Kiyoko salió del trabajo a la hora de la comida. La sobrecarga de trabajo le traía de cabeza, pues la mayoría de sus compañeros eran una panda de incompetentes sin remedio que dejaban los trabajos a medias y sin embargo tenían más incentivos que ella solo por un único motivo: tenían pene. Habían nacido en una sociedad en la que no importaba lo trabajador o eficiente que fueras en la empresa, porque en igual de condiciones ella siempre estaba dos pasos por detrás de aquellos zopencos.

Le había costado dos años poder salir con los compañeros de trabajo después de este sin que la trataran como a una secretaria. Ella se había licenciado en la puñetera universidad de Tokio y escrito para diferentes revistas de prestigio, pero como era una mujer quedaba relegada al segundo lugar, siempre detrás de Enoshita. Y no se podía quejar, Enoshita la miraba casi como un igual, pero el jefe… el jefe era haría de otro costal.

Aquel tipo le había puesto las zarpas al menos dos veces sobre el muslo cuando había ido a su despacho a pedirle algo, como salir antes del trabajo para ir al médico o un aumento de sueldo por el evidente esfuerzo personal que tanto Enoshita como ella ponían por la empresa. La primera vez lo había dejado correr, pero la segunda le había amenazado con demandarle por acoso sexual y sacarle hasta los calzoncillos a él y a su familia. Desde entonces, todo había sido un poco más fácil.

Con el maletín en la mano, bajó del ascensor y pasó por las puertas acristalas de la recepción hasta llegar a la calle. Frente a ella estaba Asahi, con su ropa informal que les hacía parecer que eran agua y aceite, sonreía relajado.

—Perdón por tardar, tenía que acabar unos asuntos y la cosa se ha alargado— Kiyoko realizó una leve reverencia de cabeza a modo de disculpas. La mano de Asahi le agarró la mano y entrelazó los dedos con los suyos.

—No importa, hoy no tengo que ir a buscar a Shoyo al colegio.

A pesar de los tacones que llevaba, seguía siendo considerablemente más bajita que él, por lo que se puso de puntillas para besar sus labios, que se rozaron con los de él durante apenas un instante antes de separarse.

—Creo que me gustaría poder hablar de eso contigo, y quizá esta noche con Sugawara — puntualizó la chica. No le molestaba que Suga se quedara en casa todo el tiempo que precisara, pero sí que Asahi tuviera que hacerse cargo del niño tan a menudo.

Se pararon frente a un pequeño restaurante, con la fachada estrecha y se adentraron a través de unas puertas de madera de tipo antiguo. A Kiyoko le gustaba aquel lugar, que imitaba por completo el estilo de un restaurante del siglo pasado.

Una mujer menuda vestida con un kimono negro estampado en rojos y blancos los acompañó hasta la mesa de una esquina donde ambos tomaron asiento. Kiyoko tomó la carta a pesar de que se la sabía de memoria y leyó los diferentes platos, sin saber muy bien qué iba a pedir.

— No te enfades con Suga… Él hace lo que puede — Asahi la miró, con la carta cerrada bajo sus manos. Él ya sabía lo que iba a pedir.

—Adoro a Shoyo, pero es que no es tú responsabilidad, es la suya — se quejó Kiyoko para automáticamente dejar escapar un suspiro— ¿Has traído los resultados del laboratorio?

Asahi asintió y sacó un sobre blanco cerrado, que dejó sobre la mesa entre ellos dos. Aquellos resultados eran el motivo por el que celebraran aquella comida, eran el motivo por el que Kiyoko se permitía salir dos horas antes del trabajo.

Eran los resultados de un sin fin de pruebas a las que Azumane se había sometido. Llevaban más de un año intentando tener hijos, pero simplemente no habían tenido éxito, por lo que habían empezado a sospechar que uno de los dos era estéril.

— Lo de Shoyo es un entrenamiento — sonrió Asahi y ella le devolvió la sonrisa.

Se sentía tan increíblemente agradecida de haberle encontrado a él y no a cualquier otro. Todos los tipos con los que había salido antes que él se habían sentido intimidados ante su éxito profesional, abandonándola cuando las cosas habían empezado a ponerse serias o presionándola para que dejara de trabajar. Y ahí estaba él, que le hubiera dejado mantener su apellido de soltera si la legislación lo hubiera permitido, admirándola por su inteligencia y no asustándose como la mayoría de imbéciles.

— Supongo que puedes tomártelo así, pero cuando se marchen se te va a romper el corazón — dijo aquello teniendo en cuenta lo que había pasado cuando las cobayas que habían comprado en navidad habían muerto y Asahi se había pasado casi dos meses llorando. Hasta habían tenido que enterrarlas en el jardín porque no quería incinerarlas. Aquello a ella le parecía algo absurdo, pero lo había hecho por él, como haría tantas otras cosas si fuera necesario.

La mujer de la puerta se acercó para pedirles nota y tras pedir sus respectivos platos se mantuvieron en silencio durante un corto periodo de tiempo.

Asahi pensaba en lo que ella había dicho. Sabía que era cierto pero no podía evitar pensar en lo mucho que le gustaba cuidar de Shoyo, llevarle, traerle, preparar la comida de forma creativa para que no desechase las verduras, enseñarle a poner la lavadora… Aquellas pequeñas cosas hacían que su día dejara de ser tan tedioso. Aquel tedio solo desaparecía cuando escribía, pero rara vez escribía de día.

—Shoyo me ha hecho pensar en escribir ciertas historias para niños — mencionó — siempre me quedará eso para curar las heridas, los billetes que voy a ganar.

La morena no puedo evitar reírse. Sacó la mano de debajo de la mesa y la colocó sobre la de él.

—¿Estás haciendo otra vez eso de vender la piel del oso antes de cazarlo? — preguntó ella a sabiendas de que muchas veces hablaba con su editor de historias que ni siquiera se había puesto a escribir, para después sufrir las horas intentado sacarlas adelante cuando no era capaz.

—Tal vez un poco — se rió Asahi aún con un poco de hastío por aquella verdad. Se conocían demasiado bien— ¿Vamos a abrir ya el sobre?

Kiyoko negó con la cabeza. Aquello le ponía nerviosa. Un resultado que indicara una perfecta salud en el esperma de Asahi significaba que ella tendría que someterse a pruebas más complejas y pesadas, por lo que en cierto modo deseaba que fuera él quien tuviera problemas para concebir.

—Habrá que hacerlo en algún momento — Asahi volvió a agarrar el sobre y lo levantó, mirándolo a tras luz por si acaso se trasparentaba alguna letra a través del papel.

Kiyoko le robó el sobre de las manos y lo colocó sobre su regazo lanzándole una mirada de desaprobación. En aquel momento les sirvieron un par de boles con sopa miso, humeantes y calientes, junto con los respectivos platos que habían pedido.

—Cuando terminemos de comer.

—Ya te pones de madre estricta y ni siquiera estas embarazada — bromeó Asahi.

—Y tú serás un padre blando y consentidor — continuó ella con la broma, pero ocultando sus dudas sobre si sería capaz de ser una buena madre. Después de todo, no era cariñosa como él, tampoco había sido capaz de cuidar de sus peces de colores durante la infancia y cuando se murieron los tiró por el retrete sin ningún miramiento ante la consternación de su madre por aquella frialdad de la que todo el mundo la acusaba. Todo el mundo menos Asahi—. Tengo miedo de las dos posibles respuestas, así que no quiero abrirla.

Él asintió empezando a comer, entendiendo que ella necesitaba postergar un poco más el tiempo de tomar una decisión respecto al futuro. Pero entonces ella sacó el sobre de su regazo y empezó a rasgar la abertura de este con sus uñas. Asahi se fijó en el blanco que perfilaba la manicura de estas, rompiendo el papel con agilidad y sonrió. Ella siempre era así, casi inexpresiva y directa, tomaba las decisiones con endereza. Kiyoko sacó la hoja de papel que indicaba los resultados y empezó a leer con rapidez tras dejar el sobre vacío sobre la mesa, procesando la información de la carta.

—¿Me vas a decir lo que pone o lo tengo que leer yo? — preguntó aquello mientras ella le pasaba el papel.

Azumane leyó saltándose algunas lineas de forma rápida. En resumen, que él era el problema. Echó la cabeza hacía atrás, golpeándosela contra la pared y dejó escapar un suspiro.

—Podríamos hablar con tu padre para que done algo de semen — puntualizó Kiyoko. Tendría los genes de ambos, y aquello le parecía buena idea. No era que fuera algo indispensable, pero en parte ella lo prefería.

—¡Que asco! Que va, sería mi hermano y eso lo haría todo muy raro — se quejó Asahi. Solo la idea de pedírselo a su progenitor le horrorizaba. No era que le odiara por hacerle creer toda su existencia que no era demasiado bueno para estar en el equipo de voley, ni para escribir libros, ni para una chica tan guapa como Shimizu Kiyoko—. ¿Y Suga?

La morena negó con la cabeza.

—De conocidos cercanos solo cabía la posibilidad de tu progenitor — Kiyoko no quería ver en su hijo trazos de allegados tampoco— ¿Donantes anónimos? Tampoco es una de mis ideas favoritas.

Él negó con la cabeza. Un donante anónimo no les daba la seguridad del conocimiento de un historial médico concreto y al que poder acceder en caso de tener problemas en el futuro. Ambos eran conscientes de aquel detalle, que sin lugar a dudas les aterraba.

—Me alivia saber que la inteligencia se hereda de la madre — puntualizó Asahi riéndose para restarle importancia a su propia frustración—. En cualquier caso, te insistiré con Suga. Es mi mejor amigo, le conozco y conozco a su familia desde ¿toda la vida?

—¿Por qué lo haces todo tan difícil? Nunca tendría que haberme casado contigo — bromeó sabiendo que a pesar de su amabilidad, Asahi era tal vez una de las personas más cabezotas que había conocido y asumía que, o bien encontraba un donante mejor, o tendría que acceder a que fuera Sugawara Koshi.

—Porque no se me ocurre acercarme a una persona aleatoria y pedirle que eche semen en un bote para nosotros y acceda sin más—. Asahi bajó su voz casi al nivel de susurro.

—Y supones que Suga dirá que sí ¿por qué estás cuidando a su hijo como si fuera tuyo?

Kiyoko sonrió vagamente, replanteándose aquella idea que seguía sin gustarle. En parte no le gustaba porque se sentía frustrada ante la idea de no poder tener hijos biologícamente de su propio marido, aunque no era simplemente aquello pero era incapaz de identificar el qué.

—No, sé que Suga no se negará porque es mi amigo, es nuestro amigo y nos quiere— Asahi acarició la mejilla de Kiyoko, hundiendo los dedos en su pelo y masajeando su cuero cabelludo.

—Está bien, se lo preguntaremos — se rindió, pero esperando que Koshi no aceptara. Odiaba la idea de no encontrar en aquel futuro hijo los rasgos del que había elegido como marido.

NA:

Primero disculparme por mi ausencia publicando, probablemente vendrán más ausencias, porque entre la universidad y cosas personales estoy un poco agobiado, pero proseguiré mis textos a su debido tiempo si el avión que tengo que tomar no se hunde en el oceano y muero comido por tiburones.

Y pensando en este texto... probablemente pensareis que este capitulo está de más, pero nanai, es important boys and girls ¿Por qué shipeo a estos dos? Qué se yo, soy heterofobo en realidad. baiiiii love yaa!