—¿Lo has conseguido?
Heiji, llegando a donde estaba él, asintió.
—Ha costado, pero tras una charla me dejaron que Kazuha la acompañara.
—Bien— cabeceó con el semblante serio— Seguro que así estará mucho más tranquila.
—Entonces... ¿qué tenemos hasta ahora?— inquirió Heiji mientras su mirada se desplazaba hacia el lugar donde se encontraban las otras dos personas que habían estado en el gimnasio en el momento del asesinato. Estaban sentados en las gradas, cada uno perdido en sus pensamientos— ¿Qué has podido averiguar?
Shinichi, apoyado en la pared al otro extremo de la sala, descruzó un momento los brazos para apuntar a uno de ellos.
—La rubia se llama Asa Otoya. Estudió hace unos seis años en esta misma escuela y también estuvo bajo formación del entrenador Kawato. Él, Sawa Hinata, por otro lado, va a otra escuela no muy lejos de aquí, sin embargo, el señor Kawato siempre fue un amigo de su familia y es por lo que está aquí.
—Así que dos alumnos, ¿no?
—Recuerdo que Ran me ha hablado de él— intentó por todos los medios que su mente no se perdiera en los temas a los cual realmente deseaba ir— Siempre me decía que le daba mucha pena el chico.
—¿Y eso? — comentó Heiji mirando al muchacho en cuestión. Tenía una fuerte complexión y parecía tener un cuerpo muy trabajado.
—Ahí donde lo ves, odia todo esto. Según me dice, prefiere un buen lienzo a tener que estar "dando golpes" como él lo define. A pesar de todo, su familia lo obliga a practicarlo y él no puede más que obedecer.
—¿Odio a lo que hace? ¿Eso es lo que puede haberlo motivado?
El detective del Este murmuró algo inteligible para su compañero.
—Odia al profesor. Ese hombre lo lleva al límite en los entrenamientos y competiciones y, aun así, como he podido ver en algunas competiciones a las que he asistido, no es ni la mitad de bueno que Ran.
—Mmmm— murmuró Heiji pensativo. Odio, despecho, desprecio... eran unos buenos motivos para querer matar a alguien, y eso era algo de lo que él sabía de lo que hablaba— ¿Y ella? Si ya no es una alumna, ¿que hacía aquí?
—Viene muy a menudo. Ran también la menciona alguna que otra vez. El entrenador siempre se refería a ella como una de las mejores alumnas que había tenido en su vida, tanto que incluso llegó a quedar segunda en una competición internacional. Ran y ella se llevan bien y a veces el entrenador la invitaba para que practicaran juntas.
—Vaya… increíble— comentó para sí el chico de Osaka, aunque la palabra segunda centelleó en su mente por un momento— ¿Y tú has hablado personalmente con ellos? Es decir, antes de que todo esto.
—No— tardó un poco en contestar y Heiji tampoco le insistió. Sabía que su amigo lo estaba pasando mal y debía costarle mucho concentrarse.
—Pues bien, ahora es un buen momento para hacerlo, ¿no? Vamos.
Y se encaminó hacia las gradas, con Shinichi justo detrás de él.
A pocos pasos para llegar, al parecer alertada por el ruido de las pisadas, la joven Asa levantó la mirada empañada por las lágrimas y mirando al detective del Este, se levantó para dirigirse hacia él.
La sorpresa cruzó por las facciones de Shinichi aunque rápidamente la escondió, mostrando ese rostro indiferente con el que enfrentaba a los casos. Debía mostrarse sereno y abierto a cualquier posible pista. Uno de los dos podía ser el asesino.
Y debía descubrirlo en menos de dos horas.
Sentía como el tiempo se le escurría como granos de arenas en la palma de la mano.
—¿Sabes algo de Ran? — fue lo primero que preguntó una vez que llegó a su altura. Sus ojos chocolate brillaban, dándole un tono cálido.
Ante la simple mención, el rostro de él se ensombreció e ignorando la punzada en el pecho, se limitó a asentir.
—Yo no quería… cuando me preguntaron esos policías yo no sabía que ella…—calló y fue entonces cuando señaló a dos policías que al parecer estaban custodiando a los sospechosos en la puerta del gimnasio— Esos de ahí me han dicho que ya tienen al culpable. ¿Significa eso que…?
—Otoya, si tú y yo estamos aquí, ¿qué crees? — la cortó de muy malas formas Sawa Hinata sin levantarse ni alzar la mirada.
—La policía se equivoca— se metió Heiji— Y eso es lo que venimos a demostrar.
—¿Qué estás insinuando, estúpido? — espetó Hinata, ahora sí, irguiéndose y con de dos zancadas plantándose a pocos metros del moreno.
—Yo no insinúo nada— frunció el ceño— Simplemente afirmo.
—Pero nosotr… yo no he hecho nada— murmuró Otaya en un murmullo cogiendo un mechón de su cabello con nerviosismo— Estuve todo el tiempo con Hinata. Estábamos hablando de la próxima competición…
—Esto es una estupidez. ¡Yo no he hecho nada y no me van a retener por ello! — exclamó Hinata irritado— Yo no soy el asesino, ya lo han encontrado, ¿no? ¡Déjenos marcharnos a casa en paz, entonces!
—Lo veo un poco alterado, Hinata— la voz de Shinichi sonó fría y cortante como si de un mismo cuchillo se tratase. Estaba necesitando en esos momentos de todo su autocontrol para no tirársele encima y lo único que lo ayudaba era el pensar que Ran lo necesitaba y no sería de gran ayuda meterse en algún lío después de lo que le había costado estar allí. Tuvo que inspirar profundo varias veces para tranquilizarse— Si tan inocente dice ser, ¿qué más le importará otras preguntitas más? No tiene nada que esconder, ¿no?
Comprobó por el rabio del ojo a su amigo sonreír orgulloso por él.
Sin embargo, él estaba más interesado en las reacciones de esas dos personas enfrente suya.
¿Quién era el culpable? ¿Quién de los dos?
¿La preocupada Asa Otoya? ¿O el enfurecido Sawa Hinata?
Las agujas seguían moviéndose y no tenía tiempo que perder…
·
—Tranquila, así, respira…
Ran Mouri escuchó la voz de su amiga y tal y como ella le instruía el oxígeno viajaba dentro y fuera de sus pulmones.
Debía reconocer que los cálidos abrazos de Kazuha rodeándola la reconfortaban muchísimo, haciéndola sentir como si las cosas no estuvieran totalmente perdidas. Sabía que Shinichi no dejaría que le pasara nada, pero la compañía de la castaña conseguía alejar un poco a la garra que se escondía en su pecho amenazando con dejarla sin respiración.
—Ya verás cómo todo se solucionará, Ran— con las manos frotó los brazos de la karateca para hacerla entrar en calor. Su piel estaba alarmantemente pálida— Heiji y Shinichi podrán con ello.
Fue entonces cuando unas risas resonaron por todo el vestuario. Ran sintió como sus vellos se ponían de punta y el abrazo de su amiga se apretó. La chica de Osaka fulminó con la mirada a la figura que guardaba la puerta.
—Deja de hacerte la tonta, jovencita. Esas lágrimas de cocodrilo no consiguieron engañarme y vuestras palabras de ahora mucho menos.
—¡El único estúpido aquí es usted! — saltó Kazuha contra él con rabia— ¡Ran no es la culpable y ellos dos podrán demostrarlo!
Ran se estremeció y deseó hacerse cada vez más pequeña hasta desaparecer.
—Todas las pruebas y declaraciones apuntan a una sola persona— el inspector Kowato curvó sus labios y Kazuha quiso darle un golpe para que se callara mientras Ran tenía deseos de vomitar— No sé que es lo que te traes entre mano, pero eso es algo temporal— clavó su mirada en la culpable— Tan solo necesitaré dos horas, las mismas dos horas en las que esos dos muchachos están haciendo el tonto, y te desenmascararé. Pronto serás mía y se hará justicia.
Y dedicándoles una última mirada, el Inspector Kowato salió del lugar cerrando tras de sí con un fuerte portazo. El sonido retumbó en la sala.
Durante un primer instante, ninguna de las chicas se movió. Se habían quedado paralizadas y cada una de las palabras no dejaban de repetírsele en la cabeza a la karateca.
Sus músculos no reaccionaban, sus extremidades habían dejado de responder y un dolor punzante atravesaba su cabeza.
Pronto serás mía y se hará justicia… Pronto serás mía y se hará justicia… Pronto serás mía y se hará justicia…
De pronto, Ran boqueó. No podía respirar.
No había oxígeno.
Alguien se había llevado todo el aire del lugar y ella se estaba ahogando.
—¡Ran!
¿Iba a morir? ¿Moriría ahogada?
¿O encarcelada?
¿Qué era peor? ¿Qué final sería más horrible?
¿Qué sería de ella?
El Inspector Kowato sonaba muy seguro y creía firmemente que ella era la culpable. ¡Ella! ¡Asesina! ¡Asesina! ¿Cómo podían pensar que ella había matado, y encima a ese hombre tan bueno?
Lo único que había obtenido de él no era otra cosa que sonrisas, palabras de ánimo y fuerza. Desde muy joven que se apuntó en el club, él creyó en ella y siempre supo que llegaría muy lejos.
Y el tan solo pensar que ya no volvería a verlo...
—¡Oye, Ran!
Ese hombre tenía la certeza de que había sido ella. Y pensaba hacerla hablar de algo que no había hecho por todos los medios posibles. ¿Terminaría en prisión? ¿Cuántos años de condena le echarían?
¿Cómo acabaría todo?
—¡RAN!
Como si hubiera caído de golpe en un lago de agua helada, Ran parpadeó mientras empezaba a tomar conciencia de su alrededor. Sentía su rostro húmedo y su pecho aún seguía trabajando en la ardua tarea de respirar.
Delante de ella, acuclillada, Kazuha la miraba con el dolor y la preocupación brillando en sus orbes esmeraldas.
—Ran, por favor, vuelve. Estás a punto de tener un ataque de nervios— se inclinó hacia ella y sostuvo su rostro con delicadeza, limpiando (o haciendo el intento de) las lágrimas— Escúchame, amiga, no va a pasar nada. Ignora las palabras de ese hombre. Él no sabe nada. Él no conoce a Heiji y Shinichi. Él no sabe de lo que son capaz. Pero tú si...
—Shinichi...
—Sí, Ran, él te ayudará. Hará todo lo que esté en su mano y más. Lo sabes. Tan solo tienes que confiar en él.
El silencio se instaló en la habitación. Ran, aun jadeante, observaba a Kazuha aunque su mente se encontraba a muchos kilómetros de allí. Exactamente en un muchacho de pelo moreno de ojos azules.
Sí, tengo que confiar en él, murmuró una voz en su cabeza, él siempre me ha ayudado. Él no dejará que me hagan nada.
—Shinichi…
Las lágrimas volvieron a salir de sus ojos y Kazuha, impotente y desesperada, lo único que pudo hacer fue abrazarla. Con fuerza y ternura, haciéndole ver que ella no estaba sola. Que, si se llevaban a su amiga, ella iría detrás, que si la esposaban, ella intentaría romper las cadenas.
Ran Mouri era inocente.
Por favor, no tardéis mucho…, rogó Kazuha al cielo.
·
—Tan solo le quedan treinta y cinco minutos, joven— oyó una voz detrás de él y el tinte de burla impregnado en ella hizo arder su sangre.
No se movió para mirarlo, pero si tuvo que apretar fuertemente sus manos en puños pues estas picaban por el deseo de darle un buen golpe a ese inspector de pacotilla.
En cambio, con gran fuerza de voluntad, su mente volvió de nuevo a trabajar, ignorando completamente su presencia.
No necesitaba interrupciones.
Ya había hablado Otoya e Hinata y tenía que reconocer que ambos tenían una coartada creíble para el momento en el que ocurrió el asesinato.
Según le dijeron, el entrenador se había enterado de una nueva competición y esta no solo abarcaba para los estudiantes de preparatoria, dando así una excusa para la presencia de Otoya. Y como lo había hecho tarde, había tenido que convocar una reunión de improvisto con las tres personas (Asa Otoya, Sawa Hinata y Ran Mouri) a las que quería llevar a competir. Los había convocado para las 5 y Ran, habitual en ella, había sido la primera en llegar seguida por Otoya, Hinata y, por último, el entrenador Yasumoto.
Después de eso, en el gimnasio los cuatro habían estado hablando sobre la noticia durante una media hora más o menos y llena de entusiasmo fue Otoya la que propuso que practicaran un poco. Y así fue como pasaron unas dos horas, calentando, luchando entre ellos y corrigiendo sus errores.
Sobre las 8 (hora en la que Shinichi esperaba en la estación de trenes a la pareja de Osaka) Ran había dicho que tenía que ir a cambiarse (con una muda que siempre dejaba en la taquilla para casos como esos) y había dejado a los tres restantes charlando en el gimnasio mientras ella se dirigía a los vestidores. Dejándola fuera de escena.
Pasaron 5 minutos antes de que el entrenador Yasumoto se disculpara diciendo que había quedado y marchándose hacia los vestuarios masculinos.
—El entrenador nunca ha estado casado— informó Otoya— Lo he conocido con varias novias, pero ninguna duró más de un año. Como él decía, era un alma libre. Así por la hora que era, y siendo viernes, imagino que iría a verse con una de sus novias, aunque no nos especificó nada cuando le preguntamos.
—Yo tampoco sabía nada de eso— había añadido Hinata encogiéndose de hombros, haciendo alusión a la amistad entre su familia y él.
Después de que el entrenador Yasumoto se marchara, ellos dos se quedaron hablando entre ellos siguiendo la conversación que anteriormente habían llevado hasta que… no sabría decirte bien, si seis minutos o así después (según Hinata) se escuchó un golpe contra las taquillas, como si algo hubiera chocado fuertemente contra ellas.
—Nos sorprendimos cuando oímos el ruido— continuó hablando Hinata frunciendo el ceño— Rápidamente nos dirigimos hacia el lugar y cuando cruzamos el pasillo la puerta estaba abierta y justo en ella se encontraba… Mouri paralizada— Shinichi sintió como su corazón sangraba en ese momento— Estaba arrodillada junto al cuerpo del entrenador con el rostro mortalmente pálido… ambos— especificó haciendo una mueca— Alertada por nuestra llegada, Mouri se giró y mirándonos nos dijo que el entrenador no respiraba.
—Apenas tuve conciencia de que había cogido el teléfono para llamar a la ambulancia… y a la policía— había tomado la palabra la chica—Mouri no se separó del cuerpo del entrenador hasta que los auxiliares la obligaron para llevarse el cuerpo. Fue entonces cuando llegó el inspector y nos separó para interrogarnos a cada uno. Desde entonces… no hemos vuelto a ver a Mouri.
Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no correr en ese momento hacia Ran, estrecharla entre sus brazos y no dejarla ir nunca más. Su pobre Ran, lo mal que lo tendría que haber pasado… Y encima había sido a una persona que conocía y admiraba.
—¿No crees que deberías de tirar ya la toalla?
—Nunca— espetó secamente e hizo sus piernas moverse, sin mirarlo pues pensaba que el tono púrpura pegaba con su rostro— Le haré ver la estupidez que está cometiendo y cuando todo acabe, hablaré con su superior. Esta actitud no dejaré que salga impune.
Oh, claro que sí. Después de todo lo que estaba haciendo sufrir a Ran, él lo pagaría. Cada segundo que había pasado.
El inspector Kowato sonrió y arqueó una ceja, sin tomar en serio ninguna de las palabras dichas por un adolescente enamorado. Honestamente, estaba dejando que pasara todo eso porque le divertía y disfrutaría del rostro del joven cuando descubriera que todo había sido para nada.
La culpable era Ran Mouri y el hombre sabía que cuando uno caía en las redes del amor, el sentido común y la lógica se desplazaba a un segundo plano. Como diría uno de sus detectives literarios favorito: Cuando todo aquello que es imposible ha sido eliminado, lo que quede, por muy improbable que parezca, es la verdad. Y poniendo como imposible a dos sospechosos con coartada, lo único que quedaba, por muy improbable que le pareciera al adolescente, era esa jovencita.
Su caso estaba resuelto. ¡Ja, qué fácil había sido!
—Adelante, entonces— comentó el inspector haciéndose a un lado hacia el pasillo donde en un lateral se encontraba la escena del crimen (vestuario de hombres) y en el otro su culpable (vestuario de mujeres) — Veremos como termina todo esto.
Y prosiguiendo su marcha, las comisuras del hombre se izaron igual de satisfecho que un león que había encontrado a su presa.
