Después de 15 minutos metido en aquel tubo de plástico y metal que no dejaba de hacer un ruido infernal, Oikawa empezaba a sentirse potencialmente abrumado. Bokuto le había recomendado ir a la consulta de un neurocirujano amigo suyo, que sin tan siquiera revisarle, había decidido hacerle una resonancia magnética. En tipo rarito de Bokuto le habría dicho algo o quién sabe.
El traqueteo de la maquina, que casi sonaba como si aquel armatoste respirara, le estaba volviendo loco. Apenas con una sabana que le cubría de estar totalmente desnudo, con varios cojines pesados que le inmovilizaban, solo podía mirar el techo de aquel lugar estrecho preguntándose ¿cómo metían a alguien con sobrepeso en un agujero tan pequeño? Él, que solo era un poco fornido debido a su musculatura trabajada para tener una imagen como Dios manda, apenas entraba.
Y en parte aquello le llevaba a pensar de nuevo en Bokuto. Con las espaldas tan anchas que tenía, él ni en sueños entraba por el agujero de aquella máquina del demonio. Pero lo peor de pensar en Bokuto era que, le hacía pensar en Shoyo. Shoyo, que estaba tan ricamente en casa de Shimizu.
¡Oh! Como detestaba a aquella cerda que solo había ido a una de sus obras de teatro y había dicho "Un poco floja" con voz tranquila. Tenía ganas de hartarse a puñetazos contra la maquina en la que se encontraba. Pero en realidad luchaba con emociones absurdas, romper la máquina a Shimizu no le iba a afectar y en cambio su bolsillo si se sentiría resentido...
¿Por qué Shoyo tenía que estar con esa harpía? ¿Por qué no podía Sugawara haber elegido cualquier otro sitio?
Shimizu Kiyoko no solo había valorado el trabajo de Oikawa como flojo, también le había roto el corazón a su mejor amigo. Iwaizumi y Shimizu habían salido durante más de dos años y luego ella le había dejado sin explicaciones. Y Iwa-chan era todo un hombre, así que había fingido no llorar por todo aquello, pero Oikawa sabía. Sabía de las horas perdidas que Iwaizumi había dedicado a mirar el techo deseado saber qué hacer y de la sensación de angustia que le había asaltado al saber que ella se había casado con el amigo de Suga. ¡Eran todos una puta mafia! Se gritó a si mismo Oikawa, tan distraído en sus propios pensamientos que apenas se dio cuenta de que la plataforma en la que estaba colocado se deslizaba fuera de aquel tubo infernal.
— Ya hemos terminado ¿Qué tal ha ido? — preguntó el enfermero. Era guapo, pero solo de un guapo sutil, tampoco para lanzarse, pensó Oikawa.
— Genial porque ya ha terminado, este lugar es horrible — contestó con absoluta sinceridad. El no llevar ropa le hacía sentir en parte vulnerable a pesar de gustarse más que mucho físicamente y pensar que podía impresionar a aquel tipo casi guapo.
Oikawa pasó a un pequeño vestuario, estrecho y mal iluminado con un espejo que ocupaba toda la pared frontal. Su rostro anguloso se reflejaba a la perfección y al ver de perfil al enfermero, aún mirándole, dejó escapar un suspiro con tintes de duda sobre si cerrar o no aquella puerta ¿Cuantas veces se había acotado con alguien solo sutilmente guapo en situaciones así esperando que Sugawara le pillara y le montara un numerito? ¿Cuantas veces se había mentido creyendo que el sexo merecía la pena sobre los sentimientos de un tipo tan frio como había sido Suwawara Koshi con él?
Sin pensarlo demasiado cerró la puerta mientras escuchaba como el enfermero le indicaba que al salir le darían hora para conocer los resultados. Tiró su ropa, acumulada en un taburete de madera y se sentó sobre este cubriéndose la cara con las manos. Sin poder evitarlo rompió a llorar sintiendose frustrado. Aquella sensación era como tener un agujero negro en la mitad del pecho. Podía conseguir casi cualquier cosa haciendo uso de su cuerpo, estaba seguro que hasta el enfermero casi guapo había caído en su cebo de atracción mágica, incluso era posible que algún día gracias a su aspecto llegara llamar la atención como actor… Pero ni Shoyo, ni Sugawara serían algo alcanzable, entre otras cosas porque no esperaba sexo o dinero de ellos, si no afecto, y desafortunadamente el afecto no se podía comprar.
Se limpió las lagrimas con el dorso de la mano y se miró al espejo. Casi deseaba ser feo. Contuvo el impulso ridiculo de golpearlo con cierto esfuerzo y simplemente se levantó, recogió la ropa del suelo y empezó a vestirse. Hubiera matado por llevar unas gafas de sol puestas y que nadie viera que tenía los ojos hinchados y enrojecidos.
Salió del vestidor y caminó por el pasillo, que le indicaba la salida a través de una linea azul pintada en el suelo. Con la mirada fija en esta linea, deseaba poder lavarse la cara antes de salir y encontrarse con Iwa-chan. Tampoco era que fuera a decirle nada por verle la cara marcada del llanto, pero sin embargo no quería que le viera de aquel modo…
Centrado en aquellos pensamientos, sus pasos le llevaron a la calle, y detrás de él apareció Iwaizumi que le estaba esperando en la sala de espera que Oikawa se había saltado olvidando dónde estaba y que tenía que pedir hora para el control. Notó el dedo de su amigo tocarle el hombro y se giró para mirarle con movimientos lentos.
—Te he pedido cita ya, mientras esperaba — aclaró mostrándole una hoja donde aparecían las horas de las diferentes citas médicas a las que tenía que acudir y se lo guardaba en el bolsillo delantero del abrigo como si se tratara de un niño pequeño que olvidaba todo—. También te he anotado las citas en el calendario del teléfono móvil para que te lo notifique y bueno, puedo acompañarte si quieres porque están adaptadas a los horarios de ambos.
—Gracias, mamá — asintió Oikawa. Aquel rol siempre se le había hecho extraño, pero Iwa-chan era así. Raramente le diría que le apreciaba o destacaría cosas buenas de él, sin embargo se preocupaba.
—Solo lo he hecho porque me aburría, lerdo.
Caminaron sin mediar palabra hasta el parking donde estaba estacionado el coche. Usualmente, extrovertido y de naturaleza egocéntrica, Oikawa no dejaría de hablar de él hasta que Hajime le mandara callar, sin embargo no era así.
—¿Crees que estaría mal que fuera a ver a Shoyo?— rompió el silencio Tooru mientras se sentaba en el lado del copiloto.
Hajime se colocó el cinturón y puso la llave en el contacto. Hacía tanto frío que al motor le costaba encender.
—No, pero ve en un momento que sepas que Sugawara no está.
El moreno pisó el embrague y volvió a dar el contacto a la llave cuando al coche al fin le dió por funcionar.
—Pues vamos ahora — contestó Oikawa poniendo la mano en el mando de marchas—. Quiero ir ahora, necesito ir ahora o me voy a volver loco.
Los ojos d ambos se cruzaron, mientras Iwaizumi evaluaba hasta que punto podía o no podía decirle que no al que consideraba uno de sus mejores amigos. Le apartó la mano de las marchas y sacó el coche del estacionamiento sin mediar palabra. No sabía si debía o no aceptar la petición de Oikawa, pero conducir le relajaba, le relajaba suficiente como para decidir sobre la marcha qué hacer.
—No quieres ir por Shimizu ¿no? — empezó a re-calcular su discurso Tootu. Sabía que con dramatismos iba a ser complicado conseguir que Iwa-chan hiciera lo que quisiera pero si jugaba con sus emociones…
—No, no es por eso que creo que no deberías ir, por en el GPS la dirección si quieres que vayamos de verdad — A pesar de lo que acaba de decir, intentaba recordar dónde vivía la chica—. Algún día tendrás que quitarte de la cabeza que odio a Shimizu, ella y yo solo teníamos objetivos diferentes en la vida. Fue doloroso romper con ella, pero no había mucha más alternativa.
Oikawa apoyó la cabeza en el reposacabezas del asiento y suspiró. Había perdido su toque para manipularle, o quizá nunca lo había conseguido, solo que Iwa-chan siempre tendía a complacerle de un modo silencioso.
—Pero fue una zorra contigo…
—Y yo también fui un hijo de puta con ella, pasaron demasiadas cosas que tú no conoces, así que deja ya de odiarla porque si alguien podría hacerlo soy yo y la verdad es que ya no importa demasiado— contestó Hajime irritado. A pesar de todo continuó conduciendo y volvió a señalan el GPS colocado en el salpicadero.
Oikawa buscó la dirección que tenía anotada en el teléfono móvil y la introdujo en el aparato ridiculamente grande que Iwa-chan se había puesto en el coche hacía cosa de dos o tres meses, cuando había empezado a salir con una tipa a la que le encantaba que fueran de excursiones para practicar deportes de riesgo. Tooru tenía que admitir que en realidad odiaba a todas las novias de Iwaizumi, pero no podía evitarlo, sentía que se lo quitaban. En parte porque al igual que le había pasado con Sugawara, sentía que era una de esas personas que siempre iba a tener en su vida, pero la vida le demostraba que esas cosas nunca eran de ese modo.
Aparcaron el coche a pocas manzanas de la casa de los Azumane y bajaron del coche respirando aún el clima tenso de los pasados minutos. Caminaron hasta la puerta y la mente de Oikawa empezó a hacer fallida. No estaba bien que estuviera allí, sabía que Bokuto no se lo perdonaría, o pero si lo haría y le seguiría haciendo creer que podía hacer lo que quisiera cuando quisiera.
Los pasos de Oikawa se marcaban en la nieve, primero dos hacía la entrada de la casa, después dos en dirección al coche. En aquel momento, la mano de Iwaizumi le agarró del brazo y lo arrastró frente a la puerta con cierta brusquedad, harto de aquella indecisión absurda.
—Es tu puñetero hijo, tienes derecho a verle — dijo justo antes de llamar al timbre.
Esperaron los dos, quietos como estatuas de sal. Oikawa podía sentir como su corazón latía a toda velocidad, porque no tenía ni idea de si a aquella hora Sugawara estaría o no en la casa.
Azumame Asahi abrió la puerta con su acostumbrada actitud relajada y los miró fijamente instantes antes de darse cuenta de quienes era.
—Oh, mierda — expresó en voz alta. Se disponía a cerrar la puerta cuando Iwaizumi puso la mitad de su cuerpo evitándolo.
— No soy una persona peligrosa, dejame pasar — lloriqueó Oikawa, imitando a Hajime en pos de entrar a la casa—. No voy a llevármelo, solo quiero verlo unos minutos.
Por la mente de Asahi se cruzaban mil ideas ¿Por qué estaba siendo tan infantil de no dejarles pasar? Y ¿Por qué ellos no se daban cuenta de que forzarle a dejarlos pasar era allanamiento de morada? Delito después de todo…
Se paró en seco y abrió la puerta. Sugawara estaba de viaje, así que no había problema alguno en que pasaran… Lo malo sería que Shoyo lo contara. Pero antes de que pudiera hacer nada, la cabeza pelirroja salió al pasillo, con los ojos somnolientos y preguntandose a qué venía tanto ruido. Detrás de él, Shimizu se asomó captando en su panorama visual a los dos visitantes.
—Dejalos pasar — sentenció la morena y Asahi obedeció.
NA: Odio mi vida un poco, pero cuando no es pascua. Quiero agradecer las lecturas, reviews etc etc. Y ya de paso, os deseo que esteís pasando fiestas guay y esas cosas. Yo me voy a morir un rato que he quedado en unas horas y en verdad no tengo ganas de que me cuenten cosas cuquis ni nada. AHHHH!
