Tic tac, tic tac, tic tac…

Un silencio pesado se había instalado en la sala y Ran sentía que se ahogaba en él.

Estaban todos en el lugar: ella, Otoya, Hinata, dos policías custodiándolos, el inspector Kawato y su querida Kazuha como apoyo.

Tan solo faltaban los chicos.

Y solamente quedaban tres minutos para que terminaran el tiempo dado por el inspector para que le dieran el nombre del verdadero sospechoso.

Ran expulsó el aire de sus pulmones, trémula, y sus ojos se escaparon hacia las dos figuras que estaban sentados junto a ella. Uno de ellos había sido. Uno de ellos la estaba dejando cargar con el muerto, literalmente.

Tanto Otoya como Hinata podían ser la mano ejecutora del asesinato y declarándola a ella culpable, se habían callado. Era ella la que tenía un pie en los tribunales. Era ella la que tenía una posibilidad de entrar en la cárcel.

Y todo por uno de ellos.

Sintió sus ojos humedecerse, pero ya no era por la autocompasión de todo lo que estaba ocurriendo, sino que una profunda rabia la estaba inundando.

A Asa Otoya la había conocido desde el principio. La había considerado una fuerte rival y la respetaba muchísimo. Mientras que Sawa Hinata, a pesar de haber entrado en el club tiempo después que ella, le había caído bien. Sabía de su odio y obligación hacia ello, pero no por eso no se habían divertido y picado practicando.

Jamás pensó que llegaría a estar en una situación como esa.

—Oficial— la voz del inspector retumbó en la sala— Avise de que vayan preparando el coche policial.

—¡¿Qué?! — exclamó Kazuha levantándose y colocándose frente a la karateca.

El inspector Kawato se encogió de hombros levemente y les lanzó una mirada indiferente.

—El tiempo dado ha expirado. Y los jóvenes no han aparecido. Por fin han tenido una lección de modestia y avergonzados no han sido capaces de presentarse— soltó una carcajada que consiguió poner los vellos de puntas a Ran y Kazuha— Espósenla.

Ran sintió como su cuerpo se entumecía mientras que la mente se le quedaba en blanco.

No, imposible… Shinichi… Shinichi tenía venir…

—Pero esp-esp…— apenas podía pronunciar palabra alguna.

Uno de los agentes consiguió apartar a Kazuha de un manotazo, la cual aturdida como estaba por los que estaba ocurriendo, apenas mantuvo resistencia. Chocó con uno de los bancos y si no fuera porque Hinata consiguió cogerla, habría caído al suelo.

—¡Kazuha!

No pudo hacer mucho. De pronto, dos hombres se habían acercado a ella y le sostenían las muñecas. Un clic resonó en la habitación.

No podía mover las manos.

Su estómago se retorció y quiso vomitar.

La estaban arrestando.

Estaba ocurriendo.

—¡No! ¡Yo no he sido!— retorció la manos, intentando soltarlas. Tan solo consiguió que heridas se abrieran en las extremidades y su rostro se contrajo por una mueca de dolor.

—¡Ran!

—¡Cogedla a ella también!— ordenó— Señorita, si no se tranquiliza tendré que arrestarla también por alterar el orden y desacato a la autoridad.

—¡Me da igual! ¡Usted se está equivocando! ¡Ella no es una asesina!

—Kazuha...— murmuró la castaña admirando la fuerza y valentía de su amiga. Parpadeó varias veces intentando que las lágrimas no se escaparan—Kazuha, por favor, déjalo.

—¡Pero, Ran, ellos se están equivocando! ¡No pueden hacerte esto!

—Tranquila— la alentó con un nudo en la garganta— Se están equivocando pero se solucionará. Hablaré con Megure, él sabrá que hacer.

No quería pensarlo, ni si quiera imaginarlo, pero una profunda sensación de abandono y desasosiego estaba expandiéndose dentro de ella mientras pensaba en que Shinichi no estaba allí.

¿Qué le habría pasado? ¿Por qué no había llegado? ¿Es que... iba a dejarla?

¡No, no puede ser!, se reprochó a si misma por sus pensamientos, ¡seguro que todo tiene una explicación! ¡Shinichi jamás te dejará abandonada!

—Vamos, saquémosla de aquí. Alguien dormirá esta noche y unas pocas más entre rejas.

·

—¿Qué? ¿Algo?

Heiji sacudió la cabeza, pesaroso.

El detective del Este tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no gritar de puro nervio y frustración.

—Tranquilo, amigo. Tan solo nos piden dos minutos más.

—¡No tenemos dos minutos, Heiji, ¿no lo entiendes?! ¡Ya es la hora!— exclamó dándole un golpe a la pared más cercana a ella. Los agentes de su alrededor los miraron curiosos— ¡Nos jugamos todo a ese resultado y sino es no es lo que esperamos habré fallado a Ran!

¿Qué mierda de pesadilla era esa que estaba viviendo?

Siempre había sido conocido por el temple y cabeza fría que había tenido a la hora de enfrentarse a los casos de mayores dificultad de todo Japón. Ahora, sin embargo, era un saco de nervios andante después de haber hecho todo lo que podía y lo único que quedaba era esperar.

Llevándose una mano a la cabeza para apartar a un molesto mechón de sus ojos, miró su reloj de pulsera y sintió como perdía las fuerzas en sus piernas viendo el segundero moverse inexorablemente.

Había pasado ya un minuto.

No podía esperar más. Su Ran lo necesitaba.

No importaba que no tuviera nada con lo que apoyarse, él mismo se plantaría frente a ella para que no se la llevaran. No dejaría jamás que le pasara algo.

Además, siempre se había hecho valer con su intuición y su sentido de la observación. Sabía ya quién era el asesino y cómo lo había hecho, tan solo necesitaba las pruebas que corroboraran su hipótesis (la realidad) pues estaba seguro que ese inspector no se conformaría con cualquier cosa.

Ahora...

—Heiji, quédate aquí y nada más estén los resultados ven con ellos— se apresuró a decirle al detectives del Oste y sin esperar a que contestara, echó a correr— ¡Cuento contigo!

—¡No te preocupes!— contestó este a voz de grito.

Ahora... debía estar con ella.

·

Nunca se imaginó en esa situación.

Ni es sus mas retorcidos pensamientos, ni en sus más profundas pesadillas, llegó a pensar que ella, Ran Mouri, hija de un ex policía y de una importante abogada, saldría esposa de su instituto con el titulo de asesina colgando de ella.

Tan solo unos pasos la separaban de la puerta y al otro lado podía oír el murmullo y las voces de los curiosos que se habían congregado al otro lado de la franja policial. ¿Qué pensarían al verla a ella salir? ¿Y si había allí algún conocido? Algunos de sus compañeros de clases, con los que se cruzaban por los pasillos, a los que saludaba cuando llegaba...

¿Cómo la mirarían a partir de ahora?

La joven apretó sus labios en una firme linea, conteniendo con todas sus ganas las lágrimas que querían escaparse. No. No lloraría. Eso la haría sentir culpable de algo que no la concernía.

Ella no había hecho nada, ella estaba libre de culpa, lo sabía, y hallaría la manera de hacérselo ver al mundo.

Shinichi..., musitó una pequeña voz en su mente. Sintió un fuerte tirón en el pecho y como el aire dejaba de acudir a sus pulmones. Notaba el sentimiento de soledad y traición querer conquistarla, pero ella hacia cuanto podía para alejarlo.

Shinichi no la había abandonado. Jamás haría eso. Él no.

Todo tenía una explicación.

Él la ayudaría.

Ran inspiró hondo, intentando calmarse, y por el rabillo del ojo miró al inspector Kawato, que caminaba junto a ella con una amplia sonrisa. Parecía satisfecho con los acontecimientos.

Ni si quiera había hecho investigaciones, tan solo se ha aferrado a mi y se ha obcecado. ¿Cómo podía ser un inspector de policía?, chistó para ella.

De pronto una inmensas ganas de desfigurar esa horrible sonrisa aparecieron en ella. ¿Cuán a gusto se quedaría si le daba una de sus patadas?

En realidad, se sentiría más tranquila, razonó, pero sería algo momentáneo. Sería en ese instante cuando no habría ninguna defensa contra ella por haber agredido a un miembro de la policía, aunque este se lo mereciera.

Suspiró.

Uno de los oficiales llegó a la altura de la puerta y cogió el pomo de esta para abrirla. Ran notó su corazón martilleando fuertemente en el pecho.

Había llegado la hora.

—Abra— ordenó el inspector— Deseo acabar con esto cuanto antes.

Hizo el amago, pero el oficial no pudo hacer lo mandado. O, más bien, no le dejaron hacer.

De pronto, de un certero golpe la puerta se abrió y esta chocó contra él.

Oyendo de fondo las maldiciones del policía, Ran apenas reparó en ello. Su pecho, de pronto hinchado de orgullo y alivio, se movió cuando ella sollozó. Las lágrimas que había estado reteniendo salieron sin cuartel y una pequeña sonrisa se formó en sus labios.

La figura que jadeaba en el marco de la puerta se la hacía terriblemente hermosa, como un ángel caído vengador. Y el deseo de correr hacia él, sentir sus brazos rodeándolo y saber que siempre estarían juntos, la inundó.

Él la miró, sus orbes azules la quemaban, y ella no pudo más que corresponderle incapaz de moverse.

Shinichi la escaneó, primero sus ojos, después su rostro y finalmente por el cuerpo. Algo en el fondo de sus pupilas llameó cuando advirtió que se encontraba esposada. Su rostro se crispó y sus manos se convirtieron en puños, sin embargo, fue algo que tan solo llegó a captar ella. En cuestión de segundo, la más absoluta tranquilidad e neutralidad afloraba de él.

Se irguió y caminó con pasos seguros y pensados, adentrándose en el gimnasio. Apenas echó una ojeada al oficial al que había golpeado sin querer y el cual lo fulminaba con la mirada. Su atención estaba en ella y en el sujeto que se encontraba a su lado. Lo miraba como un león miraría a un hormiga.

—Creía que había huido, joven— sonrió este, en cambio, ajeno totalmente a la mirada— El tiempo dado ha pasado, así que no sé que hace aquí. Ha perdido.

El detective del Este se detuvo enfrente de Ran y del inspector Kowato. Le echó un rápido vistazo a ella (en donde captó miles de sentimientos) y entonces se centró totalmente en el policía.

—Sé quién es el culpable.

El hombre arqueó una ceja.

—Y yo— rió y señaló a la karateca— Ella.

La mencionada se estremeció, cosa que no fue ignorada por el joven, el cual dio dos pasos más hacia el inspector en una clara actitud intimidante. Estaba perdiendo la paciencia.

—Le repito que quien es la culpable.

Ran oyó el sonido de pasos acercándose y por un segundo apartó la mirada del detective para encontrarse con algunos policías, Kazuha, Asa Otoya y Sawa Hinata observando todo con confusión. La mirada de las amigas se encontraron y un brillo de esperanza las animó ambas.

—Bueno, basta ya— gruñó Kawato, de pronto, sin ningún rastro de buen humor— Apártese ahora mismo de mi camino. La policía tiene cosas que hacer.

Shinichi se movió, pero no para hacer lo que le habían mandado, sino que se acercó a su amiga de la infancia y con una infinita delicadeza le cogió las muñecas y las alzó, buscando alguna posible marca o herida por las esposas de metal.

Ran lo dejó hacer, con el corazón a punto de salírsele del pecho. El cálido tacto de sus manos era como un bálsamo para ella, un lugar tranquilo y seguro, donde se sentía como en casa. Él la hacía sentirse así.

El lugar estaba en silencio, tan solo cortado por el sonido de la calle, pero para la joven nada tenía sentido. Su alrededor había desaparecido y ahora lo único en lo que se centraba era en la mano que rodaba sus muñecas con ternura y la otra que había subido a su rostro para apartar un mechón rebelde de su rostro. Las miradas se encontraron y en sus pupilas Ran encontró la más absoluta certeza de lo que su corazón le había chillado tanto tiempo.

Shinichi la quería. Shinichi la necesitaba. Shinichi siempre estaría para ella.

Shinichi la amaba.

Ran le sonrió, las lágrimas deslizándose por su mejillas silenciosamente e intentó que él viera lo mismo en ella. Lo mucho que lo quería, lo mucho que lo amaba, lo mucho que lo necesitaba, lo mucho que deseaba permanecer junto a él...

Algo centelleó en la mirada de él, y Ran no supo si había servido.

—Heiji, amigo mío, ¿cómo ha ido la cosa?— habló, entonces, sin moverse.

Empezando a tener conciencia de su alrededor, Ran oyó la risa del mencionado.

—Todo correcto, compañero. Adelante, lúcete como tu sabes.

Shinichi rió entre dientes, como si le hubieran contado un buen chiste. Fue entonces cuando el rostro de él se inclinó y Ran jadeó cuando sintió los labios de él descansado sobre la frente de esta, mandando millones de descargas eléctricas por todo su cuerpo.

—Muy bien— afirmó cuando se separó de ella. Dio un paso hacia atrás, y aunque en ningún momento quitó la mano de muñecas, sí usó la otra para señalar al inspector— Sea usted, entonces, ahora que podemos aclarar las cosas, el que interrogue.

—¿Yo? ¿Qué dices?— frunció el ceño irritado. El juego de ese niño lo sacaba de quicio. Sus padres deberían haberle enseñado bien el respeto a los mayores.

—¿Por qué no le pregunta aquí y ahora al culpable?— ladeó la cabeza, perezosamente— Vamos, pregúntele como ha hecho para pasar desapercibido, como consiguió asesinar a la victima y hacer que otra persona cargara con sus delitos.

—Pero...— empezó a decir entre dientes.

Shinichi lo ignoró. En realidad ese hombre no le importaba lo más mínimo, tan solo quería restregarle en su cara lo estúpido que había sido. Ahora toda su ira y enfado estaba centrado en la persona que había ardido todo esto, a quien había puesto a Ran en esta situación.

Nadie se metía con su chica y salía airoso de ello.

—Vamos, cuéntenos, señorita Asa Otoya, ¿cómo lo ha hecho?


Nota 1: Para los que esperaban un caso increíble, con sus intrigas y resoluciones brillantes, siento si os he decepcionado. Desde un principio hice esta historia centrándome en la relación entre ellos dos, así que preferí pasar de puntillas en el tema del asesinado antes que hacer una chapuza que destrozara la historia. Eso ya lo dejo libre para la imaginación de cada uno.

Nota 2: Mil años después, actualicé, y debo decir que finalmente he acabado la historia. Así que dentro de poco subiré el último capítulo. ¡Siento muchísimo la espera y muchas gracias a los que habéis decido continuar con mi aventura!