros guapos. Asumía que quizá todo había empezado por ciertos celos, celos por un éxito laboral del que Oikawa no disponía.
Estiró el brazo y agarró uno de los peluches de Shoyo. Era un conejito de color negro que el pelirrojo siempre había odiado. No le gustaba porque lo encontraba cursi.
— Te llamarás Koshi a partir de ahora — le dijo al muñeco y lo abrazó. Se sentía confuso, a sabiendas de que su relación con Sugawara estaba muerta y en estado de putrefacción, pero en parte le gustaban las moscas y el hedor repugnante que emanaba. Aferrarse a aquel cadáver era mejor que la nada de sentirse abandonado a pesar de que tal vez él había abandonado a Koshi primero.
Tenía que llamarle. Llamarle y hablar sobre que iba a vender aquel piso. No necesitaba algo tan grande solo para él y tal vez Shoyo si lograba convencer a Suga de que se lo dejara… Si hacía falta podría recurrir a tomar acciones legales. Podría darle un tanto por ciento de lo que sacara de la casa y así parecer un héroe económico.
— ¿Qué dirás Koshi? ¿Si te doy dinero me dejarás cuidar de Shoyo? — Le habló al peluche repasando las costuras que delimitaban la nariz de aquel conejito. Seguidamente lo tiró hacía el otro lado del cuarto. Odiaba a aquel hombre, le odiaba mucho—. Seguro que pensarías que te mereces parte de ese jodido dinero, sucio marica.
Parpadeó un instante y se replanteó quedarse dormido, pero su teléfono sonó allá en el comedor. Se levantó de un salto, dándose cuenta de que gran parte de aquel supuesto odio era muy sobreactuado. Caminó hasta el comedor y contestó al teléfono.
— Oikawa ¿Adivinas dónde estoy? — aquella voz se notaba amortiguada por el ruido de fondo, aparentemente una discoteca. Casi podía saborear las luces de neon del lugar, pero no quería salir, no a no ser que le llevaran a rastras.
— Me da igual — dijo en tono neutro Oikawa dispuesto a colgar. No era que culpara a Bokuto, autor de aquella voz de la situación que vivía, pero le culpaba en parte. Si solo no hubiera aparecido uno de esos días en los que se sentía miserable...
Se habían conocido de casualidad, en una de las obras de teatro que Sugawara no había podido ir a ver porque estaba muy ocupado en un viaje a Kioto. Que le aprovechase Kioto, había pensado él cuando aquel tipo musculado se le había acercado con ojos de admiración. Shoyo se había quedado con la canguro aquella vez… Ahora no podía certificar si todas las veces le había dejado con aquella chica de instituto que iba a casa cuando él tenía que trabajar y Koshi no estaba. Quizá si iba a preguntarle ella podría decir algo y asegurarle que no estaba como una jodida regadera.
— Te noto raro ¿Estás bien? — preguntó Bokuto y antes de que Oikawa pudiera contestar continuó con preguntas— ¿Quieres que vaya a hacerte compañía? Suenas triste ¿Necesitas chocolate? ¿Café? ¿Té?
— Necesito una lobotomía para ti y que… — empezó a decir con intención de mandarle a la mierda. Pero se sentía fastidiosamente solo— . Sí, podrías venir un rato a mi casa, la verdad.
— ¿Y qué te llevo? — Bokuto se sentía contrariado. Oikawa siempre era un poco raro y misterioso.
— Preservativos y Vodka.
Oikawa le dio la dirección del piso y colgó, para dejarse caer sobre el sofá, esta vez boca arriba, mirando el techo. No le gustaba más Bokuto que cualquier otro tipo con los que se hubiera enrollado en el último año, pero por algún motivo que él mismo desconocía lo mantenía cerca. Volvió a parpadear notando como sus ojos se abrían con pesadez. Se quedó dormido hasta que el timbre sonó. El bzeeep bzeep del interfono se le antojó profundamente molesto, mientras se levantaba y pulsaba al botón de abrir sin ni siquiera asegurarse de que era Bokuto.
El timbre no tardó en sonar, y Oikawa abrió la puerta para verle allí, frente a él, con el pelo tieso hacía arriba y pose chulesca con intención más que evidente de querer seducirle. Con una botella de Vodka en una mano y entornando los ojos como haciéndose el interesante. No había a nadie quien seducir, a él le importaba un pimiento si era Bokuto Kotaro o el mismísimo emperador. El pensamiento fugaz de que solo lo mantenía porque Bokuto estaba irremediablemente enamorado de él y aquello se le hacía tedioso pero le parecía útil. Y en parte aquella sensación de que aún podía ser amado era gratificante.
Tooru alargó el brazo y le robó la botella de Vodka que abrió en un momento sin mencionar un solo hola. Bokuto entró detrás de él y le miró beber directamente de la botella mientras tiraba el tapón encima de la isla de cocina.
El estilo occidental de aquel piso, con un concepto abierto que combinaba la cocina con el comedor sorprendió a Bokuto, más acostumbrado a las casas típicas japonesas.
— Debes tener un pastizal para ser un actor de teatro tan… cutre — dijo siendo completamente sincero. Oikawa se apoyaba sobre el mármol de la isla de cocina con cara de sorpresa. No se podía creer que le dijera aquello en su casa, pero empezó a reirse.
— No, mis padres tienen un pastizal y aunque siempre los decepciono no quieren que viva mal — Oikawa tomó otro trago de la botella antes de acercarse a Bokuto. Sin soltar el vodka, le agarró por la camiseta y lo empujó contra el sofá hasta que Bokuto se vio forzado a sentarse. Tooru se sentó sobre él— . Has traído preservativos también ¿verdad?
Bokuto asintió antes de notar la boca de Oikawa chocar contra la suya. El sabor del Vodka se mezcló en su boca y entonces Tooru se separó un instante y le miró.
— No, no, no, no — repitió varias veces la negativa mientras se levantaba y le cogía la mano— . Vamos a hacerlo en la cama, dónde lo hacía con mi súper marido señor perfecto. Eso es lo más ideal para un día como hoy.
— ¿Tienes marido? — Bokuto le miró confundido. Hacía un año que se conocían, pero el verbo conocer se simplificaba en el de verse, porque aquello demostraba que realmente no sabía nada de Oikawa.
En aquel momento fue Kotaro el que robó la botella de vodka y tomó un trago largo de esta, dejando que un poco del liquido se derramara por la comisura de sus labios.
— Ya no, pero si tengo un hijo, lapsos de tiempo en los que pierdo completamente la cabeza y no recuerdo bien que ocurre y mucho drama para seguir hablando.
—¿Algún día me lo contarás?— preguntó aquello preocupado, a lo que Oikawa ni siquiera paró arención.
Mucho drama para seguir hablando. Aquello definía bien como se sentía y nada más de aquello tenía sentido para Oikawa. Arrastró hacía su cuarto al otro hombre, que sujetaba la botella de vodka mientras le iba sacando la ropa. Demasiado drama para cualquier cosa.
